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lunes, 6 de febrero de 2012

EL CAFÉ DE LA ELIPA, EL GRAN MUSEO HARTHOFF Y “EL DÍA QUE ALFONSO XIII HINCÓ EL PICO”.

En la calle de Alcalá, junto a lo que fue el teatro Apolo y hoy es un edificio destinado al Ayuntamiento de Madrid, se encuentra la iglesia de San José (s. XVIII) y en su sótano, con entrada por el número 43 de la calle, se hallaba el Café de la Elipa. 

Era éste un café estrecho y largo, con dos tramos de peldaños que habrá (porque hoy existe como cervecería, pero con otro nombre) que descender para ir a su interior. Bajo de techo y, según se nos describe en la prensa de 1925, adornado con alto relieve griego de yeso por debajo del que había pequeños espejos para reflejar la luz de la calle. En su interior, tras bajar el último tramo de la pequeña escalera había “una zona catacumbesca, abovedada con un alto zócalo de azulejos sevillanos”. 

Foto: Hemeroteca Biblioteca Nacional de España
Tertulia en el café de la Elipa en el año 1925.
El 13 de abril de 1913 fue detenido junto a las mesas del café de la Elipa, que estaban en la calle, Rafael Sáncho por haber atentado contra Alfonso XIII disparando dos tiros con una pistola, en el acto de jura de bandera que se celebró ese día cerca de la fuente de la Cibeles. 

Foto: flickr.com/photos/etecemedios
Rafael Sáncho es detenido tras el atentado.
El café de la Elipa estuvo abierto durante la Guerra Civil y así, en el año 1938 se anuncia en la prensa puntualizando que había “consomé y aperitivos todos los días”. 

En este sótano de la iglesia de San José, antes del café, vino a instalarse el Gran Museo Harthoff, en el año 1874. Se trataba de una “exposición artística y científica” de anatomía o colección de figuras en relieve vaciadas sobre un cadáver, donde se representaban los órganos humanos. 

Debido a los inconvenientes del estrecho espacio en el que este museo estaba enclavado, en los últimos días de esta exposición, en febrero de 1875, los periódicos anuncian que “para satisfacer el deseo del ilustre público madrileño, se ha arreglado el museo de tal manera que desde hoy puedan entrar al mismo tiempo señoras y caballeros”. 

Foto: M.R. Giménez
Puerta de acceso actual a lo que fue el Gran Museo Harthoff  y después el café de la Elipa.
Si miramos de frente a la iglesia de San José en el lado izquierdo estaba la Casa del Cura o vivienda del párroco, que tenía dos plantas. Fue el primer edificio derribado el 4 de abril de 1910, fecha en que dio comienzo la construcción de la Gran Vía. 

Acompañado por el Presidente del Gobierno, José Canalejas y por el Alcalde de Madrid, José Francos Rodríguez, Alfonso XIII toma una piqueta de plata y hace un simbólico desconchón sobre la jamba de una de las ventanas del pequeño edificio; antes de que las personalidades asistentes al acto se retirasen, ya había sido cargado el primer carro de escombros de la demolición. Al día siguiente el periodista republicano Francisco Serrano Anguita ofrece su crónica del acontecimiento bajo el titular: “Alfonso XIII hinca el pico”. 




Fuentes:
Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca del ABC
“La Gran Vía: historia de una calle” José del Corral.
flickr.com/photos/etecemedios

4 comentarios:

  1. Genial Charo. ¿De donde sacas estas maravillosas historias?
    Creo recordar que este mismo lugar hubo hasta no hace mucho tiempo una tienda de deportes.

    Sigue así.

    Un abrazo.

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  2. Ahora eres tú mi "namberguan" y te lo agradezco mucho. Sí, allí estuvo una tienda de deportes durante bastante tiempo y hasta hace algunos años. ¡Todo cambia en la G.Vía!.
    Toda la información está sacada de periódicos antiguos y de las fuentes que cito.
    Un beso.

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  3. Mi dulce María, nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por causa enemiga o por efecto del calor, y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria.

    Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que mandarán refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de Monte Arruit no la he vivido. Ya se sabe como actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten.

    En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, día tras día, los oficiales nos recuerdan lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos.

    La verdad que no sé por qué te estoy contando esto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches, la única persona por la cual suspiro día tras día y me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.

    Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que este sol africano y convertir a cualquier hombre en estatua de sal con sólo regalarle una mirada tuya. Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas pues venías del mercado y como yo, apoyado en la pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan, pero giraste tu preciosa cara, me miraste y me sonreíste. Bendito piropo aquel. Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste.

    Desde entonces fuimos inseparables, me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia siempre ha sido mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando me acuerdo de aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía, se nos paró el mundo alrededor en ese instante. En fin, hay tantas cosas que podría contar…

    Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré.

    No quiero ser egoísta y por ello te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta pues yo siempre estaré contigo en cada momento de tu vida. Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté.

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  4. Esa conmovedora carta que aportas fue encontrada junto al cuerpo del soldado Pedro, que murió en el Monte Arruit, al sur de Melilla, en el año 1921. El momento histórico de este suceso corresponde al Desastre de Annual y te recomiendo la lectura de la fantástica novela "Imán" de Ramón J. Sender, relato que detalla todo lo acaecido en dichos lugar y tiempo.
    Desconozco la relación que has querido establecer entre esta entrada del blog y la epístola del soldado muerto, que únicamente tienen en común a Alfonso XIII porque ni siquiera son parejas en el tiempo.
    Un saludo.

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