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lunes, 12 de diciembre de 2011

CAFÉ DE SAN ANTONIO Y CAFÉ DE LA CONCEPCIÓN.

Sería inapropiado llamar encrucijada al pequeño ensanche de la Corredera Baja de San Pablo, que incluye el final de la calle de la Puebla y el principio de la del Pez;  pero ahí, en esos pocos metros de vía cuyo vértice central podría ser la discreta puerta de la preciosa iglesia de San Antonio de los Alemanes, hubo dos cafés muy populares desde mediados del siglo XIX.
El café de San Antonio, apellidado a veces de los Portugueses, se situaba en la calle del Pez, números 1 y 3, haciendo esquina con la Corredera Baja de San Pablo. Ya en 1843 algunos de sus parroquianos lo utilizaban para negociar la venta de géneros tan pintorescos como prendas para oficiales de caballería e infantería o pesas de hierro, siendo dicha actividad avisada en la prensa del momento; pero también era conocido por ofertar la típica leche de almendras, que por entonces solía tomarse de postre tras la cena de Nochebuena en todo Madrid, al precio de 2 reales el cuartillo.
En Octubre de 1844 el dueño del café de San Antonio anuncia la adquisición de una mesa de billar de Roque Peironcely, afamadísimo constructor de todo lo necesario para ese juego en su taller madrileño situado en la calle de Hortaleza, número 71. La fama internacional de este negocio propició que primero su viuda y luego sus hijos continuaran con la empresa Peironcely, ya en la calle de Lavapiés, 17 y 22, llegando ésta a ser premiada con la medalla de oro en la Exposición de Industrias Madrileñas (1907).
Este café fue además elegido por los republicanos hasta bien entrados los años 90 del siglo XIX. En él se celebran banquetes para, según se anunciaba, los republicanos de todos los matices del distrito de Universidad, como el del día 11 de febrero de 1890. Los asistentes concluían cada noche cantando el Himno de Riego, entre aplausos y acompañados por la orquesta de músicos, atracción ésta que no podía faltar en todos los cafés del momento.

                                                Foto: M.R.Giménez
                                     Café de San Antonio, hoy. Calle del Pez esquina con la Corredera Baja de San Pablo.
 
Precisamente la interpretación de temas musicales en un local público, sin la autorización de sus autores, propició una demanda en el Juzgado municipal del distrito de Universidad por parte de la Sociedad de Autores, Compositores y Editores de música (predecesora de la actual S.G.A.E.) contra el dueño del café de San Antonio, que tuvo que pagar una importante cantidad de dinero a los demandantes conforme a los preceptos de la Ley de Propiedad Intelectual, en el año 1893.

                                                                                Foto: M.R.Giménez
                                 Una de las columnas que aún pueden verse en lo que fue el café de San Antonio.

Hasta 1897 el café de San Antonio rivalizó con su vecino, el café de La Concepción y eran frecuentes los enfrentamientos entre sus respectivos dueños; pero en febrero de ese año ambos negocios fueron adquiridos por un nuevo propietario que les daría un moderno y certero impulso. El local del San Antonio se convierte entonces en una espléndida sala de mesas de billar Peironcely, con luz natural durante el día y lámparas de gas por la noche. Su nueva decoración, diseñada en tonos verdes a juego con los tapetes de las mesas tanto en paredes como en los divanes tapizados, se encargaron a Pechuán e hijo, con taller de la calle de Velarde.


El café de La Concepción estuvo en la Corredera Baja de San Pablo, número 14, haciendo esquina con la calle de la Puebla. Fue inaugurado el 1 de octubre de 1886 como un local lujoso y de gusto en los detalles, amplio y con recodos que permitían intimidad. Era conocido como “el café que estaba frente al teatro Lara, donde los espectadores esperaban a que un timbre eléctrico les avisara cinco minutos antes del comienzo de la representación y al que asistían para tomar algún tentempié a su finalización.

Un hecho luctuoso tuvo lugar en los salones del café de La Concepción el 16 de febrero de 1892. A las 15,30 horas entró un joven decentemente vestido y tomó asiento tras una mesa. Un camarero se le acercó para preguntarle qué consumición le debía traer, pero el joven contestó que no deseaba tomar nada; al dar la vuelta el camarero, aquel sacó una pistola del bolsillo y se disparó un tiro en la cabeza, quedando herido sobre la mesa con la cabeza prácticamente destrozada. El revuelo en el café fue sólo calmado por la llegada de la policía que trasladó al joven a la Casa de socorro en donde falleció en el mismo momento en que el juez entraba por la puerta. De su bolsillo sacaron una carta que decía: Sr. Juez. No se culpe a nadie de mi muerte.

También este café ofrecía música en directo y en noviembre de 1906 anuncia la novedosa actuación de un sexteto conjuntamente con un fonógrafo.


                                          Foto: ABC
                                                                             Imagen antigua del Café de La Concepción.
 
El café de La Concepción cerró sus puertas en la primera mitad del año 1919, pero en su última noche tuvo lugar una de las más bulliciosas barahúndas que la Corredera y la calle de Tudescos recordarían por mucho tiempo.

Aciano era un cliente asiduo del café; algo encorvado, de grandes y fuertes manos, poseía un violín que guardaba discretamente debajo del mostrador hasta que, como despedida del local, aquella noche pidió tímidamente permiso a los demás parroquianos para tocar algunas cositas. El instrumento comenzó a sonar en sus manos como un orangután de malos sentimientos y así continuó hasta las 3 horas de la madrugada, momento en que Aciano y su violín decidieron salir a la calle y a paso de carga interpretar “Zaratustra” de Strauss junto con un nutrido grupo de borrachos, prostitutas y chulos gritando ¡Muera Puccini! Y ¡Viva ab intestato! (sin testamento), ésto último en honor del padre del violinista, que era notario y opuesto a la carrera musical de su hijo. Al llegar a la plaza del Callao los guardias del orden público cortaron el paso a la numerosa comitiva y cada integrante tiró por donde pudo; sólo Aciano seguía tocando su violín y junto a él una joven desgreñada y alegre que seguía gritando ¡Viva “el” ab intestato!. Nadie supo nunca qué pasó con el músico y su acompañante a partir de esa noche, la última del café de La Concepción.

Ambos locales existen en la actualidad y han dado cabida a negocios diversos. A lo largo del tiempo el café de San Antonio fue dividido en varios establecimientos dedicados, entre otras actividades, a tienda de muebles, de electrodomésticos, de molduras de escayola y papeles pintados, relojería y en la actualidad está ocupado por la cafetería de una residencia de ancianos, manteniendo visibles los relieves de sus columnas de hierro que se aprecian desde la calle.

El café de La Concepción fue convertido en una tienda de artículos de marroquinería y fábrica de paraguas conservando, durante mucho tiempo, los suelos de tarima, sus espejos y las columnas pintadas de color amarillo oro que tenía el antiguo café. Desde hace varios años el local está ocupado por un supermercado y una tienda de verduras y frutas, que dividen el local en dos.

Coplilla en “Madrid Cómico” 28/10/1915, para el anuncio del café de La Concepción:

Esta noche es inaugurado

con una orquesta compuesta

de seis músicos de altura,

y en cualquier partitura

se hace aplaudir la orquesta.

El local es un edén,

y además sirven tan bien,

que café como el que dan,

no lo toma ni el sultán

de Marruecos en su harén.

Corredera Baja (frente a Lara)”




Fuentes:
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E. 

1 comentario:

  1. Esta graciosa la copla. Es un blog interesante.

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