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miércoles, 3 de junio de 2020

CAFÉ DE NUMANCIA – CAFÉ DE LA MAGDALENA.

La antigua calle de la Magdalena, que aún conserva recias construcciones palaciegas del siglo XVIII, siempre fue comercial y bullanguera. En ella estuvo el famoso Teatro de Variedades desde el año 1843 (reconstruido en 1849), que fue uno de los de más honrosa historia y simpática popularidad de Madrid hasta ser consumido por un pavoroso incendio sin víctimas en el mes de enero de 1888.

Fuente: madrid.org (1850). El Teatro de Variedades, durante una representación.
  
Como toda calle popular, esta de la Magdalena contaría en su número 30 (hoy nº 28) con un famoso café allí instalado desde el año 1880, por entonces propiedad de Lorenzo Ortiz. El Café de Numancia, uno de los más longevos de Madrid, pasaría con el tiempo a tener otros nombres y a dedicar sus representaciones a distintos géneros musicales.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1899). Anuncio del Café de Numancia, convocando a una reunión.


El Numancia fue un café de reuniones y musical desde el principio. Contaba con un virtuoso pianista, que primero iba para médico y resultó músico de talento, llamado Federico Chueca, quien por cinco pesetas diarias y una cena acompañaba por las noches a las artistas allí contratadas. 
 
También café de cante flamenco, a la moda de aquellos años, el Numancia sería de los primeros en obsequiar a sus parroquianos con un billete de una rifa de un objeto artístico, que se entregaría al que coincidiese con el premio gordo de la Lotería Nacional. Un jovencísimo Pablo Ruiz Picasso, vecino de Lavapiés durante el curso de 1897-1898 de la Real Academia de San Fernando, también se contaba entre los clientes de este café.

En el año 1891, después de cuatro meses de reforma, volvió a abrir el Café Numancia habiendo realizado muchas mejoras. Espejos, aparatos eléctricos y una espléndida colección de marinas, realizadas por el pintor Adolfo Giráldez Peñalver, sería la elogiada decoración de este café de barrio. No fue el último arreglo del local porque en el año 1901, bajo la dirección del joven decorador Manuel Fernández, el nuevo dueño del Numancia, Wenceslao Pérez, volvería a inaugurar este café sencillo y elegante con una cena ofrecida a la prensa, acompañada de un espléndido concierto de guitarras y bandurrias.
 
En los primeros años del siglo XX este café volvería a cambiar de dueño y de nombre, titulándose Café de la Magdalena.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1907). Anuncio del recien inaugurado Café de la Magdalena.

Propiedad de Luis González desde 1907, sus salones y sala de billar fueron decorados con un gusto más moderno. De él desaparecerían los espejos, aparatos eléctricos y las marinas que Adolfo Giráldez había pintado para el antiguo Café de Numancia. En su propaganda se anunciaban grandes estancias para fiestas, bodas y banquetes. Lo único que parecía perdurar de su antecesor era la “vicaría” o salón para citas, que tenía su entrada por la trasera calle de la Cabeza, número 33.

Como curiosidad, en el año 1908 el dueño del café tuvo que denunciar en el Juzgado de Guardia a tres parroquianos que tenían la costumbre de llevarse todas las noches la silla donde tomaban asiento, llegando a reunir más de treinta.
 
Fuente: madrid.org (años veinte del siglo anterior). Albert Ziegler pintó esta escena, que quizá pudo haber sido en el Café de la Magdalena.

El Café de la Magdalena se convertiría en uno de los más famosos cafés de cante de Madrid, contratando a quienes después serían grandes figuras del flamenco. Éste fue el caso de Juan Sánchez Valencia “Estampío”, que llegaría a ser muy conocido por su baile del “Picador”. Bailaores como Salud Rodríguez “La hija del Ciego” o Vicente Escudero, a quien Manuel de Falla encargó la coreografía de “El amor brujo” y el prestigioso cantaor Antonio Chacón, también actuaron en este café. 
 
Sobre el año 1919 el nuevo propietario del local era Antonio Toledano. El género flamenco empezaría a combinarse con las varietés y el cuplé en los espectáculos de viejo café, al que cambiaron su nombre por el de Kursaal de la Magdalena
 
Cincuenta céntimos (de peseta) deban derecho a la entrada a este establecimiento de atmósfera cargada. Mesas, bancos de madera y pequeños palcos se situaban en torno a la sala. En el fondo un pequeño bar, una tarima que hacía de escenario y a su derecha una cortina que ocultaba la puerta de los retretes. Para la decoración de las paredes de algunas zonas se habían utilizado cabezas de toros y variados carteles.
 
Se llegó a decir que el Kursaal de la Magdalena era la basílica metropolitana del culto flamenco ya que, entre otros muchos artistas famosos en ese arte, allí actuaría Francisco Mendoza Ríos “Faíco”, al que se atribuye la creación del baile por farruca. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1921). Anuncio de las actuaciones del Kursaal de la Magdalena, con el bailaor "Faíco".

El día 8 de mayo de 1930 el viejo café de cante se convirtió en cabaret. Su dueño, que seguía siendo Antonio Toledano, lo volvió a inaugurar con el nombre de Trianón Sevilla, maravilloso rincón andaluz, con el precio de la entrada a una peseta.
 
Sin duda, para conservar el viejo ambiente, el Trianón también ofertaba en sus espectáculos un cuadro flamenco, pero a la vez y sobre todo sus funciones eran de variedades venidas a menos. Se mantenían los palcos del viejo café, pero el local había sido reformado. En su escenario imperaba la frivolidad de mujeres fatales artistas de menor categoría, anunciadas, en un largo programa en la puerta, como cupletistas y bailarinas. Su jornada comenzaba a primera hora de la tarde y terminaba a última hora de la madrugada. Cantaban y bailaban en el pequeño escenario, luego alternaban en las mesas y de ellas retornaban al tablao. Los espectadores venían e iban mientras ellas continuaban en el reducido local hora tras hora, copa tras copa, para salir de madrugada, con los pies heridos de bailar y la garganta deshecha de beber.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1934). Ambiente del interior del Trianón Sevilla.
 
Muchos clientes iban al Trianón Sevilla para ver en persona al que fue campeón de Europa en peso pluma, Antonio Ruiz. El exboxeador, de suerte adversa, era el portero del local a su pesar.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1934). El exboxeador Antonio Ruiz, corta la entrada de un cliente en la puerta del Trianón Sevilla.

La historia de este local se pierde casi al final de la Guerra Civil Española (1936-1939), años durante los que mantuvo su actividad como tantos otros negocios.


Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
Los cafés cantantes de Madrid 1846-1936”. José Blas Vega.
madrid.org




 

lunes, 22 de octubre de 2018

UN TAPÓN, UN CAFÉ Y UNA FUENTE EN LA PLAZA DE CASCORRO.

La muy conocida plaza de Cascorro, cabecera de El Rastro madrileño, no siempre tuvo la fisonomía actual. Una manzana formada por siete casas y rodeada por las desaparecidas calles del Cuervo, San Dámaso y por la travesía del Rastro, obstaculizaba el paso a este gran mercadillo a su entrada desde la calle de los Estudios, formando el denominado “Tapón del Rastro”, hasta principios de la década de los años diez del siglo pasado.


Fuente: ign.es. Plano de Madrid de Carlos Ibáñez e Ibáñez Íbero (1879). El círculo señala lo que fue el "Tapón del Rastro" y las calles que lo circundaban.

En una de las casas de la referida manzana, vino a instalarse el que quizá fuera uno de los establecimientos más conocidos de los barrios bajos de Madrid, cuya calificación siempre fue la de cafetín  o cafetucho, dado el cariz de la parroquia que a él acudía. 

Situado en la esquina de la desaparecida calle de San Dámaso, el Café del Manco era un lugar sórdido y antihigiénico, de mesas desvencijadas, vasos desportillados y cucharillas de estaño. Golfos, pícaros y desheredados de la suerte solicitaban allí una consumición compuesta por uno de a cinco, tres bolas y medio ceneque (café de recuelo, buñuelos y medio pan) con el fin de pasar la noche cobijados del frío junto a las mesas del establecimiento.

Fuente: viejo-madrid.es (1912). El Café del Manco aparece en la esquina del "Tapón del Rastro".

Como en todos los cafés barriobajeros, el del Manco también se nutría de otro tipo de clientela. Por allí recalaban periodistas en busca de sórdidas noticias y dramaturgos, con ánimo de pegar la oreja, para observar a personajes y situaciones que después plasmarían en sus obras. Tal fue el caso de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo con su sainete “El chico del cafetín”, estrenado en el año 1911, y ambientado en este café.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1928). Los autores de "El chico del cafetín", Asenjo y Torres, caracterizados con la indumentaria de los parroquianos del Café del Manco.

El “tapón del Rastro”, sus siete casas y el Café del Manco cayeron bajo la piqueta para conformar la plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), que fue inaugurada oficialmente en el año 1914.

Nuevos edificios irían configurando esta plaza, a la que se dotaría también de una fuente con historia.

Fuente: memoriademadrid.es (1920) Fotografía de José Corral. El "Tapón del Rastro" ya no existía. Así era la plaza de Nicolás Salmerón, con su fuente.
 
La llamada Fuente del paseo de las Delicias fue una de las cuatro que vinieron a instalarse, durante la segunda mitad del siglo XVIII, en la salida de Madrid junto a la Puerta de Atocha. Dotadas todas ellas de gran pilón y surtidor, servían también para abrevar al ganado que salía o entraba por aquella parte de la ciudad.  

En el año 1850 la Puerta de Atocha, que formaba parte de la cerca de Felipe IV, fue derribada y aquellas cuatro fuentes iniciales desaparecerían de esta ubicación poco a poco. De ellas sólo supervivieron dos: la situada al principio de la ronda de Atocha y, la que nos ocupa, ubicada cerca del paseo de las Delicias.

Fuente: memoriademadrid.es (1864). Fotografía de Alfonso Begué. Esta es la Fuente de las Delicias en su primitiva ubicación, junto a la Puerta de Atocha.

Parece que la Fuente de las Delicias pasó de abrevadero a fuente vecinal para aquellos nuevos barrios que se iban formando al sur de la Puerta de Atocha, con el ensanche de Madrid. Su diseño barroco, que hasta entonces había pasado desapercibido para quienes describían el ornato de la ciudad, sería tenido en cuenta para embellecer las plazas reformadas por el Ayuntamiento.

Fue así como la Fuente del paseo de las Delicias fue instalada en el centro de la nueva plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), en 1913, un año antes de que fuese inaugurada.

Fuente: memoriademadrid.es (1922). Fotografía de Luis Huidobro. La Fuente de las Delicias ya en la nueva plaza de Nicolás Salmerón.
 
Aún podemos contemplar esta Fuente de las Delicias en el Parque de Eva Duarte, de la calle de Gómez Ulla, donde fue instalada en los años cincuenta del pasado siglo.
 
Fotografías: Manuel Chamorro (2018). Dos aspectos de la Fuente de las Delicias, hoy situada en el Parque de Eva Duarte.








Fuentes:


ign.es
hemerotecadigital.bne.es 
memoriademadrid.es 
Agradecimiento muy especial a Antonio Pasies Monfort, por su aportación sobre el Cafetín del Manco y a Manuel Chamorro, por sus fotografías.

martes, 24 de julio de 2018

LA MANIGUA Y UN CAFÉ ECONÓMICO DE LA CALLE DE EMBAJADORES.


Desde que la Cerca de Felipe IV fue derribada, allá por los años sesenta del siglo XIX, Madrid empezó a crecer. Por entonces la calle de Embajadores cortaba su itinerario en lo que hoy es la glorieta del mismo nombre, donde estaba ubicado El Portillo o pequeña puerta de acceso para atravesar aquella muralla.
 
Poco a poco comenzaron a surgir nuevos edificios y negocios en este tramo proyectado como ensanche de Madrid, dándose nombres a las incipientes calles.

Fuente: idehistoricamadrid.org. Plano de Facundo Cañada (1900). Señalado con el nº 1 el merendero de La Manigua, con el nº 2 la Taberna de Malagorra y con el nº 3 la glorieta de Santa María de la Cabeza.



La urbanización efectiva del sector terminaba, a finales del siglo XIX, en la que hoy es glorieta de Santa María de la Cabeza (entonces ya diseñada, pero aún sin denominación). A partir de esta plaza daba comienzo La Manigua.
 
Los periódicos de la época hacen referencia a la zona, barriada o arrabal de La Manigua a partir del año 1899, mencionando a un ventorro, baile y taberna que con ese nombre vino a instalarse en la manzana que hoy se ubica entre las calles de Cáceres, Batalla del Salado y Embajadores (por entonces denominada paseo Blanco, en este tramo).


Fuente: idehistoricamadrid.org (1900). Junto a la hoy calle de Embajadores, entonces paseo Blanco, los negocios de La Manigua y Malagorra, junto a talleres de mármol y fundición.

La zona de La Manigua era en aquella época famosa por sus merenderos y por la gente del bronce que a ellos acudía en busca de camorra. A su alrededor, con las calles ya proyectadas pero sin urbanizar, había algunos negocios dedicados a la fabricación de yesos, tejas, fundición de metales y tallado de mármoles.

Junto al ventorro de La Manigua, que fue propiedad de Enrique Abad Caballero, estuvo además la Taberna de Malagorra, cuyo dueño lo era también de varias tiendas de vinos en Madrid.

Parece que el nombre de esta pequeña barriada se mantuvo hasta el final de los años veinte del siglo pasado, cuando desapareció el ventorro. Después, sólo los viejos del lugar recordarían dónde estuvo y lo que fue una de las zonas más pendencieras y con mejores meriendas del sur de Madrid, citada por el escritor Pío Baroja en sus novelas de la trilogía “La lucha por la vida”. 

Por encima de la zona de La  Manigua, subiendo por la calle de Embajadores hasta la glorieta, se ubicó el último café económico que cerró en Madrid.

Fuente: memoriademadrid.es (1971). Fachada del café económico de la calle de Embajadores.

A mediados del siglo XIX los cafés se popularizaron en Madrid. Las viejas botillerías dieron paso a estos nuevos negocios más limpios y mejor servidos, que se convertirían en lugares de tertulia y distracción.

No todos los cafés tenían los mismos servicios ni estaban decorados con lujo, por lo que en sus consumiciones el precio oscilaba. Surgirían así los cafés económicos que ofertaban productos más baratos hechos con géneros de menor calidad, como el café de recuelo o la malta, el chocolate con mezcla de otros ingredientes acompañados de las porras, los churros y las bolas o pequeños buñuelos.

Así fue como en el número 76 (antiguo 78) de la calle de Embajadores abrió, allá por el año 1907, el Café de Atilano Domingo, que se convertiría en el último de su clase que se mantuvo activo en Madrid.

En una casa baja y alargada, construida en los primeros años del siglo XX y que también contenía otros pequeños negocios del barrio, vino a instalar Atilano aquel café que permanecía abierto casi las veinticuatro horas del día.

Fuente: memoriademadrid.es (1971). Salón del café económico de la calle de Embajadores.

Iluminada durante el día por la luz de sus tres ventanas y de la puerta de acceso al local, una gran estancia alargada, con la barra situada a la derecha, tan sólo contaba con la decoración de un friso de azulejos, un reloj y algún cartel en sus paredes pintadas de blanco. Mesas de mármol y hierro, bancos corridos y taburetes de madera eran los únicos muebles de este café que cerca de su puerta mostraba los productos para la venta, recién sacados de la enorme caldera. Al fondo del recinto estaba el fogón, bajo una espaciosa chimenea.

Sus parroquianos eran trabajadores del barrio, transeúntes o aquellos que no tenían otro espacio para descansar y comer algo caliente, durante las frías noches madrileñas.

Fuente: memoriademadrid.org (1971). Churros, buñuelos y porras, junto a los juncos, del café económico de Embajadores.

La copa de cazalla, seguida del café con leche acompañado por una ración de  calientes churros o buñuelos, era el desayuno de aquellos que decidían consumirlo en el salón. Para el resto del vecindario un junco de río, con churros y bolas insertadas, era el envase que se proporcionaba para transportar los condumios a las casas.

Fuente: 2.munimadrid.es (1997). Fachada del café económico de Embajadores, poco antes de desaparecer.

Con el tiempo el Café Económico de Atilano Domingo iría prosperando y modernizando el local, hasta que la especulación de los años finales de la década de los noventa dio al traste con el negocio y con la casa de una sola altura que desde principios del siglo XX se había levantado en el número 76 de la calle de Embajadores.





Fuentes:

Idehistoricamadrid.org
Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
2.munimadrid.es

lunes, 11 de junio de 2018

LA CALLE DEL MESÓN DE PAREDES.


La muy antigua calle del Mesón de Paredes, situada en el barrio de Lavapiés, ya existía en el siglo XVI uniendo la hoy llamada plaza de Tirso de Molina, y antes del Progreso, con los “barrios bajos” de Madrid.

Cuando aún esta zona era arrabal de la ciudad Simón Miguel Paredes edificó su gran mesón, famoso por ser el más espacioso y mejor servido de las afueras de Madrid. De tan magnífico establecimiento tomaría su nombre esta calle pintoresca.

Durante los siglos posteriores la calle del Mesón de Paredes alojaría célebres establecimientos de todo tipo, entre otros: La Maternidad, el convento de Santa María de Sena, las corralas, multitud de tabernas y una famosa pastelería cuyo horno estuvo en funcionamiento durante cuatrocientos años.

De la mucha historia que guarda esta tradicional calle de Madrid nos da cuenta en este vídeo el escritor, bloguero y cronista de las tabernas de Madrid, Antonio Pasies Monfort.





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