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miércoles, 3 de abril de 2019

LA ANTIGUA PASTELERÍA DEL POZO Y SUS TORRIJAS.

La Pastelería del Pozo, situada en la calle del mismo nombre, tiene el título de ser la más antigua de Madrid.

Su decoración no ha variado desde el inicio del siglo XIX. Alacenas de madera y cristal, lámpara de gas, diminutas sillas de espera, el viejo mostrador cubierto de mármol, su muy antigua caja registradora de marca National, balanzas y su magnífica fachada con el rótulo pintado a mano, como antaño se hacía, se muestran en este vídeo de Antiguos Cafés de Madrid.






Conocida a mediados del siglo XIX como “Horno y fábrica de bollos de la Esperanza”, en aquel obrador ya entonces se preparaban sus famosos hojaldres, el pan candeal y se asaban por encargo toda clase de carnes y pescados. En el año 1933 ya era propiedad de Julián Leal Charle, cuyos herederos en tercera generación continúan hoy con el negocio.

Antonio Pérez, Encargado del establecimiento, cuenta aquí los pormenores de tan viejo y tradicional horno pastelero que fue fundado nada menos que en el año 1830, cuando Madrid aún tenía muralla a su alrededor.

La pastelería guarda también una fotografía dedicada, expuesta junto al escaparate, del Premio Nobel Jacinto Benavente, amigo de los dueños de la casa. Todo aparece aquí rodeado de los espléndidos postres que allí se preparan, como si el tiempo se hubiera detenido.

El Maestro pastelero Ángel Villamil nos enseña, en el mismo obrador de la pastelería, como se hacen paso a paso las torrijas -propias de Semana Santa, pero que aquí se venden todo el año-. Su especial receta madrileña, propia de la casa, no ha variado desde el principio de la historia de este comercio casi bicentenario. 

martes, 19 de febrero de 2019

LA FONTANA DE ORO Y CASIMIR MONIER.

Entre los siglos XVII y XVIII la carrera de San Jerónimo de Madrid se vio edificada por numerosas casas propias de la grandeza. En la conocida por el nombre de Casa del Príncipe de las Torres vino a instalarse, en los años mediados del siglo XVIII, el muy conocido y novelado establecimiento de La Fontana de Oro.


Fuente: bvpb.mcu.es Plano de Madrid de Pedro Texeira (1656), en el que aparece señalada la Casa del Príncipe de las Torres, donde estuvo La Fontana de Oro.

Es muy posible que este negocio de La Fontana de Oro, situado en la esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, comenzara siendo una botillería en la que se vendían vinos y confites. El establecimiento iría ampliándose por el auge de tan concurrida calle y llegaría a convertirse en fonda y café.

Es sabido que hasta el año 1760 era una posada de caballeros y pertenecía a José Cirilo, quien la traspasó al hostelero veneciano José Barbarán cuando ya era conocida con el nombre de La Fontana de Oro. Más adelante, en la década de los años veinte del siglo XIX, otro afamado hostelero llamado Juan Antonio Grippini (dueño de la Fonda de San Sebastián) se haría con el establecimiento.

La Fontana era pues uno de los muchos negocios instalados en el gran caserón del Príncipe de las Torres, pero también se convirtió en el más conocido de la calle, sirviendo para ubicar a otras tiendas cercanas (junto a, enfrente de, a espaldas de). Su fonda y comedor eran de lo mejor en aquel Madrid del siglo XVIII, allí acudían tanto los tratantes de ganado para cerrar sus negocios como los jóvenes escribientes que buscaban trabajo.

En su planta baja se había instalado una tienda que vendía toda clase de bebidas frías, té, café y repostería. Con el tiempo, y poco antes de comenzar el siglo XIX, se convertiría en el famoso Café de La Fontana de Oro.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, en la actualidad. Allí estuvo el Café de La Fontana de Oro.





Según la descripción que realiza Benito Pérez Galdós en su novela escrita en el año 1868, con el nombre tomado de este popular café, La Fontana tenía dos recintos: en el primero se tomaban las consumiciones y en el segundo se discutía acaloradamente sobre política.

El local, estrecho e irregular en sus proporciones, no era demasiado grande. Sus bajos techos estaban sujetos por gruesas vigas de madera y, al hacerse café, fue decorado de forma lamentable. Las voluminosas columnas fueron pintadas en blanco y jaspeadas en rosa y verde, a modo de imitación del jade. También se les incorporaron grotescos capiteles con volutas pintados en color amarillo.

A lo largo del salón principal se colocó una cenefa de papel pintado con dibujos repetidos del cráneo de un macho cabrío, de cuyos cuernos se descolgaban cintas de flores que se remataban por enredados manojos de frutas. Los techos fueron decorados con pinturas al fresco por algún desatinado artista.

Cerca de la entrada al café se dispusieron espejos protegidos por una fina tela en color verde, con el fin de evitar el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle. A los lados de cada espejo se instalaron unos quinqués de luz mortecina, que despedían demasiado humo y un olor pestilente.

El mobiliario de La Fontana de Oro consistía en mesas de madera pintadas en color oscuro y cuya superficie, queriendo semejar el mármol, se había coloreado en blanco. Pequeños bancos dotados de cojines desvencijados, servían de incómodo asiento a los parroquianos del café.

Un ancho mostrador, colocado sobre un escalón en el que se situaba el responsable del negocio para atender los pedidos de la clientela, se remataba con destartalados anaqueles que contenían las botellas de bebidas, los bollos, las libras de chocolate y algunas frutas.

La época gloriosa e histórica del Café de La Fontana de Oro se situó entre los años 1820 y 1823, período conocido como el Trienio Liberal y en el que Fernando VII fue obligado a jurar la Constitución de 1812. Liberales y ultraconservadores disputaban en las reuniones del café subidos a las mesas, hasta que se dispuso una tribuna para los oradores. Entre los más elocuentes destacó el liberal Antonio Alcalá Galiano, que ocuparía diversos cargos políticos con posterioridad.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es. Discusiones políticas en un café del siglo XIX.


También el café de La Fontana era muy conocido por sus bailes de máscaras, allá por la década de los años treinta del siglo XIX. Junto a él, en el mismo edificio, vino a instalarse en 1836 un almacén de ropas teatrales conocido como “El de Rivera” con trajes de majas, aldeanos, egipcios y muchos más, en el que se podían alquilar los disfraces para aquellos bailes.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1836). Anuncio del almacén de Rivera, con disfraces para alquilar.

En el año 1841 Casimir Monier, librero y dueño de un famoso gabinete de lectura en la calle de la Montera, además de propietario de una casa de baños portátiles, se instalaría en el negocio de La Fontana de Oro, que terminó adquiriendo con posterioridad. Allí continuó con su afamada librería, conocida por el nombre de Casa de Monier, pero no fue el caso de la fonda a la que todo Madrid seguiría llamando como siempre. Por entonces el Café de La Fontana de Oro había desaparecido.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Placa que recuerda la Casa Monier, en la carrera de San Jerónimo.

Viajeros, turistas, mariscales o escritores como el creador de la novela “Los tres mosqueteros”, Alejandro Dumas, pasaron por la fonda de La Fontana de Oro cuando ya era propiedad del librero Monier

En el mes de marzo de 1856 la vieja casa de la carrera de San Jerónimo se vino abajo. Los negocios allí emplazados tuvieron que hacer almoneda apresuradamente de sus mercancías. Tan sólo un año después del derrumbe se edificó un nuevo edificio de viviendas, del arquitecto Jerónimo de la Gándara, que hoy podemos contemplar y que tiene su acceso principal por la calle de la Victoria, número 1.

Mientras, las deudas el librero Monier iban en aumento y sus negocios entrarían en concurso de acreedores. En el año 1858, lo que aún quedaba de sus libros y efectos personales, se vendían en almoneda. El empresario fallecería tres años después.







Fuentes:

bvpb.mcu.es
El antiguo Madrid: paseos históricos-anecdóticos por las calles y casas de esta villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Establecimiento de la Fontana de Oro” Ángel González Palencia.
hemerotecadigital.bne.es
Historia y Anécdotas de las Fondas Madrileñas” Peter Besas.
La Fontana de Oro” Benito Pérez Galdós.

miércoles, 2 de enero de 2019

UN AÑO DE CAFÉS. UN PASEO TRAS LAS CÁMARAS.

A lo largo de este año hemos enseñado muchas cosas en nuestro canal de YouTube “Antiguos Cafés de Madrid”.

Descubrimos historias, edificios, lugares o personajes de los que no todo el mundo habla, pero que fueron y son los que han hecho de la ciudad de Madrid lo que ahora es.

En este vídeo que aquí presentamos hay nuevas anécdotas, curiosidades e historias inéditas que nuestros amigos nos contaron y ahora ven la luz por primera vez. Sabremos, por fin, de dónde viene la expresión ¡Hasta luego, Lucas!. Conoceremos el ambiente de los antiguos cafés madrileños. Saborearemos las sopas Rumford o nos enteraremos del uso que se le daba a una peculiar argolla en la taberna más antigua de Madrid, entre otras muchas e interesantes cosas.



Un año de Antiguos Cafés de Madrid



Cerramos aquí nuestra primera temporada y comenzamos la segunda en el canal, agradeciendo a todos los que han colaborado con nosotros su simpatía, su paciencia, y todas las buenas e interesantes historias que nos han contado.

Olga María Ramos, cupletista y cupletóloga. Juan José Moreno, bibliotecario de la Fundación Fernando de Castro. Fátima de la Fuente, presidenta de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Julio Oliveros, propietario de la Taberna Oliveros. Antonio Pasies, escritor y bloguero. Alberto Arcos, bailarín y coreógrafo. Hugo Pérez de la Pica, director de teatro. Vicente Valdés. Luis Chamorro, dibujante. Christian Peña, coordinador del Museo Histórico Minero. 







martes, 4 de diciembre de 2018

TABERNA OLIVEROS DE EL RASTRO.

Quienes sean habituales de El Rastro de Madrid habrán pasado muchas veces por la calle de San Millán, frente a la plaza de Cascorro y muy cerca del Mercado de la Cebada.

Un gran cartel, en donde un orgulloso y risueño cocinero está cortando un jamón, reclama a quien le mira anunciando que “Para comer bien y barato” está en la calle de San Millán, 4. Allí, precisamente, se encuentra la antigua Taberna Oliveros, que abrió al público en el año 1857.
 
Aquellos eran por entonces “los barrios bajos” de Madrid y sus vecinos se ganaban la vida en los puestos de El Rastro o del mercado. A ellos se irían añadiendo quienes venían de otras zonas con el fin de vender frutas, verduras, carnes, animales vivos y también los que se dedicaban al transporte de personas y mercancías.

Muchas tabernas, tiendas de vinos, casas de comidas y cafés hubo en estas calles de La Latina, por donde se movía un público variopinto compuesto además por toreros con fama o sin ella y gentes de la cultura que se divertían escuchando la pintoresca forma de hablar de los parroquianos, para después ponerla en boca de los personajes de muchas obras de teatro y novelas de ambiente costumbrista. De todos estos negocios hoy sólo queda la Taberna Oliveros.

En este vídeo mostramos cómo es la taberna de la calle de San Millán, una de las más antiguas de Madrid, que mantiene intacta su decoración más que centenaria. 
Julio Oliveros, su propietario actual, nos cuenta la historia de sus pinturas murales, de los rótulos que prohíben cantar y bailar desde hace más de un siglo, de sus azulejos de Talavera de la Reina (Toledo). Nos mostrará también cómo era la típica barra tabernera de estaño, el grifo de vermut y su espléndida fachada decorada por el pintor Fidel Blanco.



 
 

martes, 20 de noviembre de 2018

CAFÉ DE LA ENCOMIENDA.


Quizá una de las calles más populares, costumbristas y parranderas de Madrid, durante las décadas finales del siglo XIX y las del inicio del XX, fue la antigua calle de la Encomienda, que todavía une El Rastro y la calle de Embajadores con el barrio de Lavapiés.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). La calle de la Encomienda


En esta de la Encomienda, en su número 16, estuvo desde el año 1908 el Teatro Nuevo con espectáculos de varietés, que en 1911 se convertiría en el Cine de la Encomienda y en los años cincuenta de pasado siglo pasó a ser el Cine Odeón, con nuevo y moderno edificio, que acaba de sucumbir bajo la piqueta.

Fotografía de la izquierda: viejo-madrid.es (1928). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2018). El Cine de la Encomienda y lo que hoy queda del Cine Odeón.


Un profesor de baile flamenco llamado Antonio Cansino Avecilla, tuvo en el número 10 de esta calle su estudio, allá por el año 1911. Con Cansino daría comienzo una saga de artistas, hijos y nietos, que emigrarían a los Estados Unidos de América en 1913. Su nieta, Margarita Carmen Cansino, que había comenzado su carrera con el nombre de Rita Cansino, sería conocida mundialmente como Rita Hayworth.

Fotografía de la izquierda: noticiariocentrodeandalucia.wordpress.com. Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2018). Antonio Cansino Avecilla con su nieta Rita Hayworth. Casa nº 10 de la calle de la Encomienda, donde este profesor de baile tenía su estudio.


Una calle tan animada como la de la Encomienda, a la que tampoco faltaba una Casa de Socorro en su número 21, no podía carecer de un café.


El local del número 19 de la calle de la Encomienda siempre estuvo ocupado por alguna tienda de vinos, cervecería o chocolatería, sin contar con un nombre específico de negocio. A partir del año 1882 allí se instaló el Café del Brasil, que alrededor de 1887 pasó a llamarse Café de Barcelona, siendo por entonces propiedad de Francisco Fonz.


El flamenco se había popularizado en los años finales del siglo XIX y en las siguientes décadas alcanzaría gran relevancia. 
 

El Café de Barcelona de la calle de la Encomienda se convertiría en un café de cante y baile, alrededor del año 1892 y poco tiempo después pasaría a ser conocido en todo Madrid como el Café de la Encomienda.


Fotografía: M.R.Giménez (2018). La fachada del Café de la Encomienda en la miniatura de Miguel Yunquera.


Su pequeño salón rectangular era servido por camareras y tenía en el fondo un pequeño tablao con descoloridas cortinas rojas a los lados. Junto a este escenario una varilla con media docena de pares de castañuelas, al alcance de los artistas, y en un nivel inferior un desvencijado piano. Era un café popular y modesto, con paredes forradas de recomendaciones para la clientela: “Se reserva el derecho de admisión”, “Se prohíbe subir al escenario” o “Hagan nueva consumición en cada actuación”.


Los guapos, eran los encargados de mantener el orden en el interior del Café de la Encomienda. Eran perdonavidas que trabajaban también en locales de juego. En las épocas en que estaba prohibido tirar de la oreja a Jorge (jugar apostando dinero), estos individuos se buscaban la vida impidiendo alborotos en los cafés.


Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1904). Interior del Café de la Encomienda.

Muchos fueron los artistas flamencos que comenzaron sus carreras en este café, que perduraría hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936). Sus nombres y repertorio figuraban en las pizarras que, a modo de cartelera del espectáculo, solían ponerse a la entrada del local.


Enrique Lara (bailaor), Rafaela Valverde (cantaora) primero conocida como “Tanguerita” por su corta edad y luego como “Tanguera”, Antonio Pozo “Mochuelo”, que fue el primer cantaor en presentarse ante el público bien vestido y sin vara para hacerse son, o el guitarrista Ramón Montoya, que en el año 1919 parece que se hizo cargo de este café. 

Fuente: memoriademadrid.es (1910).


Un artista singular de este local de la calle de la Encomienda sería  Baltasar Mathé. Con el nombre artístico  de “Mate sin pies”, por tener amputadas las dos piernas a la altura de las rodillas, era un bailarín de gran habilidad. Actuó por todo el país, en Londres y en París, a lo largo de su carrera.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Fachada actual de lo que fue el Café de la Encomienda.


El Café de la calle de la Encomienda sería el último de aquel Madrid flamenco en cerrar sus puertas. Tan sólo quedaría en las citas de las novelas de Pío Baroja y en la memoria de todos los artistas que por él pasaron, arriba de su escenario o formando parte del numeroso público que a él asistía. 




Fuentes:

Bibliotecavirtualmadrid.org
Hemerotecadigital.bne.es
“Los cafés cantantes de Madrid (1846-1936” José Blas Vega.
Memoriademadrid.es
Noticiariocentroandalucia.wordpress.com
Viejo-Madrid.es

lunes, 22 de octubre de 2018

UN TAPÓN, UN CAFÉ Y UNA FUENTE EN LA PLAZA DE CASCORRO.

La muy conocida plaza de Cascorro, cabecera de El Rastro madrileño, no siempre tuvo la fisonomía actual. Una manzana formada por siete casas y rodeada por las desaparecidas calles del Cuervo, San Dámaso y por la travesía del Rastro, obstaculizaba el paso a este gran mercadillo a su entrada desde la calle de los Estudios, formando el denominado “Tapón del Rastro”, hasta principios de la década de los años diez del siglo pasado.


Fuente: ign.es. Plano de Madrid de Carlos Ibáñez e Ibáñez Íbero (1879). El círculo señala lo que fue el "Tapón del Rastro" y las calles que lo circundaban.

En una de las casas de la referida manzana, vino a instalarse el que quizá fuera uno de los establecimientos más conocidos de los barrios bajos de Madrid, cuya calificación siempre fue la de cafetín  o cafetucho, dado el cariz de la parroquia que a él acudía. 

Situado en la esquina de la desaparecida calle de San Dámaso, el Café del Manco era un lugar sórdido y antihigiénico, de mesas desvencijadas, vasos desportillados y cucharillas de estaño. Golfos, pícaros y desheredados de la suerte solicitaban allí una consumición compuesta por uno de a cinco, tres bolas y medio ceneque (café de recuelo, buñuelos y medio pan) con el fin de pasar la noche cobijados del frío junto a las mesas del establecimiento.

Fuente: viejo-madrid.es (1912). El Café del Manco aparece en la esquina del "Tapón del Rastro".

Como en todos los cafés barriobajeros, el del Manco también se nutría de otro tipo de clientela. Por allí recalaban periodistas en busca de sórdidas noticias y dramaturgos, con ánimo de pegar la oreja, para observar a personajes y situaciones que después plasmarían en sus obras. Tal fue el caso de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo con su sainete “El chico del cafetín”, estrenado en el año 1911, y ambientado en este café.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1928). Los autores de "El chico del cafetín", Asenjo y Torres, caracterizados con la indumentaria de los parroquianos del Café del Manco.

El “tapón del Rastro”, sus siete casas y el Café del Manco cayeron bajo la piqueta para conformar la plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), que fue inaugurada oficialmente en el año 1914.

Nuevos edificios irían configurando esta plaza, a la que se dotaría también de una fuente con historia.

Fuente: memoriademadrid.es (1920) Fotografía de José Corral. El "Tapón del Rastro" ya no existía. Así era la plaza de Nicolás Salmerón, con su fuente.
 
La llamada Fuente del paseo de las Delicias fue una de las cuatro que vinieron a instalarse, durante la segunda mitad del siglo XVIII, en la salida de Madrid junto a la Puerta de Atocha. Dotadas todas ellas de gran pilón y surtidor, servían también para abrevar al ganado que salía o entraba por aquella parte de la ciudad.  

En el año 1850 la Puerta de Atocha, que formaba parte de la cerca de Felipe IV, fue derribada y aquellas cuatro fuentes iniciales desaparecerían de esta ubicación poco a poco. De ellas sólo supervivieron dos: la situada al principio de la ronda de Atocha y, la que nos ocupa, ubicada cerca del paseo de las Delicias.

Fuente: memoriademadrid.es (1864). Fotografía de Alfonso Begué. Esta es la Fuente de las Delicias en su primitiva ubicación, junto a la Puerta de Atocha.

Parece que la Fuente de las Delicias pasó de abrevadero a fuente vecinal para aquellos nuevos barrios que se iban formando al sur de la Puerta de Atocha, con el ensanche de Madrid. Su diseño barroco, que hasta entonces había pasado desapercibido para quienes describían el ornato de la ciudad, sería tenido en cuenta para embellecer las plazas reformadas por el Ayuntamiento.

Fue así como la Fuente del paseo de las Delicias fue instalada en el centro de la nueva plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), en 1913, un año antes de que fuese inaugurada.

Fuente: memoriademadrid.es (1922). Fotografía de Luis Huidobro. La Fuente de las Delicias ya en la nueva plaza de Nicolás Salmerón.
 
Aún podemos contemplar esta Fuente de las Delicias en el Parque de Eva Duarte, de la calle de Gómez Ulla, donde fue instalada en los años cincuenta del pasado siglo.
 
Fotografías: Manuel Chamorro (2018). Dos aspectos de la Fuente de las Delicias, hoy situada en el Parque de Eva Duarte.








Fuentes:


ign.es
hemerotecadigital.bne.es 
memoriademadrid.es 
Agradecimiento muy especial a Antonio Pasies Monfort, por su aportación sobre el Cafetín del Manco y a Manuel Chamorro, por sus fotografías.

martes, 18 de septiembre de 2018

DEL CAFÉ INGLÉS AL HOTEL INGLÉS.

Mediaba el siglo XIX cuando el Ayuntamiento de Madrid tuvo a bien cambiar el nombre de la calle Ancha de Peligros, que desde entonces pasó a llamarse calle de Sevilla.

Será a partir de esos años el momento en que esta zona de la ciudad comenzó su remodelación, derribando edificios antiguos y construyendo otros magníficos, convirtiendo callejones como el de los Gitanos en modernas vías como la calle de Arlabán y sustituyendo la antigua encrucijada de las Cuatro Calles por, desde el año 1912, la plaza de Canalejas.

Fuente: mcu.es (1900 aprox.). La calle de Sevilla y la plaza de las Cuatro Calles, al fondo.

En el número 4 de la calle de Sevilla, haciendo esquina con la entonces llamada de los Gitanos (hoy c/ de Arlabán), Manuel Antonio Fornos inauguró, el día 13 de febrero de 1859, el Café Europeo, local que ya existía con anterioridad. 

Un ancho y cómodo diván recorría las paredes del nuevo café, elegantemente decorado por un friso rojo situado en la parte superior de sus empapeladas paredes y que hacía juego con el tapizado de los taburetes instalados junto a las mesas de mármol. Ocho o diez grandes espejos, reflejaban la luz de la calle y de los enormes candelabros de bronce  que iluminaban su interior.

Como gran novedad se habían colocado perchas para los sombreros de la clientela, servida por mozos uniformados de negro y con corbatas blancas.

Seguramente Fornos, el dueño del local, tendría otros planes de negocio para su nuevo café de Fornos, que inauguraría en el año 1870 no muy lejos de la calle de Sevilla. El viejo Café Europeo pasaría a ser propiedad de José Zaragoza, quien lo convirtió también en restaurant, cambiando su nombre por el de Café Inglés.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (dibulo publicado en 1928). La fachada del Café Inglés hacía esquina entre las calles de Sevilla y de Arlabán.


Sólo ocho años duró la propiedad del Café Inglés en las manos de José Zaragoza. El día 15 de octubre de 1882 Agustín Ibarra reinauguraría este su reformado café-restaurant.  Ese mismo mes el Ayuntamiento de Madrid cambió el nombre de la estrecha calle de los Gitanos, que desde entonces se denomina de Arlabán.

Champán, buenos vinos y su excelente cocina hicieron del restaurante del Inglés un lugar al que el Madrid de catedráticos, jueces, afamados arquitectos, concejales, diputados y sociedades de escritores y artistas acudían para homenajear a sus próceres en numerosos banquetes.

Este mismo propietario convertiría el número 10 de la antigua calle del Lobo (hoy de Echegaray) en el alojamiento más moderno del Madrid de la época, el Hotel Inglés.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1886). Anuncios del Hotel Inglés, el año en que fue inaugurado.

El edificio del Hotel Inglés fue adquirido por Agustín Ibarra cuando aún estaba en construcción, inaugurando el establecimiento el día 16 de diciembre de 1886. Fue dotado de los más avanzados adelantos de la época: ascensor, calefacción a vapor, luz eléctrica y baños en todos los pisos, siendo el primero en Madrid en ceder habitaciones amuebladas, dejando al gusto del huésped el comer o no en el establecimiento. Entre sus servicios, también disponía de coche propio para el traslado de los clientes a todas las estaciones de tren de Madrid.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1915). Una habitación del Hotel Inglés.

Además de sus lujosas y ventiladas habitaciones, el hotel ponía a disposición de su clientela una sala de lectura y un magnífico comedor, con capacidad para cuatrocientas personas.

Fuente: mcu.es (Principios del siglo XX). Comedor del Hotel Inglés.

En el año 1911 el Hotel Inglés amplió su negocio adquiriendo la casa contigua del número 8 de, y desde el año 1888, la ya denominada calle de Echegaray. Tras dicha ampliación, cincuenta de sus ciento veinticinco habitaciones, ya estaban dotadas de cuarto de baño.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1915). Cuarto de baño de una habitación, tras la remodelación del Hotel.

El Hotel Inglés cambió su nombre por el de Imperio, en el año 1939, nada más terminar la Guerra Civil Española y retomaría su denominación antigua a finales de los años cuarenta del siglo pasado.

Con el paso del tiempo el establecimiento comenzaría su decadencia, a pesar de las  numerosas reformas llevadas a cabo en su interior.

Tras su cierre, en el año 2012, rehabilitado y moderno, ha reiniciado su actividad en 2018, por lo que continúa siendo el hotel con la marca más antigua de Madrid.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). El Hotel Inglés, en la actualidad, ha recuperado elementos del antiguo.

Mientras, la historia del viejo Café Inglés de la calle de Sevilla continuó adelante con nuevos dueños. El día 6 de septiembre de 1890 Fernando Yarto y Nicasio Ruiz, volvieron a abrir este renombrado café también con restaurant.


Fuente: bibliotecadigital.jcyl.es (1909). El Café Inglés de la calle de Sevilla, con su última decoración.

Decorado por el arquitecto Enrique María Repullés, el Inglés tenía un gran salón pintado en tonos claros y en su techo cuatro medallones, con frescos alegóricos a las distintas partes de un banquete.  

Para comidas más íntimas, se habían dispuesto varios gabinetes de estilos distintos. Así, el Pompeyano tenía dos grandes lámparas suspendidas por cadenas a un vástago horizontal rodeado por una serpiente. El Oriental se había decorado con estilo árabe. El llamado Luis XV era Rococó. El Japonés tenía lámparas de bambú con hojas y flores que salían de los marcos de los espejos que colgaban de sus paredes. Un quinto gabinete era de estilo moderno, como el comedor principal, y podía unirse a éste corriendo un falso tabique que los separaba.

Cada uno de los salones estaba decorado con frescos en paredes y techos, obra de los pintores Genaro Leal y Luis Muriel, Arroyo y Carrasco.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1908). El periodista Mariano de Cavia en el Gabinete Japonés del Café Inglés.

El Café Inglés de la calle de Sevilla, equina con la de Arlabán, desapareció con el derribo del viejo edificio donde se hallaba ubicado, en el año 1923.
 
Fuentes: Fotografía de la izquierda, bibliotecavirtualmadrid.org (1920 aprox.). Fotografía de la derecha de Antonio Passaporte -Loty- mcu.es (1928 aprox.). Dos aspectos de la calle de Sevilla. Señadado por la flecha aparece el que fuera Café Inglés.

En su lugar se construyó el inicialmente llamado Edificio de La Tabacalera, que hoy podemos contemplar.





Fuentes:
hemeroteca.abc.es
hemerotecadigita.jcyl.es
hemerotecadigital.mcu.es
mcu.es
prensahistorica.mcu.es