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lunes, 18 de mayo de 2020

LA CASA-MUSEO DE LOPE DE VEGA.

El Barrio de las Letras, oficialmente llamado de las Cortes, es uno de los lugares más históricos de Madrid.

Dos máximas figuras del Siglo de Oro español vivieron en la calle de Cervantes (hasta 1835 llamada calle de Francos): Miguel de Cervantes Saavedra y Félix Lope de Vega y Carpio. Precisamente en esta calle se sitúa, en su número 11, la casa del “Fénix de los Ingenios”.

Convertida en museo desde el año 1935, fue construida en el último cuarto del siglo XVI y comprada por Lope de Vega en 1610. En ella vivió los últimos veinticinco años de su vida junto a su familia y escribió gran cantidad de su numerosa producción literaria.

En este vídeo y junto a Sheila Álvarez, del Departamento de Actividades y Difusión de la Casa-Museo de Lope de Vega, gestionada por la Comunidad de Madrid, no sólo podremos hacernos una idea de cómo era el Madrid de hace cuatro siglos, también disfrutaremos del mobiliario y la decoración que contenían las viviendas acomodadas de le época.






Cada una de las estancias de esta casa y museo se ha recreado con enseres, muebles y diversos utensilios de la época a la que corresponde. Incluso, aquí podemos ver algunas de las pertenencias que Lope de Vega había legado al cercano Convento de las Trinitarias (lugar donde fue enterrado Cervantes).

Entre los escombros que cegaban el pozo del huerto y jardín de la vivienda, que tanto cuidó el dramaturgo, fue rescatado en el año 1935 el dintel que figura hoy en la fachada de la casa y que demuestra el orgullo de su propietario por haber llegado a poseer este hogar tan confortable.






lunes, 4 de mayo de 2020

EL CAFÉ SUIZO.

Pocos años antes de que la calle Ancha de Peligros fuese renombrada como calle de Sevilla, vino a instalarse en Madrid el Café Suizo. En la esquina con la calle de Alcalá, en una casa elegante y de nueva construcción, la compañía formada por Francisco Matossi y Pedro Fanconi abrió este nuevo café el día 3 de mayo de 1845.

Fuente: momoriademadrid.es (1919). La calle de Alcalá y el Café Suizo, cuyo toldo se aprecia a la derecha de la fotografía.

Los dueños formarían la sociedad “Matossi, Fanconi y Compª.” abriendo cafés con el mismo nombre en varias ciudades del país (Bilbao, Zaragoza, Alicante, Granada, Sevilla) hasta un total de cincuenta y tres. Cada uno de sus locales, además de los salones para tertulias, tenía una zona destinada a pastelería, ya que Fanconi era un excelente repostero.

El Café Suizo de la calle de Alcalá era un local con capacidad para quinientas personas, con entrada por la calle de Ancha de Peligros (Sevilla) y por la de Alcalá. Sus grandes ventanales se repartían entre ambas calles y, si el tiempo acompañaba, disponía una terraza a lo largo de su fachada. 
 
Dividido en varias y espaciosas salas el Suizo adornaba sus paredes, cuando fue inaugurado, con rico papel de diferentes clases. Veladores de mármol en varios colores rodeados de pequeñas banquetas sin respaldo forradas de terciopelo rojo, elegantes y bien situados quinqués de gas. En la planta del sótano tenía dos espléndidas mesas de billar y una escalera de caracol construida al aire, que subía a un pequeño salón donde había varias mesas para juegos no prohibidos.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1871). Interior del Café Suizo.

Inmediato a la zona donde se ubicaba la venta de repostería vino a situarse un salón para señoras.  

Comenzaba el verano del año 1855 y los dueños de este café pensaron que las mujeres solas, cuya presencia en estos establecimientos no estaba bien vista sin estar acompañadas de padre, hermano o marido, también tenían derecho a disfrutar de sus instalaciones. El nuevo recinto mostraba a su entrada un rótulo prohibiendo el acceso a los caballeros, quienes de inmediato tacharían la nueva propuesta de extravagante y ridícula. Los detractores del nuevo salón exigían que debía desaparecer, aduciendo que la mayor parte de las damas refrescan, visten, calzan y se divierten a costa de los hombres. No tendrán quien las convide. Pero el salón blanco, como así lo llamaron, fue un éxito de público.

En el Café Suizo se celebraron muchas tertulias de políticos, literatos, aficionados al toro, médicos, economistas. Junto a las puertas de la repostería, en uno de los veladores, solía sentarse Gustavo Adolfo Bécquer, que a este café asistió hasta el final de su vida.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1919). Tertulias en el Café Suizo.

El político Antonio Cánovas del Castillo, el poeta Vicente Barrantes o el escritor Pedro Antonio de Alarcón formaron parte de una tertulia en este café entre los años 1848 y 1857.

Sobre el año 1870 el dramaturgo Marcos Zapata o el dibujante Francisco Ortego se reunían también con el autor Adelardo López de Ayala y los pintores José Casado del Alisal y Antonio Gisbert.
 
La lista de los tertulianos en el Café Suizo fue muy extensa. Por él pasarían, a lo largo del tiempo, políticos como Nicolás Salmerón o Laureano Figuerola; escritores como José Echegaray o Manuel Fernández y González.

El Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal tuvo también tertulia en este café, que recordaría en el libro “Recuerdos de mi vida” publicado en el año 1901. Yo debo mucho a la sabrosa tertulia del Suizo. Aparte ratos inolvidables de esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me corregí de algunos defectos.

Fuente: madrid.org (1919). La esquina de la calle de Alcalá con la de Sevilla.
 
El honesto café de la alta burguesía madrileña, serio y tranquilo, poco a poco fue entrando en decadencia. Los componentes de las tertulias fueron creciendo en edad, mientras que los jóvenes escogían otros lugares de esparcimiento con ambientes más bulliciosos.
 
Aquel viejo Café Suizo echaría el cierre definitivo el día 16 de julio de 1919. Su edificio sería demolido y con él también desaparecería el famosísimo Salón Teatro Japones de efímera pero intensa historia.
 
Aquellos quesitos helados, los pasteles y los bollos de leche especialidad del repostero Fanconi a los que pusieron el nombre de suizos, serían recordados en el tiempo al igual que las mil y una tertulias que allí tuvieron lugar, cuyos componentes evocarían con melancolía en sus múltiples memorias o en artículos de los periódicos.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1919). Fachada del Café Suizo con su terraza.

Con rapidez comenzarían las obras de un nuevo edificio, propiedad del Banco de Bilbao. El proyecto del arquitecto Ricardo de Bastida concluyó en el año 1923 y allí continúa.


Fuentes:

es.wikipedia.org
hemerotecadigital.bne.es
madrid.org
memoriademadrid.es
prensahistorica.mcu.es

miércoles, 15 de abril de 2020

CHAMBERÍ, UNA ESTACIÓN FANTASMA.

Durante cuatro décadas Chamberí fue conocida como la “Estación Fantasma”. Su espectral apariencia, escasamente iluminada por alguna bombilla de baja intensidad, podía apreciarse por los viajeros que atravesaban sus andenes al circular entre las estaciones de Bilbao e Iglesia, en la línea 1 del Metro de Madrid.

Perteneció al primer tramo que la compañía del Metropolitano Alfonso XIII inauguró en el año 1919, no con pocas dificultades para su financiación como en este vídeo nos relata Luis María González Valdeavero, responsable de Andén 0. 



 



 
Diseñada por el arquitecto Antonio Palacios, la estación de Chamberí nos llevará a viajar en el tiempo y a descubrir cómo era en sus inicios este ferrocarril metropolitano que tanto ha crecido hoy.

Aquí veremos su vestíbulo, las viejas taquillas, los antiguos torniquetes de salida con su receptáculo para los billetes usados, la primitiva señalización, los vestuarios para mujeres y hombres. Descenderemos hasta el andén, por donde continúa el servicio insistente del metro sin detener su paso y conoceremos el curioso motivo por el que la circulación de sus trayectos se realiza en sentido contrario al del tráfico de la calle.

Podremos contemplar la maravillosa ornamentación de los carteles publicitarios de una época pasada, obras de arte que realizaron prestigiosos ceramistas como Enrique Guijo o los hermanos González Álvarez-Ossorio. ¿Cuál fue la idea para su colocación? La misma por la que los pasillos, bóvedas y muros se recubrieron de azulejos blancos y brillantes.

Las instalaciones de la estación de Chamberí se han recuperado para conocer la historia de Madrid, también bajo sus calles.

Debemos ponernos en la piel de aquellos viajeros que nunca habían hecho un recorrido por el interior de la ciudad, imaginar sus miedos o su estupor ante la velocidad novedosa de un trayecto que hasta entonces sólo habían realizado a pie. De esta manera disfrutaremos de la formidable aventura centenaria que hoy proponemos. 




 

miércoles, 1 de abril de 2020

CAFÉ ORIENTAL y "TIRAR DE LA OREJA A JORGE".

Mucho se ha citado al Café Oriental de la Puerta del Sol, número 11, en prensa y en libros de autores como Pío Baroja o Benito Pérez Galdós. Su espléndida ubicación, haciendo esquina con las madrileñas calles de Preciados y de Tetuán, sirvió a los viandantes como referencia para indicar otras direcciones. La acera de su fachada fue mentidero de la Villa y lugar de reunión para grupos políticos de todas las ideologías, pero también se convirtió en un lugar excepcional para ver la dorada bola del “reloj de Gobernación” (hoy Comunidad de Madrid), que hasta bien entrado el siglo XX bajaba y subía dos veces diarias para señalar las doce horas.


Fuente: bdh-rd.bne.es (1862). Edificio de la Puerta del Sol con el Café Oriental en la esquina con la calle de Preciados.

Sería el domingo 10 de octubre de 1861 cuando, en la recientemente inaugurada Puerta del Sol, abrió sus puertas el Café Nuevo Oriental, con un salón capaz de recibir a mil cuatrocientas personas y decorado con un lujo exquisito en colores blanco y dorado. De altos techos, elegantes columnas de hierro, espacioso, bien iluminado por elegantísimos aparatos de gas y un salón de billar en su entresuelo, el local tenía acceso a través de varias puertas. 

Es de suponer que, entre la suntuosa decoración, el Oriental también había pensado en los aseos. No sabemos nada sobre el tema, pero sí que, en su misma puerta, sería instalada una columna mingitoria para uso exclusivamente masculino, allá por el año 1863. El centro de Madrid se hallaba entonces plagado de estos pequeños urinarios, situados en las zonas más transitadas (Red de San Luis, Puerta del Sol, calle de Alcalá), que eran además utilizados por limpiabotas o vendedores de pequeños artículos para ubicar sus negocios. Estos recintos no disponían de un hilo de agua que constantemente los lavara, siendo insuficiente su limpieza e insoportable el hedor que desprendían.


Fuente: bdh-rd.bne.es (1863). Señalada por la flecha aparece, en este recorte de fotografía, la columna mingitoria situada frente al Café Oriental.

El Café Oriental era famoso por las meriendas familiares, las tertulias de todo tipo en las que de todo se hablaba y por sus ricos panecillos largos y tiernos. En su gran salón de billar, situado en el entresuelo, fue apresado un grupo de aficionados a tirar de la oreja a Jorge, en el año 1889.

El juego de azar, que dependía de la suerte, estuvo prohibido en el país a lo largo de casi todo el siglo XIX y gran parte del XX. Su ejecución era considerada como un delito, lo que no impedía la proliferación de timbas clandestinas en los rincones de muchos establecimientos, entre ellos en los cafés. (El eufemismo “tirar de la oreja” parece provenir del siglo XVI, aunque con mucha posterioridad se le añadió el nombre de Jorge, quedando así la expresión utilizada en la prensa del siglo XIX para designar la acción de apostar por parte de los jugadores). 

En el mes de noviembre de 1894 el nuevo propietario del Café Oriental, Francisco Amigó González, sobrino del fundador, llevó a cabo una fastuosa remodelación del local, convirtiendo este negocio en uno de los más imponentes de la Puerta del Sol y aledaños.

Bajo la dirección de la prestigiosa casa de Nicasio Pechuán e hijo, el local fue transformado en una sala espléndida de la Alhambra. Molduras en los altos techos con profusión de dorados que crearon ambientes distintos, paredes forradas con grandes espejos, nuevo y brillante mobiliario en tonos oscuros, luz eléctrica y caloríferos. El nuevo diseño en madera para su fachada, de la casa Climent hermanos, incorporó los anuncios de aquellos productos que en el local se podían consumir. 


Fuente: mcu.es (finales del siglo XIX). La fachada muestra la nueva decoración del Café Oriental en la Puerta del Sol y en lateral de la calle de Preciados.

Se podría decir que por el Oriental pasó de todo y todos pasaron. Era un gran centro de reunión donde ver y dejarse ver, pero la respetable tranquilidad de su clientela no estaba exenta, en ocasiones, de algún lance pendenciero, sustracciones al descuido, petardos reivindicativos o de algún pollo pera dispuesto a entrar con su caballo con el fin de pasear entre los veladores. 

  
Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1905). La calle de Preciados y a la derecha el rotulo del Gran Café Oriental.

Benito Miranda sería el nuevo propietario del Gran Café Oriental en el año 1916. Un año más tarde, ante la subida de los precios de todos los artículos, la “Asociación de los dueños de cafés” había acordado incrementar el precio de los bollos y las medias tostadas a 0,15 céntimos (de peseta), pero por el incumplimiento de tal pacto por parte de otros propietarios del mismo gremio, el Oriental optó por regalar estas consumiciones a los primeros ciento cincuenta clientes, y hasta las 10h. de la mañana, que las solicitaran.

Los conciertos también fueron muy populares en el Café Oriental durante esta segunda década del siglo XX. El muy afamado y reputado violinista Fermín F. Ortiz acompañado por el maestro Espinosa, fueron muy del agrado de los inteligentes que premiaron con sus aplausos la inspirada labor de dichos señores.  

En el año 1925 se solicitaría una licencia de obras para el Café Oriental. Parece que se trató de dar un aire nuevo al local, despojándolo de su vieja fachada de madera oscura y, tal vez, de todos los artesonados que adornaban el interior. De esta manera, su exterior se cubrió con claras losas de mármol y se instalaron ventanas con grandes lunas de cristal, que lo despojaron de la elegancia de tiempos pasados. 


Fuente: madrid.org Fotografía de Martín Santos Yubero (años 30 del siglo XX). El café Oriental, con el diseño de 1925, durante la Guerra Civil Española.

El Oriental fue uno de los cafés socializados durante la Guerra Civil Española (1936-1939), manteniendo su actividad. Tras la contienda, el café desapareció y en su local fueron instalándose diversos comercios a lo largo del tiempo.



Fuentes:
bdh-rd.bne.es
bibliotecavirtualmadrid.org
hemerotecadigital.bne.es
madrid.org
mcu.es
prensahistoria.mcu.es

lunes, 16 de marzo de 2020

EL PALACIO DE LINARES Y SU LEYENDA.

En la plaza de la Cibeles de Madrid se sitúa, desde el año 1873, este suntuoso y bellísimo Palacio de Linares, proyectado por el arquitecto Carlos Colubí.



El Palacio de Linares fue construido con los mejores y más preciados materiales de la época, interviniendo en su decoración el arquitecto Adolf Ombrecht, el escultor Jerónimo Suñol y los pintores Alejandro Ferrant, Francisco Padilla, Casto Plasencia, Valeriano Domínguez o Francisco Amérigo. Mármoles, bronces, tapices, sedas orientales y maderas nobles aparecen en cada una de las salas de este majestuoso palacio que, como curiosidad, tenía de todo menos cocina. Los marqueses se hacían traer diariamente la comida desde el famoso Restaurante Lhardy, situado en la Carrera de San Jerónimo.

Una soberbia escalera da paso a las habitaciones, comedores, pasillos y diferentes salones del palacio que en este vídeo mostramos acompañados por Andrés García -director de Estandarte-. El formidable lujo y los mil extraordinarios detalles que contienen cada una de las dependencias de este precioso edificio, reflejan el exquisito gusto y el enorme coste de los valiosos materiales con que fue diseñada su decoración.

José Antonio de Murga Reolid, primer marqués de Linares, era hijo del rico empresario Mateo de Murga, quien construiría en el año 1847 el famoso Pasaje de Murga o del Comercio situado en la calle de la Montera de Madrid. Padre e hijo protagonizarían una de las leyendas más famosas de aquel Madrid de finales del siglo XIX, cuando José Antonio contrajo matrimonio con una joven llamada Raimunda, sin título nobiliario, que pasaría a convertirse en marquesa de Linares.

Acompañados por personajes de la época, el Palacio de Linares puede ser visitado en un espectáculo donde también se contarán muchos de los enigmáticos secretos que esconden sus paredes.


viernes, 6 de marzo de 2020

LAS LAVANDERAS DEL MANZANARES.

Julia Fernández era la más veterana de aquellas lavanderas del río Manzanares, allá por el año 1933. Pequeña de estatura, vivaracha y lista contaba entonces con setenta y cuatro años de edad y nada menos que sesenta y dos de profesión.

De sus catorce partos tan sólo habían sobrevivido dos hijos y explicaba que un buen mes podía ganar hasta noventa pesetas de jornal. (En aquellos años el precio de un kilo de pan podía llegar a los 0,80 céntimos de peseta). 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933) Julia Fernández, a la derecha de la fotografía.

Los márgenes del río contaban por entonces con trescientas mujeres que desempeñaban el oficio de lavandera, cuyas edades oscilaban entre los doce y los más de setenta años. Estas últimas ya estaban aquejadas de reuma, dermatitis crónica que había destrozado sus manos y uñas, la gota y fuertes dolores en los riñones porque para lavar la ropa hay que mover la cintura más que una bailarina y precisaban de la asistencia de los “mozos de colada” o de las “roperas” que ayudaban, por pequeñas cantidades de dinero, al acarreo de los pesados fardos de ropa o a colgarla en los altos tendederos. 
 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933). Tendederos del Manzanares a la altura del paseo de la Virgen del Puerto.

Ya hay constancia de los lavaderos en el Manzanares en el siglo XVIII. Destartalados chamizos, con techo y grandes huecos en sus paredes, que se nutrían con el agua del río. En su interior una gran pila dividida en varias docenas de puestos por los que cada lavandera debía abonar cincuenta céntimos de peseta para su utilización, ya que eran negocios privados aún en la década de los años treinta.


Fuente: mcu.es-fotografía de Otto Wunderlich, primeras décadas del siglo XX. Lavaderos y tendederos a la orilla del Manzanares.

El coste de estos recintos propiciaba que muchas mujeres ejercieran su trabajo directamente en las orillas del río, ahorrando así el alquiler de las pilas, pero incrementando el penoso esfuerzo de quitar las manchas de la ropa con el agua fría y restregando con sus propias manos, lo que durante el invierno se hacía especialmente duro.


Fuente: mcu.es-fotografía de Otto Wunderlich (1914). Lavanderas del Manzanares.

El proceso del lavado de la ropa consistía en empaparla con agua fría, untar el jabón, restregar toda la superficie, hacer la colada o introducirla en agua muy caliente y lejía (a mediados del siglo XIX era muy famosa el agua de Javelle – hipoclorito de sodio-). Cuando las manchas desaparecían había que volver a aclarar, retorcerla para que escurriera y tender. El lavado de cada prenda tenía un precio, que oscilaba entre los 0,15 céntimos de una camisa hasta los 0,30 céntimos de una sábana, siendo lo más laborioso la limpieza de las mantas y de los trajes de faena.

Los lavaderos proporcionaban el servicio de agua caliente para la colada o recuelo a un precio de 4,50 pesetas, cantidad que era abonada por cada lavandera, al igual que el resto de los productos utilizados: lejía, añil o jabón.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933). Lavandera trabajando en una pila de lavadero.

A las duras condiciones de trabajo de las lavanderas se añadía el problema de los hijos pequeños, que iban con sus madres al río y a menudo eran propensos a sufrir enfermedades o accidentes.

En el año 1872 se inauguró el Asilo de las Lavanderas, también llamado Casa del Príncipe, a propuesta de la reina María Victoria esposa de Amadeo de Saboya. 


Fuente: memoriademadrid.es (1934). El Asilo de las Lavanderas.

Este edificio de madera estaba situado en lo que hoy es la glorieta de San Vicente, frente a la puerta del mismo nombre. Contaba con dos pisos y sendas dependencias para acoger a niños mayores de dos años y a párvulos, siempre que pertenecieran a legítimo matrimonio. Una pequeña sala de seis camas hacía las veces de casa de socorro, para atender a las lavanderas que hubieran tenido algún accidente en el desempeño de su oficio.

El Asilo era insuficiente para acoger a la gran cantidad de niños que precisaban de sus servicios. Pa meter allí a un crío tié una que hablarse de tú con el Presidente de la República, comentaba Trini López, madre de doce hijos, en el año 1932. 

La década de los años treinta del siglo anterior fue el final de las lavanderas del Manzanares. El agua, poco a poco, iba subiendo a las casas y no se hacía necesario encargar el transporte, lavado, secado y entrega de las prendas a las mujeres que desempeñaban este duro oficio en los lavaderos o en el propio río.

Esta penosa profesión desaparecería del todo con las máquinas eléctricas para lavar ropa, que ya se iban instalando en las casas más acomodadas en la segunda mitad de los años treinta del siglo pasado.

 






8 DE MARZO, DÍA DE LA MUJER.

POR UN TRABAJO DIGNO.



Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
mcu.es
memoriademadrid.es

miércoles, 19 de febrero de 2020

ESPECIAL BENITO PÉREZ GALDOS. (Parte II). GALDÓS Y LOS CAFÉS.

Antiguos Cafés de Madrid continúa su homenaje a la figura de Benito Pérez Galdós en compañía de Álvaro Llorente, guía cultural y colaborador de Espacio Madrid, recorriendo los lugares de la ciudad que marcaron la obra y la vida del espléndido novelista.




En el año 1862, cuando Galdós llegó a Madrid procedente de Las Palmas de Gran Canaria, se encontró con una bulliciosa Puerta del Sol recién remodelada. De inmediato, surgiría la fascinación del escritor por el mundo de los cafés que allí acababan de inaugurarse y por las tertulias que en ellos se celebraban. ¿Qué influencia tuvieron en la enorme obra de Pérez Galdós estos establecimientos?

A lo largo de su extensa producción describió al detalle la historia de Madrid y de sus habitantes, durante el siglo XIX. Expresiones y frases castizas aparecen en boca de los personajes, tal y como el novelista las escuchaba en realidad. ¿Cómo y de dónde tomaba Galdós el lenguaje de sus protagonistas?

Sin duda el antiguo Ateneo de Madrid, que por entonces y hasta el año 1884 se ubicaba en la calle de la Montera, fue el lugar que influyó más en el escritor. En él Pérez Galdós conocería a todos los destacados intelectuales del momento. Allí sería testigo de acontecimientos históricos que más tarde plasmaría en sus novelas y escucharía las más singulares discusiones filosóficas, que en este vídeo conoceremos.

Benito Pérez Galdós falleció el día 4 de enero de 1920. Su entierro se convirtió en uno de los más multitudinarios de Madrid, al que asistieron miles de mujeres y hombres de todas las clases sociales, mientras la España oficial se mantenía al margen.

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