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lunes, 21 de octubre de 2019

SALÓN TEATRO JAPONÉS.

La moda del arte oriental influiría en occidente sobre todo desde el siglo XVIII. Las decoraciones de palacios, palacetes o teatros, el diseño del mobiliario y hasta el estampado de los tejidos adoptaron formas y dibujos exóticos. El gusto por el japonismo, las chinerías o los arabescos perduró hasta las primeras décadas del siglo XX.

En la madrileña calle de Alcalá, número 36 del año 1900, el día 1 de octubre, sería inaugurado el Salón Teatro Japonés.

Fuente: wikipedia.org. Fotografía: Manuel Compañy (1900). Entrada al Teatro Japonés.
 
Propiedad del empresario José (Pepe) Fernández, el Japonés era un salón pequeñito y coquetón, elegante y profusamente iluminado que programaba pequeños y variados espectáculos sin relación con lo que sugería el nombre del teatro. Cuplés, transformismo, bailes regionales o pequeñas obras teatrales constituían el entretenido programa de buen tono, sin cancioncillas obscenas ni faldas arremangadas, al que podían asistir las señoras y las señoritas, por melindrosas que fueran.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900 aprox.). Señalada con una flecha la entrada al Teatro Japonés de la calle de Alcalá.
 
Decorado por el dibujante, interiorista e ilustrador José Arija Saiz, con la ayuda de Pedro de Rojas, Joaquín Xaudaró o Francisco Navarrete, entre otros artistas, lo que más llamaba la atención del público era el telón de su escenario, con motivos japoneses, que se plegaba haciendo caer una graciosa guirnalda de flores.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1900). Escenario con su guirnalda de flores. En escena Irma Darlot.

La pequeña sala estaba profusamente adornada por pinturas, farolillos, caretas y dibujos que rememoraban el arte japonés. Desde cualquiera de sus asientos se veía el escenario a la perfección.

Fuente: "Blanco y Negro" y memoriademadrid.es (1900). Detalles de la decoración interior.

Los decentísimos espectáculos del Teatro Japonés daban comienzo a las cinco de la tarde. Piezas cortas, breves y variadas distraían a un público diverso que veía desfilar por su escenario a las artistas, españolas y extranjeras, interpretando indistintamente couplets franceses y castellanos. Una de las más aclamadas fue Irma Darlot, con el diálogo “Fregolina”. Su transformación en doce personajes diferentes mereció los más entusiastas aplausos del público.

En el mes de marzo de 1902 el Japonés estrenó la obra bufa titulada “El pachá Bum-Bum y su harén”, en donde intervenía una joven de diecisiete años llamada Consuelo Vello Cano, más conocida por el nombre artístico de “Fornarina”. Interpretaba aquí un pequeño papel de esclava, vestida con una pudibunda y ceñida malla, que de inmediato desató las pasiones del respetable.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1902).Consuelo Vello "Fornarina" vestida para su papel en la obra "El pachá Bum-Bum y su harén".


Efímera fue la historia de este bonito Salón Teatro Japonés de varietés, que desaparecería a principios del año 1903 obligado por las exigencias del dueño de la finca.

El local donde se situó el Teatro Japonés albergó, desde el mes de octubre de 1905, el comedor de la asociación privada “Gran Peña”, que con posterioridad poseería casa propia en el número 2 de la Gran Vía de Madrid.

La historia del edificio de la calle de Alcalá, número 16 (ya en el siglo XX), terminó en el mes de julio de 1919. Los famosos negocios que allí se instalaban, como el Café Suizo (1844) o el Hotel Continental, cerrarían sus puertas por derribo del inmueble sobre cuyo solar se edificaría el suntuoso Banco de Bilbao, del arquitecto Ricardo de Bastida.



 
Fuentes:
es.wikipedia.org
hemerotecadigital.bne.es
memoriademadrid.es

jueves, 22 de agosto de 2019

DOÑA MARIQUITA, CHOCOLATES Y BIZCOCHOS.

La historia de la chocolatería de Doña Mariquita, quizá la más famosa que tuvo Madrid, fue tan dilatada en el tiempo como olvidada hoy.

Cuando la ciudad contaba con doscientos mil habitantes, todas sus casas y calles cabían en una maqueta, el bandolero incruento Luis Candelas ya era prófugo y el absolutista Fernando VII mandaba en los destinos del país, es decir en el año 1828, Doña Mariquita instaló su establecimiento de refrescos, bizcochos y chocolates en la calle de Alcalá de Madrid.


Fotografía: M.R.Giménez (2015). Maqueta de León Gil de Palacio. Madrid en el año 1830.

Parece que Mariquita, valenciana de origen, tuvo siempre una especial maestría a la hora de preparar sus elegantes jícaras de chocolate, acompañadas de los dulces bolados o azucarillos; pero también dominaba la elaboración de los mejores mojicones de Madrid, para las meriendas ofrecidas a sus amistades. Fueron ellas quienes la animarían a abrir un negocio al público.

Fuente: ceres.mcu.es

Era, pues, el año 1828 cuando Doña Mariquita instaló su famosa chocolatería en el número 10 de la calle de Alcalá, junto a la Puerta del Sol.


Fuente: fotografía izquierda, hemerotecadigital.bne.es (1916). Fotografía derecha, M.R.Giménez (2019). La casa número 10 de la calle de Alcalá, donde estuvo situada la chocolatería de Doña Mariquita y el edificio que la reemplazó.


La fama del local, céntricamente situado, era cada vez mayor. Todo Madrid, desde la aristocracia hasta los forasteros, pasando por escritores y políticos, visitaban la tienda del rico chocolate y los ya famosos bizcochos de Mallorca (que pasaron a llamarse “mojicones” por los tortazos que se repartían los clientes para conseguirlos), cuya insuperable receta era guardada como un gran secreto familiar.

El local, de doscientos cincuenta metros cuadrados, tenía un pequeño salón siempre lleno de público y dos sótanos. Allí mismo estaba la cocina en la que se preparaban las consumiciones. Sobre su fachada de madera aparecía el rótulo que daba nombre al establecimiento, “Da. Mariquita”, y los productos a la venta.

A media tarde o a la salida de los teatros era frecuente que una multitud de clientes fueran a Doña Mariquita, que mantenía su local abierto hasta altas horas de la noche; pero en el año 1866 el conde de Cheste (Juan de la Pezuela), capitán general de Madrid, había dispuesto que la una de la madrugada era la hora en que se debía cerrar este tipo de establecimientos y no dudaba en vigilar, por sí mismo, el cumplimiento de su normativa.

Una noche de domingo del mes de septiembre Pezuela comprobó que el local estaba abierto, a pesar de haber pasado con mucho la hora de cierre. Entró en el salón y encontró en él a varios hombres importantes de la diplomacia y la política saboreando las delicias del lugar. El capitán, cortésmente, se dirigió a los presentes para recordarles las órdenes del cierre de los establecimientos e impuso una multa de dos mil reales a su dueña. A pesar de los ruegos de las personas importantes, la sanción tuvo que ser abonada.

Doña Mariquita falleció el día 16 de agosto de 1870 y muchos fueron los periódicos que dieron la noticia, más ocupados en informar respecto a si la famosa receta de los ricos bizcochos había sido transmitida a su única hija, heredera del establecimiento, que en reseñar otros datos de la famosa chocolatera.

El negocio continuaría adelante renovando el local y añadiendo nuevos productos a su menú, en competencia con los famosos cafés de la Puerta del Sol y de la propia calle de Alcalá, hasta que en el año 1926 se traspasó el establecimiento.

Los nuevos dueños dedicaron preferente atención a las especialidades de la casa: chocolates, mojicones, vinos, refrescos y exquisitos licores. El nuevo y renovado local de Doña Mariquita también ofrecía los novedosos cock-tails a la hora del aperitivo, servidos por un barman que enseñaba como realizarlos.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1928). El local de Doña Mariquita, tras la reforma.

En el año 1930 la oferta del negocio se incrementó con las comidas rápidas para quienes no tuvieran tiempo de ir a casa. Los llamados “lunchs” se componían de consomé, huevos, fiambres, emparedados, chocolate o café con mojicón por el precio de dos, tres o cuatro pesetas, dependiendo de la elección. Cuatro años después Doña Mariquita ya era restaurante, bar, pastelería y despachaba fiambres.


Fuente: madridciudadaniaypatrimonio.org (1942). Edificio del Banco Zaragozano que reemplazó la casa del nº 10 de la calle de Alcalá.

La casa del número 10 de la calle de Alcalá, que además de la famosa chocolatería era el emplazamiento de varias casas regionales, caería bajo la piqueta en el mes de diciembre de 1935. En su lugar se levantó el edificio estilo Art Déco del Banco Zaragozano, posteriormente propiedad de otras entidades bancarias, que en la actualidad es uno de los afectados por la denominada “Operación Canalejas”.




Fuentes:

ceres.mcu.es
hemeroteca.abc.es
hemerotecadigital.bne.es
madridciudadaniaypatrimonio.org
Papel y tinta” novela de María Reig.

lunes, 22 de julio de 2019

ESPUMOSOS HERRANZ, CALLE DE ALCALÁ.

El Palacio de la Equitativa, uno de los edificios más emblemáticos de Madrid, terminó de construirse en el año 1891.


Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org. El Palacio de la Equitativa, de las calles de Alcalá y de Sevilla, recién inaugurado.
 

Obra del arquitecto José Grases Riera para la Compañía de seguros de vida “La Equitativa”, el inmueble estaba dotado de los mejores avances técnicos de la época: luz eléctrica, modernos ascensores y calefacción a vapor. Su estructura no ha dejado de modificarse a lo largo del tiempo, pasando de las tres plantas iniciales a cuatro en la reforma llevada a cabo en el año 1920 para el Banco Español de Crédito. Treinta y cuatro años después volvió a crecer en tres nuevas alturas (dos de ellas retranqueadas) y en la actualidad, tras haber sido derruido por completo su interior, el nuevo edificio resultante verá incrementar nuevamente su elevación, desvirtuando por completo su proyecto original.

Fotografía: M.R.Giménez (2019). El Palacio de la Equitativa en la actualidad, aún en obras.


La Equitativa no fue en inicio la compañía que ocupó por completo las instalaciones de su flamante inmueble. Otros negocios (asesorías, empresas dedicadas al transporte, etc.) se instalarían en sus dependencias dejando los huecos de la planta baja, situados en las calles de Alcalá y Sevilla, para albergar lujosas tiendas de vestimenta, bazares, restaurantes y bares o joyerías. Entre ellos destacaría Espumosos Herranz, situado en el número 18 (después nº 14) de la calle de Alcalá.


Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1908). Fachada de Espumosos Herranz.


Jaime García Herranz Sánchez, químico e industrial, con laboratorio y negocio en Valencia, había inaugurado en enero del año 1891, en la Carrera de San Jerónimo, número 14, un despacho de vinos espumosos que podía competir dignamente con las mejores clases de champagne. Su marca, Espumosos Herranz, despachaba líquidos efervescentes, jarabes obtenidos de frutas naturales y también se dedicaba a proyectar instalaciones para fabricar bebidas gaseosas.

El agua de seltz (carbónica), muy de moda en aquellos años para curar las irritaciones del estómago, se distribuía en insalubres sifones de plomo hasta que la empresa francesa “Durafort et fils” consiguió realizar un modelo con piezas de cristal. Espumosos Herranz logró, en el año 1898, el privilegio exclusivo para utilizar este nuevo modelo de sifón, además de obtener la patente de un nuevo procedimiento mecánico para la fabricación de cualquier líquido espumoso, que consistía en un carruaje con todos los elementos necesarios para tal fin.


Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1908). Sifón higiénico de Espumosos Herranz.
 

El día 4 de junio de 1899, en el magnífico Palacio de la Equitativa, abriría al público el nuevo establecimiento de Espumosos Herranz, una preciosa y elegante instalación, con mármoles y espejos, decorada por el pintor Ruiz Conejo (¿Agustín?).


Fuente: memoriademadrid.es (1902). Interior del establecimiento de Espumosos Herranz, de la calle de Alcalá.


Aquel pequeño local incrementó su ya próspero negocio de la Carrera de San Jerónimo con productos destinados a calmar las afecciones de todo tipo. Así, despachaba ponches calientes al ron, durante el invierno, para evitar catarros y pulmonías; el agrio jarabe de agraz (jugo de uva sin madurar) para corregir y evitar los desarreglos intestinales; néctar con soda, kéfir del Cáucaso y sus ya famosas aguas alcalinas, litínicas, para enfermedades del hígado, diabetes y vías urinarias, que se embotellaban en el sifón higiénico, envasado en la fábrica que el establecimiento tenía en la calle de los Jardines, por entonces número 26.

El negocio familiar de los Espumosos Herranz continuaría abierto en la calle de Alcalá hasta los meses previos al inicio de la Guerra Civil Española (1936-1939). Tras la contienda, los locales comerciales del edificio de La Equitativa desaparecerían para ser ocupados por las dependencias del Banco Español de Crédito.



Fuentes:

bibliotecavirtualmadrid.org
hemerotecadigital.bne.es
memoriademadrid.es

miércoles, 21 de marzo de 2018

MAXIM’S EN MADRID.


Decía la prensa del año 20 del siglo pasado que el Madrid de entonces parecía trasplantado al corazón del viejo París. La calle de Alcalá, con las terrazas de sus cafés y los lujosos edificios ya inaugurados o en vías de concluir, era el epicentro de la vida madrileña junto a la cercana Puerta del Sol. 


A semejanza del famoso restaurante, inaugurado en el año 1893 en París, Madrid también tuvo su Restaurant Maxim’s Patisserie. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Fachada del Maxim's en la calle de Alcalá, con su terraza de sillones en mimbre.

Luis Mediero y José García, que habían viajado por el extranjero y apuntaron lo que por allá vieron, serían los primeros propietarios del Maxim’s, que abrió sus puertas el día 10 de octubre de 1917 en la calle de Alcalá, número 17, junto al Casino de Madrid. El nuevo establecimiento supuso un verdadero derroche de ingenio y de exquisito gusto en todos los detalles de los diversos departamentos. 

Con decoración de estilo Luis XVI, su fachada en madera estaba adornada por dos magníficas farolas y bajo ellas la terraza, con butacas de mimbre, que se mantendría abierta a lo largo de todo el año sobre la acera de la calle de Alcalá. 

En la planta baja había dos grandes salones. El principal se destinó a patisserie (pastelería) y bar americano, decorado en estilo inglés, con frisos de caoba y paredes forradas de riquísimo damasco color salmón, de las que pendían magníficos espejos; el otro salón se habilitó para restaurante y baile, con elegante decoración Luis XVI, que contrastaba sus paredes y techos pintados de blanco con el azul de las molduras, en forma de recuadro, que sobre ellos se habían instalado. Sus cuarenta mesas y doscientas sillas del gusto más refinado se iluminaban mediante plafoniéres y apliqués esparcidos por toda la sala. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Salón destinado a restaurante y baile.

Amenizados por la orquesta, Maxim’s proponía sus tés danzants y los suopers-tango, bailes por la tarde o tras la finalización de las funciones en los teatros cercanos, en los que tomar el té o cenar. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Bar americano en el segundo salón, de estilo inglés.
Una escalera, fabricada en caoba y bronce, comunicaba la planta baja del Maxim’s con los lindos saloncitos independientes situados en el entresuelo. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1917).
Anuncio de la inauguración del Maxim's.

Maxim’s encierra por la noche toda la leyenda mundana y divertida de la gente elegante de Madrid, se leía en la prensa del momento. A su entrada, un portero con librea sólo autorizaba el acceso a quienes fueran bien vestidos: pieles y joyas o pajarita y esmoquin. 

Lo que comenzaría siendo un lugar chic de ambiente aristocrático, para ir a cenar mientras se veía bailar a las parejas o se bailaba al son de la música de las orquestas más afamadas, se convirtió en el primer cabaret de Madrid. Lindas muchachas, alegres, desenvueltas y gráciles, generalmente extranjeras, asistían al Maxim’s con sus faldas cortas, posturas desenfadadas y bailes no exentos de picardía. La mujer también comenzaba a tomar posesión de las diversiones nocturnas. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Dibujo del interior del Maxim's.

La prensa más conservadora realizaba continuos ataques al Maxim’s, entre otras razones, por ser uno de los pocos sitios de Madrid con salón de juego autorizado. 

Por alguna razón, la historia del Maxim’s madrileño fue breve. Una década después de ser inaugurado, sus salones se convirtieron en el restaurante vasco Fígaro que, al año siguiente, se transformaría en el Café Colón situado junto al Café Regina, (cuya historia se puede leer pulsando sobre el nombre de estos cafés). 





Fuentes:

Hemeroteca.abc.es
Hemerotecadigital.bne.es