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martes, 19 de febrero de 2019

LA FONTANA DE ORO Y CASIMIR MONIER.

Entre los siglos XVII y XVIII la carrera de San Jerónimo de Madrid se vio edificada por numerosas casas propias de la grandeza. En la conocida por el nombre de Casa del Príncipe de las Torres vino a instalarse, en los años mediados del siglo XVIII, el muy conocido y novelado establecimiento de La Fontana de Oro.


Fuente: bvpb.mcu.es Plano de Madrid de Pedro Texeira (1656), en el que aparece señalada la Casa del Príncipe de las Torres, donde estuvo La Fontana de Oro.

Es muy posible que este negocio de La Fontana de Oro, situado en la esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, comenzara siendo una botillería en la que se vendían vinos y confites. El establecimiento iría ampliándose por el auge de tan concurrida calle y llegaría a convertirse en fonda y café.

Es sabido que hasta el año 1760 era una posada de caballeros y pertenecía a José Cirilo, quien la traspasó al hostelero veneciano José Barbarán cuando ya era conocida con el nombre de La Fontana de Oro. Más adelante, en la década de los años veinte del siglo XIX, otro afamado hostelero llamado Juan Antonio Grippini (dueño de la Fonda de San Sebastián) se haría con el establecimiento.

La Fontana era pues uno de los muchos negocios instalados en el gran caserón del Príncipe de las Torres, pero también se convirtió en el más conocido de la calle, sirviendo para ubicar a otras tiendas cercanas (junto a, enfrente de, a espaldas de). Su fonda y comedor eran de lo mejor en aquel Madrid del siglo XVIII, allí acudían tanto los tratantes de ganado para cerrar sus negocios como los jóvenes escribientes que buscaban trabajo.

En su planta baja se había instalado una tienda que vendía toda clase de bebidas frías, té, café y repostería. Con el tiempo, y poco antes de comenzar el siglo XIX, se convertiría en el famoso Café de La Fontana de Oro.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, en la actualidad. Allí estuvo el Café de La Fontana de Oro.





Según la descripción que realiza Benito Pérez Galdós en su novela escrita en el año 1868, con el nombre tomado de este popular café, La Fontana tenía dos recintos: en el primero se tomaban las consumiciones y en el segundo se discutía acaloradamente sobre política.

El local, estrecho e irregular en sus proporciones, no era demasiado grande. Sus bajos techos estaban sujetos por gruesas vigas de madera y, al hacerse café, fue decorado de forma lamentable. Las voluminosas columnas fueron pintadas en blanco y jaspeadas en rosa y verde, a modo de imitación del jade. También se les incorporaron grotescos capiteles con volutas pintados en color amarillo.

A lo largo del salón principal se colocó una cenefa de papel pintado con dibujos repetidos del cráneo de un macho cabrío, de cuyos cuernos se descolgaban cintas de flores que se remataban por enredados manojos de frutas. Los techos fueron decorados con pinturas al fresco por algún desatinado artista.

Cerca de la entrada al café se dispusieron espejos protegidos por una fina tela en color verde, con el fin de evitar el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle. A los lados de cada espejo se instalaron unos quinqués de luz mortecina, que despedían demasiado humo y un olor pestilente.

El mobiliario de La Fontana de Oro consistía en mesas de madera pintadas en color oscuro y cuya superficie, queriendo semejar el mármol, se había coloreado en blanco. Pequeños bancos dotados de cojines desvencijados, servían de incómodo asiento a los parroquianos del café.

Un ancho mostrador, colocado sobre un escalón en el que se situaba el responsable del negocio para atender los pedidos de la clientela, se remataba con destartalados anaqueles que contenían las botellas de bebidas, los bollos, las libras de chocolate y algunas frutas.

La época gloriosa e histórica del Café de La Fontana de Oro se situó entre los años 1820 y 1823, período conocido como el Trienio Liberal y en el que Fernando VII fue obligado a jurar la Constitución de 1812. Liberales y ultraconservadores disputaban en las reuniones del café subidos a las mesas, hasta que se dispuso una tribuna para los oradores. Entre los más elocuentes destacó el liberal Antonio Alcalá Galiano, que ocuparía diversos cargos políticos con posterioridad.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es. Discusiones políticas en un café del siglo XIX.


También el café de La Fontana era muy conocido por sus bailes de máscaras, allá por la década de los años treinta del siglo XIX. Junto a él, en el mismo edificio, vino a instalarse en 1836 un almacén de ropas teatrales conocido como “El de Rivera” con trajes de majas, aldeanos, egipcios y muchos más, en el que se podían alquilar los disfraces para aquellos bailes.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1836). Anuncio del almacén de Rivera, con disfraces para alquilar.

En el año 1841 Casimir Monier, librero y dueño de un famoso gabinete de lectura en la calle de la Montera, además de propietario de una casa de baños portátiles, se instalaría en el negocio de La Fontana de Oro, que terminó adquiriendo con posterioridad. Allí continuó con su afamada librería, conocida por el nombre de Casa de Monier, pero no fue el caso de la fonda a la que todo Madrid seguiría llamando como siempre. Por entonces el Café de La Fontana de Oro había desaparecido.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Placa que recuerda la Casa Monier, en la carrera de San Jerónimo.

Viajeros, turistas, mariscales o escritores como el creador de la novela “Los tres mosqueteros”, Alejandro Dumas, pasaron por la fonda de La Fontana de Oro cuando ya era propiedad del librero Monier

En el mes de marzo de 1856 la vieja casa de la carrera de San Jerónimo se vino abajo. Los negocios allí emplazados tuvieron que hacer almoneda apresuradamente de sus mercancías. Tan sólo un año después del derrumbe se edificó un nuevo edificio de viviendas, del arquitecto Jerónimo de la Gándara, que hoy podemos contemplar y que tiene su acceso principal por la calle de la Victoria, número 1.

Mientras, las deudas el librero Monier iban en aumento y sus negocios entrarían en concurso de acreedores. En el año 1858, lo que aún quedaba de sus libros y efectos personales, se vendían en almoneda. El empresario fallecería tres años después.







Fuentes:

bvpb.mcu.es
El antiguo Madrid: paseos históricos-anecdóticos por las calles y casas de esta villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Establecimiento de la Fontana de Oro” Ángel González Palencia.
hemerotecadigital.bne.es
Historia y Anécdotas de las Fondas Madrileñas” Peter Besas.
La Fontana de Oro” Benito Pérez Galdós.

viernes, 8 de febrero de 2019

EL PARQUE DE EL CAPRICHO

Más de cincuenta años tardó en construirse este magnífico Parque de El Capricho de la Alameda de Osuna situado en Madrid. Su historia ha pasado por diversas fases, que van desde la grandeza al olvido, pero hoy ahí continúa.

¿Por qué el nombre de El Capricho? ¿Quienes fueron los arquitectos y artistas que intervinieron en su construcción? ¿Cuál es la historia de fray Arsenio, ermitaño que allí vivió y falleció? ¿Qué fantasías nos ofrece? A todas estas preguntas y a muchas más se da respuesta en este estupendo vídeo que hoy presenta Antiguos Cafés de Madrid.







Esta finca de recreo inició su construcción en el siglo XVIII. Los duques de Osuna compraron una propiedad llamada Jardín bajo de la Fuente de las Ranas y en ella comenzarían la edificación de tan precioso lugar. La duquesa Josefa Alonsa de la Soledad Pimentel, mecenas de artistas como el pintor Francisco de Goya, fue quien le puso el nombre de El Capricho.

Un jardín de diversos estilos: francés, inglés e italiano o más antiguo, contiene parterres y un singular laberinto, además de espléndidos árboles. Todo gira alrededor de su palacio neoclásico y otras construcciones como el casino de baile o el abejero, además de una multitud de caprichos o pequeñas edificaciones concebidas para admirar en el paseo.

Canales navegables con barcas, pequeñas isletas, estanques, fuentes... el agua no podía faltar en una finca que no sólo estaba pensada para el ocio, sino también para producir alimentos. Así, diversos árboles frutales, huertos y la elaboración de miel en el espléndido edificio del abejero proporcionaban una utilización de esta quinta que llegaba mucho más allá del simple descanso.

Familia de ilustrados, los duques de Osuna instalaron en El Capricho novedades tecnológicas, como el primer puente de hierro del país o la moderna maquinaria pensada para poner en marcha el agua de las rías navegables.