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viernes, 11 de agosto de 2017

BOTILLERÍA DE CANOSA.

En la Carrera de San Jerónimo, esquina con la calle de Santa Catalina, estuvo uno de los establecimientos más conocidos y renombrados de aquel Madrid del siglo XVIII. También sería uno de los más añorados, durante muchas décadas, tras su cierre en los años cuarenta del siglo XIX.

Fuente: bibliotecadigital.rah.es
Plano de Madrid (1757) Tomás López.
Señalado con un pequeño círculo, el lugar donde ya estaba la Botillería de Canosa.

La Botillería de Canosa ya servía y fabricaba refrescos como la aloja (agua, miel y especias) o el agraz (zumo de uva) cuando el rey Carlos III tomó posesión del trono, en el año 1759. 

Por aquella época faltaba casi un siglo para que en Madrid se pusieran de moda los cafés, como lugares de ocio donde tomar consumiciones y establecer prolongadas reuniones o tertulias. Los escasos grupos que por entonces deseaban reunirse (por lo general para discutir sobre literatura o política), lo hacían en fondas o en casas particulares. Así, las botillerías sólo eran comercios que despachaban refrescos y licores para llevar o consumir en el acto, de pie o tomando asiento sobre alguno de los pocos bancos de madera dispuestos en su interior.

Fotografía: M.R.Giménez (2017).
Carrera de San Jerónimo, esquina con c/ de Santa Catalina.
Aquí estuvo la casa donde se ubicó la Botillería de Canosa. El edificio actual fue construido en 1846. 

La de Canosa era la botillería más famosa de Madrid y una de las más antiguas; contando como célebre parroquiano a Francisco de Goya y Lucientes, vecino de la Carrera de San Jerónimo, allá por el año 1777. 

El primitivo dueño de esta tienda (tal vez el primer Canosa), habría vendido todos los enseres de su negocio a otro que, conservando su nombre y emplazamiento, volvería a abrir el establecimiento el día 21 de abril de 1833.

Parece que en su nueva etapa la popular Botillería de Canosa fue muy bien recibida, por lo esmerado de sus géneros. A su leche amerengada, el limón frío con canela, los bizcochos y los barquillos servidos en bandeja de mimbre o sus licores de todas clases se unieron los refrescos de naranja y de limón, además del ardiente chocolate durante los meses más fríos.

Fuente: B.N.E. (1915)
Receta de la leche amerengada.

Aquel local de la Carrera de San Jerónimo era tan famoso como reducido y sombrío. Estaba instalado en un semisótano, sin apenas luz natural, al que se accedía descendiendo cuatro o cinco escalones desde la acera de la calle.

Dividido en dos pequeñas salas abovedadas, con suelos de grandes baldosas rojas, se iluminaba por medio de un gran candil de cobre con veinte pábilos (mechas), instalado en la zona principal. En las paredes, recubiertas por esteras hasta su mitad, se habían colocado otros pequeños candilones que emitían una humareda pestilente e irrespirable, además de tiznar paredes y techos. Algunos bancos de pino y toscas mesas, sobre las que se colocaban velones de cuatro mechas, completaban la rústica decoración de esta botillería.

La Botillería de Canosa despachaba al público desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche. En su interior se congregaban parroquianos de todo tipo: hombres, mujeres, familias, trabajadores de todos los oficios y gentes acomodadas. A su puerta se agolpaban multitud de carruajes de las damas aristocráticas de Madrid para que sus lacayos les sirvieran, en su interior, los productos de la casa, al volver de su confortable paseo por la Carrera de San Jerónimo.

Fuente fotografía de la izquierda (Hauser y Menet): pinterest. com (1891).
Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Carrera de San Jerónimo, antes y ahora.

Mediada la década de los años cuarenta del siglo XIX, los establecimientos madrileños dedicados al despacho y consumo de bebidas cambiaron su configuración de forma radical. Comenzaba a implantarse el café como local cómodo, limpio y bien servido, donde poder tomar las consumiciones y entablar prolongada conversación. 

Mesas cojitrancas y bancos corridos dieron paso a veladores y divanes tapizados; las paredes renegridas serían pintadas en brillantes colores y adornadas con espejos; los mozos desaliñados, que servían las bebidas en toscos recipientes, pasarían a estar uniformados y a utilizar servicios de porcelana y cucharillas de plata para las consumiciones. En definitiva, el tiempo de las cochambrosas botillerías había pasado a la historia.

A principios del año 1844 la Botillería de Canosa –que en sus últimos años se anunciaba como café- dejó de existir. Su local, que por entonces tenía asignado el número 46 de la Carrera de San Jerónimo, fue utilizado para la exposición de un espectáculo llamado Neorama (pintura realizada en un cilindro hueco y bien alumbrado. El espectador se situaba en su interior y tenía la sensación de estar rodeado por el paisaje allí representado). 

En el mes de julio de 1845 comenzó el derribo de la casa donde se ubicó la botillería y después el Neorama, con el fin de reordenar el terreno de la calle de Santa Catalina y la esquina de la Carrera de San Jerónimo. Sobre su solar, una vez reestructurado, se edificó al año siguiente la Casa de d. Francisco Rivas que hoy podemos contemplar.



Fuentes:

“Ayer, hoy y mañana” Antonio Flores.
Bibliotecadigital.rah.es
COAM.org
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la B.N.E.
“Historia y Anécdotas de las Fondas Madriñelas” Peter Besas.
“Memorias de un sesentón, natural y vecino de Madrid” Ramón de Mesonero Romanos.
Pinterest.es
Prensahistorica.mcu.es