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martes, 12 de diciembre de 2017

RECUERDOS DE LOS CAFÉS MUSICALES, UNIVERSAL Y VARELA.

La historia de Madrid también puede contarse por medio de aquellos antiguos cafés, que ya no existen. Los más importantes contaban con afamados músicos y acreditadas orquestas, que ofrecían sus conciertos diarios en varias sesiones. Tal era el caso del Café Universal, de la Puerta del Sol, y del Café Varela, de la calle de Preciados, en los que la violinista Olga Ramos actuó durante varias décadas junto a su marido, Enrique Ramírez de Gamboa.


El ambiente de esos cafés, sus tertulias, aquellos personajes famosos que por ellos pasaron, las divertidas anécdotas y sus protagonistas… 

La cupletista Olga María Ramos nos relata un mundo de recuerdos, contados con gracia y desenvoltura, sobre estos antiguos cafés musicales que también pasaron a formar parte de la crónica de Madrid.


https://www.youtube.com/watch?v=TwTNaXgS6TY

jueves, 16 de noviembre de 2017

EL MUSEO DE OLGA RAMOS Y EL CUPLÉ.


El Museo de Olga Ramos recopila una enorme cantidad de objetos que reviven la historia de los antiguos cafés musicales de Madrid, que ya no existen, y de aquellos míticos tiempos del cuplé

La cantante, compositora y conferenciante Olga María Ramos, hija de “La reina del cuplé”, nos enseña aquí una espléndida colección de antiguos mantones de Manila, elegantes trajes de chifón o de seda y sus complementos, partituras históricas, instrumentos musicales centenarios, sugerentes abanicos de marabú o pintados a mano, fotografías dedicadas, decorados de escenarios, los espejos del antiguo Café Universal de la Puerta del Sol y muchas sorpresas más.





https://www.youtube.com/watch?v=yjUdFvpN7Es
"El Museo de Olga Ramos"


En el año 1918, cuando Olga Ramos (Trinidad Olga Ramos Sanguino) vino al mundo, el cuplé estaba en la plenitud de su apogeo. Varias décadas más tarde este género musical únicamente pervivía en la memoria popular, pero Olga lo rescató del olvido para devolverle su tono, su originalidad y su gracejo.

Olga Ramos, violinista titulada en el Real Conservatorio, comenzó su carrera musical en los antiguos cafés de Madrid (Universal, Varela) con su orquesta de señoritas. En ellos actuó durante los años cuarenta, cincuenta y gran parte de los sesenta junto a la pianista Magdalena Martín, y conoció a su marido, el también músico y compositor Enrique Martínez de Gamboa “El Cipri”. 

Desde el final de la década de los años sesenta del siglo pasado Olga Ramos retomó el cuplé y lo convirtió en algo muy peculiar. A partir de entonces, figura en la historia de Madrid con derecho propio.


Fuente: madridiario.com (2004)
Olga Ramos tomando café.


El cuplé formaba parte de los espectáculos llamados de variedades o varietés, que llegarían importados de Francia en los años finales del siglo XIX. La sátira y la picaresca eran ingredientes fundamentales de sus letras, acompañadas por melodías fáciles de recordar. Tal fue el caso de “La pulga”, que en el año 1899 estrenó, con gran éxito en Madrid, Nelle Martini. 

Las insinuantes letras con doble sentido y sicalípticas de estas canciones iban acompañadas por movimientos sugerentes de sus intérpretes femeninas, que ofendían la moralidad imperante en el momento. Así estos espectáculos, encuadrados en lo que se llamó el género ínfimo, sufrieron el acoso de la virtuosa censura y quedaron reducidos a un público masculino, conceptuado como de dudosa respetabilidad

Todo cambió alrededor del año 1912, cuando cuplés y cupletistas adquirieron un reconocido prestigio. Aurora Jauffret, conocida como “La Goya”, dignificó el cuplé y lo innovó, concediéndole importancia estética. Fue la primera en incluir en su repertorio canciones para ser vistas y cantadas por toda la familia.

El género ínfimo y las variedades decayeron allá por el año 1924, para remontar diez años después con nuevas representaciones mejor programadas, que provocaron el resurgimiento del género y la recuperación de estrellas del cuplé como Raquel Meller, Pastora Imperio o Amalia de Isaura. 

Posteriormente el género de la revista incorporó a sus espectáculos los antiguos cuplés, modernizándolos y manteniendo aquella picaresca en sus representaciones, que los censores de la dictadura franquista se encargarían de mitigar. 

El cuplé y la revista fueron muy populares hasta el final de los años sesenta del siglo anterior, a partir de entonces comenzó su decadencia. En la memoria de todos quedaron aquellas letras cupleteras con pegadizos estribillos: “La chica del 17”, “¡Ven y ven!”, “La machicha”, “Los nardos”, “Si te casas en Madrid” y tantas otras, a ritmo de pasacalles o pasodobles, chotis o habaneras.





Fuentes:

Es.wikipedia.org
Hemerotecadigital.bne.es
Madridiario.com
Triunfodigital.com
Vídeo: 
“El Museo de Olga Ramos” de “Antiguos Cafés de Madrid y otras cosas de la Villa”.
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jueves, 2 de noviembre de 2017

EL PALACIO DE MONISTROL O DE SÁSTAGO.

La hoy conocida como plaza de la Luna, y oficialmente llamada de Santa María Soledad Torres Acosta, albergó uno de los edificios con más historia del centro de Madrid: El Palacio de Monistrol, también conocido como de Sástago

La voraz fiebre especulativa de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado había dejado en el más absoluto abandono, durante demasiado tiempo, tanto al viejo caserón como a los inmuebles de su entorno. El estado ruinoso del conjunto llegó a suponer un peligro para los peatones, por el continuo desplome de cornisas y partes de la fachada de los edificios. 

Fue así como en el año 1969 comenzó el derribo de trece fincas comprendidas entre las calles de Concepción Arenal, Tudescos, y su desaparecido callejón, Luna y Silva, llevándose también al antiguo Palacio de Monistrol, con sus tres siglos de intensa historia. 

El terreno fue excavado para albergar las cuatro plantas de uno de los aparcamientos más importantes de Madrid, con capacidad para 600 coches sobre el que se planeaba construir una gran plaza con un bello jardín “tipo italiano” y un edificio comercial de cuatro o cinco pisos. Finalmente fueron construidos dos edificios de seis alturas y una escalonada plazoleta con algunos pequeños árboles, además del estacionamiento.

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
La plaza de la Luna (Santa María Soledad Torres Acosta), donde se situaba el Palacio de Monistrol.

Los antecedentes de la vieja casona, que luego sería el Palacio de Monistrol, se remontaban a principios del siglo XVII. El plano de Pedro Texeira (1656) muestra, en la esquina de la calle de la Luna con la de Tudescos, lo que fue el imponente edificio del oidor (juez) Francisco de Tejada y Mendoza. La casa tenía una característica torre rematada por un chapitel austriaco. En el patio principal había una fuente artística entre arriates. 

Fuente: bvpb.mcu.es (1656).
Plano de Pedro Texeira. El antiguo edificio de Francisco de Tejada y Mendoza, situado en la calle de la Luna, aparece señalado por la flecha.

Tras sucesivas herencias, el edificio llegaría a ser propiedad de los condes de Sástago en el año 1731 y con posterioridad, tras el matrimonio entre la condesa Sástago y el marqués de Monistrol en el año 1857, sería conocido como Palacio de Monistrol.

Fueron varias las modificaciones que se ejecutaron en el viejo caserón de la calle de la Luna, a lo largo del tiempo. 

En el año 1782 el Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España, por abreviar) arrendó parte de la casa para instalar en ella sus dependencias. La obra de remodelación fue encargada al arquitecto Pedro Arnal, quien no parece modificara en el inmueble su severo aspecto, carente de toda ornamentación y trato neoclásico, dando incluso a sus comisas “la misma forma que tienen las antiguas”.

Fuente: archivesportaleurope.net (1885).
Fachada correspondiente a la calle de la Luna del Palacio de Monistrol, según proyecto del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco.

Los propietarios del Palacio de Monistrol o de Sástago sólo utilizaron como vivienda la parte noble del edificio, arrendando la planta a nivel de calle a diferentes negocios. 

El día 8 de octubre de 1826, en la esquina comprendida entre las calles de la Luna y de Silva, fue inaugurado el Teatro Pintoresco, que representaba espectáculos donde bailaban figuras mecánicas acompañadas por una brillante sinfonía. Siete años después la sala pasó a llamarse Teatro de Buena-Vista, en cuyas funciones intervenían compañías públicas, particulares o de actores y actrices aficionados. Tras su cierre, en el año 1876, el local se destinó a negocios relacionados con guarda y venta de muebles.

En la esquina opuesta del palacio, correspondiente con la calle de Tudescos, estuvo, ya en el año 1848, el famoso Café de la Luna: café amplísimo, dividido en grandes estancias de altos techos sostenidos por robustas columnas, así descrito tras la reforma efectuada en el año 1864. Frecuentado por artistas, escritores, periodistas y poetas, que allí tenían sus tertulias, era también un café musical con orquestas. Su dueño y creador, Joaquín Hevia, fue asesinado en el año 1890 protagonizando “El crimen de la calle de la Justa” (hoy calle de los Libreros), que tanto daría que hablar a la prensa del momento.

El Café de la Luna cerró en el mes de junio de 1908 y en su local se instalaron los Almacenes Eleuterio, en un principio especializados en pasamanería, tapicería y tejidos, que fueron inaugurados el día 11 de enero de 1909. El negocio llegó a ser muy popular, en especial durante la década de los años veinte y treinta del siglo pasado, abriendo varias tiendas en Madrid. El establecimiento de la calle de la Luna fue publicitariamente denominado como Almacenes CECA, para distinguirlo de la sucursal abierta en la calle de Fuencarral, que fue renombrada como MECA.

Fuente: prensahistorica.mcu.es
La fotografía de la izquierda, interior de los Almacenes Eleuterio, corresponde al año de su inauguración (1909).
A la derecha la fachada del Palacio de Monistrol en su esquina con la calle de Tudescos, en 1969. Se aprecia el rótulo en el que los almacenes aparecen renombrados como CECA.

Mientras todos estos negocios, y algunos otros de menor trascendencia, iban arraigando en el Palacio de Monistrol, sus dueños acometieron importantes remodelaciones en la antigua casona. Así, en el año 1885 se encargó una gran reforma del edificio al prestigioso arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. 

Era un edificio espléndido, con todas las características del arquitecto, cerámica, logias (galerías cubiertas), columnas, soberbio portal con magnífica escalera, estancias decoradas con delicadas molduras clásicas, etc. En su decoración exterior intervino Daniel Zuloaga Boneta, quien aportó una ornamentación cerámica muy parecida a la del Palacio de Velázquez (también obra del arquitecto Velázquez Bosco), situado en El Retiro de Madrid. 

Fuente: urbanity.es (1969) - archivesportaleurope.net (1885).
En el torreón del Palacio de Monistrol, de la calle de la Luna esquina a la de Tudescos, se edificó el mismo balcón con arquería que figuraba en el proyecto de Ricardo Velázquez Bosco.
 
El Palacio de Monistrol contenía una valiosa colección de objetos que el marqués José María Escrivá de Romaní, coleccionista y académico de Bellas Artes, había ido recopilando a lo largo del tiempo. Tablas de Jean van Eyck, óleos de Juan de Juanes, retratos de Federico Madrazo y Francisco Masriera, admirables tapices flamencos y gobelinos, porcelanas del Buen Retiro y de Sèvres, antiguas cerámicas de Talavera, ornaban las estancias de la gran mansión de la calle de la Luna.

Fuente: memoriademadrid.es (1928) y B.N.E. (1914).
Dos aspectos de la amplia escalera del palacio. En la segunda fotografía se aprecia la silla de manos estilo Luis XV.

Traspasando el enorme zaguán de entrada, una amplia escalera daba acceso a la vivienda. En ella resaltaba el escudo de los Sástago, también las columnas que sostenían la bóveda y una dorada barandilla. En sus blancas formas se habían instalado dos piezas destacadas: el arcón tallado del siglo XV que fue joyero de Isabel la Católica y la silla de manos, estilo Luis XV, con que eran transportadas las visitas reales. 

Fuente: B.N.E. (1909 y 1914).
A la izquierda, el salón de baile. A la derecha, el salón de antigüedades.

Un gran número de salones, cada uno dedicado a un uso particular (de baile, antigüedades, de billar, de lectura) o designados por el color de la seda que recubría sus paredes (amarillo, verde, azul) se embellecían con muebles de ébano, algunos de ellos con incrustaciones de marfil, vargueños, estatuas de mármol, enormes espejos, antiguas armaduras y lámparas de cristal veneciano.

La fantástica colección de tapices del palacio cubría gran parte de las paredes, en aquellos salones con techos artesonados o cubiertos de pinturas al fresco. De ellos, los más valiosos, fueron destinados a la capilla que recibía luz cenital por medio de una pequeña cúpula.

Fuente: B.N.E. (1914).
A la izquierda, el comedor. A la derecha, la capilla.

La última propietaria que habitó en el Palacio de Monistrol de la calle de la Luna fue la condesa de Alcubierre. En el año 1907 encargaría una última remodelación, de algunas partes del edificio, al arquitecto Joaquín Saldaña López: modernizando varias habitaciones para uso personal y el garaje ubicado en la calle de Silva. Tras su fallecimiento, en el año 1927, los herederos del palacio disgregaron las joyas de arte que guardaba, destinando a diversos usos la mayoría de tan señoriales dependencias.

En el viejo caserón de la calle de la Luna, número 11 se fueron instalando tiendas, oficinas del Canal del Lozoya, talleres y pequeñas fábricas, además de los negocios ya citados. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) parte del edificio sería ocupado por sectores del sindicato C.N.T. Las habitaciones con más luz fueron divididas y transformadas en estudios para escultores y pintores como Juan Genovés Candel, quien allí trabajó desde el año 1954, convirtiendo su estudio en un lugar de encuentro de artistas y escritores. Academias de baile, como la de Emilia Ardanuy, y un taller en el que se pintaban las grandes carteleras con que los cines de Madrid, y en especial de la Gran Vía, anunciaban las películas en sus fachadas. 

A mediados de la década de los años sesenta del siglo pasado el Ayuntamiento de Madrid adquirió el Palacio de Monistrol, abonando a los propietarios la cantidad de diez millones de pesetas. Poco después comenzaría a tramitarse su expediente de demolición, no sin antes vender la magnífica escalera, el enorme portal adornado por gruesas columnas de granito y los mosaicos de Zuloaga que decoraban las tres fachadas del edificio, que fueron adquiridos por una señora extrajera, a buen precio, ofreciendo al capataz del derribo cien pesetas por cada azulejo intacto. 

En el mes de agosto de 1969 se dio la orden para la derribo del palacio, mientras los inquilinos se hacían fuertes en el interior del viejo caserón para evitar el desahucio.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1969).

Cuando ya llevaban tiempo deshaciéndolo, echaron abajo una pared y se encontraron con una gran sala entelada en azul y flores de lis en blanco, y un gran salón del trono. Por conversaciones entre los vecinos, se habló entonces de un título nobiliario, propietario del palacio, que había sido virrey de las Indias.


Para ampliar información sobre el Café de la Luna y el Teatrillo de Buenavista, pulsad aquí




Fuentes:

Archivesportaleurope.net
“Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX”. Pedro Navascués Palacio.
Bvpb.mcu.es
“El Banco de España en Madrid. Génesis de un edificio”. Pedro Navascués Palacio.
“El cine, la Gran Vía y yo”. Rosario González Truchado.
Es.wikipedia.org
“Guía del plano de Texeira (1656). Manual para localizar sus casas, conventos, iglesias, huertas, jardines, puentes, puertas, fuentes y todo lo que en él aparece”. María Isabel Gea.
Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es
Urbanity.es


Este artículo está dedicado a la memoria de Luisa Sánchez.

miércoles, 4 de octubre de 2017

CAFÉ DE SÓLITO DE LA CALLE DEL PRÍNCIPE.

“¿Acabé de comer? A Sólito. Allí dos horas, dos cafés, y dos amigos.” Mariano José de Larra (1834).

Parece que el afamado repostero Antonio Sólito, especialista en quesitos helados y otras ambrosías, comenzó a ganar fama en el Madrid de 1816 trabajando en el café y botillería del Príncipe, situado en la calle del mismo nombre. Un año más tarde Sólito se trasladó al café del Buen Suceso, en la calle de Alcalá e inmediato a la desaparecida iglesia de la antigua Puerta del Sol. En el año 1820 inauguraría un primer local llamado café del Buen Gusto, también en la calle de Alcalá, y cuatro años más tarde (1824) instalaría otro café con ese mismo título, volviendo a la calle del Príncipe esquina con la de su travesía (absorbida ésta por la plaza de Santa Ana), frente al coliseo (hoy Teatro Español).


Fuente: Fotograría de Jean Laurent (1867-1872) mcu.es.
Fachada del Teatro Español, por entonces denominado Teatro del Príncipe. El Café de Sólito estuvo situado en el terreno correspondiente a la parte inferior de la fotografía.

El título de Café de Sólito aparece ya en el año 1828, siendo probable que fueran sus mismos parroquianos quienes renombraran al café del Buen Gusto con el apellido de su dueño y que éste decidiera, en un momento dado, cambiar de marca del establecimiento. 

Fuente: ign.es (1848). Plano de Francisco Coello y Pascual Madoz.
En el recuadro aparece la manzana de casas donde se ubicaba el Café de Sólito (señalado por la flecha), frente al teatro.

A principios de la década de los años treinta del siglo XIX, los cafés situados en los alrededores de la plaza de Santa Ana estaban de moda entre los escritores románticos, o los que pretendían llegar a serlo. Muchos de ellos frecuentaban El Parnasillo (café del Príncipe), pero al aumentar en su interior el elemento militar y político trasladaron sus tertulias a un lugar con menos alboroto. Fue así como el poeta José Zorrilla, los dramaturgos Antonio Gil Zárate y Antonio García Gutiérrez, el escritor y periodista Mariano José de Larra “Fígaro” y otros muchos comenzaron a frecuentar el Café de Sólito, omitiendo maliciosamente el esdrújulo al pronunciar el nombre del café.

Por lo regular la vida de un literato da principio en el Café de Sólito, se decía en alguna revista literaria de la época. En efecto, parece que éste era el lugar imprescindible para darse a conocer y hacerse amigo de los que llevaban el compás de la república literaria en Madrid; todo ello refrescado con licores, sorbetes, agraz frío (zumo de uva verde) y, por supuesto, de café. 

Fuente: Todocoleccion.net.(principios del siglo XX). M.R.Giménez (2017)
Ayer y hoy de la fachada del Teatro Español situado en la plaza de Santa Ana.

En otra de las tertulias instauradas en el Café de Sólito se fundó en el año 1836, a iniciativa de trece socios de tono señorial y aristocrático, lo que primero se denominaría Casino, después Casino del Príncipe y con el tiempo llegaría a ser el actual Casino de Madrid. Esta asociación, de la que en origen formaron parte militares, aristócratas y diplomáticos como Mariano Téllez de Girón, Fernando Fernández de la Peña, Carlos Latorre y diez socios más, iría incrementando su número y cambiando la ubicación de sus reuniones hasta llegar a construir su propio edificio en el año 1910, en la calle de Alcalá, número 15.

En el año 1841 la puerta del Café de Sólito fue escenario de lo que parecía un lance particular entre dos individuos, pero que dio mucho qué hablar en la prensa del momento. El día 23 de julio, a las nueve y media de la noche, el por entonces diputado y posterior Presidente del Consejo de Ministros Juan Prim Prats, descargó dos fuertes garrotazos contra el periodista e historiador Modesto Lafuente Zamalloa, que huyó despavorido mientras su bastón y su sombrero quedaron sobre el campo de batalla como trofeo del vencedor.

El altercado tuvo su origen en la publicación política y satírica “Fray Gerundio”, con la que Modesto Lafuente había comenzado su carrera literaria. En el número correspondiente al día 20 de julio de 1841, el autor hacía referencia al diputado Prim alterando su apellido: “Señor, se reconoce que el tal Prim o Pringue está a mal con todo lo que huela a sacris…” El aludido, sintiéndose insultado, remitió una carta al semanario exigiendo una rectificación. La respuesta inmediata resultó aún más sarcástica y como resultado se produjo la agresión.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1841).
Portada de "Fray Gerúndio". Publicación que contiene el artículo de la polémica.

Pocos años después, sobre 1845, el Café de Sólito desapareció debido al muy reclamado ensanche de la plaza de Santa Ana. La estrecha manzana de casas (por entonces señalada con el número 215) que ocupaba el espacio entre la plaza y la calle del Príncipe, frente al teatro y donde se ubicaba el café, fue demolida. Esta pequeña parcela sirvió para agrandar y ajardinar la plaza, cuyas obras de remodelación comenzarían alrededor del año 1868. 

Fuente: oldmapsonline.org (1879). Plano de Madrid de Carlos Ibañez Ibero.
La plaza de Santa Ana aparece con el nombre de plaza del Príncipe Alfonso. Las obras de su remodelación habían tenido lugar, desapareciendo la manzana de casas en la que se ubicaba el Café de Sólito (que estuvo en el sitio que marca la flecha)

Plaza, calle y teatro cambiaron varias veces sus nombres en función de los acontecimientos políticos e históricos. De esta manera la hoy plaza de Santa Ana fue así llamada hasta 1860, año en que fue renombrada como Príncipe Alfonso. Entre los años 1868 y 1887 pasó oficialmente a llamarse de Topete, para repetir después como Príncipe Alfonso y acabar, en el año 1931, llamándose de nuevo y hasta el momento plaza de Santa Ana.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1931).
Durante la II República Española, la plaza de Santa Ana recobra su nombre actual.

También la antigua calle del Príncipe cambió su nombre por el de calle de Izquierdo, tras la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. Diecinueve años después volvería a recuperar su antigua denominación, que aún conserva.

Fotografía: M.R.Giménez (2011).
La plaza de Santa Ana desde las puertas del Teatro Español.

El viejo coliseo, que en el siglo XVI comenzó llamándose Corral del Príncipe, pasó, tras varios incendios y numerosas reformas, a denominarse Teatro del Príncipe. Desde el año 1849 mantiene el nombre de Teatro Español.




Fuentes:

Cervantesvirtual.com
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Es.wikipedia.org
Hemerotecadigital.bne.es
Ing.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
“Manual de Madrid. Descripción de la Corte y de la Villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Mcu.es
Olmapsonline.org
Todocoleccion.net

lunes, 4 de septiembre de 2017

MERCADO DE LA PLAZA DE LA CEBADA Y CAFÉ DE LOS NARANJEROS.

La plaza o plazuela de la Cebada era ya, a mediados del siglo XVI, un centro de venta de cereales, tocino y legumbres. La proliferación de los puestos y tenderetes allí ubicados haría necesaria una regulación de este espacio, para lo que fue encargado un primer proyecto de mercado abierto al maestro de obras José de Villarreal, en el año 1649. 

Fuente: memoriademadrid.es
Proyecto de mercado abierto para la plaza de la Cebada (1649).

El auge de las ventas en la plaza de la Cebada era cada vez mayor. A ella concurrían vendedores y compradores de productos alimentarios e incluso, durante el siglo XVIII, era el lugar donde se instalaban las ferias de Madrid. Así mismo, al comenzar el siglo XIX adquirió este paraje el lúgubre prestigio de ser designado para las ejecuciones capitales.

Fotografía: M.R.Giménez (2007).
Placa conmemorativa del ajusticiamiento en la horca del militar y político liberal Rafael del Riego, con un pequeño ramo de flores que allí se mantuvo durante varios años.

Casi dos siglos después del primer proyecto de mercado para la Cebada, se hizo muy necesaria su modernización. Tras la presentación de varios diseños, sería elegido el propuesto por el arquitecto Mariano Calvo Pereira: un edificio cubierto, de planta irregular, con seis puertas de acceso y una superficie de 6.323 m2. 

El nuevo mercado tenía dos plantas: un sótano destinado a almacenaje y, sobre él, la zona destinada a los puestos de venta. Con estructura de hierro forjado, fabricada en Londres por la casa G. B. Granley y compañía, tenía 166 columnas interiores con una altura de 4’53 m. Todo el edificio estaba iluminado por lámparas de gas, cuando la luz del sol no entraba por sus enormes cristaleras. 

Fuentes: memoriademadrid.es (1867) y mcu.es -fotografía de Jean Laurent (1875).
Proyecto del mercado de hierro. Su interior el día de la inauguración.  

Aquel mercado de la Cebada fue inaugurado a las cuatro de la tarde, del viernes 11 de junio de 1875. Treinta años después su espacio sería ampliado con cuatro pabellones cubiertos para la venta de frutas y verduras, por lo que fue necesario reestructurar la plaza y derribar edificios como la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, de la calle del Humilladero. En el año 1925 se añadieron otros tres pabellones, a los ya existentes; todos ellos serían derruidos ocho años después.

Fuentes: fuenterrebollo.com (década de los años 20 del siglo pasado) y hemerotecadigital.bne.es (1925).
En ambas fotografías se aprecian los nuevos pabellones anejos al edificio del mercado de hierro.

El viejo mercado de hierro de la Cebada fue finalmente derribado en el año 1956 y sustituido por el edificio actual, del arquitecto Antonio García de Arangoa e inaugurado el jueves 26 de abril de 1962, que parece también tener sus días contados.

Fotografías: M.R.Giménez (2007).
Exterior e interior del actual mercado de la Cebada.

En el mes de octubre de 1854 el Ayuntamiento de Madrid resolvió cambiar el nombre a la plaza de la Cebada. Desde el día 7 de noviembre de ese mismo año –treinta y un años después del ajusticiamiento del militar y político liberal Rafael del Riego Flórez- pasó a denominarse plaza de Riego, designación que se mantuvo de manera oficial hasta mediados de la década de los años setenta del siglo XIX, momento en que recuperó el nombre de plaza de la Cebada, como todos la seguían llamando. 

Parece que el ramo de los naranjeros del mercado de la Cebada, allá por la mitad del siglo XIX, tenía una gran influencia. La ubicación de sus cajones, a la altura del número 6 de la plazuela, servía como referencia para localizar otros negocios o lugares cercanos; incluso contaban con una numerosa representación en la toma de decisiones municipales relativas al mercado. Ningún productor podía vender naranjas por su cuenta, sin el consentimiento de dicho gremio.

En el número 5 de la plaza de la Cebada aparece ya en el año 1875 el Café de la Latina, que pasaría a ser más conocido como Café de los Naranjeros o Café de Naranjeros a lo largo de su existencia.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1915).
La plaza de la Cebada, con el viejo mercado de hierro. A la derecha, señalado con una pequeña flecha, el lugar donde se ubicaba el Café de los Naranjeros.

El de los Naranjeros era un café de cante y baile flamenco en el que comenzaron sus carreras artísticas figuras tan relevantes como: Ramón Montoya y Rafael Marín (guitarristas), Enrique de Lara y Francisco Mendoza Ríos “Faíco” (bailaores), además de Pastora María Pavón “La Niña de los Peines”, entre otros muchos. 

Por aquellos años del último cuarto del siglo XIX el flamenco estaba de moda en Madrid. Su público se componía de todas las clases sociales, congregándose en los cafés de cante instalados en los barrios populares. Estos establecimientos también atraían a la gente del bronce (delincuentes y pendencieros), por lo que era más frecuente encontrar en la prensa noticias sobre las disputas, camorras e incluso intentos de asesinato acontecidos en ellos, que reseñas sobre sus espectáculos.

Multitud de autores mencionaron al Café de los Naranjeros en la trama de sus obras. Benito Pérez Galdós lo cita en las novelas “Fortunata y Jacinta (Dos historias de casadas)” y en “Misericordia”. Pío Baroja Nessi lo menciona también en “La Busca” y en “Mala Hierba” de su trilogía “La lucha por la vida”. 

La zarzuela “La Chulapona” (1934) de Federico Moreno Torroba, con libreto de Federico Romero Zarachaga y Guillermo Fernández-Shaw sitúa dos cuadros de su acto segundo en el Café de los Naranjeros, que llegaría a ser reconocido como uno de los más antiguos templos madrileños del cante jondo, en el año 1905.

El domingo 18 de octubre de 1896 Antonio Zazo Maroto, dueño por entonces de este café, decidió dar un nuevo lustre a su negocio convirtiéndolo en un café de camareras al que llamó Café de la Patria. En él continuaban los conciertos andaluces de cante y baile, reflejando ya en sus programas los nombres de los artistas que allí actuaban.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1897)

A pesar de su cambio de marca, una vez más este café continuó siendo conocido con el nombre de Naranjeros y así pasó a la historia, tras su cierre allá por el año 1910.





Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Cervantesvirtual.com
Elartedevivirelflamenco.com
Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Hemerotecadigital.bne.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es

viernes, 11 de agosto de 2017

BOTILLERÍA DE CANOSA.

En la Carrera de San Jerónimo, esquina con la calle de Santa Catalina, estuvo uno de los establecimientos más conocidos y renombrados de aquel Madrid del siglo XVIII. También sería uno de los más añorados, durante muchas décadas, tras su cierre en los años cuarenta del siglo XIX.

Fuente: bibliotecadigital.rah.es
Plano de Madrid (1757) Tomás López.
Señalado con un pequeño círculo, el lugar donde ya estaba la Botillería de Canosa.

La Botillería de Canosa ya servía y fabricaba refrescos como la aloja (agua, miel y especias) o el agraz (zumo de uva) cuando el rey Carlos III tomó posesión del trono, en el año 1759. 

Por aquella época faltaba casi un siglo para que en Madrid se pusieran de moda los cafés, como lugares de ocio donde tomar consumiciones y establecer prolongadas reuniones o tertulias. Los escasos grupos que por entonces deseaban reunirse (por lo general para discutir sobre literatura o política), lo hacían en fondas o en casas particulares. Así, las botillerías sólo eran comercios que despachaban refrescos y licores para llevar o consumir en el acto, de pie o tomando asiento sobre alguno de los pocos bancos de madera dispuestos en su interior.

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Carrera de San Jerónimo, esquina con c/ de Santa Catalina.
Aquí estuvo la casa donde se ubicó la Botillería de Canosa. El edificio actual fue construido en 1846. 

La de Canosa era la botillería más famosa de Madrid y una de las más antiguas; contando como célebre parroquiano a Francisco de Goya y Lucientes, vecino de la Carrera de San Jerónimo, allá por el año 1777. 

El primitivo dueño de esta tienda (tal vez el primer Canosa), habría vendido todos los enseres de su negocio a otro que, conservando su nombre y emplazamiento, volvería a abrir el establecimiento el día 21 de abril de 1833.

Parece que en su nueva etapa la popular Botillería de Canosa fue muy bien recibida, por lo esmerado de sus géneros. A su leche amerengada, el limón frío con canela, los bizcochos y los barquillos servidos en bandeja de mimbre o sus licores de todas clases se unieron los refrescos de naranja y de limón, además del ardiente chocolate durante los meses más fríos.

Fuente: B.N.E. (1915)
Receta de la leche amerengada.

Aquel local de la Carrera de San Jerónimo era tan famoso como reducido y sombrío. Estaba instalado en un semisótano, sin apenas luz natural, al que se accedía descendiendo cuatro o cinco escalones desde la acera de la calle.

Dividido en dos pequeñas salas abovedadas, con suelos de grandes baldosas rojas, se iluminaba por medio de un gran candil de cobre con veinte pábilos (mechas), instalado en la zona principal. En las paredes, recubiertas por esteras hasta su mitad, se habían colocado otros pequeños candilones que emitían una humareda pestilente e irrespirable, además de tiznar paredes y techos. Algunos bancos de pino y toscas mesas, sobre las que se colocaban velones de cuatro mechas, completaban la rústica decoración de esta botillería.

La Botillería de Canosa despachaba al público desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche. En su interior se congregaban parroquianos de todo tipo: hombres, mujeres, familias, trabajadores de todos los oficios y gentes acomodadas. A su puerta se agolpaban multitud de carruajes de las damas aristocráticas de Madrid para que sus lacayos les sirvieran, en su interior, los productos de la casa, al volver de su confortable paseo por la Carrera de San Jerónimo.

Fuente fotografía de la izquierda (Hauser y Menet): pinterest. com (1891).
Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Carrera de San Jerónimo, antes y ahora.

Mediada la década de los años cuarenta del siglo XIX, los establecimientos madrileños dedicados al despacho y consumo de bebidas cambiaron su configuración de forma radical. Comenzaba a implantarse el café como local cómodo, limpio y bien servido, donde poder tomar las consumiciones y entablar prolongada conversación. 

Mesas cojitrancas y bancos corridos dieron paso a veladores y divanes tapizados; las paredes renegridas serían pintadas en brillantes colores y adornadas con espejos; los mozos desaliñados, que servían las bebidas en toscos recipientes, pasarían a estar uniformados y a utilizar servicios de porcelana y cucharillas de plata para las consumiciones. En definitiva, el tiempo de las cochambrosas botillerías había pasado a la historia.

A principios del año 1844 la Botillería de Canosa –que en sus últimos años se anunciaba como café- dejó de existir. Su local, que por entonces tenía asignado el número 46 de la Carrera de San Jerónimo, fue utilizado para la exposición de un espectáculo llamado Neorama (pintura realizada en un cilindro hueco y bien alumbrado. El espectador se situaba en su interior y tenía la sensación de estar rodeado por el paisaje allí representado). 

En el mes de julio de 1845 comenzó el derribo de la casa donde se ubicó la botillería y después el Neorama, con el fin de reordenar el terreno de la calle de Santa Catalina y la esquina de la Carrera de San Jerónimo. Sobre su solar, una vez reestructurado, se edificó al año siguiente la Casa de d. Francisco Rivas que hoy podemos contemplar.



Fuentes:

“Ayer, hoy y mañana” Antonio Flores.
Bibliotecadigital.rah.es
COAM.org
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la B.N.E.
“Historia y Anécdotas de las Fondas Madriñelas” Peter Besas.
“Memorias de un sesentón, natural y vecino de Madrid” Ramón de Mesonero Romanos.
Pinterest.es
Prensahistorica.mcu.es

martes, 18 de julio de 2017

LA CASA DEL PECADO MORTAL.

Escribía el periodista Antonio López Baeza, en el año 1926, que cuando estuviese construido el tercer trozo de la Gran Vía y edificadas las nuevas fincas, no serían recordadas las casas que allí estuvieron, célebres en Madrid, ni los hechos que les dieron celebridad. Tal sería el caso de la conocida como Casa del Pecado Mortal situada en la desaparecida y pequeña calle del Rosal, número 3. 

Fuente: memoriademadrid.es (década de los años 20 del siglo pasado).
Fachada de la Casa del Pecado Mortal, siempre cerrada.

La breve calle del Rosal contaba sólo con cuatro edificios en el lado de los números impares y uno en el de los pares. Desaparecida por completo al construir la última parte de la Gran Vía (denominada entonces calle de Eduardo Dato), el terreno y las construcciones de la del Rosal fueron ocupados por: la calzada de la nueva avenida, el inicio de la calle de García Molinas y por gran parte del edificio correspondiente al cine Gran Vía, situado hoy en el número 66.

Fuente: memoriademadrid.es (posterior a 1931).
Mapa de los derribos a realizar para la construcción del tercer tramo de la Gran Vía.

La Casa del Pecado Mortal, antes de ser conocida por tal apelativo, había sido propiedad de la condesa de Torrejón –también marquesa de Villagarcía- quien, en escritura con fecha del 14 de julio de 1794, había dejado en herencia todos sus bienes a la Real Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza y Santo Zelo de la Salvación de las Almas, institución fundada en el año 1733 con la finalidad, entre otras cosas, de acoger y asistir sigilosamente a mujeres embarazadas de ilegítimo concepto. Desde Felipe V todos los reyes españoles fueron presidentes de esta Hermandad.

Fuente: memoriademadrid.es (década de los años 20 del siglo pasado).
Sala de Juntas de la Casa del Pecado Mortal.

Desde sus inicios los integrantes de esta Hermandad, cuyo tenaz objetivo era la de hacer el bien por las almas de los que viven en pecado, salían cada noche para pedir dinero con que sustentar sus propósitos, formando la denominada Ronda del Pecado Mortal. Por parejas, provistos de farol y campanilla, deambulaban por las inmediaciones de figones o tabernas, bailes, hosterías y casas non sanctas cantando tétricas saetas que hablaban del infierno, de la muerte y de lo breve que es la vida. Los destinatarios de tan siniestros mensajes solían agredir a los cantores con todo aquello que tenían a mano: piedras, verduras podridas, restos de pitanza y excrementos varios.

Además de la casa de la calle del Rosal la Hermandad disponía de otras dos en Madrid, en las calles del Barco y Madera alta, dedicadas al mismo fin y conocidas con idéntico nombre por los vecinos. 

Fuente: bne.es (1910)
La Casa del Pecado Mortal, la segunda a la izquierda de la fotografía, en la calle del Rosal.

La historia de esta Casa del Pecado Mortal de la calle del Rosal comenzó aproximadamente en el año 1800. Con sólo una puerta de acceso, que únicamente se abría para dejar salir o entrar a los integrantes de la ronda mendicante, poseía el aspecto de una mansión inquisitorial. Tenía un salón de juntas y custodiaba el archivo de la Hermandad; era también el lugar impenetrable donde se guardaban los fondos obtenidos por las donaciones y contaba con protección regia y gubernamental, que garantizaba el secreto más absoluto de cuanto en ella se hacía. Fue, hasta su desaparición, un negocio de los que no pagan tributos ni son intervenidos por nadie.

Las ventanas de sus cuatro alturas tenían los cristales pintados y estaban protegidas por celosías y persianas que nunca se abrían, incluso en su patio interior, para salvaguardar la identidad de las mujeres que allí vivían. En la parte izquierda de la fachada, bajo un ventanuco, había una pequeña ranura a modo de buzón donde se depositaban los memoriales o instancias de las mujeres embarazadas que debían ingresar en la institución, para que no se empañe la heráldica familiar.

Fuente: bne.es (1906).
Buzón de la Casa del Pecado Mortal, para recibir las instancias de las mujeres.

Previo examen de sus memoriales las mujeres podían ser admitidas o no por la Hermandad. Aquellas que ingresaban eran denominadas recoletas y se les destinaba a una habitación con una cama, en cuyo cabecero encontraban tupido velo y una tarjeta con un nombre ficticio que debían utilizar durante todo el tiempo de permanencia en la casa, guardando así el más riguroso incógnito. Tenían derecho a recibir la visita de sus familiares, sólo en los días señalados, y a entrevistarse con ellos a través de una tupida celosía.

La Casa estaba gobernada por una rectora, mujer de cierta edad, soltera o viuda, que era secundada por un celador: único en conocer el nombre real de “las enfermas”, siendo además el encargado de inscribir al fruto del pecado en el registro civil y de, si la madre lo consentía, entregarlo a la Inclusa. 

Las recoletas ricas podían ingresar en la casa abonando la cantidad de tres pesetas diarias, en concepto de donativo para la Hermandad, y tenían derecho a una habitación individual. Las mujeres embarazadas pobres eran tratadas de otra manera: no ocultaban su rostro, dormían en habitaciones compartidas e ingresaban en la institución, siempre que hubiese plazas disponibles para ellas, con el requisito de servir a las más adineradas. En el año 1918 la cuota de estancia de una recoleta rica en la Casa ascendía a seis pesetas diarias, lo que daba derecho a estar acompañada por otra embarazada pobre, destinada a su servicio. 

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
Lugar donde estuvo situada la calle del Rosal, en la actualidad, que se corresponde con el número 66 de la Gran Vía y la calle de García Molinas.

En el mes de mayo de 1926 el Ayuntamiento de Madrid procedió a la expropiación de la Casa del Pecado Mortal de la calle del Rosal, para dar paso al tercer y último tramo de la Gran Vía, abonando la cantidad de 113.794’08 pesetas.




Fuentes:

Bibliotecavirtualmadrid.org
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es

jueves, 15 de junio de 2017

CAFÉ UNIVERSAL, “EL CAFÉ DE LOS ESPEJOS”.

El Café Universal: ese gran cuadrilongo, blanco y dorado, cubierto de espejos hasta una altura considerable y alumbrado por elegantísimas lucernas, fue inaugurado el sábado 28 de septiembre de 1861 en el número 15 (hoy nº 14) de la Puerta del Sol de Madrid.

Tanto la parcela como el edificio donde estuvo ubicado, como muchos otros de la Puerta del Sol, fueron propiedad del opulento capitalista Juan Manuel Manzanedo González, que había obtenido su enorme fortuna con la trata de esclavos, entre otros negocios.

Fuente: bdh.bne.es (1905).
La fachada del Café Universal aparece señalada por la flecha.

Juan Fernández Quevedo, propietario y fundador del Café Universal, invitaría a lo más selecto de Madrid a la apertura del nuevo negocio. La fiesta, en la que se sirvieron helados y bebidas hasta las doce de la noche, contó con la excelente orquesta dirigida por el maestro Skozdopole (Johann Daniel Skoczdopole).

El Universal era un café de lo más elegante; en la fachada se anunciaba su título en español, francés e inglés con letras doradas sobre fondo azul encima de las puertas. En el entresuelo, al que se accedía por una escalera de caracol que partía del salón principal, además de tener entrada propia por el portal del edificio, se instalaron las mesas de billar y de tresillo (juego de cartas) junto a los gabinetitos para comidas de confianza.

En el año 1863 llegó a Madrid, para estudiar la carrera de Derecho, un joven llamado Benito Pérez Galdós y se instaló en una pensión de la cercana calle de Fuencarral, número 3. Allí conocería al también canario Fernando León y Castillo (a la postre político y responsable de varios ministerios), con quien fundaría quizá la más perdurable -setenta años y con reuniones diarias- tertulia de la colonia canaria en un café de Madrid. 

Pérez Galdós mencionó al Café Universal, donde también solía escribir, en algunas de sus obras: “Prim” y “La de los tristes destinos” correspondientes a la cuarta serie de los “Episodios nacionales”. “España trágica” y “España sin rey” de la quinta y última serie de la misma colección. Solía comentar que su novela “Gloria” había sido concebida pasando por la Puerta del Sol, entre la calle de la Montera y el Café Universal.

Fuente: es.wikipedia.org
Caricatura de Benito Pérez Galdós, publicada en 1898, escribiendo los Episodios Nacionales y sentado en el sillón "N" de la Real Academia Española. Obra de Joaquín Moya.

Durante el mes de julio de 1880 el Café Universal se mantuvo cerrado para llevar a cabo grandes obras de restauración. Su primer dueño había dejado el negocio en manos de su hijo, Juan Fernández Benavente, quien reabriría el establecimiento tres meses después.

Fuente: bdh.bne.es (1880).
Portada y trasera del menú del Café Universal cuando fue inaugurado, por segunda vez. Las siglas JFB corresponden al nombre de su nuevo propietario (Juan Fernández Benavente).

El nuevo aspecto del Café Universal fue, a decir de la prensa, de exquisito gusto. En la fiesta de inauguración camareros uniformados sirvieron con profusión y diligencia delicados artículos de una calidad digna de encomio.

La decoración del local era muy novedosa y elegante. Bajo la dirección del arquitecto Egidio Piccoli, en colaboración con los pintores Jorge Busato, Bernardo Bonardi y Francisco Javier Amérigo, todos ellos vinculados con la escenografía, el espacio del café fue repartido y ambientado en los estilos pompeyano, renacentista y rafaelesco. 

Los altos techos estaban pintados en vivos colores artísticamente combinados al igual que las paredes, que se hallaban cubiertas por cristales formando elegantes dibujos con el fin de proteger las obras. Los grandes espejos continuaban, como desde la primera decoración, aumentando las dimensiones del salón y sirviendo de reclamo para que la clientela siguiera denominando al Universal como El café de los espejos.

Peñas y tertulias variopintas continuarían a lo largo de los años en el Café Universal; como “La Vicaría”: situada en un rincón alejado de la calle y que ya existía en el año 1906. A ella asistían poetas, periodistas, pintores y todo aquel que tuviera algo que contar, incluidas las mujeres. Años más tarde (sobre 1918), el poeta León Camino Galicia de la Rosa (León Felipe) formaría parte de esta tertulia junto al escultor Emilio Madariaga Rojo y el traductor Wenceslao Roces Suárez, entre otros. 

Otra celebérrima tertulia del Universal fue la del torero Vicente Pastor Durán “El chico de la blusa”, que ya en el año 1911 se había reservado su rincón en un lugar bien visible, junto a la vidriera del café. 

Por aquellos años el negocio ya había cambiado de dueño siendo sus propietarios Honorio Riesgo y Clemente Fernández, quienes renombraron el establecimiento que pasó a llamarse Gran Café Universal.

Fuente: B.N.E. (1933) Fotografía de Vicente López Videa.
Fachada del Gran Café Universal.

La historia del Gran Café Universal continuó su camino entre tertulias, noticias sobre robos de gabanes despistados en su sala de billar, rotura de las grandes lunas de sus ventanales durante alguna protesta en la Puerta del Sol, pero sin anuncios publicitarios en los periódicos. La situación privilegiada del local, así como la costumbre arraigada, entre quienes deseaban escuchar o tenían algo que decir, de visitar a diario cada uno de los cafés de la Puerta del Sol propiciaba la buena marcha de un negocio que no precisaba más reclamos.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el Universal formó parte de las industrias socializadas del Sindicato de la Alimentación en Madrid, siendo gestionado por los propios trabajadores.

Fuente: mcu.es (1937).
La fachada del Café Universal tras los bombardeos en la Puerta del Sol, durante la Guerra Civil Española.

Tras acometer obras de remodelación, para dar al local un aire de modernidad, el Café Universal reabrió en el mes de diciembre de 1950. Su vieja fachada de madera fue eliminada, su interior redujo el espacio y suprimió la hermosa decoración antigua para presentar un café aséptico, luminoso y anodino.

Fuentes: fotografía de la izquierda, ABC (1958). Fotografía de la derecha, elmadridquevivioelcipri.blogspot.com.es (década de los años 50).
A la izquierda se aprecia la nueva fachada del Café Universal y a la derecha su interior. 

El Universal, que había reanudado los olvidados conciertos musicales de su inicio, retomó esta actividad con una orquesta de señoritas de la que formaría parte una joven violinista llamada Olga Ramos.

Tras su reapertura del año 1950 instaló, junto a la escalera de acceso al entresuelo, un pequeño y elegante escenario capaz de albergar a orquestas de cinco o seis componentes. 

Por entonces el Café Universal, administrado por el escritor y poeta Francisco de la Vega, ya anunciaba su programación musical en la cartelera de los periódicos y tenía la consideración de sala de fiestas. 

A partir del año 1951 y durante casi dos décadas La orquesta de Olga, de la que también formaría parte el director Enrique Ramírez de Gamboa “El Cipri”, obtendría grandes éxitos con sus funciones diarias en este café. 

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Aspecto actual de lo que fue el Café Universal.

El Universal fue el último de los cafés históricos en desaparecer de la Puerta del Sol. En los primeros meses del año 1974 el negocio cerró, llevándose su larga historia por delante.

Fotografía: M.R.Giménez (2016).
Placa de la fachada que recuerda hoy al Café Universal, donde actuaba Olga Ramos.

En la actualidad sólo una placa dedicada a la reina del café concierto Olga Ramos recuerda al galdosiano Café Universal, tras sus ciento trece años de historia.





Fuentes:

ABC
Bdh.bne.es
Elmadridquevivioelcipri.blogspot.com
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España
Mcu.es
Prensahistorica.mcu.es