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miércoles, 3 de junio de 2020

CAFÉ DE NUMANCIA – CAFÉ DE LA MAGDALENA.

La antigua calle de la Magdalena, que aún conserva recias construcciones palaciegas del siglo XVIII, siempre fue comercial y bullanguera. En ella estuvo el famoso Teatro de Variedades desde el año 1843 (reconstruido en 1849), que fue uno de los de más honrosa historia y simpática popularidad de Madrid hasta ser consumido por un pavoroso incendio sin víctimas en el mes de enero de 1888.

Fuente: madrid.org (1850). El Teatro de Variedades, durante una representación.
  
Como toda calle popular, esta de la Magdalena contaría en su número 30 (hoy nº 28) con un famoso café allí instalado desde el año 1880, por entonces propiedad de Lorenzo Ortiz. El Café de Numancia, uno de los más longevos de Madrid, pasaría con el tiempo a tener otros nombres y a dedicar sus representaciones a distintos géneros musicales.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1899). Anuncio del Café de Numancia, convocando a una reunión.


El Numancia fue un café de reuniones y musical desde el principio. Contaba con un virtuoso pianista, que primero iba para médico y resultó músico de talento, llamado Federico Chueca, quien por cinco pesetas diarias y una cena acompañaba por las noches a las artistas allí contratadas. 
 
También café de cante flamenco, a la moda de aquellos años, el Numancia sería de los primeros en obsequiar a sus parroquianos con un billete de una rifa de un objeto artístico, que se entregaría al que coincidiese con el premio gordo de la Lotería Nacional. Un jovencísimo Pablo Ruiz Picasso, vecino de Lavapiés durante el curso de 1897-1898 de la Real Academia de San Fernando, también se contaba entre los clientes de este café.

En el año 1891, después de cuatro meses de reforma, volvió a abrir el Café Numancia habiendo realizado muchas mejoras. Espejos, aparatos eléctricos y una espléndida colección de marinas, realizadas por el pintor Adolfo Giráldez Peñalver, sería la elogiada decoración de este café de barrio. No fue el último arreglo del local porque en el año 1901, bajo la dirección del joven decorador Manuel Fernández, el nuevo dueño del Numancia, Wenceslao Pérez, volvería a inaugurar este café sencillo y elegante con una cena ofrecida a la prensa, acompañada de un espléndido concierto de guitarras y bandurrias.
 
En los primeros años del siglo XX este café volvería a cambiar de dueño y de nombre, titulándose Café de la Magdalena.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1907). Anuncio del recien inaugurado Café de la Magdalena.

Propiedad de Luis González desde 1907, sus salones y sala de billar fueron decorados con un gusto más moderno. De él desaparecerían los espejos, aparatos eléctricos y las marinas que Adolfo Giráldez había pintado para el antiguo Café de Numancia. En su propaganda se anunciaban grandes estancias para fiestas, bodas y banquetes. Lo único que parecía perdurar de su antecesor era la “vicaría” o salón para citas, que tenía su entrada por la trasera calle de la Cabeza, número 33.

Como curiosidad, en el año 1908 el dueño del café tuvo que denunciar en el Juzgado de Guardia a tres parroquianos que tenían la costumbre de llevarse todas las noches la silla donde tomaban asiento, llegando a reunir más de treinta.
 
Fuente: madrid.org (años veinte del siglo anterior). Albert Ziegler pintó esta escena, que quizá pudo haber sido en el Café de la Magdalena.

El Café de la Magdalena se convertiría en uno de los más famosos cafés de cante de Madrid, contratando a quienes después serían grandes figuras del flamenco. Éste fue el caso de Juan Sánchez Valencia “Estampío”, que llegaría a ser muy conocido por su baile del “Picador”. Bailaores como Salud Rodríguez “La hija del Ciego” o Vicente Escudero, a quien Manuel de Falla encargó la coreografía de “El amor brujo” y el prestigioso cantaor Antonio Chacón, también actuaron en este café. 
 
Sobre el año 1919 el nuevo propietario del local era Antonio Toledano. El género flamenco empezaría a combinarse con las varietés y el cuplé en los espectáculos de viejo café, al que cambiaron su nombre por el de Kursaal de la Magdalena
 
Cincuenta céntimos (de peseta) deban derecho a la entrada a este establecimiento de atmósfera cargada. Mesas, bancos de madera y pequeños palcos se situaban en torno a la sala. En el fondo un pequeño bar, una tarima que hacía de escenario y a su derecha una cortina que ocultaba la puerta de los retretes. Para la decoración de las paredes de algunas zonas se habían utilizado cabezas de toros y variados carteles.
 
Se llegó a decir que el Kursaal de la Magdalena era la basílica metropolitana del culto flamenco ya que, entre otros muchos artistas famosos en ese arte, allí actuaría Francisco Mendoza Ríos “Faíco”, al que se atribuye la creación del baile por farruca. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1921). Anuncio de las actuaciones del Kursaal de la Magdalena, con el bailaor "Faíco".

El día 8 de mayo de 1930 el viejo café de cante se convirtió en cabaret. Su dueño, que seguía siendo Antonio Toledano, lo volvió a inaugurar con el nombre de Trianón Sevilla, maravilloso rincón andaluz, con el precio de la entrada a una peseta.
 
Sin duda, para conservar el viejo ambiente, el Trianón también ofertaba en sus espectáculos un cuadro flamenco, pero a la vez y sobre todo sus funciones eran de variedades venidas a menos. Se mantenían los palcos del viejo café, pero el local había sido reformado. En su escenario imperaba la frivolidad de mujeres fatales artistas de menor categoría, anunciadas, en un largo programa en la puerta, como cupletistas y bailarinas. Su jornada comenzaba a primera hora de la tarde y terminaba a última hora de la madrugada. Cantaban y bailaban en el pequeño escenario, luego alternaban en las mesas y de ellas retornaban al tablao. Los espectadores venían e iban mientras ellas continuaban en el reducido local hora tras hora, copa tras copa, para salir de madrugada, con los pies heridos de bailar y la garganta deshecha de beber.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1934). Ambiente del interior del Trianón Sevilla.
 
Muchos clientes iban al Trianón Sevilla para ver en persona al que fue campeón de Europa en peso pluma, Antonio Ruiz. El exboxeador, de suerte adversa, era el portero del local a su pesar.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1934). El exboxeador Antonio Ruiz, corta la entrada de un cliente en la puerta del Trianón Sevilla.

La historia de este local se pierde casi al final de la Guerra Civil Española (1936-1939), años durante los que mantuvo su actividad como tantos otros negocios.


Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
Los cafés cantantes de Madrid 1846-1936”. José Blas Vega.
madrid.org




 

miércoles, 1 de abril de 2020

CAFÉ ORIENTAL y "TIRAR DE LA OREJA A JORGE".

Mucho se ha citado al Café Oriental de la Puerta del Sol, número 11, en prensa y en libros de autores como Pío Baroja o Benito Pérez Galdós. Su espléndida ubicación, haciendo esquina con las madrileñas calles de Preciados y de Tetuán, sirvió a los viandantes como referencia para indicar otras direcciones. La acera de su fachada fue mentidero de la Villa y lugar de reunión para grupos políticos de todas las ideologías, pero también se convirtió en un lugar excepcional para ver la dorada bola del “reloj de Gobernación” (hoy Comunidad de Madrid), que hasta bien entrado el siglo XX bajaba y subía dos veces diarias para señalar las doce horas.


Fuente: bdh-rd.bne.es (1862). Edificio de la Puerta del Sol con el Café Oriental en la esquina con la calle de Preciados.

Sería el domingo 10 de octubre de 1861 cuando, en la recientemente inaugurada Puerta del Sol, abrió sus puertas el Café Nuevo Oriental, con un salón capaz de recibir a mil cuatrocientas personas y decorado con un lujo exquisito en colores blanco y dorado. De altos techos, elegantes columnas de hierro, espacioso, bien iluminado por elegantísimos aparatos de gas y un salón de billar en su entresuelo, el local tenía acceso a través de varias puertas. 

Es de suponer que, entre la suntuosa decoración, el Oriental también había pensado en los aseos. No sabemos nada sobre el tema, pero sí que, en su misma puerta, sería instalada una columna mingitoria para uso exclusivamente masculino, allá por el año 1863. El centro de Madrid se hallaba entonces plagado de estos pequeños urinarios, situados en las zonas más transitadas (Red de San Luis, Puerta del Sol, calle de Alcalá), que eran además utilizados por limpiabotas o vendedores de pequeños artículos para ubicar sus negocios. Estos recintos no disponían de un hilo de agua que constantemente los lavara, siendo insuficiente su limpieza e insoportable el hedor que desprendían.


Fuente: bdh-rd.bne.es (1863). Señalada por la flecha aparece, en este recorte de fotografía, la columna mingitoria situada frente al Café Oriental.

El Café Oriental era famoso por las meriendas familiares, las tertulias de todo tipo en las que de todo se hablaba y por sus ricos panecillos largos y tiernos. En su gran salón de billar, situado en el entresuelo, fue apresado un grupo de aficionados a tirar de la oreja a Jorge, en el año 1889.

El juego de azar, que dependía de la suerte, estuvo prohibido en el país a lo largo de casi todo el siglo XIX y gran parte del XX. Su ejecución era considerada como un delito, lo que no impedía la proliferación de timbas clandestinas en los rincones de muchos establecimientos, entre ellos en los cafés. (El eufemismo “tirar de la oreja” parece provenir del siglo XVI, aunque con mucha posterioridad se le añadió el nombre de Jorge, quedando así la expresión utilizada en la prensa del siglo XIX para designar la acción de apostar por parte de los jugadores). 

En el mes de noviembre de 1894 el nuevo propietario del Café Oriental, Francisco Amigó González, sobrino del fundador, llevó a cabo una fastuosa remodelación del local, convirtiendo este negocio en uno de los más imponentes de la Puerta del Sol y aledaños.

Bajo la dirección de la prestigiosa casa de Nicasio Pechuán e hijo, el local fue transformado en una sala espléndida de la Alhambra. Molduras en los altos techos con profusión de dorados que crearon ambientes distintos, paredes forradas con grandes espejos, nuevo y brillante mobiliario en tonos oscuros, luz eléctrica y caloríferos. El nuevo diseño en madera para su fachada, de la casa Climent hermanos, incorporó los anuncios de aquellos productos que en el local se podían consumir. 


Fuente: mcu.es (finales del siglo XIX). La fachada muestra la nueva decoración del Café Oriental en la Puerta del Sol y en lateral de la calle de Preciados.

Se podría decir que por el Oriental pasó de todo y todos pasaron. Era un gran centro de reunión donde ver y dejarse ver, pero la respetable tranquilidad de su clientela no estaba exenta, en ocasiones, de algún lance pendenciero, sustracciones al descuido, petardos reivindicativos o de algún pollo pera dispuesto a entrar con su caballo con el fin de pasear entre los veladores. 

  
Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1905). La calle de Preciados y a la derecha el rotulo del Gran Café Oriental.

Benito Miranda sería el nuevo propietario del Gran Café Oriental en el año 1916. Un año más tarde, ante la subida de los precios de todos los artículos, la “Asociación de los dueños de cafés” había acordado incrementar el precio de los bollos y las medias tostadas a 0,15 céntimos (de peseta), pero por el incumplimiento de tal pacto por parte de otros propietarios del mismo gremio, el Oriental optó por regalar estas consumiciones a los primeros ciento cincuenta clientes, y hasta las 10h. de la mañana, que las solicitaran.

Los conciertos también fueron muy populares en el Café Oriental durante esta segunda década del siglo XX. El muy afamado y reputado violinista Fermín F. Ortiz acompañado por el maestro Espinosa, fueron muy del agrado de los inteligentes que premiaron con sus aplausos la inspirada labor de dichos señores.  

En el año 1925 se solicitaría una licencia de obras para el Café Oriental. Parece que se trató de dar un aire nuevo al local, despojándolo de su vieja fachada de madera oscura y, tal vez, de todos los artesonados que adornaban el interior. De esta manera, su exterior se cubrió con claras losas de mármol y se instalaron ventanas con grandes lunas de cristal, que lo despojaron de la elegancia de tiempos pasados. 


Fuente: madrid.org Fotografía de Martín Santos Yubero (años 30 del siglo XX). El café Oriental, con el diseño de 1925, durante la Guerra Civil Española.

El Oriental fue uno de los cafés socializados durante la Guerra Civil Española (1936-1939), manteniendo su actividad. Tras la contienda, el café desapareció y en su local fueron instalándose diversos comercios a lo largo del tiempo.



Fuentes:
bdh-rd.bne.es
bibliotecavirtualmadrid.org
hemerotecadigital.bne.es
madrid.org
mcu.es
prensahistoria.mcu.es

martes, 28 de enero de 2020

CAFÉ DE PRADA, UNA TRAVESÍA Y UNA FUENTE.

La calle de San Bernardo, situada en el centro de Madrid, se llamó de los Convalecientes hasta que Felipe II mandó cerrar el hospital en ella ubicado y que le daba nombre. Poco después pasó a denominarse de los Convalecientes de San Bernardo, recogiendo así la denominación del convento dedicado a este santo y cuyo primer oficio fue celebrado en el año 1596. Ya en el siglo XIX, para distinguirla de otra más estrecha y con el mismo título, pasó a llamarse calle Ancha de San Bernardo (Ancha, para los del barrio), hasta que finalmente quedó con el escueto nombre de San Bernardo.


Fuente: mcu.es. Fotografía de Antonio Passaporte-Loty- entre 1927 y 1936. La calle de San Bernardo. A la derecha el inicio de la calle de los Reyes.

En el antiguo número 50 de esta vía (cuya casa ya derruida se corresponde con el actual número 40) vino a instalarse el Café de Prada, propiedad de Santiago Prada y cuya historia se remonta al año 1884.

Su servicio esmerado, la música de sus conciertos y un gran salón de billar harían del de Prada uno de los cafés de barrio más populares entre los estudiantes de la cercana Universidad Central de Madrid. Además, sería el lugar elegido por el periodista Emilio Carrere, los poetas Mauricio Bacarisse y Francisco Martínez Corbalán, el músico José Losada o el escritor antitaurino Eugenio Noel (Eugenio Muñoz Díaz), para la celebración de su tertulia.



Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1903).


El Café de Prada parece que comenzó su declive con la llegada del nuevo siglo. En su local comenzaban a reunirse pandillas de rateros que espantaban a la clientela y así Ricardo Prada, su dueño por entonces, traspasó el local que se convertiría en el Café Mercantil.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1907).
 
Poco duró el nuevo negocio a su dueño, Guillermo Encinas de la Nieta, ya que sólo un año y pocos meses después de su apertura sería declarado en quiebra por el Juzgado de Primera Instancia del distrito del Hospicio, como se anunciaba en el mes de agosto de 1907.

Durante los primeros días del mes de enero de 1908, y con nuevos propietarios apellidados Gabela, el Café Mercantil volvió a ser inaugurado. Estos reputados jefes de cocina y reposteros anunciaban selectos menús bien condimentados, manteniendo en su negocio la estupenda sala de billar y los hermosos conciertos, con una orquesta de veintidós músicos. Pero tampoco duraría demasiado este café de la calle de San Bernardo en sus manos. Dos años después, en 1910, sería adquirido por Crisanto García del Barrio, industrial propietario del cinematógrafo Franco-Español, situado en la calle del Duque de Alba (terreno que con posterioridad ocuparía el ya desaparecido Cine Alba).

El Café Mercantil fue noticia, a su pesar, por un hecho curioso. Dos días antes de ser asesinado José Canalejas Méndez (presidente del Consejo de Ministros en 1912) en la Puerta del Sol, su ejecutor Manuel Pardiñas pasó varias horas en el café. Tras ingerir varias copas de coñac, vermú francés y fumar algunos cigarros de la mejor calidad, mantuvo distendidas charlas con la clientela y los músicos que allí actuaban. Tras el atentado, la fotografía de Pardiñas fue publicada por los periódicos de la época y todos reconocieron al individuo que la noche de aquel domingo de noviembre estuvo en el Mercantil

Lo más singular de este caso fue que, al prestar declaración en el juzgado, compañeros y conocidos aseguraron que Pardiñas era un hombre bastante reservado, que no fumaba ni bebía y no le gustaba salir por la noche.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1932) y fotografía de la derecha M.R.Giménez (2020). La travesía de la Cruz Verde, con el Gran Café Bar Ideal, en 1932. El mismo lugar, hoy.

A principios del mes de marzo de 1916, en el mismo emplazamiento de la calle de San Bernardo, abriría un nuevo negocio con el título de Gran Café-Bar Ideal.

Suntuoso y refinado, sus nuevos dueños, Eduardo Arenal y Salvador Guinea, montaron en el nuevo café un servicio de pastelería, repostería y fiambres a domicilio, además de convertirlo también en chocolatería con precios económicos. Mantuvieron la sala de billar de cuatro mesas y el salón para las tertulias, en el que instalaron un elegante, artístico y magnífico piano orquestal norteamericano, equivalente a una orquesta de veinticinco profesores.

Hacia el año 1923 el Gran Café-Bar Ideal caería en declive, convirtiéndose en un modesto local en donde tomar un desayuno y salir por la puerta, pero manteniendo su sala de billar.

El edificio donde se ubicaron sucesivamente los cafés mencionados hacía esquina con la travesía de la Cruz Verde, que hasta el año 1835 se llamaba calle del Nabo. Con escasos veinte metros de longitud, esta pequeña travesía une las calles de San Bernardo y de la Cruz Verde.

Fuente: mcu.es. Fotografía de Juan M. Pando (1963). Así era la casa de la c/ de San Bernardo y la travesía de la Cruz Verde, donde se ubicaron estos cafés. El local terminó siendo ocupado por un banco.

Abastecida por el viaje de agua de Amaniel, vino a instalarse en esta travesía de la Cruz Verde una fuente de vecindad con forma de un jarrón grande de hierro. Corría el año 1848 cuando este caño vecinal fue inaugurado, reemplazando a la que fue famosa Fuente del Cura, situada en la cercana calle del Pez.  

Fuente: memoriademadrid.es (1864). Alfonso Begué. La Fuente de la Piña.

La fuente sería conocida como Fuente de la Piña por el vecindario y es muy posible que durante la Guerra Civil Española resultara destruida, siendo reemplazada por otra de piedra, también con un sólo caño y pilón.

Fuente: mcu.es (1963). Fotografía de Juan M. Pando. La travesía de la Cruz Verde con la fuente que reemplazó a la conocida como de la Piña.


Sería al principio de la década de los años setenta del siglo pasado, cuando el edificio y la fuente de la travesía de la Cruz Verde fueron demolidos.


Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
mcu.es
memoriademadrid.es
prensahistoriaca.mcu.es

miércoles, 18 de septiembre de 2019

EL PASEO DE LOS OCHO HILOS y FRANCISCO LEBRERO.

Hasta el día 7 de noviembre de 1902, el tramo de la calle de Toledo comprendido entre las glorietas de la Puerta de Toledo y de Pirámides era conocido con el nombre de Paseo de los Ocho Hilos. 


Fuente: bdh-rd.bne.es (1924). Tras el Puente de Toledo aparece el paseo de los Ocho Hilos, con sus árboles, que llegaba hasta la Puerta de Toledo.


Esta bonita denominación surgió por las ocho hileras de árboles plantados en sus laterales (cuatro a cada lado), allá por los años cincuenta del siglo XIX, cuando el denominado “Plan Castro”, del urbanista y arquitecto Carlos María de Castro, propuso y realizó el trazado para el ensanche de Madrid.

El derribo de la Cerca de Felipe IV, en el año 1868, expandió la ciudad que por entonces contaba con trescientos mil habitantes, muchos de ellos instalados ya a extramuros en infraviviendas rodeadas de numerosas fábricas, talleres y vaquerías. Los nuevos barrios creados, como el del Puente de Toledo en el distrito de La Latina (hoy de la Arganzuela), verían construir bonitos edificios como el que fue propiedad de Francisco Lebrero.


Fotografía: M.R.Giménez (2019). La casa que fue de Francisco Lebrero.


El madrileño Francisco Lebrero Alonso (1842-1918) había trabajado desde niño como aprendiz en varias fábricas de fundición de metales, hasta que a mediados de los años setenta del siglo XIX logró montar taller propio, con su socio Juan Bou, en la desaparecida calle del Arroyo de Embajadores, número 27, que corría paralela al paseo de las Acacias.

Parece que la sociedad fue un negocio tan rentable que, en el año 1878, permitió a Lebrero adquirir un solar en el paseo de los Ocho Hilos, número 6 (hoy calle de Toledo, nº 122), donde estableció su propia fábrica de fundición de hierro y, posteriormente, también una pequeña y efímera factoría dedicada a la fabricación de pañuelos de seda, llamada “La Constancia”.


Fuente: idehistoricamadrid.org (1900). Plano de Facundo Cañada. La fundición-casa de Francisco Lebrero aparece remarcada en azul, en el paseo de los Ocho Hilos.

Republicano progresista (Primera República Española), partidario de Manuel Ruiz Zorrilla, Lebrero fue muy activo a lo largo de su vida en el desempeño de sus cargos en el comité que este partido había formado en el barrio del Puente de Toledo.


Fotografías: M.R.Giménez (2019). Portal actual del edificio de Francisco Lebrero. En sus laterales puede apreciarse aún el dibujo de las siglas FL entrelazadas.


En el año 1884 Francisco Lebrero encargó, al maestro de obras Lucas Raboso López, los planos para la construcción de un edificio que ocuparía una parte del solar situado en el paseo de los Ocho Hilos, número 6, al lado de la Puerta de Toledo. El inmueble tendría dos espacios habilitados para el comercio en su planta baja y dos pisos destinados a viviendas, más buhardilla. Dos años después, mientras se ejecutaban las obras, el arquitecto Luis Sanz Trompeta realizó un nuevo proyecto añadiendo una nueva planta, que sería desestimada con posterioridad.


Fotografía: M.R.Giménez (2019). Detalle de la rejería de los balcones.


El edificio, construido por completo con estructura metálica, tiene una preciosa fachada estilo neomudéjar de ladrillo visto acompañada por vistosa rejería con adornos vegetales, además de pequeñas columnas en balcones y ventanas. Pero destaca, sobre todo, la parte central de su zaguán en donde se encuentran situados un reloj y una veleta, en hierro galvanizado, que aún conserva las iniciales del propietario del edificio (FL).


Fotografía: M.R.Giménez (2019). Detalle del reloj y la veleta del edificio, con las siglas de Francisco Lebrero pintadas en blanco.


Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) la zona de los alrededores de la Puerta de Toledo resultó muy dañada por continuos los bombardeos. Al finalizar la contienda se construirían nuevas viviendas en la parcela que fue la fábrica de fundición. El edificio de Francisco Lebrero fue reedificado, respetando la bonita fachada del antiguo y la barandilla de la escalera interior.

Entre las muchas obras en las que intervino la “Fábrica de fundición de hierro de Francisco Lebrero”, heredada por su hijo Eugenio Lebrero en el año 1908, destacaron las realizadas para el Palacio de La Equitativa, la Escuela de Minas o el quiosco de la música de la plaza de Cervantes de Alcalá de Henares.


Fuentes:

bdh-rd.bne.es
coam.org
hemerotecadigital.bne.es
idehistoricamadrid.org
prensahistorica.mcu.es

lunes, 22 de julio de 2019

ESPUMOSOS HERRANZ, CALLE DE ALCALÁ.

El Palacio de la Equitativa, uno de los edificios más emblemáticos de Madrid, terminó de construirse en el año 1891.




Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org. El Palacio de la Equitativa, de las calles de Alcalá y de Sevilla, recién inaugurado.
 


Obra del arquitecto José Grases Riera para la Compañía de seguros de vida “La Equitativa”, el inmueble estaba dotado de los mejores avances técnicos de la época: luz eléctrica, modernos ascensores y calefacción a vapor. Su estructura no ha dejado de modificarse a lo largo del tiempo, pasando de las tres plantas iniciales a cuatro en la reforma llevada a cabo en el año 1920 para el Banco Español de Crédito. Treinta y cuatro años después volvió a crecer en tres nuevas alturas (dos de ellas retranqueadas) y en la actualidad, tras haber sido derruido por completo su interior, el nuevo edificio resultante verá incrementar nuevamente su elevación, desvirtuando por completo su proyecto original.


Fotografía: M.R.Giménez (2019). El Palacio de la Equitativa en la actualidad, aún en obras.




La Equitativa no fue en inicio la compañía que ocupó por completo las instalaciones de su flamante inmueble. Otros negocios (asesorías, empresas dedicadas al transporte, etc.) se instalarían en sus dependencias dejando los huecos de la planta baja, situados en las calles de Alcalá y Sevilla, para albergar lujosas tiendas de vestimenta, bazares, restaurantes y bares o joyerías. Entre ellos destacaría Espumosos Herranz, situado en el número 18 (después nº 14) de la calle de Alcalá.




Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1908). Fachada de Espumosos Herranz.




Jaime García Herranz Sánchez, químico e industrial, con laboratorio y negocio en Valencia, había inaugurado en enero del año 1891, en la Carrera de San Jerónimo, número 14, un despacho de vinos espumosos que podía competir dignamente con las mejores clases de champagne. Su marca, Espumosos Herranz, despachaba líquidos efervescentes, jarabes obtenidos de frutas naturales y también se dedicaba a proyectar instalaciones para fabricar bebidas gaseosas.



El agua de seltz (carbónica), muy de moda en aquellos años para curar las irritaciones del estómago, se distribuía en insalubres sifones de plomo hasta que la empresa francesa “Durafort et fils” consiguió realizar un modelo con piezas de cristal. Espumosos Herranz logró, en el año 1898, el privilegio exclusivo para utilizar este nuevo modelo de sifón, además de obtener la patente de un nuevo procedimiento mecánico para la fabricación de cualquier líquido espumoso, que consistía en un carruaje con todos los elementos necesarios para tal fin.




Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1908). Sifón higiénico de Espumosos Herranz.
 



El día 4 de junio de 1899, en el magnífico Palacio de la Equitativa, abriría al público el nuevo establecimiento de Espumosos Herranz, una preciosa y elegante instalación, con mármoles y espejos, decorada por el pintor Ruiz Conejo (¿Agustín?).



Fuente: memoriademadrid.es (1902). Interior del establecimiento de Espumosos Herranz, de la calle de Alcalá.



Aquel pequeño local incrementó su ya próspero negocio de la Carrera de San Jerónimo con productos destinados a calmar las afecciones de todo tipo. Así, despachaba ponches calientes al ron, durante el invierno, para evitar catarros y pulmonías; el agrio jarabe de agraz (jugo de uva sin madurar) para corregir y evitar los desarreglos intestinales; néctar con soda, kéfir del Cáucaso y sus ya famosas aguas alcalinas, litínicas, para enfermedades del hígado, diabetes y vías urinarias, que se embotellaban en el sifón higiénico, envasado en la fábrica que el establecimiento tenía en la calle de los Jardines, por entonces número 26.



El negocio familiar de los Espumosos Herranz continuaría abierto en la calle de Alcalá hasta los meses previos al inicio de la Guerra Civil Española (1936-1939). Tras la contienda, los locales comerciales del edificio de La Equitativa desaparecerían para ser ocupados por las dependencias del Banco Español de Crédito.





Fuentes:



bibliotecavirtualmadrid.org

hemerotecadigital.bne.es

memoriademadrid.es