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jueves, 15 de junio de 2017

CAFÉ UNIVERSAL, “EL CAFÉ DE LOS ESPEJOS”.

El Café Universal: ese gran cuadrilongo, blanco y dorado, cubierto de espejos hasta una altura considerable y alumbrado por elegantísimas lucernas, fue inaugurado el sábado 28 de septiembre de 1861 en el número 15 (hoy nº 14) de la Puerta del Sol de Madrid.

Tanto la parcela como el edificio donde estuvo ubicado, como muchos otros de la Puerta del Sol, fueron propiedad del opulento capitalista Juan Manuel Manzanedo González, que había obtenido su enorme fortuna con la trata de esclavos, entre otros negocios.

Fuente: bdh.bne.es (1905).
La fachada del Café Universal aparece señalada por la flecha.

Juan Fernández Quevedo, propietario y fundador del Café Universal, invitaría a lo más selecto de Madrid a la apertura del nuevo negocio. La fiesta, en la que se sirvieron helados y bebidas hasta las doce de la noche, contó con la excelente orquesta dirigida por el maestro Skozdopole (Johann Daniel Skoczdopole).

El Universal era un café de lo más elegante; en la fachada se anunciaba su título en español, francés e inglés con letras doradas sobre fondo azul encima de las puertas. En el entresuelo, al que se accedía por una escalera de caracol que partía del salón principal, además de tener entrada propia por el portal del edificio, se instalaron las mesas de billar y de tresillo (juego de cartas) junto a los gabinetitos para comidas de confianza.

En el año 1863 llegó a Madrid, para estudiar la carrera de Derecho, un joven llamado Benito Pérez Galdós y se instaló en una pensión de la cercana calle de Fuencarral, número 3. Allí conocería al también canario Fernando León y Castillo (a la postre político y responsable de varios ministerios), con quien fundaría quizá la más perdurable -setenta años y con reuniones diarias- tertulia de la colonia canaria en un café de Madrid. 

Pérez Galdós mencionó al Café Universal, donde también solía escribir, en algunas de sus obras: “Prim” y “La de los tristes destinos” correspondientes a la cuarta serie de los “Episodios nacionales”. “España trágica” y “España sin rey” de la quinta y última serie de la misma colección. Solía comentar que su novela “Gloria” había sido concebida pasando por la Puerta del Sol, entre la calle de la Montera y el Café Universal.

Fuente: es.wikipedia.org
Caricatura de Benito Pérez Galdós, publicada en 1898, escribiendo los Episodios Nacionales y sentado en el sillón "N" de la Real Academia Española. Obra de Joaquín Moya.

Durante el mes de julio de 1880 el Café Universal se mantuvo cerrado para llevar a cabo grandes obras de restauración. Su primer dueño había dejado el negocio en manos de su hijo, Juan Fernández Benavente, quien reabriría el establecimiento tres meses después.

Fuente: bdh.bne.es (1880).
Portada y trasera del menú del Café Universal cuando fue inaugurado, por segunda vez. Las siglas JFB corresponden al nombre de su nuevo propietario (Juan Fernández Benavente).

El nuevo aspecto del Café Universal fue, a decir de la prensa, de exquisito gusto. En la fiesta de inauguración camareros uniformados sirvieron con profusión y diligencia delicados artículos de una calidad digna de encomio.

La decoración del local era muy novedosa y elegante. Bajo la dirección del arquitecto Egidio Piccoli, en colaboración con los pintores Jorge Busato, Bernardo Bonardi y Francisco Javier Amérigo, todos ellos vinculados con la escenografía, el espacio del café fue repartido y ambientado en los estilos pompeyano, renacentista y rafaelesco. 

Los altos techos estaban pintados en vivos colores artísticamente combinados al igual que las paredes, que se hallaban cubiertas por cristales formando elegantes dibujos con el fin de proteger las obras. Los grandes espejos continuaban, como desde la primera decoración, aumentando las dimensiones del salón y sirviendo de reclamo para que la clientela siguiera denominando al Universal como El café de los espejos.

Peñas y tertulias variopintas continuarían a lo largo de los años en el Café Universal; como “La Vicaría”: situada en un rincón alejado de la calle y que ya existía en el año 1906. A ella asistían poetas, periodistas, pintores y todo aquel que tuviera algo que contar, incluidas las mujeres. Años más tarde (sobre 1918), el poeta León Camino Galicia de la Rosa (León Felipe) formaría parte de esta tertulia junto al escultor Emilio Madariaga Rojo y el traductor Wenceslao Roces Suárez, entre otros. 

Otra celebérrima tertulia del Universal fue la del torero Vicente Pastor Durán “El chico de la blusa”, que ya en el año 1911 se había reservado su rincón en un lugar bien visible, junto a la vidriera del café. 

Por aquellos años el negocio ya había cambiado de dueño siendo sus propietarios Honorio Riesgo y Clemente Fernández, quienes renombraron el establecimiento que pasó a llamarse Gran Café Universal.

Fuente: B.N.E. (1933) Fotografía de Vicente López Videa.
Fachada del Gran Café Universal.

La historia del Gran Café Universal continuó su camino entre tertulias, noticias sobre robos de gabanes despistados en su sala de billar, rotura de las grandes lunas de sus ventanales durante alguna protesta en la Puerta del Sol, pero sin anuncios publicitarios en los periódicos. La situación privilegiada del local, así como la costumbre arraigada, entre quienes deseaban escuchar o tenían algo que decir, de visitar a diario cada uno de los cafés de la Puerta del Sol propiciaba la buena marcha de un negocio que no precisaba más reclamos.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el Universal formó parte de las industrias socializadas del Sindicato de la Alimentación en Madrid, siendo gestionado por los propios trabajadores.

Fuente: mcu.es (1937).
La fachada del Café Universal tras los bombardeos en la Puerta del Sol, durante la Guerra Civil Española.

Tras acometer obras de remodelación, para dar al local un aire de modernidad, el Café Universal reabrió en el mes de diciembre de 1950. Su vieja fachada de madera fue eliminada, su interior redujo el espacio y suprimió la hermosa decoración antigua para presentar un café aséptico, luminoso y anodino.

Fuentes: fotografía de la izquierda, ABC (1958). Fotografía de la derecha, elmadridquevivioelcipri.blogspot.com.es (década de los años 50).
A la izquierda se aprecia la nueva fachada del Café Universal y a la derecha su interior. 

El Universal, que había reanudado los olvidados conciertos musicales de su inicio, retomó esta actividad con una orquesta de señoritas de la que formaría parte una joven violinista llamada Olga Ramos.

Tras su reapertura del año 1950 instaló, junto a la escalera de acceso al entresuelo, un pequeño y elegante escenario capaz de albergar a orquestas de cinco o seis componentes. 

Por entonces el Café Universal, administrado por el escritor y poeta Francisco de la Vega, ya anunciaba su programación musical en la cartelera de los periódicos y tenía la consideración de sala de fiestas. 

A partir del año 1951 y durante casi dos décadas La orquesta de Olga, de la que también formaría parte el director Enrique Ramírez de Gamboa “El Cipri”, obtendría grandes éxitos con sus funciones diarias en este café. 

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Aspecto actual de lo que fue el Café Universal.

El Universal fue el último de los cafés históricos en desaparecer de la Puerta del Sol. En los primeros meses del año 1974 el negocio cerró, llevándose su larga historia por delante.

Fotografía: M.R.Giménez (2016).
Placa de la fachada que recuerda hoy al Café Universal, donde actuaba Olga Ramos.

En la actualidad sólo una placa dedicada a la reina del café concierto Olga Ramos recuerda al galdosiano Café Universal, tras sus ciento trece años de historia.





Fuentes:

ABC
Bdh.bne.es
Elmadridquevivioelcipri.blogspot.com
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España
Mcu.es
Prensahistorica.mcu.es 

lunes, 29 de mayo de 2017

PASAJE, MERCADO Y BAÑOS DE SAN FELIPE NERI.

Sobre el terreno que fue oratorio de San Felipe Neri, desamortizado en el año 1836, vinieron a construirse un pasaje o galería, un mercado y una casa de baños rusos. Este espacio estaba situado entre las madrileñas calles de Bordadores, San Felipe y de las Hileras.


Fuente: ign.es
Plano de Madrid (1848) de Pascual Madoz y Francisco Coello.
Junto a la plazuela de Herradores, señalado por el círculo, aparece el edificio del Pasaje y Mercado de San Felipe Neri.

A imitación de las cubiertas galerías comerciales francesas y con la finalidad de construir atajos peatonales entre las calles, vinieron a edificarse el Pasaje y el Mercado de San Felipe Neri inaugurados, respectivamente, el día 19 de abril y el 1 de agosto del año 1840.

Fuente: B.N.E. 81840)
Pasaje o Galería de San Felipe Neri, tras su inauguración.

Propiedad de Mariano Bertodano y Cía. el madrileño Pasaje de San Felipe Neri, además de calle, serviría para ubicar tiendas de objetos lujosos, mientras que en el Mercado se instalarían los puestos de venta para comestibles. Ambos recintos estaban separados entre sí, pero comunicados por un paso interior en el mismo edificio.

El conjunto fue proyectado por el arquitecto Mariano Marcoartú (Marco Artú), quien diseñó lo que se convertiría en el primer pasaje de Madrid. Cubierto por un techo, inicialmente con estructura de madera (más tarde sustituida por hierro) y cristal, contaba con una longitud cercana a los setenta metros. Sus dos alturas estaban separadas por una faja corrida que forma tableros y antepechos figurando un calado de buen gusto. El acceso a las tiendas se enmarcaba con pilastras pareadas y en su piso superior las ventanas, en forma de herradura, se adornaban con arcos túmidos (de herradura apuntados). La ornamentación de gusto gótico-arabesco se completaba con un suelo de losas de piedra y las pinturas del artista Francisco Martínez.

Cada uno de los comercios situados en esta galería tenía portones de madera y cristal, con una anchura de dos metros y veinte centímetros por tres con treinta de alto. Todos tenían una pequeña habitación sobre sí y algunos se completaban con una planta de sótano. Una droguería, la librería de Miguel Burgos, un gabinete de lectura o una fábrica de libros rayados y encuadernaciones, además de una tienda de vinos y una sastrería eran, entre otros, los negocios instalados en este Pasaje de San Felipe Neri al que se accedía por las calles de Bordadores y de las Hileras, además de por el centro de la fachada de la plazuela de Herradores.

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Edificios actuales, donde se ubicó el Pasaje y el Mercado de San Felipe Neri, vistos desde la calle Mayor.

Madrid, a mediados del siglo XIX, tenía carencia de mercados instalados en recintos cubiertos. Los productos se vendían en puestos callejeros y sin horario lo que provocaba molestos ruidos, malos olores y demasiada suciedad.

El Nuevo Mercado de San Felipe Neri quiso venir a paliar los problemas insalubres de la zona. Situado junto al Pasaje, ocupaba dos tercios en la extensión total de la nueva edificación.

Fotografías: M.R.Giménez (2017).
Las flechas señalan los lugares donde se situaron los accesos al Mercado de San Felipe Neri en las calle de Bordadores, nº 1 e Hileras, nº 2. 

Cuatro entradas daban acceso a esta plaza de abastecimiento: dos por la calle de Bordadores y otras dos por la de las Hileras. Su interior contaba con tres pasillos a la intemperie, con ordenados cajones en los que se vendían verduras, frutas o carne de caza, y otras cinco calles cubiertas que se destinaban a los puestos para la venta de carnes y pescados. Estas últimas tiendas eran las de mayor tamaño, tenían sótano y una habitación luminosa a nivel del piso del mercado, además de contar con grandes escaparates para exponer las mercancías.

El precio del alquiler de los cajones y de los puestos oscilaba entre 1 y 4 reales diarios. 

El mercado tenía también un gran patio interior, que distribuía los espacios y aportaba luz natural al recinto, además de un pozo de aguas abundantes en el cual se coloca una bomba que ha de servir no solo de seguridad contra incendios, sino también para regarlo diariamente y cuantas veces se requiera en tiempo de verano.

Las aguas pluviales que caían sobre la cubierta bajaban por cañerías de plomo a las tarjeas o canalizaciones, que estaban conectadas con el alcantarillado.

El enorme desnivel y la irregularidad del solar sobre el que se levantó este edificio fueron notablemente salvados por el arquitecto, que procuró sacar todo el partido posible.

Contra todo pronóstico ese género de vía cubierta no supo prosperar (en Madrid) como en otras ciudades europeas. Por razones desconocidas el mercado, cuatro años después de su inauguración, estaba casi desierto.

Un nuevo negocio vendría a instalarse en el fallido mercado de San Felipe Neri, con entrada por el antiguo Pasaje de acceso por la calle de Bordadores, número 1 y de las Hileras, número 2. Los doctores Joaquín Delhom y Manuel Arnús Ferrer abrirían el día 19 de abril de 1858 un establecimiento de Baños Rusos, que posteriormente derivaría en balneario, aprovechando el agua de la laguna subterránea de la Plaza Mayor.

Los nuevos baños de vapor a la rusa parece que se inauguraron sin haberlos terminado, por lo que sólo podía funcionar una parte de las instalaciones. Sus dueños aseguraron que, tras finalizar la obra, habría también baños para pobres y para los establecimientos de beneficencia de esta corte. 

Con horario desde las 7 horas de la mañana y hasta las 6 horas de la tarde, el precio de 24 reales daba derecho a un baño de vapor seguido de irrigaciones con agua fría. Otros servicios consistían en inmersiones en agua clara o baños sulfurosos artificiales, que también se realizaban a domicilio, explicando en su propaganda que el uso beneficiosísimo del baño da flexibilidad a los miembros, elasticidad y tono a la piel. Todos los baños se realizaban tras una consulta médica.

A finales del año 1864 se solicitó licencia al Ayuntamiento de Madrid para demoler el edificio donde estuvo situado el Pasaje de San Felipe, con el fin de edificar nuevos inmuebles. Tres meses después casi estaba completado el derribo. En su lugar se construirían las viviendas que hoy podemos ver.

Los baños rusos se mantuvieron abiertos casi hasta el fin de la demolición total de lo que fue el Mercado de San Felipe Neri, trasladando sus instalaciones a la calle de las Hileras, número 4, a mediados del año 1867. A partir de entonces cambiarían su nombre por el de Balneario de San Felipe Neri.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1870).
Puerta del Balneario de San Felipe Neri.

A los doctores Joaquín Delhom y Manuel Arnús Ferrer, que habían fundado los baños rusos en 1858, vino a unírseles el doctor Félix Borrell Font, inaugurando así el primer establecimiento erigido en Madrid donde la hidroterapia se practicaría en una instalación dirigida por profesionales médicos.

Dotado de los más costosos aparatos y de toda clase de conducciones para agua fría, caliente, vapor o aire comprimido el moderno Balneario de San Felipe Neri contaba también con baños hidroterápicos, de aire comprimido o rarefacto, minero-medicinales artificiales, sulfurosos y un largo etcétera. A la instalación de lujosas bañeras de mármol o de zinc estañado se unieron los más modernos instrumentos atmosféricos y de pulverización, así como duchas, desde las más enérgicas hasta las más suaves.

Este Balneario continuó con el servicio de baños a domicilio, de agua o vapor, transportados por medio de carros y que podían contratarse a cualquier hora del día o de la noche.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1870)

Con el tiempo el Balneario de la calle de las Hileras fue convirtiéndose en una casa de baños higiénicos, sulfurosos y medicinales de todas clases. Era difícil competir con las lujosas instalaciones de los que se abrían junto al mar y en la montaña.

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
Calle de las Hileras, número 4, en la actualidad.

La última noticia de este negocio, encontrada en la prensa, data del año 1935. 

En la actualidad, y desde la década de los años cincuenta del siglo pasado, su espacio está ocupado por un edificio de uso comercial.




Fuentes:

Bdh.bne.es
“Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones en ultramar” Pascual Madoz.
Hemeroteca ABC
Hemoroteca B.N.E.
Ign.es
“Manual histórico-topográfico, administrativo y artístico de Madrid” Ramón de Mesonero Romanos.
Prensahistorica.mcu.es

jueves, 4 de mayo de 2017

HEMINGWAY EN LA CALLE DE LA TERNERA.

Se podría decir que Ernest Miller Hemingway o Ernesto Hemingway, como gustaba de llamarse durante sus estancias por España, continúa en la calle de la Ternera de Madrid.

Fotografías: M.R.Giménez (2017)
Dos aspectos de la pequeña calle de la Ternera.

El local situado en el número 4 de esta calle, que hoy alberga un restaurante cubano y a lo largo del tiempo sirvió para instalar diferentes negocios (carbonería, cochera, taller mecánico, lechería o depósito de libros), contiene un busto de Hemingway firmado por el escultor Santiago de Santiago Hernández. 

Esta escultura fue promovida por la asociación de los amigos de El Rincón de Hemingway, grupo que conoció y tuvo una relación muy estrecha con el escritor. Los toreros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, el escritor José Luis Castillo-Puche y el propio escultor Santiago de Santiago formaban parte del colectivo.

La obra, que muestra en tamaño natural la cabeza en bronce del escritor, se instala sobre una base de piedra de granito en la que se lee Restaurante El Callejón a Hemingway, sobre una placa.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Escultura de Ernest Hemingway.

Fue a finales de abril del año 1982 el momento elegido para descubrir la escultura, con la asistencia del embajador de los Estados Unidos de América en España. El acto tuvo lugar en el restaurante El Callejón situado en el antiguo número 6 de la calle de la Ternera, histórica casa hoy desaparecida. 

Fuente: ABC (1982).
Descubrimiento de la escultura de Hernest Hemingway en El Callejón (c/ de la Ternera, 6)

La crónica de este inmueble, derribado a finales de los años noventa del siglo pasado, contaría, si existiera, que allí vivió y falleció el capitán Luis Daoíz Torres, héroe del levantamiento contra los franceses en el Cuartel de Monteleón de Madrid, el día 2 de mayo de 1808.

El único local del edificio fue ocupado por muchos negocios y entre ellos, en el año 1930, por la taberna Casa Guerrita Chico propiedad del que fuera novillero y después industrial Jesús Rodríguez Arribas.

Fuente: B.N.E. (1930)
Casa Guerrita Chico, situada en la calle de la Ternera, nº 6,

Más de una década después, en el año 1944, se inauguraría El Callejón como taberna especializada en comida casera, propiedad de Felipe García y Manuel Jiménez. Este antiguo número 6 de la calle de la Ternera era un lugar apartado, tranquilo y provisto de comedores independientes; fue visitado por Ernest Hemingway en tantas ocasiones que hasta tenía su propia mesa reservada de forma permanente.

Allí se reunió con muchos amigos españoles durante sus viajes a Madrid y conoció, por medio del torero Domingo Dominguín (Domingo González Lucas), a un joven militante del Partido Comunista que le fue presentado como Agustín Larrea, de profesión sociólogo y que no era otro que el futuro escritor y ministro de Cultura socialista Jorge Semprún Maura, por entonces en la clandestinidad y perseguido por el régimen fascista de Franco.

Semprún recordaría aquel encuentro con Hemingway del año 1954 en El Callejón al presentar su novela "Veinte años y un día" (2003), ambientada en la posguerra española y pergeñada durante aquella conversación con el Premio Nobel de Literatura.

Fuente: 2.munimadrid.es (1997).
Fachada de El Callejón, en la calle de la Ternera, nº 6, poco antes de ser demolida.

A mediados de los años ochenta del siglo pasado el negocio de El Callejón se amplió con el local situado en la casa contigua (que aún existe) del número 4 de la calle, por medio de un estrecho pasillo que comunicaba ambos negocios. Así el restaurante tendría como filial el Mesón La Ternera.

Fuente: ABC (1985)

El antiguo e histórico inmueble de la calle de la Ternera, número 6 fue derribado con toda su historia al finalizar la década de los años noventa. Sobre su solar se levantó de inmediato una nueva casa. 

El busto de Ernest Hemingway se instaló desde entonces en el local del número 4, antes mesón y hoy restaurante de comida cubana.

Fuente: mcu.es (1930-1936) - Fotografía de Antonio Passaporte.
Fachada del hotel Florida, situado en la plaza del Callao.

Ernest Hemingway se alojaba en el desaparecido Hotel Florida (pinchad) de la plaza del Callao de Madrid, durante la Guerra Civil Española. Este establecimiento se encontraba a muy corta distancia de la calle de la Ternera y de El Callejón.



Fuentes:

2.munimadrid.es
Es.wikipedia.org
Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
Mcu.es

lunes, 17 de abril de 2017

CAPELLANES, MUCHO MÁS QUE UN CAFÉ.

La calle de Capellanes (actual c/ del Maestro Victoria y antes de Mariana Pineda) albergó, desde el año 1559, uno de los edificios con la historia más versátil de Madrid: La Casa de la Misericordia. 

Maqueta de León Gil de Palacio (1830).
Entre la Puerta del Sol y la plaza de las Descalzas, señalada por una flecha, aparece la Casa de la Misericordia.

La Casa de la Misericordia, que comenzó siendo hospital y más tarde vivienda para capellanes, pasó a alojar diversos negocios tras la desamortización de 1836: juzgados, imprentas, salones de alquiler, bailes, cafés y varios teatros. El precio de esta casa fue tasado para su venta en 2.538.396 reales en 1837.

A partir del año 1850, y tras acometer no pocas reformas en su interior, la antigua Casa de la Misericordia se convertiría en los salones de baile más famosos de la historia del Madrid del siglo XIX. 

Su espléndido patio central fue cubierto, adornado con grandes espejos y formidables lámparas. El local se alquilaba, sobre todo para las fiestas de máscaras en carnaval, a todo tipo de asociaciones. Allá bailaban las damas ilustres junto a sus cocineros, las modistas y los grandes de España, las doncellas con los señoritos camuflados tras los diversos disfraces. Así este salón sería conocido con el nombre de Baile de Capellanes, enclavado en la por entonces triste, desierta y oscura calle de Capellanes, número 10, con vuelta a la calle de la Tahona de las Descalzas.

Fuente: Es.wikipedia.org
"Baile de Capellanes" pintado entre 1860-1865 por Ricardo Balaca Oreja-Canseco.

En el mes de marzo de 1860 el baile fue convertido en el primer teatro-café de Madrid. En la parte izquierda de la entrada a su salón principal se construyó un pequeño escenario, se instaló un ambigú o cantina y pasó a llamarse Teatro-café de Capellanes. 

El reconvertido salón de espectáculos también se ubicó en el antiguo patio del edificio, que ya antes había sido techado. Sus cuatro grandes columnas, que ejercían de soporte, entorpecían la vista de las representaciones desde algunos veladores que se habían dispuesto en las galerías que rodeaban la sala. Pero nada de esto importaba porque, tras la función, todo el mundo deseaba participar en el baile final.

Había comenzado la moda de los teatros líricos, así llamados porque amenizaban con música entre cada uno de los espectáculos del programa. Dos reales daban derecho a ver las funciones del día y a una consumición de café o helados por valor equivalente. Las mujeres tenían la entrada gratuita.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1873)

El de Capellanes fue uno de los primeros locales de Madrid en popularizar el baile del can-can y las críticas encolerizadas no se hicieron esperar. Mientras la autoridad competente exigió a las bailarinas el uso de pololos, la voz del púlpito de la iglesia de Montserrat expelía encolerizada: “Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais saltando”. 

En el mes de enero de 1868 el Teatro-café de Capellanes acometió reformas tanto en sus localidades como en el palco escénico y pasó de denominarse Teatro de Alarcón. Su programación era muy similar a la de su antecesor combinando obras teatrales con música y baile, en un primer momento. Alrededor del año 1870 las funciones de teatro parece que habían ganado la partida.

El negocio de la calle de Capellanes volvió a cambiar de dueño, inaugurando el Teatro-café del Liceo en el mes de diciembre de 1874. Este nuevo teatro estaba decorado por el magnífico escenógrafo Eduardo Montesinos.

Por fin, el día 20 de mayo de 1875, aquel coliseo de la calle de Capellanes se convirtió en un lugar elegante, cómodo, limpio y aseado, a decir de la crítica del momento, al inaugurarse allí Teatro de la Risa.

Fuente: B.N.E. (1882)
Teatro de la Risa.

Completamente restaurado, el de la Risa era un teatro de aspecto distinguido y confortables localidades. La embocadura del escenario era sencilla y de buen gusto tras de la que caía un gran telón, obra del pintor Francisco Plá Vila, de colorido vigoroso y buena entonación.

El programa del Teatro de la Risa contenía la representación de varias comedias, entre las que una orquesta interpretaba sinfonías y algún solista novel ejecutaba piezas al violín. El espectáculo se completaba con una exhibición de danza a cargo del cuerpo de baile de la compañía.

La historia del famoso número 10 de la calle de Capellanes volvió a reescribirse con un nuevo cambio de dueño y la correspondiente remodelación del local. El día 30 de abril de 1884 se inauguró el Salón Romero, propiedad del empresario y editor musical Antonio Romero Andía.

Fuente: Mcu.es (1884-1896). Fotografías de Jean Laurent.
Dos aspectos del Salón Romero y su magnífica decoración.

Con capacidad para seiscientos espectadores, el lujoso Salón Romero fue destinado a conciertos. Una parte del recinto fue reservada para el depósito de las nueve mil obras musicales del fondo editorial de su propietario, que además exponía ciento treinta pianos y harmonios en los laterales de la sala.

Fuente: Fotografía de la izquierda Pinterest.com (1884). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Vistas tomadas desde el mismo lugar de la plaza de las Descalzas. A la izquierda aparece señalado el Salón Romero el mismo año de su inauguración y a la derecha el edificio que hoy ocupa su lugar.

Romero no escatimó en la opulenta decoración de su Salón, dotado de excelente resonancia y un magnífico alumbrado. Las obras fueron dirigidas por el arquitecto José Marín-Baldo Caquia y su hijo, José Marín-Baldo Burgueros, realizó las pinturas del proscenio y el gran medallón del techo que representaba la alegoría de la Música de baile. El pintor Manuel Picólo López intervino en los ocho retratos de compositores que en sendos medallones adornaban el techo del Salón, así como en los que representaban a la Música religiosa y a la militar. El escenógrafo y pintor Pedro Valls ejecutó otro medallón conteniendo la imagen de la Música imitativa, revistiendo también los muros del local con veinte tapices pintados que mostraban escenas de zarzuelas y óperas. En la fastuosa decoración del Salón Romero intervinieron además el escultor Miguel Ángel Trilles, con cuatro bustos instalados en la cúpula central, y José Aterido, realizando los calados en zinc de las lucernas.

Fuente: Hemerotecadigital.bne.es (1885).

Los viejos muros del siglo XVI de la calle de Capellanes, número 10, aún albergarían otro elegante y último teatro. Propiedad de la Sociedad Olimpia, el día 4 de febrero de 1897 quedó inaugurado el Teatro Cómico.


Fuente: B.N.E. (1933)
Fachada del Teatro Cómico.

Con capacidad para ochocientos espectadores el Teatro Cómico modernizó algo de la vieja estructura del antiguo Salón Romero, pero mantuvo gran parte de su preciosa decoración. El escenario de la antigua sala de conciertos elevó su altura y abrió un espacio, delante del proscenio, donde se situaría la orquesta. 

Aunque fue dotado de un nuevo y potente alumbrado eléctrico el nuevo teatro tenía la desventaja de impedir la visión de las funciones en muchas de sus localidades, debido a las grandes columnas que sustentaban el techo cerrado del primitivo patio donde estaba ubicado. Fue así como, pocos meses después de ser inaugurado, volvió a realizar importantes obras en su interior.

Arrendado por la compañía propietaria al actor Enrique Sánchez de León, el proyecto del nuevo Teatro Cómico sería encargado al arquitecto Julio Martínez-Zapata Rodríguez, quien desmantelaría la antigua cúpula y sus gruesas columnas para realizar un moderno recubrimiento con soportes más estrechos, subiendo la altura del techo para dotar de más amplitud al local. La nueva estructura daría espacio para levantar dos pisos cómodos y elegantes, distribuyendo las localidades en varias zonas bien repartidas, separadas por anchos pasillos, a las que se sumaron veintiséis nuevos palcos a derecha e izquierda de la embocadura del escenario y en el entresuelo, además un palco regio. 

La inclinación del suelo, hasta entonces plano, de la zona correspondiente al patio de butacas fue modificada dando ciertas garantías visuales contra la altura excesiva de los sombreros de las señoras. Allí se instalaron confortables asientos en madera de nogal, colocados en rampa.

Una nueva obra, en el año 1922, modernizaría aún más el Teatro Cómico haciendo desaparecer las pinturas y el ornato del antiguo Salón Romero, por completo. Sus paredes se pintaron en colores marfil y oro, tapizando los pasillos y el techo con telas de claras tonalidades.


Fuente: diariomadrid.net (1968)
Fachada del Teatro Cómico poco antes de ser derruido.

En octubre de 1969 la piqueta entró sin compasión tanto en el Teatro Cómico como en los edificios circundantes, para convertir el terrero correspondiente al número 10 de la calle del Maestro Victoria (antigua de los Capellanes y de Mariana Pineda) en una explanada que serviría de atrio para la entrada del nuevo edificio de unos grandes almacenes.





Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Diariomadrid.net
“En las Descalzas Reales de Madrid. Estudios históricos, iconográficos y artísticos” Elías Tormo.
Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid” Ángel Fernández de los Ríos.
“Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España”
“Las calle de Madrid” Pedro de Répide.
Mcu.es
Pinterest.com
Prensahistorica.mcu.es

miércoles, 22 de marzo de 2017

EL CAFÉ DEL ESPEJO DE LA PLAZA DEL ÁNGEL.

En el antiguo número 1 de la plaza del Ángel (*) de Madrid estuvo situada hasta el año 1849 la conocida como Casa del Consulado, lugar donde el Tribunal de Comercio celebraba sus audiencias. En locales del mismo edificio vinieron a instalarse: la Bolsa de Madrid (1831 - 1832), el Ateneo Científico y Literario (1839 - 1848) y varios cafés a lo largo del tiempo, hasta que el inmueble fue derribado y sustituido por el que actualmente tiene su entrada por la calle de Carretas, número 33.

(*) La plaza o plazuela del Ángel comenzaba, en la época de la que hablamos, en la calle de Carretas. En la actualidad tiene su inicio junto a la calle de la Cruz.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Maqueta de León Gil de Palacio del año 1830. Señalada con un círculo la Casa del Consulado, al final de la calle de Carretas donde entonces comenzaba la plazuela del Ángel.

Tras el cambio de ubicación de la Bolsa de Madrid, desde la plazuela del Ángel a la calle de Carretas, el local que dejó vacante este mercado de valores se convertiría en el primero de los cafés que con el tiempo abrieron en el edificio que, hasta su demolición, sería conocido como la Casa del Consulado. Fue así como, alrededor del año 1833, vino a inaugurarse allí el Café de la Bolsa, con espléndidos billares en su entresuelo y dos recintos en los que se podrá jugar al chaquete (semejante al backgammon), ajedrez y damas. La zona del café, en la planta baja, ofrecía conciertos con canciones patrióticas antiguas y modernas, de 7 a 10 horas de la noche.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Maqueta de León Gil de Palacios en la que aparece señalada la fachada principal de la Casa del Consulado, en la plazuela del Ángel.

Tras varios traspasos el Café de la Bolsa abandonaría su local, dando paso así al Café del Espejo, el regenerador de los cafés de Madrid.

En Madrid no hubo cafés decentes hasta que se abrió el Café del Espejo en la plazuela del Ángel, de la mano del industrial catalán Ignacio Balart. Hasta su apertura la decoración de los establecimientos del ramo era incómoda, oscura y algo cochambrosa; las mesas eran de pino coloreado con varias manos de pintura y sus respectivos desconchones, las copas de hojalata, las cucharillas estaban confeccionadas en un metal que se volvía negro y se derretía con el calor del café. Las salas apenas se alumbraban mediante lamparillas que contenían un aceite de incierta procedencia, que despedía un olor pestilente y tiznaba las paredes. 

Inaugurado el día 30 de mayo de 1846, el Café del Espejo cambió radicalmente el concepto de lo que hasta entonces había sido la comodidad en este tipo de locales. 

Fuente: Biblioteca Nacional de España (1846).
Vista del salón gótico del Café del Espejo.

Con un coste superior a los 12.000 duros gastados por su dueño en hermosear sus salones, el del Espejo se convertiría en el ejemplo a seguir por todos los demás cafés. La suntuosidad y el lujo de sus adornos exceden a todo elogio, pudiendo decirse que fue el más suntuoso sin disputa de los infinitos establecimientos de esta clase que hay en Madrid.

Su decoración pasó del papel pintado, de moda en todos los cafés, a la pintura de fondo blanco en paredes y techos, que hacía resaltar unos espléndidos relieves en dorado y azul. Se instalaron espejos de tamaño extraordinario, colocados en magníficos marcos e intercalados entre cuadros de pintores conocidos en su fastuoso salón gótico. Muebles refinados, innovadoras mesas cubiertas en mármol blanco, banquetas y sillas elegantemente tapizadas en tela de damasco azul. Sobre los veladores se instalaron chufetas (pequeños braseros) de latón para encender los cigarros y por vez primera las consumiciones se acompañaban con cubiertos de plata, servidas con esmero por mozos uniformados.

El local tenía un excelente alumbrado de gas y fue el primer café en ofrecer conciertos, de composiciones ligeras y piezas de ópera, en el piano colocado en uno de los ángulos del salón principal. 

Tan sólo dos meses después de la inauguración del ultramoderno Café del Espejo la casa de la plazuela del Ángel comenzó a amenazar ruina, mientras varias obras de remodelación trataban de salvar el enorme gasto realizado en la decoración del negocio. Balart, su dueño, trasladó su establecimiento al Pasaje del Iris (pinchad) entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, inaugurando así el nuevo Café del Espejo (o del Iris) en el mes de mayo de 1849, justo cuando comenzó la demolición de la vieja Casa del Consulado de la plazuela del Ángel.

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
Edificio que actualmente ocupa lo que antaño fue la Casa del Consulado, hoy plaza de Jacinto Benavente. El inmueble tiene su entrada por la calle de Carretas, nº 33.

Este nuevo Café del Espejo o del Iris, situado en el pasaje de la calle de Alcalá, desapareció en el año 1866 dejando paso al majestuoso Café de Madrid.



Fuentes:

Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid. Manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Hemeroteca del ABC.
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.
Ids.lib.harvard.edu

martes, 7 de marzo de 2017

FIDELA FERNÁNDEZ DE VELASCO “FIFI”.

Nadie podía imaginar, porque casi ninguno sabía, que aquella mujer vigorosa, recia y tenaz, de rizoso pelo rubio, estatura media y siempre vestida con ropa de vivos colores, había sido una de las más valientes y audaces milicianas que combatieron por la II República, en primera línea, durante la Guerra Civil Española (1936-1939).

Fuente: ABC (1936).
 Fidela Fernández de Velasco "Fifi", en la parte inferior de la fotografía.
Rosario Sánchez "Dinamitera", en la parte superior.

Fidela Fernández de Velasco Pérez, a quien todos llamaban Fifi, era una mujer muy conocida por todos los montañeros y escaladores que frecuentaban La Pedriza, en la Sierra de Guadarrama (Madrid), entre los años sesenta y setenta del siglo pasado. Se ganaba la vida conduciendo un pequeño autobús de cuarenta plazas, que hacía la ruta entre el pueblo de Manzanares el Real y la zona de Canto Cochino, cuando aún aquella parte de la sierra madrileña no estaba tan masificada de visitantes.

Conductora desde los dieciséis años, Fifi dominaba como nadie los casi siete kilómetros de angostas curvas de la serrana carretera, siempre acompañada por su perrita Laika. Por aquellos años – entre 1966 y 1980- resultaba bastante inusual ver como una mujer que había sobrepasado la cincuentena, manejaba con soltura el volante de un autobús abarrotado de ruidosos montañeros.

Fifi era una mujer de carácter, un personaje del que jamás nadie se olvida. Todo el mundo la respetaba, valoraba su trabajo y jamás dejó a nadie tirado, si sabía que la estaban esperando.

Fuente: guadarramaymas.com (2000).
Fidela Fernández de Velasco.

Sin embargo Fifi, Fidela Fernández de Velasco, fue mucho más: 

Miembro de las Juventudes Comunistas desde los trece años de edad quería detener a los fascistas y por ello se alistó voluntariamente como miliciana, al igual que muchas otras mujeres, al comenzar la Guerra Civil Española. En agosto de 1936 el diario “La Vanguardia” informó que Fidela Fernández de Velasco había sido destinada a luchar en Somosierra, donde se había distinguido por su valor en este frente de batalla. 

“No le conté a nadie que iba a la guerra. Si no, no me lo hubiesen permitido. La gente con la que vivía no me hubiese dejado ir nunca sin el permiso de mi padre. Me lo hubiesen impedido con todos los medios. Y a las otras les sucedía lo mismo. Los camiones partían con unos minutos de retraso, y algunas daban prisa al conductor: corre, arranca ya, que si no, todavía va a venir mi madre y me va a tirar de las orejas”, contaba Fidela a la periodista Ingrid Strobl a principios de los años ochenta del siglo pasado. 

Ella luchó contra los fascistas desde el principio de la Guerra Civil Española. Muy poco después de ser enviada al frente de Madrid, participó en un ataque que capturó con éxito un cañón de los fascistas derrotados. Más tarde combatió en Toledo y luego regresó al frente de Madrid donde fue trasladada a la misma unidad que Rosario Sánchez Mora (Rosario La Dinamitera). Fidela estuvo siempre involucrada en las acciones más peligrosas. No sólo luchó en las líneas del frente, sino que también participó en muchas misiones detrás de las líneas enemigas como parte de un grupo de tropas de choque.

Fuente: B.N.E. (1936)
Milicianas madrileñas voluntarias al comenzar la Guerra Civil Española.

Al terminar la Guerra Civil Española, Fidela Fernández de Velasco fue detenida y encarcelada, junto a otras 3.000 represaliadas republicanas, en la prisión madrileña para mujeres de Ventas.

Fidela sintió mucha extrañeza al recibir la llamada de Ingrid Strobl con el fin de entrevistarla para su libro “Partisanas. La mujer en la resistencia armada contra el fascismo y la ocupación alemana (1936-1945)”. Quería saber por qué nos interesaba tanto su vida como miliciana, ya que a nadie le había preocupado todo eso hasta entonces.

Con esta pequeña reseña histórica sobre Fidela Fernández de Velasco, “Fifi” los Antiguos cafés de Madrid quieren rendir homenaje a todos los milicianos y las milicianas invisibles, en muchos casos aún desaparecidos, que lucharon contra el fascismo durante la Guerra Civil Española. 



FELIZ DÍA 8 DE MARZO. ¡SALUD!





Fuentes:

Abc.es
Co.bas Sindicato de Comisiones de Base.
Guadarramaymas.com
Hemeroteca de la B.N.E.
Lamarea.com
Lavanguardia.com
“Partisanas. La mujer en la resistencia armada contra el fascismo y la ocupación alemana (1936-1945)” de Ingrid Strobl.

miércoles, 1 de febrero de 2017

CAFÉ COLONIAL Y EL ULTRAÍSMO.

Si nos fijamos bien, el número 3 de la calle de Alcalá de Madrid hoy no existe. En la actualidad, y desde mediados de los años cuarenta del siglo pasado, lo ocupa una calle peatonal titulada Pasaje de la Caja de Ahorros.

Fuente: urbanity.es (1880). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2015).
En el año 1880 el edificio donde se situaba la tienda de vinos y la Fonda del Comercio se correspondía con el nº 1 de la calle de Alcalá. Junto a él, a su derecha, los toldos de la Farmacia de Vicente García Lomana, donde se instalaría después el Café Colonial. Hoy, la casa de este café no existe y en su lugar se abre el pasaje de la Caja de Ahorros.

Tras las obras de remodelación de la Puerta del Sol, ejecutadas entre los años 1857 y 1862, vino a instalarse la oficina de farmacia y laboratorio del doctor Vicente Lomana en el contiguo número 3 de la calle de Alcalá. Años después, en 1888, ese local albergaría uno de los más olvidados, pintorescos y concurridos cafés de Madrid, por sus tertulias literarias. El Café Colonial. 

Fuente: Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España. (1933).

El Colonial era un pequeño local, un café muy bonito al que iban cupletistas, actores, actrices, literatos, toreros… Nunca cerraba sus puertas, a excepción de las primeras horas del alba y para su limpieza. Dijeron de él que era el café de los artistas frustrados, por la gran cantidad de creadores desamparados que pasaron por sus mesas. En realidad fue el último café bohemio de Madrid.

Refugio tradicional de trasnochadores, fue el iniciador de las llamadas medias raciones, siendo el primero de los cafés en servir cocido, pote gallego, paellas en cacerola y suculentos solomillos, a cualquier hora del día.

Su salón principal estaba decorado con espejos en las paredes, veladores cubiertos de mármol y asientos tapizados en rojo, por lo que era conocido como “el café de los divanes” y apodaba sus mesas con el nombre del director correspondiente a cada una de las tertulias que allí se reunían. En el entresuelo tenía dispuestas varias mesas de billar de la marca Brunswick.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1912)
Interior del Café Colonial.

Parece que el Café Colonial tenía dos fisonomías diferentes: durante el mediodía y por la noche, era un lugar alegre donde se comía bien. De madrugada, su público era ruidoso y jaranero.

Cómicos de relevancia en las primeras décadas del siglo XX, como Loreto Prado y su inseparable Enrique Chicote, la bailaora Pastora Imperio o la popular cupletista Consuelo Portela “La Chelito”, asistían con frecuencia a El Colonial cuando terminaban sus espectáculos.

Alrededor del año 1915 ya era famosa la tertulia literaria compuesta por los periodistas José Ortega Munilla (padre del filósofo José Ortega y Gasset), Mariano de Cavia, los escritores Leopoldo Alas “Clarín", Manuel Fernández y González y el filósofo Miguel de Unamuno.

Sobre las mesas de El Colonial Enrique López Alarcón y Ramón de Godoy escribieron el drama en verso “La Tizona” (1914) y Fernando Mora la novela costumbrista titulada “La Magdalena en el Colonial” (1920). El autor José Augusto Trinidad Martínez Ruiz “Azorín”, dio nombre a la Generación del 98 en este café.

Fuente: bdh.bne.es (1905)
Calle de Alcalá. Señalada por la flecha, la ubicación del Café Colonial. 

Era el año 1916 cuando una mujer extraña, rubia, algo gordezuela y con aspecto no muy cuidado, comenzó a hacerse popular en los cafés de la Puerta del Sol. 

Llegaba después de medianoche al Café Colonial acompañada de un hombre anguloso, de perfil judío, pequeña barba, espesa melena y aspecto tan desaliñado como el de su compañera. Tras los cristales de sus lentes fosforescía la luz de una mirada penetrante y sonreía con perseverancia.

La mujer portaba siempre una voluminosa carpeta colgada del hombro, que contenía dibujos al pastel y trataba de vender a los parroquianos de los cafés, pidiendo por ellos sólo la voluntad. Mientras, su compañero se quedaba esperando en un rincón al fondo del Café Colonial con el cuello alzado de su gabán, quizá demasiado grande. 

Al fin se descubrió que ambos eran emigrados rusos y un día desaparecieron tras el rastrillo de la cárcel. Ella se llamaba Natalia Ivanovna Sedova y él Lev (Leiba) Davidovich Bronstein, más conocido por el nombre de León Trotsky.

Fuente: Hemeroteca de la B.N.E. (1912).
Cocina del Café Colonial.

Se puede decir que el Ultraísmo –el último de los ismos- se inició en el Café Colonial de la mano del poeta, escritor, ensayista, hebraísta y traductor Rafael Cansinos Assens (1882-1964) quien tuvo allí su tertulia, donde agitó y animó las vanguardias.

Surgido en el año 1918, el Ultraísmo fue un movimiento que pretendía renovar la poesía huyendo del tópico: Hay que dejar todo atrás. Hay que seguir adelante. Su manifiesto, editado en el año 1919, fue escrito en el Café Colonial por la tertulia de Cansinos Assens, que se reunía todos los sábados a las 12h. de la noche y concluía al amanecer.

Los ultraístas rechazaban la rima en la poesía rehuyendo lo sentimental, lo trágico y el intimismo. Por el contrario proponían la utilización de la metáfora, los neologismos, tecnicismos y las palabras esdrújulas, en sus composiciones. El manifiesto “Ultra” no contenía programa ni normas estéticas, era un movimiento literario y no una escuela; jamás se escribió nada contra los poetas anteriores.

Xavier Bóveda, Cesar A. Comet, Fernando Iglesias, Guillermo de Torre, Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias, J. Rivas Panedas, J. de Aroca, fueron los firmantes de aquel manifiesto “Ultra”, de acuerdo con la orientación de Cansinos Assens. A comienzos de los años veinte del siglo pasado en el Café Colonial se uniría a este movimiento un joven Jorge Luis Borges, que llevaría el Ultraísmo hasta Hispanoamérica. Otros poetas destacados en este movimiento fueron: Lucía Sánchez Saornil, Tomás Luque Moyano, Gerardo Diego Cendoya, Vicente Huidobro Fernández, Juan Chabás Martí y un largo etcétera.

Fuente: Biblioteca Nacional de España (1919).
Ejemplar de la revista "Cervantes" en la que aparece el manifiesto "Ultra" por primera vez.

El Colonial prosiguió con las tertulias, los bohemios, sus cenas especiales a tres pesetas, desde las 12 horas de la noche (1925) y con su famoso camarero Juanito Cruz, padre de veintisiete vástagos, toda una institución portasoleña.

En el mes de abril de 1936 se anunciaban las grandes reformas llevadas a cabo en el Café Colonial. Su nuevo dueño, Ramón Rubio, había encargado la remodelación del local al arquitecto Adolfo López-Durán Lozano. 

La planta baja de El Colonial se convirtió en un espacioso bar americano para el servicio de aperitivos, cervezas y vinos. El entresuelo fue dividido en diez comedores independientes que llevaban los nombres de ilustres parroquianos que habían pasado por el café a lo largo de la historia, con su retrato y biografía. (J. Romero de Torres, Frascuelo, Pérez Galdós, Gabriel y Galán, Martí –José-, EÇa de Queirós, Bretón). 

Fuente: Biblioteca Nacional de España (1936).
Interior de El Colonial con las puertas de los comedores y el interior de uno de ellos.

Tres meses después de la apertura del renovado Café Colonial comenzó la Guerra Civil Española. En el mes de noviembre de 1936 varias bombas incendiarias cayeron sobre el edificio de El Colonial y las casas colindantes, reduciendo a escombros su interior y provocando un fuego que tardó tres días en ser extinguido. 


Fuente: Pares.mcu.es (1936) Fotografía de Luis Lladó.
A la izquierda, la fachada del Café Colonial. Todas las casas quedaron destruidas.

Los edificios correspondientes a los números 1, 3, 5 y 7 de la calle de Alcalá, fueron demolidos, modificándose la disposición de la vía. 

Fuente: Pares.mcu.es (1936). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2014).
Principio de la calle de Alcalá, mismo lugar. Señalada por la flecha, la fachada del Café Colonial, destrozado.

A partir del año 1944 comenzaría la construcción del existente Pasaje de la Caja de Ahorros y del actual edificio que hoy se corresponde con el número 1 de esa vía.





Fuentes:

Bdh.bne.es
Cervantesvirtual.com
Es.wikipedia.org
Fundacion.cansinos.org
Hemeroteca del ABC
Hemeroteca de la B.N.E.
Mcu.es
Pares.mcu.es
Prensahistorica.mcu.es
Urbanity.es