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lunes, 26 de octubre de 2020

CUEVAS DE SÉSAMO.

A finales de los años cuarenta del siglo anterior comenzaron a proliferar en París los clubs instalados en las viejas bodegas o en los sótanos de los edificios. En ellos se escuchaba música y los intelectuales debatían sobre el existencialismo, sentados en banquetas, alrededor de pequeñas y rústicas mesas de madera.

Pintores, escultores y poetas, aún desconocidos, decoraban las paredes y los techos de aquellos locales con sus obras y versos. El ambiente, multitudinario hasta bien entrada la madrugada, se llenaba de jóvenes cuya vestimenta prescindía de las convenciones sociales del momento.

Ese mismo ambiente parisino llegaría a Madrid en el año 1950, de la mano de Tomás Cruz y Carmen Ponte. Las Cuevas de Sésamo, en la calle del Príncipe, comenzarían entonces una larga historia que aún perdura, como nos cuenta en este vídeo su actual director, Luis Gómez.

  

Vídeo: Cuevas de Sésamo

 

Muchas sorpresas nos reserva este histórico local madrileño, que fue descubierto por obra y gracia de un balonazo infantil, al que acudía todo aquel que tuviera algo que aportar a la cultura del momento.

Bajar por su estrecha escalera nos transporta hoy a otra época, mientras leemos versos y proverbios que aún están escritos sobre sus gruesos muros.

Sin duda, una de las aportaciones culturales más importantes de las Cuevas de Sésamo fue la creación de sus famosos premios literarios que, durante casi cuatro décadas, sirvieron como plataforma de lanzamiento para los escritores noveles de entonces. Juan Marsé, Ramón Nieto, Pablo Antoñana, Eduardo Chamorro, Juan José Millás, Soledad Puértolas y muchos otros ganaron el Premio Sésamo de cuento o de novela corta, con importante repercusión y prestigio, aunque dotado de escasa retribución. 

 

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miércoles, 7 de octubre de 2020

EL TEATRO LARA o LA BOMBONERA DE DON CÁNDIDO.

Una casa de vecindad en la Corredera Baja de San Pablo alberga desde el año 1880 uno de los teatros más bonitos de Madrid. El edificio, proyectado por el arquitecto Carlos Velasco Peinado y que continuó a su fallecimiento Fernando de la Torriente, fue un encargo del ganadero, y por entonces concejal del Ayuntamiento de Madrid, Cándido Lara Ortal.

 

Fotografía: M.R.Giménez (2017). Fachada del Teatro Lara.
                   

El Teatro Lara pronto sería conocido en Madrid con el sobrenombre de La bombonera de don Cándido por la belleza de su decoración. Tres pisos, treinta y nueve palcos cómodos y elegantes, trescientas ochenta butacas de rejilla distribuidas en catorce cómodas filas y dos anfiteatros daban cabida a novecientos espectadores, que durante la función no escucharían los ruidos procedentes de la calle debido a que el acceso a la sala se hacía a través de tres vestíbulos.

 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (siglo XX). Imagen superpuesta de la fachada del antiguo teatro y de Cándido Lara.

 

La espléndida ornamentación interior del Lara corrió a cargo de Julio Bulumburu. Fondos decorados con papel rojo floreado en oro, barandillas de hierro primorosamente calado coloreadas en blanco y dorado para los palcos, además de potentes candelabros de gas, acompañaban al fresco del techo pintado, al igual que el telón de boca, por José Marcelo Contreras, representando el cielo con ángeles y nubes. Las decoraciones de la escena fueron realizadas por Manuel Dardalla. 

Todas las localidades eran corfortables y espaciosas, permitiendo la visibilidad de la representación desde cualquiera de ellas. El teatro, construido en hierro y ladrillo, tenía medidas de seguridad al permitir la evacuación rápida de la sala mediante la suficiente distancia entre las filas de asientos, así como por tener una salida posterior, a la calle de San Roque.

Antes de ser inaugurado, parece que el nuevo coliseo de Lara no fue muy bien recibido. La prensa opinaba: ¿A dónde vamos a parar? ¡Un teatro más cuando apenas pueden sostenerse los que existen en Madrid! Aún así, el nuevo teatro abriría sus puertas el día 3 de septiembre de 1880 con la representación de “Un novio a pedir de boca”, de Manuel Bretón de los Herreros y “La ocasión la pintan calva”, de Vital Aza y Miguel Ramos.


Fuente: hemerotecaditigal.bne.es (1916).
Uno de los tres vestíbulos del teatro, tras la reforma.

En el año 1915 Milagro Lara Prieto heredó de su padre el edificio y el teatro, invirtiendo un año después la cantidad de cien mil pesetas en reformarlo. La obra sería realizada por el arquitecto Jerónimo Pedro Mathet quien eliminó la marquesina de la fachada, reformó los vestíbulos para convertirlos en zonas de descanso y dotarlos de mayor amplitud en sus accesos, además de pavimentarlos en mármol blanco.  

Se instalaron servicios para caballeros y señoras, cortinajes de damasco, muebles de caoba y se reformó la zona destinada a los camerinos para los actores y las actrices, que fueron instalados en el piso principal ocupando el espacio donde antes se ubicaba un patio de vecindad. El nuevo diseño del teatro traería más luz, ventilación y comodidad, siendo de nuevo inaugurado el día 28 de octubre de 1916.


Fuente: ceres.mcu.es (1916). Fotografía de Hauser y Menet. Interior de la sala y escenario.

 

El magnífico Teatro Lara estuvo a punto de ser derribado en varias ocasiones (incluso en los años ochenta del siglo pasado). La heredera Milagro Lara dispuso en su testamento que, a su muerte, fuera demolido y sobre su solar de las calles Corredera Baja de San Pablo y de San Roque se construyera una casa destinada a fines benéficos. Esta nueva construcción formaría parte de la Fundación Lara en la que también estaba incluida la Escuela de la Paloma, que Milagro había inaugurado en el año 1929 en la madrileña calle del mismo nombre.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1929). Escuela de la Paloma.
 

 

Una orden del Ministerio de Instrucción Pública, en el año 1932, tras el fallecimiento de Milagro, salvaría el Teatro Lara que hoy todos conocemos.

Al inicio de la Guerra Civil Española (1936 - 1939) el Lara pasó a formar parte de la organización “El Altavoz del Frente”, creada para difundir la cultura en las trincheras y elevar la moral popular, que llegó a agrupar a más de doscientos artistas e intelectuales. El “Teatro de la Guerra”, nombre con el que se denominaría al local, realizaba representaciones gratuitas para todos.


Fuente: presos.org.es. Teatro de la Guerra (1938)
     

Muchos han sido los autores que han representado sus obras en el escenario del hermoso Teatro Lara a lo largo de los años. Jacinto Benavente, Carlos Arniches, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Manuel de Falla, Antonio Buero Vallejo, Rafael Alberti... Cientos de actores y actrices se han subido a sus tablas y continuarán haciéndolo, permitiendo admirar también la decoración intacta y centenaria de este coliseo que, por fortuna, ha llegado hasta nosotros.


Fuentes:

ceres.mcu.es

hemerotecadigital.bne.es

prensahistorica.mcu.es

presos.org.es




 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

ANTIGUAS FARMACIAS DE MADRID.

Las farmacias, antiguas boticas, siempre fueron mucho más que lugares donde se dispensaban medicamentos. Todas ellas constituían el centro de cada uno de los barrios donde se ubicaban. 
 
El boticario sabía cuales eran los problemas y enfermedades que aquejaban a las personas de su entorno, trataba de remediarlas y, también en muchas ocasiones, congregaba a su alrededor tertulias de aquellos que más sabían, con la finalidad de conocer las innovaciones que iban surgiendo con respecto a las investigaciones científicas.

El gusto por la decoración lujosa de algunas de las farmacias más bellas de Madrid parece que surgió a mediados del siglo XIX. Pan de oro, hermosas molduras, mobiliario realizado con maderas nobles, lámparas francesas o los más novedosos instrumentos de precisión del momento serían instalados en estas antiguas boticas, a medida que sus dueños triunfaban con los preparados de su invención producidos en los laboratorios que albergaban en las trastiendas de sus negocios.

En este vídeo mostramos y contamos la historia de tres de las farmacias más antiguas y elegantes de Madrid. 









 
La Farmacia Deleuze, situada en la calle de San Bernardo, conserva intacta su decoración desde el año 1854. Su primer propietario conocido, Baltasar del Riego, sobrino del militar y político liberal Rafael del Riego (que dio nombre al famoso himno en 1820), fue el artífice de su maravillosa ornamentación. Él mismo realizó las pinturas al temple de los techos, los cordobanes en piel de cabra que adornan aún las paredes y en los que se aprecian paisajes, flores y aves tropicales. Adornó las barrocas molduras con pan de oro e instaló los anaqueles dorados en los que exponer los albareros procedentes de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, algunos de los que aún conserva esta farmacia.

La Farmacia Malasaña (hasta el año 2015, Farmacia Puerto) de la plaza de San Ildefonso, es una de las más antiguas de Madrid. Ya en el siglo XVII hay noticia de una antigua botica en el mismo emplazamiento. Su magnífica decoración procede del año 1846, siendo encargada por el doctor Diego García-Herreros, propietario entonces del negocio. Maderas nobles revisten las paredes y conforman el mobiliario de esta farmacia plagada de columnas jónicas realizadas en madera de nogal y rematadas por dorados capiteles. En lugar preferente los bustos de Galeno e Hipócrates, habituales en la decoración de estos antiguos establecimientos, observan a la clientela desde sus correspondientes hornacinas. 

La Farmacia Juanse, que también fue laboratorio de especialidades, se situaba en la esquina de las calles de San Vicente Ferrer y de San Andrés. Famosa por sus fachadas de coloridos azulejos, con los que su propietario Juan José García Rodríguez hacía publicidad de sus preparados, es quizá una de las más fotografiadas del barrio de Maravillas (Malasaña) de Madrid. En el año 2014 cesó su actividad farmacológica y fue convertida en café. El vandalismo de los que no saben apreciar la historia ni respetan lo que les es ajeno, mantiene las singulares cerámicas en un estado de deterioro permanente.






 
 

jueves, 3 de septiembre de 2020

LA RED DE SAN LUIS Y EL CAFÉ DEL NORTE.

Aún hay quien llama Red de San Luis a la pequeña encrucijada de caminos que forman las calles de Hortaleza, Fuencarral, Caballero de Gracia, Jardines y Montera al cruzarse con la Gran Vía. La historia de este rincón de Madrid fue mucha y larga, aunque no figure su nombre en ninguna placa que lo identifique.


Plano de Madrid (1831) de David Runsey. La calle de la Montera terminaba en la de San Alberto y a continuación aparecía la Red de San Luis.
 
La calle de la Montera ya estaba perfectamente urbanizada en el siglo XVII cuando se levantó en ella, sobre otra anterior, la iglesia de San Luis Obispo (1689), obra del arquitecto Tomás Román. Ubicada en la esquina de esa calle con la de San Alberto, su fachada posterior se situaba en la plaza del Carmen. Dicha iglesia daría nombre a la Red de San Luis, que a principios del siglo XIX era la parte comprendida entre ese templo y el inicio de las calles de Hortaleza y de Fuencarral, pero que acortó su extensión en el último cuarto de ese siglo hasta desaparecer por completo su nombre con la construcción de la Gran Vía, pasando a llamarse también calle de la Montera.


Fotografía: Charles Clifford. Fuente: memoriademadrid.es. La calle de la Montera, desde la Puerta del Sol (1857).
 
Parece que ya en el siglo XVII hubo en este emplazamiento un mercado de pan en el que se vendían ricas hogazas provenientes del pueblo de Hortaleza. Los comerciantes pusieron una red sobre sus puestos para preservar los productos ante las manos de los rateros. Junto a estos tenderetes también existían otros dedicados a la venta de animales vivos (aves y ganado lanar), que igualmente se cubrían con una red para evitar éstos que escaparan.

Este mercado era tan popular que hasta tenía su propio púlpito, aprovechado por un milagrero fraile premostratense, apodado Rascanubes, para lanzar sus arengas al público que allí se congregaba. Su sobrenombre venía dado por un aparato que llevaba dentro del hábito que le hacía elevarse en zancos altísimos, ocultos a la vista del público, cuando la oración requería palabras de altura. La Inquisición, enterada de los revuelos que montaban los espectáculos del religioso, lo puso a la sombra y no se supo más de él.

Bien fuera por la descrita malla ubicada sobre las mercancías o porque este lugar era una verdadera encrucijada de calles, en la que los forasteros solían perder su camino diciendo allí que aquello era una red sin salida fácil, el emplazamiento tomó el nombre de Red de San Luis.

Como no podía ser de otra manera esta plaza, sin nombre escrito, tuvo su propia fuente vecinal y churrigueresca desde el año 1717. Desaparecida ésta, fue instalada en su lugar la llamada Fuente de los Galápagos el día 10 de octubre de 1832, proyectada por el arquitecto Francisco Javier de Mariategui y trasladada a El Retiro en 1879. Hay que decir de esta fuente que las figuras de bronce que la componen, galápagos y ranas, fueron las primeras obras que se fundieron en ese metal en los talleres madrileños.


Fuente: mcu.es (1870). La fuente de los Galápagos en su emplazamiento de la Red de San Luis.
 
Más tarde, en el año 1919, llegaría el Metropolitano de Madrid instalando en la Red de San Luis el famoso templete del arquitecto Antonio Palacios Ramilo (clicar aquí), que servía como entrada y salida a la estación de Gran Vía, manteniendo su presencia allí hasta que en 1970 fue desmontado.

Paradas de tranvías, de autobuses, alguna otra fuente, un milenario olivo y obras, muchas obras, han ocupado y ocupan el espacio de esta Red de San Luis que ha visto pasar sobre sí levantamientos populares, manifestaciones, bombardeos y toda la historia de Madrid.

Un lugar tan céntrico y transitado como la Red de San Luis también tuvo sus cafés. El primero de ellos fue el Café de San Luis (clicar aquí). 

La construcción de la Gran Vía vino asimismo a remodelar la zona de la que hablamos construyendo modernos edificios como el de Tomás Allende, que se destinó a viviendas y locales comerciales.


Fotografía izquierda, Ruiz Vernacci (1928). Fuente: mcu.es. Fotografía derecha: M.R.Giménez (2020). El edificio Tomás Allende, en la Red de San Luis.

Con fachada a la Gran Vía (entonces avda. del Conde de Peñalver) y a las calles de la Montera y del Caballero de Gracia este edificio, proyectado por el arquitecto José López Sallaberry, fue inaugurado en el año 1918. Sus locales a pie de calle fueron ocupados de inmediato por la Joyería de Luis Sanz y por el Café del Norte.


Fuente: memoriademadrid.es (1919). A la izquierda de la fotografía, aparece la fachada del Café del Norte.

Inaugurado el día 4 de abril de 1918, el Café del Norte era también restaurante, cervecería y tenía salón de billar. Durante los meses de buen tiempo sacaba veladores a la calle, lo que provocaba las iras de algunos peatones por la falta de espacio sobre la acera.

Café moderno y confortable, su entresuelo era lugar de encuentro semanal para los miembros de la Sociedad Deportiva Excursionista, con el fin de preparar sus actividades por la Sierra de Guadarrama. Toreros y apoderados, tertulias como la del dramaturgo Pedro Muñoz Seca, todo el mundo pasaba por el Café del Norte cuyos ventanales y mobiliario solían sufrir las consecuencias de las manifestaciones que confluían en la Red de San Luis.

 
Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933). Interior del Café del Norte.

La moda de los bares americanos llegaría a la Gran Vía de Madrid sobre todo en los años treinta del siglo XX y el Café del Norte no se quedó atrás. Proyectado por el arquitecto Pedro Muguruza, el local se renovó al completo en el año 1935 haciendo desaparecer su mobiliario de antiguo café para convertirlo en un coquetón, acogedor y sugestivo bar moderno en donde tomar el aperitivo o un café apresurado.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1935). El moderno Café del Norte.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el Café del Norte continuó funcionando como industria colectivizada. Después se convertiría en la sucursal de una entidad bancaria.




Fuentes:

davidrumsey.com
hemerotecadigital.bne.es
mcu.es
memoriademadrid.es


lunes, 17 de agosto de 2020

EL PALACIO DE LA PRENSA.

Muy curioso es este edificio, que remata la plaza del Callao de Madrid en su confluencia con la Gran Vía.

Encargada su construcción al arquitecto Pedro Muguruza, por la Asociación de la Prensa de Madrid en 1924, tan sólo cuatro años después esta obra se convertiría en el más alto de los rascacielos del país, hasta la construcción del cercano edificio de la Telefónica.

El espléndido Palacio de la Prensa fue el primero en muchas cosas, que en este vídeo mostramos, pero también sería el emplazamiento elegido para instalar la sede social del grupo de teatro universitario “La Barraca”, dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte Pagés, el estudio de la pintora Delhy Tejero o la revista “La Codorniz”, fundada por Miguel Mihura. Hoteles, oficinas, despachos y estudios de profesionales, además de algunas privilegiadas viviendas, se alojaron en él por su modernidad y con el fin de aprovechar el mejor enclave construido hasta aquella fecha en Madrid.

El trabajo en tres dimensiones que aquí presentamos ha sido realizado con los planos originales del edificio y muestra la diversa organización de sus tres fachadas, que debieron adaptarse a las diferentes alturas que lo circundan, así como a lo que se planificaba construir para el tercer tramo de la Gran Vía, cuya obra aún no había terminado.







Destaca en este edificio el Cine de la Prensa (así llamado en origen), cuya enorme sala fue situada en la parte que se corresponde con la confluencia de las calles de Tudescos y de Miguel Moya.

Con capacidad para más de mil ochocientos espectadores, muy elegante y dotada de la maquinaria más puntera de la época, esta sala de proyección cambió radicalmente su fisonomía en el año 1954 convirtiéndose en uno de los mayores y más modernos cines de la Gran Vía.

Seguro que, tras conocer la historia que en aquí contamos sobre este colosal edificio, será mucho más admirado y no pasará desapercibido.

El Palacio de la Prensa fue declarado Bien de Interés Patrimonial de la Comunidad de Madrid en el año 2017.