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Mostrando entradas con la etiqueta antiguos comercios. Mostrar todas las entradas
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lunes, 4 de mayo de 2020

EL CAFÉ SUIZO.

Pocos años antes de que la calle Ancha de Peligros fuese renombrada como calle de Sevilla, vino a instalarse en Madrid el Café Suizo. En la esquina con la calle de Alcalá, en una casa elegante y de nueva construcción, la compañía formada por Francisco Matossi y Pedro Fanconi abrió este nuevo café el día 3 de mayo de 1845.

Fuente: momoriademadrid.es (1919). La calle de Alcalá y el Café Suizo, cuyo toldo se aprecia a la derecha de la fotografía.

Los dueños formarían la sociedad “Matossi, Fanconi y Compª.” abriendo cafés con el mismo nombre en varias ciudades del país (Bilbao, Zaragoza, Alicante, Granada, Sevilla) hasta un total de cincuenta y tres. Cada uno de sus locales, además de los salones para tertulias, tenía una zona destinada a pastelería, ya que Fanconi era un excelente repostero.

El Café Suizo de la calle de Alcalá era un local con capacidad para quinientas personas, con entrada por la calle de Ancha de Peligros (Sevilla) y por la de Alcalá. Sus grandes ventanales se repartían entre ambas calles y, si el tiempo acompañaba, disponía una terraza a lo largo de su fachada. 
 
Dividido en varias y espaciosas salas el Suizo adornaba sus paredes, cuando fue inaugurado, con rico papel de diferentes clases. Veladores de mármol en varios colores rodeados de pequeñas banquetas sin respaldo forradas de terciopelo rojo, elegantes y bien situados quinqués de gas. En la planta del sótano tenía dos espléndidas mesas de billar y una escalera de caracol construida al aire, que subía a un pequeño salón donde había varias mesas para juegos no prohibidos.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1871). Interior del Café Suizo.

Inmediato a la zona donde se ubicaba la venta de repostería vino a situarse un salón para señoras.  

Comenzaba el verano del año 1855 y los dueños de este café pensaron que las mujeres solas, cuya presencia en estos establecimientos no estaba bien vista sin estar acompañadas de padre, hermano o marido, también tenían derecho a disfrutar de sus instalaciones. El nuevo recinto mostraba a su entrada un rótulo prohibiendo el acceso a los caballeros, quienes de inmediato tacharían la nueva propuesta de extravagante y ridícula. Los detractores del nuevo salón exigían que debía desaparecer, aduciendo que la mayor parte de las damas refrescan, visten, calzan y se divierten a costa de los hombres. No tendrán quien las convide. Pero el salón blanco, como así lo llamaron, fue un éxito de público.

En el Café Suizo se celebraron muchas tertulias de políticos, literatos, aficionados al toro, médicos, economistas. Junto a las puertas de la repostería, en uno de los veladores, solía sentarse Gustavo Adolfo Bécquer, que a este café asistió hasta el final de su vida.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1919). Tertulias en el Café Suizo.

El político Antonio Cánovas del Castillo, el poeta Vicente Barrantes o el escritor Pedro Antonio de Alarcón formaron parte de una tertulia en este café entre los años 1848 y 1857.

Sobre el año 1870 el dramaturgo Marcos Zapata o el dibujante Francisco Ortego se reunían también con el autor Adelardo López de Ayala y los pintores José Casado del Alisal y Antonio Gisbert.
 
La lista de los tertulianos en el Café Suizo fue muy extensa. Por él pasarían, a lo largo del tiempo, políticos como Nicolás Salmerón o Laureano Figuerola; escritores como José Echegaray o Manuel Fernández y González.

El Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal tuvo también tertulia en este café, que recordaría en el libro “Recuerdos de mi vida” publicado en el año 1901. Yo debo mucho a la sabrosa tertulia del Suizo. Aparte ratos inolvidables de esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me corregí de algunos defectos.

Fuente: madrid.org (1919). La esquina de la calle de Alcalá con la de Sevilla.
 
El honesto café de la alta burguesía madrileña, serio y tranquilo, poco a poco fue entrando en decadencia. Los componentes de las tertulias fueron creciendo en edad, mientras que los jóvenes escogían otros lugares de esparcimiento con ambientes más bulliciosos.
 
Aquel viejo Café Suizo echaría el cierre definitivo el día 16 de julio de 1919. Su edificio sería demolido y con él también desaparecería el famosísimo Salón Teatro Japones de efímera pero intensa historia.
 
Aquellos quesitos helados, los pasteles y los bollos de leche especialidad del repostero Fanconi a los que pusieron el nombre de suizos, serían recordados en el tiempo al igual que las mil y una tertulias que allí tuvieron lugar, cuyos componentes evocarían con melancolía en sus múltiples memorias o en artículos de los periódicos.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1919). Fachada del Café Suizo con su terraza.

Con rapidez comenzarían las obras de un nuevo edificio, propiedad del Banco de Bilbao. El proyecto del arquitecto Ricardo de Bastida concluyó en el año 1923 y allí continúa.


Fuentes:

es.wikipedia.org
hemerotecadigital.bne.es
madrid.org
memoriademadrid.es
prensahistorica.mcu.es

viernes, 6 de marzo de 2020

LAS LAVANDERAS DEL MANZANARES.

Julia Fernández era la más veterana de aquellas lavanderas del río Manzanares, allá por el año 1933. Pequeña de estatura, vivaracha y lista contaba entonces con setenta y cuatro años de edad y nada menos que sesenta y dos de profesión.

De sus catorce partos tan sólo habían sobrevivido dos hijos y explicaba que un buen mes podía ganar hasta noventa pesetas de jornal. (En aquellos años el precio de un kilo de pan podía llegar a los 0,80 céntimos de peseta). 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933) Julia Fernández, a la derecha de la fotografía.

Los márgenes del río contaban por entonces con trescientas mujeres que desempeñaban el oficio de lavandera, cuyas edades oscilaban entre los doce y los más de setenta años. Estas últimas ya estaban aquejadas de reuma, dermatitis crónica que había destrozado sus manos y uñas, la gota y fuertes dolores en los riñones porque para lavar la ropa hay que mover la cintura más que una bailarina y precisaban de la asistencia de los “mozos de colada” o de las “roperas” que ayudaban, por pequeñas cantidades de dinero, al acarreo de los pesados fardos de ropa o a colgarla en los altos tendederos. 
 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933). Tendederos del Manzanares a la altura del paseo de la Virgen del Puerto.

Ya hay constancia de los lavaderos en el Manzanares en el siglo XVIII. Destartalados chamizos, con techo y grandes huecos en sus paredes, que se nutrían con el agua del río. En su interior una gran pila dividida en varias docenas de puestos por los que cada lavandera debía abonar cincuenta céntimos de peseta para su utilización, ya que eran negocios privados aún en la década de los años treinta.


Fuente: mcu.es-fotografía de Otto Wunderlich, primeras décadas del siglo XX. Lavaderos y tendederos a la orilla del Manzanares.

El coste de estos recintos propiciaba que muchas mujeres ejercieran su trabajo directamente en las orillas del río, ahorrando así el alquiler de las pilas, pero incrementando el penoso esfuerzo de quitar las manchas de la ropa con el agua fría y restregando con sus propias manos, lo que durante el invierno se hacía especialmente duro.


Fuente: mcu.es-fotografía de Otto Wunderlich (1914). Lavanderas del Manzanares.

El proceso del lavado de la ropa consistía en empaparla con agua fría, untar el jabón, restregar toda la superficie, hacer la colada o introducirla en agua muy caliente y lejía (a mediados del siglo XIX era muy famosa el agua de Javelle – hipoclorito de sodio-). Cuando las manchas desaparecían había que volver a aclarar, retorcerla para que escurriera y tender. El lavado de cada prenda tenía un precio, que oscilaba entre los 0,15 céntimos de una camisa hasta los 0,30 céntimos de una sábana, siendo lo más laborioso la limpieza de las mantas y de los trajes de faena.

Los lavaderos proporcionaban el servicio de agua caliente para la colada o recuelo a un precio de 4,50 pesetas, cantidad que era abonada por cada lavandera, al igual que el resto de los productos utilizados: lejía, añil o jabón.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1933). Lavandera trabajando en una pila de lavadero.

A las duras condiciones de trabajo de las lavanderas se añadía el problema de los hijos pequeños, que iban con sus madres al río y a menudo eran propensos a sufrir enfermedades o accidentes.

En el año 1872 se inauguró el Asilo de las Lavanderas, también llamado Casa del Príncipe, a propuesta de la reina María Victoria esposa de Amadeo de Saboya. 


Fuente: memoriademadrid.es (1934). El Asilo de las Lavanderas.

Este edificio de madera estaba situado en lo que hoy es la glorieta de San Vicente, frente a la puerta del mismo nombre. Contaba con dos pisos y sendas dependencias para acoger a niños mayores de dos años y a párvulos, siempre que pertenecieran a legítimo matrimonio. Una pequeña sala de seis camas hacía las veces de casa de socorro, para atender a las lavanderas que hubieran tenido algún accidente en el desempeño de su oficio.

El Asilo era insuficiente para acoger a la gran cantidad de niños que precisaban de sus servicios. Pa meter allí a un crío tié una que hablarse de tú con el Presidente de la República, comentaba Trini López, madre de doce hijos, en el año 1932. 

La década de los años treinta del siglo anterior fue el final de las lavanderas del Manzanares. El agua, poco a poco, iba subiendo a las casas y no se hacía necesario encargar el transporte, lavado, secado y entrega de las prendas a las mujeres que desempeñaban este duro oficio en los lavaderos o en el propio río.

Esta penosa profesión desaparecería del todo con las máquinas eléctricas para lavar ropa, que ya se iban instalando en las casas más acomodadas en la segunda mitad de los años treinta del siglo pasado.

 






8 DE MARZO, DÍA DE LA MUJER.

POR UN TRABAJO DIGNO.



Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
mcu.es
memoriademadrid.es

lunes, 3 de febrero de 2020

ESPECIAL BENITO PÉREZ GALDOS. (Parte I). GALDÓS Y MADRID.

Benito Pérez Galdós llegó a Madrid, procedente de Las Palmas de Gran Canaria, en el mes de septiembre de 1862. Aquel joven estudiante de Derecho desconocía por entonces que se iba a convertir en el mayor novelista español, después de Miguel de Cervantes. 

El realismo de su obra permite hoy conocer la vida popular del aquel Madrid del siglo XIX. Calles, establecimientos, oficios diversos, modas, festejos o espectáculos aparecen retratados en las novelas de Galdós, siempre acompañados por el lenguaje cotidiano y real de cada uno de sus personajes.

Con Álvaro Llorente, guía cultural de Madrid, vamos a visitar en este vídeo los lugares que tuvieron relación con la vida y la obra del genial Pérez Galdós. Recorreremos algunas de las calles en las que tuvo su domicilio, conoceremos muchos pormenores y curiosas anécdotas de su vida, visitaremos la Universidad Central donde estudió y nos adentraremos en el más puro Madrid galdosiano, siguiendo el itinerario que aparece en varias de sus más célebres novelas.





   
Antiguos Cafés de Madrid homenajea con este vídeo (1ª parte) la figura y la extensa obra de Benito Pérez Galdós, cuando se conmemora el primer centenario de su fallecimiento. La crónica de España y la historia de Madrid, que noveló este magnífico escritor, bien valen nuestra más sincera admiración.





  

martes, 28 de enero de 2020

CAFÉ DE PRADA, UNA TRAVESÍA Y UNA FUENTE.

La calle de San Bernardo, situada en el centro de Madrid, se llamó de los Convalecientes hasta que Felipe II mandó cerrar el hospital en ella ubicado y que le daba nombre. Poco después pasó a denominarse de los Convalecientes de San Bernardo, recogiendo así la denominación del convento dedicado a este santo y cuyo primer oficio fue celebrado en el año 1596. Ya en el siglo XIX, para distinguirla de otra más estrecha y con el mismo título, pasó a llamarse calle Ancha de San Bernardo (Ancha, para los del barrio), hasta que finalmente quedó con el escueto nombre de San Bernardo.


Fuente: mcu.es. Fotografía de Antonio Passaporte-Loty- entre 1927 y 1936. La calle de San Bernardo. A la derecha el inicio de la calle de los Reyes.

En el antiguo número 50 de esta vía (cuya casa ya derruida se corresponde con el actual número 40) vino a instalarse el Café de Prada, propiedad de Santiago Prada y cuya historia se remonta al año 1884.

Su servicio esmerado, la música de sus conciertos y un gran salón de billar harían del de Prada uno de los cafés de barrio más populares entre los estudiantes de la cercana Universidad Central de Madrid. Además, sería el lugar elegido por el periodista Emilio Carrere, los poetas Mauricio Bacarisse y Francisco Martínez Corbalán, el músico José Losada o el escritor antitaurino Eugenio Noel (Eugenio Muñoz Díaz), para la celebración de su tertulia.



Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1903).


El Café de Prada parece que comenzó su declive con la llegada del nuevo siglo. En su local comenzaban a reunirse pandillas de rateros que espantaban a la clientela y así Ricardo Prada, su dueño por entonces, traspasó el local que se convertiría en el Café Mercantil.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1907).
 
Poco duró el nuevo negocio a su dueño, Guillermo Encinas de la Nieta, ya que sólo un año y pocos meses después de su apertura sería declarado en quiebra por el Juzgado de Primera Instancia del distrito del Hospicio, como se anunciaba en el mes de agosto de 1907.

Durante los primeros días del mes de enero de 1908, y con nuevos propietarios apellidados Gabela, el Café Mercantil volvió a ser inaugurado. Estos reputados jefes de cocina y reposteros anunciaban selectos menús bien condimentados, manteniendo en su negocio la estupenda sala de billar y los hermosos conciertos, con una orquesta de veintidós músicos. Pero tampoco duraría demasiado este café de la calle de San Bernardo en sus manos. Dos años después, en 1910, sería adquirido por Crisanto García del Barrio, industrial propietario del cinematógrafo Franco-Español, situado en la calle del Duque de Alba (terreno que con posterioridad ocuparía el ya desaparecido Cine Alba).

El Café Mercantil fue noticia, a su pesar, por un hecho curioso. Dos días antes de ser asesinado José Canalejas Méndez (presidente del Consejo de Ministros en 1912) en la Puerta del Sol, su ejecutor Manuel Pardiñas pasó varias horas en el café. Tras ingerir varias copas de coñac, vermú francés y fumar algunos cigarros de la mejor calidad, mantuvo distendidas charlas con la clientela y los músicos que allí actuaban. Tras el atentado, la fotografía de Pardiñas fue publicada por los periódicos de la época y todos reconocieron al individuo que la noche de aquel domingo de noviembre estuvo en el Mercantil

Lo más singular de este caso fue que, al prestar declaración en el juzgado, compañeros y conocidos aseguraron que Pardiñas era un hombre bastante reservado, que no fumaba ni bebía y no le gustaba salir por la noche.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1932) y fotografía de la derecha M.R.Giménez (2020). La travesía de la Cruz Verde, con el Gran Café Bar Ideal, en 1932. El mismo lugar, hoy.

A principios del mes de marzo de 1916, en el mismo emplazamiento de la calle de San Bernardo, abriría un nuevo negocio con el título de Gran Café-Bar Ideal.

Suntuoso y refinado, sus nuevos dueños, Eduardo Arenal y Salvador Guinea, montaron en el nuevo café un servicio de pastelería, repostería y fiambres a domicilio, además de convertirlo también en chocolatería con precios económicos. Mantuvieron la sala de billar de cuatro mesas y el salón para las tertulias, en el que instalaron un elegante, artístico y magnífico piano orquestal norteamericano, equivalente a una orquesta de veinticinco profesores.

Hacia el año 1923 el Gran Café-Bar Ideal caería en declive, convirtiéndose en un modesto local en donde tomar un desayuno y salir por la puerta, pero manteniendo su sala de billar.

El edificio donde se ubicaron sucesivamente los cafés mencionados hacía esquina con la travesía de la Cruz Verde, que hasta el año 1835 se llamaba calle del Nabo. Con escasos veinte metros de longitud, esta pequeña travesía une las calles de San Bernardo y de la Cruz Verde.

Fuente: mcu.es. Fotografía de Juan M. Pando (1963). Así era la casa de la c/ de San Bernardo y la travesía de la Cruz Verde, donde se ubicaron estos cafés. El local terminó siendo ocupado por un banco.

Abastecida por el viaje de agua de Amaniel, vino a instalarse en esta travesía de la Cruz Verde una fuente de vecindad con forma de un jarrón grande de hierro. Corría el año 1848 cuando este caño vecinal fue inaugurado, reemplazando a la que fue famosa Fuente del Cura, situada en la cercana calle del Pez.  

Fuente: memoriademadrid.es (1864). Alfonso Begué. La Fuente de la Piña.

La fuente sería conocida como Fuente de la Piña por el vecindario y es muy posible que durante la Guerra Civil Española resultara destruida, siendo reemplazada por otra de piedra, también con un sólo caño y pilón.

Fuente: mcu.es (1963). Fotografía de Juan M. Pando. La travesía de la Cruz Verde con la fuente que reemplazó a la conocida como de la Piña.


Sería al principio de la década de los años setenta del siglo pasado, cuando el edificio y la fuente de la travesía de la Cruz Verde fueron demolidos.


Fuentes:

hemerotecadigital.bne.es
mcu.es
memoriademadrid.es
prensahistoriaca.mcu.es

martes, 7 de enero de 2020

DOS AÑOS DE CAFÉS. UN PASEO TRAS LAS CÁMARAS.

En Antiguos Cafés de Madrid estamos de celebración. Nuestra segunda temporada de vídeos, sobre la historia de esta fascinante Villa, ha tenido una gran acogida y queremos celebrarlo con esta nueva entrega, resumen del año, con escenas inéditas.


Dos paseos tras las cámaras. Antiguos Cafés de Madrid 


Mostramos aquí muchas de las historias que aún no habían visto la luz, curiosidades, tomas falsas y la simpatía de todos los que han hecho posible esta fantástica aventura que tiene por objeto descubrir Madrid.

Deseamos homenajear a todos los que han participado con nosotros, enseñándonos sus magníficos establecimientos centenarios, relatando las interesantes historias de los lugares más antiguos de Madrid y que aún continúan en activo, llevándonos a vivir las más curiosas tradiciones y deleitándonos con los mejores pitanzas. Con ellos hemos descubierto cuál es el hospital más longevo o el primer restaurante que se inauguró y hemos aprendido, entre otras muchas cosas, a identificar los restos de la Guerra Civil que aún se conservan en la Casa de Campo. Así mismo, nos han presentado al que fue el perro más famoso de la ciudad y hemos podido visitar la antigua estación del Metro de la Gran Vía, viajando en sus primeros vagones y ascendiendo por el famoso Templete del arquitecto Antonio Palacios.

El cariño y la amabilidad con que nos acogieron nuestros colaboradores se encuentra bien recogido en este nuevo trabajo.

Agradecemos muchísimo a quienes nos han seguido y comentado nuestros vídeos sobre la historia de esta magnífica ciudad. La enorme cantidad de cosas que hemos aprendido y podido transmitir a todos, es una parte de los proyectos que estamos preparando para la tercera temporada, que comienza a partir de ahora.

 ¡¡¡ MUCHAS GRACIAS A TODOS !!!

VAMOS A POR LA TERCERA TEMPORADA.




viernes, 27 de diciembre de 2019

ZAMBOMBAS Y PANDERETAS.

Tanto la plaza Mayor como su vecina la de Santa Cruz, fueron tradicionalmente mercado para todos los productos navideños. De ellas hoy sólo subsiste el de la primera; sus ordenados puestos se han especializado en la venta de figuritas para el nacimiento, adornos multicolores y artículos de broma. Los tenderetes dedicados al comercio de turrones, mazapanes, cascajo (mezcla de frutos secos) o pavos y capones vivos, pasaron a la historia a mediados del siglo XX. 


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1886). La plaza Mayor de Madrid y sus puestos de Navidad.

Parece que fue a lo largo del siglo XVII, cuando la madrileña plaza de Santa Cruz se llenó de puestos que vendían todo lo necesario para celebrar la Nochebuena, que por tradición debía ser ruidosa, como decía la copla: “Esta noche es Nochebuena y no es noche de dormir, que está la Virgen de parto y a las doce va a parir”

Tambores, chicharras, rabeles, panderos, panderetas y zambombas se agotaban en este mercado, cuyos compradores pasaban la fiesta cantando villancicos y canciones por las calles, pidiendo el aguinaldo. El ruido de estos instrumentos rústicos ensordecía a los habitantes de la Villa durante aquella celebración, pero contaba con el permiso del alcalde corregidor. 


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1886). Venta de panderos, panderetas y pavos.

El pandero y el tambor fueron dejando paso a la pandereta, mucho más barata y manejable durante una noche de jarana y para las pequeñas manos de los niños. La zambomba también prescindiría de su primitivo recipiente de barro, que sería sustituido por un envase de hojalata. 


Fuente: prensahistorica.mcu.es (1860). El ruido atronador de panderetas y zambombas.
En los primeros años del siglo XX hubo una célebre fábrica de zambombas y panderos en la calle del Mesón de Paredes de Madrid. Su plantilla, compuesta por familiares y vecinos del barrio, hoy sería considerada como un modelo a seguir en el mundo del reciclaje. 

El suministro de los materiales, para la fabricación de estos instrumentos, se iniciaba con la recolecta de los botes vacíos por parte del trapero, que los vendía a bajo precio en aquel taller de Lavapiés. Una vez allí se elegían los que no tuviesen abolladuras, retirándose sus tapas y comenzando así el proceso para construir las zambombas. 


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1935). Un operario de la fábrica de Lavapiés selecciona los botes para la confección de zambombas.
 
Una de las partes del recipiente se cubría con un tenso trozo de piel de carnero, gato o conejo, introduciendo en su centro una caña perpendicular. Por último se adornaba con papel de colores y una artística flor, en lo alto del instrumento. 

La zambomba estaba lista para acompañar a los villancicos. Tan sólo faltaba humedecer la mano del concertista, al deslizarla arriba y abajo de la caña, para obtener los sonidos. 


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1935). Fábrica de zambombas de la calle del Mesón de Paredes.

En la fabricación de panderetas y panderos se utilizaba una tira de madera cubierta, en uno de sus lados, por una piel fina y tensada. Los platillos, colocados en el lateral y convenientemente recortados, procedían de las tapas de los botes usados para las zambombas. 


 ¡¡¡ FELICES FIESTAS!!! ANTIGUOS CAFÉS DE MADRID.



Fuentes: hemerotecadigital.bne.es

lunes, 9 de diciembre de 2019

CASA MIRA Y SUS TURRONES.

Muy pocas son las centenarias pastelerías de Madrid que mantienen intacta su decoración. Aquellos magníficos aparadores de maderas nobles, los mostradores cubiertos de trabajados adornos, las enormes y llamativas lámparas o las estanterías con grandes cristales, hace ya muchos años que fueron sustituidos por el anodino aluminio y los soportes de metacrilato.

Antiguos Cafés de Madrid quiere hoy mostrar uno de los escasos comercios que aún se mantiene como en el siglo XIX. Casa Mira, que desde hace casi 140 años permanece inalterable en la Carrera de San Jerónimo, a pocos pasos de la Puerta del Sol.




Una fachada en madera de caoba, con cuatro columnas talladas, sirve de marco a la puerta de acceso. Su gran escaparate muestra los productos de esta fábrica de turrones, peladillas y mazapanes expuestos en la antigua rueda giratoria, una de las últimas que aún se conservan en Madrid.

Carlos Ibáñez Méndez, actual gerente, nos enseña aquí todos los detalles de este lujoso establecimiento inaugurado por su antepasado, Luis Mira de Jijona, narrando las muy curiosas anécdotas de una clientela que a lo largo de tantas décadas de existencia ha comprado sus famosos productos.

Sus muebles de caoba, las columnas de hierro que sujetan un techo adornado por las escayolas originales, los letreros en cristal que anuncian los géneros a la venta o un hermoso caramelero con veinticinco tarros, que contiene otros tantos tipos diferentes de estos artículos, nos trasladan a aquellos tiempos en los que los clientes disponían de sillas en las que, junto al mostrador, podían acomodarse para decidir sus compras.


lunes, 21 de octubre de 2019

SALÓN TEATRO JAPONÉS.

La moda del arte oriental influiría en occidente sobre todo desde el siglo XVIII. Las decoraciones de palacios, palacetes o teatros, el diseño del mobiliario y hasta el estampado de los tejidos adoptaron formas y dibujos exóticos. El gusto por el japonismo, las chinerías o los arabescos perduró hasta las primeras décadas del siglo XX.

En la madrileña calle de Alcalá, número 36 del año 1900, el día 1 de octubre, sería inaugurado el Salón Teatro Japonés.

Fuente: wikipedia.org. Fotografía: Manuel Compañy (1900). Entrada al Teatro Japonés.
 
Propiedad del empresario José (Pepe) Fernández, el Japonés era un salón pequeñito y coquetón, elegante y profusamente iluminado que programaba pequeños y variados espectáculos sin relación con lo que sugería el nombre del teatro. Cuplés, transformismo, bailes regionales o pequeñas obras teatrales constituían el entretenido programa de buen tono, sin cancioncillas obscenas ni faldas arremangadas, al que podían asistir las señoras y las señoritas, por melindrosas que fueran.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900 aprox.). Señalada con una flecha la entrada al Teatro Japonés de la calle de Alcalá.

Decorado por el dibujante, interiorista e ilustrador José Arija Saiz, con la ayuda de Pedro de Rojas, Joaquín Xaudaró o Francisco Navarrete, entre otros artistas, lo que más llamaba la atención del público era el telón de su escenario, con motivos japoneses, que se plegaba haciendo caer una graciosa guirnalda de flores. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900). Escenario con su guirnalda de flores. En escena Irma Darlot.

La pequeña sala estaba profusamente adornada por pinturas, farolillos, caretas y dibujos que rememoraban el arte japonés. Desde cualquiera de sus asientos se veía el escenario a la perfección.

Fuente: "Blanco y Negro" y memoriademadrid.es (1900). Detalles de la decoración interior.

Los decentísimos espectáculos del Teatro Japonés daban comienzo a las cinco de la tarde. Piezas cortas, breves y variadas distraían a un público diverso que veía desfilar por su escenario a las artistas, españolas y extranjeras, interpretando indistintamente couplets franceses y castellanos. Una de las más aclamadas fue Irma Darlot, con el diálogo “Fregolina”. Su transformación en doce personajes diferentes mereció los más entusiastas aplausos del público.

En el mes de marzo de 1902 el Japonés estrenó la obra bufa titulada “El pachá Bum-Bum y su harén”, en donde intervenía una joven de diecisiete años llamada Consuelo Vello Cano, más conocida por el nombre artístico de “Fornarina”. Interpretaba aquí un pequeño papel de esclava, vestida con una pudibunda y ceñida malla, que de inmediato desató las pasiones del respetable.



Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1902).Consuelo Vello "Fornarina" vestida para su papel en la obra "El pachá Bum-Bum y su harén".


Efímera fue la historia de este bonito Salón Teatro Japonés de varietés, que desaparecería a principios del año 1903 obligado por las exigencias del dueño de la finca. 

El local donde se situó el Teatro Japonés albergó, desde el mes de octubre de 1905, el comedor de la asociación privada “Gran Peña”, que con posterioridad poseería casa propia en el número 2 de la Gran Vía de Madrid.

La historia del edificio de la calle de Alcalá, número 16 (ya en el siglo XX), terminó en el mes de julio de 1919. Los famosos negocios que allí se instalaban, como el Café Suizo (1844) o el Hotel Continental, cerrarían sus puertas por derribo del inmueble sobre cuyo solar se edificaría el suntuoso Banco de Bilbao, del arquitecto Ricardo de Bastida.



 
Fuentes:
es.wikipedia.org
hemerotecadigital.bne.es
memoriademadrid.es