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jueves, 7 de noviembre de 2019

EL CEMENTERIO BRITÁNICO DE MADRID.

En la calle del Comandante Fontanes, número 7, en el madrileño distrito de Carabanchel, se encuentra desde el año 1854 este fascinante cementerio, cuya crónica va paralela a la historia de Madrid desde el siglo XIX.

De la mano de David J. Butler, Vocal de la Comisión Gestora del British Cemetery y espléndido guía del recinto, vamos a visitar y conocer los misterios del lugar en donde descansan muchos de aquellos personajes que contribuyeron a la industrialización de España durante el siglo antesapado.

¿Cuál fue la intolerante razón por la que hubo de ser inaugurado este cementerio? ¿Cuántas religiones se hayan representadas en sus tumbas? y ¿cuántos idiomas diferentes figuran en sus lápidas? En suma ¿qué enigmas nos esperan aquí para ser descubiertos?





(Este vídeo tiene la opción de subtítulos en inglés).


Allí descansan personajes singulares como Emilio Lhardy, creador del restaurante de la carrera de San Jerónimo; Willian Parish, uno de los propietarios del famoso Circo Price; miembros de la familia Loewe o la fundadora del salón Embassy, Margaret Taylor, cuyos ocultos secretos conoceremos.

Veremos aquí una tumba con la espada Excalibur de la leyenda arturiana, el panteón de la familia Bauer, que contiene los restos de quienes abrieron la primera sinagoga en España después de cinco siglos.

Un misterio inquietante, del aún activo Cementerio Británico de Madrid, es la pequeña losa que recuerda al famoso fotógrafo Charles Clifford. Enterrado en esta necrópolis en el año 1863, de sus restos sólo ha perdurado el fragmento de su lápida y ¿dónde está el resto del monumento?.
Este es un vídeo sobre la historia de Madrid, que nadie debe perderse.

Muchas gracias por seguir nuestro canal de YouTube, para conocer Madrid sin moverse del asiento.

lunes, 21 de octubre de 2019

SALÓN TEATRO JAPONÉS.

La moda del arte oriental influiría en occidente sobre todo desde el siglo XVIII. Las decoraciones de palacios, palacetes o teatros, el diseño del mobiliario y hasta el estampado de los tejidos adoptaron formas y dibujos exóticos. El gusto por el japonismo, las chinerías o los arabescos perduró hasta las primeras décadas del siglo XX.

En la madrileña calle de Alcalá, número 36 del año 1900, el día 1 de octubre, sería inaugurado el Salón Teatro Japonés.

Fuente: wikipedia.org. Fotografía: Manuel Compañy (1900). Entrada al Teatro Japonés.
 
Propiedad del empresario José (Pepe) Fernández, el Japonés era un salón pequeñito y coquetón, elegante y profusamente iluminado que programaba pequeños y variados espectáculos sin relación con lo que sugería el nombre del teatro. Cuplés, transformismo, bailes regionales o pequeñas obras teatrales constituían el entretenido programa de buen tono, sin cancioncillas obscenas ni faldas arremangadas, al que podían asistir las señoras y las señoritas, por melindrosas que fueran.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900 aprox.). Señalada con una flecha la entrada al Teatro Japonés de la calle de Alcalá.
 
Decorado por el dibujante, interiorista e ilustrador José Arija Saiz, con la ayuda de Pedro de Rojas, Joaquín Xaudaró o Francisco Navarrete, entre otros artistas, lo que más llamaba la atención del público era el telón de su escenario, con motivos japoneses, que se plegaba haciendo caer una graciosa guirnalda de flores.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900). Escenario con su guirnalda de flores. En escena Irma Darlot.

La pequeña sala estaba profusamente adornada por pinturas, farolillos, caretas y dibujos que rememoraban el arte japonés. Desde cualquiera de sus asientos se veía el escenario a la perfección.

Fuente: "Blanco y Negro" y memoriademadrid.es (1900). Detalles de la decoración interior.

Los decentísimos espectáculos del Teatro Japonés daban comienzo a las cinco de la tarde. Piezas cortas, breves y variadas distraían a un público diverso que veía desfilar por su escenario a las artistas, españolas y extranjeras, interpretando indistintamente couplets franceses y castellanos. Una de las más aclamadas fue Irma Darlot, con el diálogo “Fregolina”. Su transformación en doce personajes diferentes mereció los más entusiastas aplausos del público.

En el mes de marzo de 1902 el Japonés estrenó la obra bufa titulada “El pachá Bum-Bum y su harén”, en donde intervenía una joven de diecisiete años llamada Consuelo Vello Cano, más conocida por el nombre artístico de “Fornarina”. Interpretaba aquí un pequeño papel de esclava, vestida con una pudibunda y ceñida malla, que de inmediato desató las pasiones del respetable.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1902).Consuelo Vello "Fornarina" vestida para su papel en la obra "El pachá Bum-Bum y su harén".


Efímera fue la historia de este bonito Salón Teatro Japonés de varietés, que desaparecería a principios del año 1903 obligado por las exigencias del dueño de la finca.

El local donde se situó el Teatro Japonés albergó, desde el mes de octubre de 1905, el comedor de la asociación privada “Gran Peña”, que con posterioridad poseería casa propia en el número 2 de la Gran Vía de Madrid.

La historia del edificio de la calle de Alcalá, número 16 (ya en el siglo XX), terminó en el mes de julio de 1919. Los famosos negocios que allí se instalaban, como el Café Suizo (1844) o el Hotel Continental, cerrarían sus puertas por derribo del inmueble sobre cuyo solar se edificaría el suntuoso Banco de Bilbao, del arquitecto Ricardo de Bastida.



 
Fuentes:
es.wikipedia.org
hemerotecadigital.bne.es
memoriademadrid.es

jueves, 3 de octubre de 2019

TEMPLETE DEL METRO GRAN VÍA, OBRA DE ANTONIO PALACIOS.

Para los habitantes de aquel Madrid del año 1919, atravesar la ciudad en un tren subterráneo iba a dejar de ser ficción para convertirse en realidad, porque el día 17 de octubre sería inaugurado el Metropolitano Alfonso XIII, que unía los Cuatro Caminos con la Puerta del Sol.

El viajero iniciaba su recorrido tras abonar el precio de 15 céntimos (de peseta) del billete. Pasillos, escaleras y el propio andén de la estación se hallaban recubiertos por blancas plaquetas de azulejos, con el fin de mitigar el temor a introducirse en el subsuelo madrileño. Coloridos mensajes publicitarios de cerámica, en las paredes, informaban sobre los grandes almacenes que se podían visitar o de los diversos artículos a la venta. 
 
Si el pasajero decidía apearse en la estación de la Red de San Luis (Gran Vía), y penúltima de aquella línea de Metro, debía salvar sus 25 metros de profundidad subiendo los tramos de una larga escalera o utilizando un gran ascensor, llegando así al monumental Templete, obra del arquitecto Antonio Palacios, a través del que se salía a la calle.








Antiguos Cafés de Madrid ha recreado en este vídeo el famoso Templete de la Gran Vía de Madrid, al cumplirse los 100 años de la apertura del Metro.

Mostramos aquí, con detalle, cómo eran el andén y el primer tren que circuló, la publicidad de entonces, aquella escalera y el famoso ascensor que tanto dio que hablar al Madrid de entonces. Descubrimos todos los detalles que el arquitecto Palacios diseñó para este acceso del Metro: la preciosa marquesina, los adornos que la rodeaban, sus verjas y ventanales, el plano con las primeras estaciones, contando también toda la historia de este monumento singular.

Al terminar, una sorpresa. El templete del Metro, en la actualidad, que se encuentra en el Concello do Porriño (Pontevedra).


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lunes, 9 de septiembre de 2019

LA CURIOSA HISTORIA DEL PERRO PACO.

Habrá que viajar hasta el Madrid de finales del siglo XIX para conocer la historia de Paco: un simpático perro bonachón, seductor, listo como ningún otro y tan independiente que nunca consintió tener dueño alguno.










El animal paseaba a sus anchas por la Puerta del Sol, la calle de Alcalá o El Retiro, siendo saludado a su paso como un vecino más de la ciudad. Tenía siempre la cena pagada en el entonces célebre Café de Fornos y no se privaba jamás de asistir a todos los espectáculos y eventos que tenían lugar en Madrid.

El Perro Paco se merecía un homenaje. Fue tan famoso que sería recordado durante muchos años, después de su desaparición, y su memoria no puede caer en el olvido. Ese ha sido el motivo para la realización de este bonito y conmovedor vídeo que hoy cuenta Antiguos Cafés de Madrid.



Más información sobre el Perro Paco en el blog de “Antiguos Cafés de Madrid y otras cosas de la Villa”:
 





Muchas gracias por seguir el canal de YouTube https://www.youtube.com/channel/UCCmQb2UTq-TNbf8Y8n7n6_w



jueves, 22 de agosto de 2019

DOÑA MARIQUITA, CHOCOLATES Y BIZCOCHOS.

La historia de la chocolatería de Doña Mariquita, quizá la más famosa que tuvo Madrid, fue tan dilatada en el tiempo como olvidada hoy.

Cuando la ciudad contaba con doscientos mil habitantes, todas sus casas y calles cabían en una maqueta, el bandolero incruento Luis Candelas ya era prófugo y el absolutista Fernando VII mandaba en los destinos del país, es decir en el año 1828, Doña Mariquita instaló su establecimiento de refrescos, bizcochos y chocolates en la calle de Alcalá de Madrid.


Fotografía: M.R.Giménez (2015). Maqueta de León Gil de Palacio. Madrid en el año 1830.

Parece que Mariquita, valenciana de origen, tuvo siempre una especial maestría a la hora de preparar sus elegantes jícaras de chocolate, acompañadas de los dulces bolados o azucarillos; pero también dominaba la elaboración de los mejores mojicones de Madrid, para las meriendas ofrecidas a sus amistades. Fueron ellas quienes la animarían a abrir un negocio al público.

Fuente: ceres.mcu.es

Era, pues, el año 1828 cuando Doña Mariquita instaló su famosa chocolatería en el número 10 de la calle de Alcalá, junto a la Puerta del Sol.


Fuente: fotografía izquierda, hemerotecadigital.bne.es (1916). Fotografía derecha, M.R.Giménez (2019). La casa número 10 de la calle de Alcalá, donde estuvo situada la chocolatería de Doña Mariquita y el edificio que la reemplazó.


La fama del local, céntricamente situado, era cada vez mayor. Todo Madrid, desde la aristocracia hasta los forasteros, pasando por escritores y políticos, visitaban la tienda del rico chocolate y los ya famosos bizcochos de Mallorca (que pasaron a llamarse “mojicones” por los tortazos que se repartían los clientes para conseguirlos), cuya insuperable receta era guardada como un gran secreto familiar.

El local, de doscientos cincuenta metros cuadrados, tenía un pequeño salón siempre lleno de público y dos sótanos. Allí mismo estaba la cocina en la que se preparaban las consumiciones. Sobre su fachada de madera aparecía el rótulo que daba nombre al establecimiento, “Da. Mariquita”, y los productos a la venta.

A media tarde o a la salida de los teatros era frecuente que una multitud de clientes fueran a Doña Mariquita, que mantenía su local abierto hasta altas horas de la noche; pero en el año 1866 el conde de Cheste (Juan de la Pezuela), capitán general de Madrid, había dispuesto que la una de la madrugada era la hora en que se debía cerrar este tipo de establecimientos y no dudaba en vigilar, por sí mismo, el cumplimiento de su normativa.

Una noche de domingo del mes de septiembre Pezuela comprobó que el local estaba abierto, a pesar de haber pasado con mucho la hora de cierre. Entró en el salón y encontró en él a varios hombres importantes de la diplomacia y la política saboreando las delicias del lugar. El capitán, cortésmente, se dirigió a los presentes para recordarles las órdenes del cierre de los establecimientos e impuso una multa de dos mil reales a su dueña. A pesar de los ruegos de las personas importantes, la sanción tuvo que ser abonada.

Doña Mariquita falleció el día 16 de agosto de 1870 y muchos fueron los periódicos que dieron la noticia, más ocupados en informar respecto a si la famosa receta de los ricos bizcochos había sido transmitida a su única hija, heredera del establecimiento, que en reseñar otros datos de la famosa chocolatera.

El negocio continuaría adelante renovando el local y añadiendo nuevos productos a su menú, en competencia con los famosos cafés de la Puerta del Sol y de la propia calle de Alcalá, hasta que en el año 1926 se traspasó el establecimiento.

Los nuevos dueños dedicaron preferente atención a las especialidades de la casa: chocolates, mojicones, vinos, refrescos y exquisitos licores. El nuevo y renovado local de Doña Mariquita también ofrecía los novedosos cock-tails a la hora del aperitivo, servidos por un barman que enseñaba como realizarlos.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1928). El local de Doña Mariquita, tras la reforma.

En el año 1930 la oferta del negocio se incrementó con las comidas rápidas para quienes no tuvieran tiempo de ir a casa. Los llamados “lunchs” se componían de consomé, huevos, fiambres, emparedados, chocolate o café con mojicón por el precio de dos, tres o cuatro pesetas, dependiendo de la elección. Cuatro años después Doña Mariquita ya era restaurante, bar, pastelería y despachaba fiambres.


Fuente: madridciudadaniaypatrimonio.org (1942). Edificio del Banco Zaragozano que reemplazó la casa del nº 10 de la calle de Alcalá.

La casa del número 10 de la calle de Alcalá, que además de la famosa chocolatería era el emplazamiento de varias casas regionales, caería bajo la piqueta en el mes de diciembre de 1935. En su lugar se levantó el edificio estilo Art Déco del Banco Zaragozano, posteriormente propiedad de otras entidades bancarias, que en la actualidad es uno de los afectados por la denominada “Operación Canalejas”.




Fuentes:

ceres.mcu.es
hemeroteca.abc.es
hemerotecadigital.bne.es
madridciudadaniaypatrimonio.org
Papel y tinta” novela de María Reig.

jueves, 15 de agosto de 2019

TIENDAS ANTIGUAS DE MADRID.

Los antiguos comercios del centro de Madrid van desapareciendo poco a poco, llevándose una parte importante de la historia del barrio y de la ciudad. La dura competencia o el retiro de sus propietarios, cuando no el elevado alquiler de los locales, han sido las causas más frecuentes de la clausura de estas tiendas de toda la vida.

Con ellas no sólo se van los recuerdos, también esos fantásticos locales y sus preciosas decoraciones de otros tiempos. Aquellos emblemas que siempre estuvieron en sus escaparates o en sus fachadas quizá formen parte de la ornamentación de otros rincones o tal vez, en el peor de los casos, se marchen para siempre.

Con este nuevo vídeo Antiguos Cafés de Madrid desea homenajear a tres establecimientos emblemáticos dedicados al comercio del textil, alguno de ellos con presencia desde el siglo XIX. De todos, tan sólo uno continúa abierto y situado en el mismo emplazamiento en el que fue inaugurado.

 








La Moda” estuvo en la calle del Pez número 30, en el barrio de Malasaña, desde el año 1896. Fue el comercio dedicado a vender ropa infantil más antiguo de Madrid y cerró sus puertas a principios de 2019. Ángel Viñuales, su último propietario, nos narra aquí la historia de este negocio desde que fue fundado por sus bisabuelos.

En su escaparate estuvo el famoso “Niño de la calle del Pez”, un precioso maniquí que comía chocolate desde tiempos inmemoriales.

Casa Benítez” mantuvo abierto su magnífico establecimiento de estilo Art Déco hasta el mes de abril de 2019, en el barrio de Chueca. Pedro Fernando Feijóo, que continúa con su actividad a pocos metros de esta antigua tienda, en la misma calle de las Infantas, nos muestra en este vídeo la preciosa decoración de los años treinta que ha mantenido intacta desde entonces.

El famoso rótulo de su fachada y los maniquíes que representaban a los actores de cine más conocidos de la tercera década del pasado siglo, desaparecieron para siempre de sus grandes escaparates, pero siempre permanecerán en nuestro vídeo.

Almacenes de Aragón”, en la Corredera baja de San Pablo, número 15, es el único de estos tres establecimientos que continúa hoy con su negocio. Antonio Tello, dueño del comercio que inauguró su abuelo hace casi cien años, además de enseñarnos su antiguo almacén nos hace un recorrido por los lugares más emblemáticos del barrio de Malasaña.

Especializado en ropa para la casa, es uno de los pocos de Madrid que aún conserva las sillas para la clientela junto a sus mostradores. Dicha costumbre era habitual en todas las tiendas del ramo desde el siglo XIX, en Madrid.


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miércoles, 19 de junio de 2019

BARES AMERICANOS DE LA GRAN VÍA.

La moda de los bares americanos llegó a Madrid a principios de los años veinte del siglo pasado. La elegante y moderna Gran Vía, aún sin terminar, acogería a muchos de estos negocios que hicieron cambiar por completo el concepto de los antiguos cafés como centro de reunión. Aquellos divanes rojos, los espejos en las paredes o las decoraciones recargadas de los viejos locales dedicados a las prolongadas tertulias modificarían su diseño, dando más importancia a los altos taburetes, las paredes pintadas en tonos claros y un mobiliario más funcional.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1936). Larga barra y altos taburetes eran el distintivo de los bares americanos.

Los primeros bares americanos instalados en Madrid, como el American Bar Pidoux, iban dirigidos a un público elegante y chic. Visitantes extranjeros o aquellos que se definían como gente bien y que no entendían o despreciaban los cafés de antaño, las tabernas o las cervecerías llenas de público, integraban la clientela de estos modernos lugares en los que se consumían refinadas bebidas alcohólicas y selectos cock-tails, servidos por barmans uniformados. Sus locales, siempre que el espacio lo permitiera, tenían varios ambientes repartidos en salones, pero en ellos no podía faltar la gran barra de bar con sus altos taburetes.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1932). Público elegante y barmans uniformados.

Durante los años treinta del siglo anterior, los bares americanos de pequeñas dimensiones incorporarían a su oferta las comidas rápidas. La Gran Vía y sus aledaños fueron zonas de emplazamiento para oficinas y comercios, con trabajadores y trabajadoras que precisaban de lugares para comer por poco precio y con rapidez, por lo que este tipo de bares vio un estupendo negocio en ofrecer además estos servicios a su clientela. Las altas banquetas de sus barras se poblaron de la generación de la velocidad que, tras ingerir el menú, las abandonaban a la mayor brevedad para regresar a sus ocupaciones.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1936). Trabajadoras comiendo en la barra del Bar María Cristina, que estuvo situado en la calle Mayor.

En la avenida de Pi y Margall, como se llamaba por entonces el primer tramo de la Gran Vía, fueron inaugurados dos de los bares americanos cuya efímera historia concluiría con el final de la Guerra Civil Española.

Situado en el hoy número 40 de la Gran Vía (antaño nº 18 de la avenida de Pi y Margall) vino a instalarse el Bar Broadway, en el mes de marzo de 1935.

Propiedad de Isidro López Córdoba e hijo, el local tenía un amplio mostrador adornado con doradas franjas de colores en su exterior. Junto a él se encontraban las altas banquetas, propias de estos establecimientos, que como el resto de los asientos eran robustas y de fino trazado. Tras la barra, los encargados lucían blancas chaquetillas de doradas charreteras.

Sus salones, con camareros vestidos de smoking, estaban decorados con un sobrio gusto moderno por el pintor Pablo Ramírez, que armonizó las pinturas esmaltadas con finos paneles de plata, mientras que toda la instalación del bar corrió a cargo de la entonces prestigiosa Casa Vázquez del Saz (fundada en el año 1892).

En el Broadway era posible tomar desde un café hasta una caña de cerveza, vermut, aperitivos y los más sofisticados cock-tails del momento. Cada una de sus mesas tenía la lista de precios correspondiente, para que el cliente siempre supiera el importe de cada consumición.

Fuente: Fotografía de la izquierda, hemerotecadigital.bne.es (1937). Fotografía de la derecha, M.R.Giménez (2018). La fachada del Bar Broadway, junto a la Joyería Barceló, durante la Guerra Civil Española. A la derecha la vista actual del lugar.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el Bar Broadway, al igual que el resto de los negocios, mantuvo su actividad.

A principios de los años cuarenta el Bar Broadway sería reemplazado por la “Granja Frigo”, después “Granja Frigo Callao” y más tarde “Granja Callao”, una cafetería especializada en meriendas familiares que ya nada tenía que ver con un bar americano.

Fotografía de Juan Miguel Pando, fuente: mcu.es (1957). El local que ocupó el Bar Broadway fue más tarde la Granja Callao.

En la actualidad, y desde la década de los años ochenta, el local está ocupado por una conocida marca de comida rápida.

Otro de los bares inaugurados en la Gran Vía fue el Nautic-Bar, que abrió sus puertas el día 12 de septiembre de 1935 en la entonces avenida de Pi y Margall, número 16 (hoy Gran Vía, nº 38).

Decorado por el escultor Ángel Moya, el Nautic se anunciaba como el más elegante, lujoso y modernísimo establecimiento de esta clase, ofreciendo también conciertos de guitarra en sus salones. La barra del american bar de este negocio estaba situada en la zona del sótano.

Fuente: Fotografía de la izquierda, bdh-rd.bne.es (Guerra Civil Española). Fotografía de la derecha, M.R.Giménez (2018). Fachada del Nautic-Bar protegido contra los bombardeos. En su puerta el letrero dice "Hay café con azúcar". A la derecha la vista actual del local.

Su historia terminó a finales del año 1939 y el local que ocupó es hoy una tienda de artículos deportivos.



Fuentes:

bdh-rd.bne.es
hemerotecadigital.bne.es
mcu.es

lunes, 10 de junio de 2019

HOSPITAL DE LA V.O.T. EL MÁS ANTIGUO DE MADRID.

La Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís inauguró en Madrid este hospital en el año 1697 y desde entonces no ha dejado de funcionar ni un solo día.

Situado en la calle de San Bernabé, número 13, entre la Basílica de San Francisco el Grande y la Puerta de Toledo, el Hospital de la V.O.T. es un histórico museo, además de formar parte de la sanidad madrileña.

En este vídeo Antonio Pérez, hermano ministro de la Orden a la que también pertenecieron los escritores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca o Francisco de Quevedo, nos enseña y describe cada uno de los rincones de este impresionante edificio, comenzando por el muy valioso archivo que guarda preciados documentos desde el siglo XVII y una curiosa silla de mano del año 1662, que por entonces era utilizada para trasladar a los enfermos dentro del hospital.

 







Recorriendo su fascinante escalera de doble rampa y decorada con pinturas del arquitecto Teodoro Ardemans, veremos cuadros de Juan Carreño de Miranda y de Juan de Alfaro, esculturas de Agustín Querol y Francisco Dieussart.

Visitaremos la antigua botica, que conserva el botamen de porcelana de Limoges y una imagen del Niño Jesús con una curiosa historia. El claustro, de dos alturas y hoy acristalado, es el espacio alrededor del que se levantó este fantástico edificio.

La imponente capilla del Hospital de la V.O.T. que inició su construcción en el año 1693 y concluyó seis años más tarde, contiene obras de Antonio Pereda y de Pedro Ruiz González “pintor de la escuela de Madrid”. Cabe destacar el simpático detalle de la representación de un angelito que parece ofrecer a San José una bandeja de churros madrileños.

Este magnífico edificio y su capilla se pueden visitar, previa petición de hora. 


 

viernes, 17 de mayo de 2019

CAFÉ DE LISBOA.

Conocida es la historia de las Casas de Cordero, situadas junto a la Puerta del Sol de Madrid. Una de ellas, la que se corresponde con el número 1 de la calle Mayor, fue lugar de cafés desde que el edificio se inauguró en el año 1846.

Fotografía: M.R.Giménez (2012). Fachada de las Casas de Cordero de la calle Mayor.
 

Cuando el citado edificio se encontraba aún en construcción fue solicitado uno de sus locales, situado junto al gran portal, para ubicar allí el denominado Café Nuevo de Pombo, propiedad de Manuel Pombo, que posteriormente se trasladaría a la calle de Carretas con el nombre de Café y botillería de Pombo, donde más tarde tendría lugar la famosa tertulia de Ramón Gómez de la Serna.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1849). Fachada principal de la calle Mayor, nº 1 con el primitivo Café Nuevo de Pombo.
 
Otro café vendría a reemplazar a este de Pombo en la calle Mayor. El Café del Comercio, propiedad de Baltasar González, abriría sus puertas en los últimos años de la década de los cincuenta del siglo XIX y mantendría su negocio durante poco más de quince años.

Por fin, en el número 1 de la calle Mayor vendría a instalarse el café más perdurable de los allí ubicados, el Café de Lisboa, que fue inaugurado el día 4 de noviembre de 1875 y permanecería abierto, con el mismo nombre, hasta mediados de los años cincuenta del siguiente siglo.

Con decoración a cargo del pintor Aurelio de Lelli, el de Lisboa era un café propiedad de Santiago Menéndez. Espejos en las paredes y grandes lunas en sus ventanales hacían del establecimiento un lugar luminoso y más tranquilo que el resto de los establecimientos similares de la Puerta del Sol.

En su entresuelo tenía sala de billar. El lugar fue elegido por la entonces prestigiosa Casa Laorga (Constantino Laorga), especialista en el ramo, para realizar una exposición de mesas de billar durante el mes de junio de 1881.

Tras pasar por sucesivos dueños el Café de Lisboa llegó a manos de Arturo Rodríguez, que en el año 1910 lo reinauguraría con gran banquete ofrecido a los representantes de la prensa. El luminoso local fue decorado en tonos claros, estaba dotado de water-closses del más nuevo sistema y también de tocador de señoras, que no existía en casi ningún café. En sus salones independientes se podían celebrar banquetes, bodas, tertulias, conciertos y tenía otra puerta de acceso por el portal de la calle Mayor, número 1, para la clientela compuesta por mujeres.

Uno de los banquetes más célebres, de los muchos que tuvieron lugar en el Café de Lisboa, fue el ofrecido al entonces muy famoso ventrílocuo Eugenio Balder -Eugenio Balderraín- en el año 1913.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1913). Banquete en el Café de Lisboa en honor a Eugenio Balder - situado en el centro y con pajarita -.
 
Balder, que fabricaba sus propios muñecos, fue el primer ventrílocuo en afeitarse el bigote, siempre utilizado por los artistas para disimular el movimiento de los labios en sus espectáculos. Sus famosos personajes: Cleto, doña Cañerías, Kiriki y Gaonilla mostraban personalidades muy diferentes y sus diálogos, sin guión previo, fueron muy celebrados por el público de todas las edades.

Alrededor del año 1918 una famosa tertulia, entre las muchas que en el Lisboa tenían lugar, fue la presidida por el escritor y dramaturgo Jacinto Benavente. En ella no había un tema principal, como en otras reuniones de los cafés. Música, política, arte, ciencia o teatro, eran asuntos frecuentes de las conversaciones que contaban con la asistencia de los actores Loreto Prado, Enrique Chicote y Rafael Rivelles y de los periodistas Eduardo Palacio Valdés y Sinesio Delgado, entre otros.

Fotografía de Luis Ramón Marín (1918). Fuente: Fundación Pablo Iglesias. Jacinto Benavente en su tertulia del Café de Lisboa.
 
En ese mismo año, tras las elecciones celebradas el día 24 de febrero, Jacinto Benavente sería elegido diputado por Madrid, por lo que le fue ofrecido un banquete homenaje en el Café de Lisboa.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1918). Jacinto Benavente en el banquete organizado en el Café de Lisboa, tras ser elegido diputado.
 
El periodista Leopoldo Bejarano contaba en el periódico “El Liberal”, publicado el día 30 de abril de 1918, una curiosa anécdota bajo el epígrafe “¡Benavente pierde una apuesta!”.

Una noche, en el transcurso de la reunión de Benavente en el Café de Lisboa, uno de los contertulios apostó una cena para todos los presentes con champagne y puros a que una obra cualquiera, sólo firmada por el dramaturgo, con seguridad sería bien aceptada por todas las empresas, público y crítica.

Benavente adujo: “Si yo estreno una comedia descabellada, me mondan”, pero aceptó la apuesta. De inmediato, quien había sugerido la apuesta eligió a otros cuatro componentes de la tertulia y comenzaron a pergeñar un texto.

El manuscrito, planteado como opereta y llamado “Mefistófela”, fue estrenado el día 29 de abril de 1918 en el Teatro Reina Victoria de Madrid. Su diálogo plagado de groserías y ramplón de principio a final, a decir de la crítica no parecía de Benavente.

El dramaturgo perdió la apuesta, pero contrarrestando la broma y para no perder su admirable reputación teatral, estrenó al día siguiente “La Inmaculada de los Dolores” en el Teatro Lara, con gran éxito de público.

Fuente: pares.mcu.es (Guerra Civil Española). Bajo el rótulo del Centro Segoviano, aparece la fachada del Café de Lisboa.
 
Ya, a mediados de la década de los años cuarenta del siglo pasado, el Café de Lisboa fue lugar de cita, los sábados, de escritores como: José Corrales Egea, Juan Eduardo Zúñiga, Isabel Gil Ramales, Arturo del Hoyo, Francisco García Pavón y, sobre todo, Antonio Buero Vallejo. Sus integrantes organizaban, en concurso privado, pequeños premios a los que presentaban sus cuentos, poemas, narraciones y pequeñas obras teatrales.

El Café de Lisboa desapareció de la calle Mayor en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo pasado, siendo sustituido por el restaurante “Noche y Día”. Después vendrían diferentes negocios del ramo de la hostelería. En la actualidad el local se ha destinado a otros usos que no guardan relación con la mucha historia literaria que se vivió entre sus muros.

Fuentes:

Fundación Pablo Iglesias
hemeroteca.abc.es
hemerotecadigital.bne.es
pares.mcu.es
prensahistoria.mcu.es