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martes, 29 de noviembre de 2011

CAFÉ DEL PASAJE Y PASAJE DE MURGA O DEL COMERCIO.

Es seguro que la segunda mitad del siglo XIX fue la época de los cafés. El negocio estaba tan de moda y era tan próspero que se abrieron muchos en Madrid, sobre todo en el centro, tanto en la Puerta del Sol como en sus aledaños o al otro lado de la calle de Jacometrezo, que entonces discurría desde la Red de San Luis hasta la plaza de Santo Domingo y fue la calle que sirvió de guía para la planificación del segundo tramo de la Gran Vía, que se la llevó por delante casi en su totalidad.


De los primeros años 50 del siglo XIX surge el Café del Pasaje de Murga, situado en el Pasaje de Murga o del Comercio de la calle de Montera, entonces número 45; pero, siempre por abreviar, era conocido como Café del Pasaje.


Fotografía: V. Valdés
Pasaje de Murga o del Comercio, en la actualidad.
 
Era un café popular y muy concurrido, alumbrado por lámparas de gas que no transmutaron a eléctricas hasta el 8 de noviembre de 1890, fecha en la que es reinaugurado tras hacer importantes reformas en su local.


Su dueño, el Sr. Montenegro, dio al negocio del café del Pasaje una nueva perspectiva estableciendo los menús de 3 pesetas, que cada día serían diferentes y anunciados en la prensa. Todas las noches un cuarteto musical amenizaba la velada, con el prestigioso violinista Sr. Amato.  


Fuente: B.N.E.
Anuncio en la prensa del menú.

Otras ofertas del café del Pasaje eran su “tente en pie” con vino por 50 céntimos, su auténtico café de Puerto Rico y el chocolate “a lo fransua” también por 50 céntimos, por la mañana y por la noche. En ese momento el Pasaje de Murga ya era el número 35 de la calle de la Montera (en la actualidad se encuentra en el número 33).

Con los primeros años del nuevo siglo XX el café del Pasaje tuvo que cerrar sus puertas dado que ya no estaba de moda. En agosto de 1901 una almoneda de la misma calle Montera anunciaba la venta de “los enseres y del piano Pleyel” del café, convirtiéndose su local en un almacén de mercería.

 
Pasaje de Murga o del Comercio.


Situado actualmente en la calle de la Montera, número 33 y con salida a la calle de Tres Cruces, número 4 fue construido para Mateo de Murga y Michelena (1804-1857) quien, procedente del País Vasco, hizo fortuna con los ferrocarriles cubanos y formó parte de la junta de la Compañía General Española de Comercio, compuesta por grandes  comerciantes al por mayor y al detall, sociedad para la que se abrió este pasaje, a cielo abierto, con el fin de instalar en él un gran Bazar.

Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Acceso al Pasaje de Murga desde la calle de las Tres Cruces.

Mateo de Murga tuvo dos hijos uno de los cuales, José Antonio Benigno de Murga y Reolid (1831-1902) fue el primer marqués de Linares, entre otros títulos nobiliarios y uno de los más ricos hombres del país. En 1873 adquirió los terrenos para edificar el Palacio de Linares, en el paseo de Recoletos (hoy Casa de América), protagonizando una de las leyendas más sonadas del Madrid del siglo XIX que comenzó con la negativa de su padre a la boda con Raimunda Osorio, la hija de una estanquera de Lavapiés. 


El pasaje de Murga o del Comercio, nombre éste último que mantiene en la actualidad, se asienta en lo que anteriormente era un callejón de servidumbre que unía la calle de Montera con la de Tres Cruces, entre pequeñas y antiguas casas de vecindad.

Es en 1846 cuando se comenzó a edificar este Pasaje por el joven arquitecto de la Real Academia de San Fernando, Juan Esteban Puerta. La obra mereció todos los elogios de la prensa del momento por su innovación ya que era el tercer pasaje comercial, tras el de Matheu y el de Iris, que se abría en Madrid a la moda europea.  


El 9 de noviembre de 1847 se inauguró el gran Bazar situado en el Pasaje de Murga –entonces calle Montera, 47 y 49-, con un gran surtido de géneros de todas clases tanto en el piso bajo como en el principal. Los balcones que dan a la galería lucían “ricas y variadas alfombras, vistosos terciopelos, lujosas sedas, chales, cándidos tules, transparentes gasas y un buen muestrario de sólidos calcetines”. Pero fue criticado por no ser un verdadero pasaje, ya que su salida a la calle de Tres Cruces permanecía cerrada imposibilitando así el paso entre las dos calles, al contrario de lo que había sido anunciado con anterioridad. 


Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Acceso al Pasaje de Murga desde la calle de la Montera.

El pomposo Bazar cayó en desgracia sólo un año después de su inauguración debido a la quiebra de la Compañía General Española de Comercio y la prensa anuncia, en mayo de 1848, el cierre de estos almacenes y el inventariado de sus efectos. Unos meses después, en marzo de 1849, la Compañía del Comercio quedó disuelta.


Fotografía: M.R.Giménez (2011)
Parte del Pasaje de Murga en la que comienza el patio abierto.

 Muchos fueron los negocios establecidos, a lo largo de los años, en este Pasaje que se deterioró al ser abandonado por la Compañía del Comercio. En 1849 el Estanco Nacional de Tabacos y un gabinete de lectura abren sus sedes. El relojero Benito Morian abre su fábrica en las tiendas números 7 y 8, en el año 1852; también lo hacen una tienda de velas, en 1868 y una solicitada zurcidora. Las librerías de viejo o de lance, proliferaron allí en los años en que la Generación del 98 en pleno (Valle Inclán, Azorín, Baroja) paseaba curioseando a la búsqueda de gangas y rarezas. 


En 1915 el masón y tipógrafo Emilio González Linera, tenía en el Pasaje del Comercio su imprenta. Hombre liberal, difusor del esperanto, cofundador del periódico “Homaro”, fundador de revistas como “Luz Española” (escrita en esperanto y castellano), entre otras publicaciones, editó la “Biblioteca Catón” (1916-1934) que era propiedad de la lógia madrileña Catoniana. 


Tras analizar las causas del fracaso escolar y la gran tasa de analfabetismo en España durante la primera década del siglo XX, esta lógia llegó a la conclusión de que parte del problema estaba suscitado por la inadaptación a las circunstancias de los viejos libros de texto que se utilizaban en las escuelas primarias. Nace así la Biblioteca Catón, que publicaría obras de temática diversa, de espíritu masónico y cuya distribución era gratuita para las aulas. Este trabajo pedagógico se acompañaba de folletos, edición de monografías de todo tipo y de conferencias. 


Dentro de la Biblioteca Catón hay que destacar la colección de los “Cuentos Linera”, escritos en castellano para los niños por Emilio González Linera, desde el año 1913. Cuadernillos de ocho páginas, fácil lectura y con vocabulario usual, incluían moralinas ensalzando la no violencia y la tolerancia, entre otros valores. (“Llorar es afligirse; pensar es resolver”, “Cuando hagas un favor, no se lo digas a nadie”). Eran didácticos y lúdicos, con personajes reales y escenarios muy cercanos a la vida cotidiana de los lectores. Sin héroes fantásticos, los protagonistas son personas reales que viven situaciones muy vinculadas a los niños en las que el bien y el mal siempre se oponen.


Tras la muerte de Emilio González Linera, en 1933, la Biblioteca Catón no tardó más que un año en dejar de existir.






Fuentes: 


Hemeroteca de la B.N.E.

 “La palabra de paso, identidades y transmisión cultural en la masonería de Madrid (1900 – 1936)”. Olivia Salmón-Monviola. (Vista previa).


4 comentarios:

  1. me encantan los lugares con ese tipo de calles, tienen ese estilo antiguo que tan bien me hace recorrerlos. me recuerda a cuando saque Pasajes a Madrid que fuimos a Roma también. es tan pintoresco

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  2. Gracias, Santiago. Madrid es precioso, como parece que bien sabes por haberlo visitado.
    Un saludo.

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  3. Hoy he pasado por este pasaje, puesto que trabajo muy cerca. Y sinceramente he alucinado, han hecho una especie de reforma destrozando las fachadas!!! Quitando las pilastras los capiteles etc… algo muy lamentable, entiendo que este pasaje debería estar protegido.

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  4. En realidad el Pasaje de Murga original desapareció ya hace mucho tiempo. El incendio de los Almacenes Arias (4 de septiembre de 1987) afectó enormemente a la estructura del edificio que lo contiene, por lo que hubo de ser completamente reconstruido y convertido en viviendas, que se comenzarían a habitar dos años después.
    Las escayolas y ornamentaciones que han sido retiradas para las obras de acondicionamiento del inmueble existente hoy, parecen proceder de esa rehabilitación de finales de los años noventa, no son las originales de 1847, y serán reinstaladas cuando la obra pueda continuar.

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