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Mostrando entradas con la etiqueta calle Alcalá. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 21 de marzo de 2018

MAXIM’S EN MADRID.


Decía la prensa del año 20 del siglo pasado que el Madrid de entonces parecía trasplantado al corazón del viejo París. La calle de Alcalá, con las terrazas de sus cafés y los lujosos edificios ya inaugurados o en vías de concluir, era el epicentro de la vida madrileña junto a la cercana Puerta del Sol. 



A semejanza del famoso restaurante, inaugurado en el año 1893 en París, Madrid también tuvo su Restaurant Maxim’s Patisserie. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Fachada del Maxim's en la calle de Alcalá, con su terraza de sillones en mimbre.

Luis Mediero y José García, que habían viajado por el extranjero y apuntaron lo que por allá vieron, serían los primeros propietarios del Maxim’s, que abrió sus puertas el día 10 de octubre de 1917 en la calle de Alcalá, número 17, junto al Casino de Madrid. El nuevo establecimiento supuso un verdadero derroche de ingenio y de exquisito gusto en todos los detalles de los diversos departamentos. 

Con decoración de estilo Luis XVI, su fachada en madera estaba adornada por dos magníficas farolas y bajo ellas la terraza, con butacas de mimbre, que se mantendría abierta a lo largo de todo el año sobre la acera de la calle de Alcalá. 

En la planta baja había dos grandes salones. El principal se destinó a patisserie (pastelería) y bar americano, decorado en estilo inglés, con frisos de caoba y paredes forradas de riquísimo damasco color salmón, de las que pendían magníficos espejos; el otro salón se habilitó para restaurante y baile, con elegante decoración Luis XVI, que contrastaba sus paredes y techos pintados de blanco con el azul de las molduras, en forma de recuadro, que sobre ellos se habían instalado. Sus cuarenta mesas y doscientas sillas del gusto más refinado se iluminaban mediante plafoniéres y apliqués esparcidos por toda la sala. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Salón destinado a restaurante y baile.

Amenizados por la orquesta, Maxim’s proponía sus tés danzants y los suopers-tango, bailes por la tarde o tras la finalización de las funciones en los teatros cercanos, en los que tomar el té o cenar. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Bar americano en el segundo salón, de estilo inglés.
Una escalera, fabricada en caoba y bronce, comunicaba la planta baja del Maxim’s con los lindos saloncitos independientes situados en el entresuelo. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1917).
Anuncio de la inauguración del Maxim's.

Maxim’s encierra por la noche toda la leyenda mundana y divertida de la gente elegante de Madrid, se leía en la prensa del momento. A su entrada, un portero con librea sólo autorizaba el acceso a quienes fueran bien vestidos: pieles y joyas o pajarita y esmoquin. 

Lo que comenzaría siendo un lugar chic de ambiente aristocrático, para ir a cenar mientras se veía bailar a las parejas o se bailaba al son de la música de las orquestas más afamadas, se convirtió en el primer cabaret de Madrid. Lindas muchachas, alegres, desenvueltas y gráciles, generalmente extranjeras, asistían al Maxim’s con sus faldas cortas, posturas desenfadadas y bailes no exentos de picardía. La mujer también comenzaba a tomar posesión de las diversiones nocturnas. 

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1920).
Dibujo del interior del Maxim's.

La prensa más conservadora realizaba continuos ataques al Maxim’s, entre otras razones, por ser uno de los pocos sitios de Madrid con salón de juego autorizado. 

Por alguna razón, la historia del Maxim’s madrileño fue breve. Una década después de ser inaugurado, sus salones se convirtieron en el restaurante vasco Fígaro que, al año siguiente, se transformaría en el Café Colón situado junto al Café Regina, (cuya historia se puede leer pulsando sobre el nombre de estos cafés). 





Fuentes:

Hemeroteca.abc.es
Hemerotecadigital.bne.es

martes, 12 de diciembre de 2017

RECUERDOS DE LOS CAFÉS MUSICALES, UNIVERSAL Y VARELA.

La historia de Madrid también puede contarse por medio de aquellos antiguos cafés, que ya no existen. Los más importantes contaban con afamados músicos y acreditadas orquestas, que ofrecían sus conciertos diarios en varias sesiones. Tal era el caso del Café Universal, de la Puerta del Sol, y del Café Varela, de la calle de Preciados, en los que la violinista Olga Ramos actuó durante varias décadas junto a su marido, Enrique Ramírez de Gamboa.

El ambiente de esos cafés, sus tertulias, aquellos personajes famosos que por ellos pasaron, las divertidas anécdotas y sus protagonistas… 

La cupletista Olga María Ramos nos relata un mundo de recuerdos, contados con gracia y desenvoltura, sobre estos antiguos cafés musicales que también pasaron a formar parte de la crónica de Madrid.





https://www.youtube.com/watch?v=TwTNaXgS6TY
"Recuerdos de los cafés Universal y Varela"


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miércoles, 4 de octubre de 2017

CAFÉ DE SÓLITO DE LA CALLE DEL PRÍNCIPE.

“¿Acabé de comer? A Sólito. Allí dos horas, dos cafés, y dos amigos.” Mariano José de Larra (1834).


Parece que el afamado repostero Antonio Sólito, especialista en quesitos helados y otras ambrosías, comenzó a ganar fama en el Madrid de 1816 trabajando en el café y botillería del Príncipe, situado en la calle del mismo nombre. Un año más tarde Sólito se trasladó al café del Buen Suceso, en la calle de Alcalá e inmediato a la desaparecida iglesia de la antigua Puerta del Sol. En el año 1820 inauguraría un primer local llamado café del Buen Gusto, también en la calle de Alcalá, y cuatro años más tarde (1824) instalaría otro café con ese mismo título, volviendo a la calle del Príncipe esquina con la de su travesía (absorbida ésta por la plaza de Santa Ana), frente al coliseo (hoy Teatro Español).


Fuente: Fotograría de Jean Laurent (1867-1872) mcu.es.
Fachada del Teatro Español, por entonces denominado Teatro del Príncipe. El Café de Sólito estuvo situado en el terreno correspondiente a la parte inferior de la fotografía.

El título de Café de Sólito aparece ya en el año 1828, siendo probable que fueran sus mismos parroquianos quienes renombraran al café del Buen Gusto con el apellido de su dueño y que éste decidiera, en un momento dado, cambiar de marca del establecimiento. 

Fuente: ign.es (1848). Plano de Francisco Coello y Pascual Madoz.
En el recuadro aparece la manzana de casas donde se ubicaba el Café de Sólito (señalado por la flecha), frente al teatro.

A principios de la década de los años treinta del siglo XIX, los cafés situados en los alrededores de la plaza de Santa Ana estaban de moda entre los escritores románticos, o los que pretendían llegar a serlo. Muchos de ellos frecuentaban El Parnasillo (café del Príncipe), pero al aumentar en su interior el elemento militar y político trasladaron sus tertulias a un lugar con menos alboroto. Fue así como el poeta José Zorrilla, los dramaturgos Antonio Gil Zárate y Antonio García Gutiérrez, el escritor y periodista Mariano José de Larra “Fígaro” y otros muchos comenzaron a frecuentar el Café de Sólito, omitiendo maliciosamente el esdrújulo al pronunciar el nombre del café.

Por lo regular la vida de un literato da principio en el Café de Sólito, se decía en alguna revista literaria de la época. En efecto, parece que éste era el lugar imprescindible para darse a conocer y hacerse amigo de los que llevaban el compás de la república literaria en Madrid; todo ello refrescado con licores, sorbetes, agraz frío (zumo de uva verde) y, por supuesto, de café. 

Fuente: Todocoleccion.net.(principios del siglo XX). M.R.Giménez (2017)
Ayer y hoy de la fachada del Teatro Español situado en la plaza de Santa Ana.

En otra de las tertulias instauradas en el Café de Sólito se fundó en el año 1836, a iniciativa de trece socios de tono señorial y aristocrático, lo que primero se denominaría Casino, después Casino del Príncipe y con el tiempo llegaría a ser el actual Casino de Madrid. Esta asociación, de la que en origen formaron parte militares, aristócratas y diplomáticos como Mariano Téllez de Girón, Fernando Fernández de la Peña, Carlos Latorre y diez socios más, iría incrementando su número y cambiando la ubicación de sus reuniones hasta llegar a construir su propio edificio en el año 1910, en la calle de Alcalá, número 15.

En el año 1841 la puerta del Café de Sólito fue escenario de lo que parecía un lance particular entre dos individuos, pero que dio mucho qué hablar en la prensa del momento. El día 23 de julio, a las nueve y media de la noche, el por entonces diputado y posterior Presidente del Consejo de Ministros Juan Prim Prats, descargó dos fuertes garrotazos contra el periodista e historiador Modesto Lafuente Zamalloa, que huyó despavorido mientras su bastón y su sombrero quedaron sobre el campo de batalla como trofeo del vencedor.

El altercado tuvo su origen en la publicación política y satírica “Fray Gerundio”, con la que Modesto Lafuente había comenzado su carrera literaria. En el número correspondiente al día 20 de julio de 1841, el autor hacía referencia al diputado Prim alterando su apellido: “Señor, se reconoce que el tal Prim o Pringue está a mal con todo lo que huela a sacris…” El aludido, sintiéndose insultado, remitió una carta al semanario exigiendo una rectificación. La respuesta inmediata resultó aún más sarcástica y como resultado se produjo la agresión.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1841).
Portada de "Fray Gerúndio". Publicación que contiene el artículo de la polémica.

Pocos años después, sobre 1845, el Café de Sólito desapareció debido al muy reclamado ensanche de la plaza de Santa Ana. La estrecha manzana de casas (por entonces señalada con el número 215) que ocupaba el espacio entre la plaza y la calle del Príncipe, frente al teatro y donde se ubicaba el café, fue demolida. Esta pequeña parcela sirvió para agrandar y ajardinar la plaza, cuyas obras de remodelación comenzarían alrededor del año 1868. 

Fuente: oldmapsonline.org (1879). Plano de Madrid de Carlos Ibañez Ibero.
La plaza de Santa Ana aparece con el nombre de plaza del Príncipe Alfonso. Las obras de su remodelación habían tenido lugar, desapareciendo la manzana de casas en la que se ubicaba el Café de Sólito (que estuvo en el sitio que marca la flecha)

Plaza, calle y teatro cambiaron varias veces sus nombres en función de los acontecimientos políticos e históricos. De esta manera la hoy plaza de Santa Ana fue así llamada hasta 1860, año en que fue renombrada como Príncipe Alfonso. Entre los años 1868 y 1887 pasó oficialmente a llamarse de Topete, para repetir después como Príncipe Alfonso y acabar, en el año 1931, llamándose de nuevo y hasta el momento plaza de Santa Ana.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1931).
Durante la II República Española, la plaza de Santa Ana recobra su nombre actual.

También la antigua calle del Príncipe cambió su nombre por el de calle de Izquierdo, tras la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. Diecinueve años después volvería a recuperar su antigua denominación, que aún conserva.

Fotografía: M.R.Giménez (2011).
La plaza de Santa Ana desde las puertas del Teatro Español.

El viejo coliseo, que en el siglo XVI comenzó llamándose Corral del Príncipe, pasó, tras varios incendios y numerosas reformas, a denominarse Teatro del Príncipe. Desde el año 1849 mantiene el nombre de Teatro Español.





Fuentes:

Cervantesvirtual.com
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Es.wikipedia.org
Hemerotecadigital.bne.es
Ing.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
“Manual de Madrid. Descripción de la Corte y de la Villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Mcu.es
Olmapsonline.org
Todocoleccion.net

miércoles, 1 de febrero de 2017

CAFÉ COLONIAL Y EL ULTRAÍSMO.

Si nos fijamos bien, el número 3 de la calle de Alcalá de Madrid hoy no existe. En la actualidad, y desde mediados de los años cuarenta del siglo pasado, lo ocupa una calle peatonal titulada Pasaje de la Caja de Ahorros.


Fuente: urbanity.es (1880). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2015).
En el año 1880 el edificio donde se situaba la tienda de vinos y la Fonda del Comercio se correspondía con el nº 1 de la calle de Alcalá. Junto a él, a su derecha, los toldos de la Farmacia de Vicente García Lomana, donde se instalaría después el Café Colonial. Hoy, la casa de este café no existe y en su lugar se abre el pasaje de la Caja de Ahorros.

Tras las obras de remodelación de la Puerta del Sol, ejecutadas entre los años 1857 y 1862, vino a instalarse la oficina de farmacia y laboratorio del doctor Vicente Lomana en el contiguo número 3 de la calle de Alcalá. Años después, en 1888, ese local albergaría uno de los más olvidados, pintorescos y concurridos cafés de Madrid, por sus tertulias literarias. El Café Colonial. 

Fuente: Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España. (1933).

El Colonial era un pequeño local, un café muy bonito al que iban cupletistas, actores, actrices, literatos, toreros… Nunca cerraba sus puertas, a excepción de las primeras horas del alba y para su limpieza. Dijeron de él que era el café de los artistas frustrados, por la gran cantidad de creadores desamparados que pasaron por sus mesas. En realidad fue el último café bohemio de Madrid.

Refugio tradicional de trasnochadores, fue el iniciador de las llamadas medias raciones, siendo el primero de los cafés en servir cocido, pote gallego, paellas en cacerola y suculentos solomillos, a cualquier hora del día.

Su salón principal estaba decorado con espejos en las paredes, veladores cubiertos de mármol y asientos tapizados en rojo, por lo que era conocido como “el café de los divanes” y apodaba sus mesas con el nombre del director correspondiente a cada una de las tertulias que allí se reunían. En el entresuelo tenía dispuestas varias mesas de billar de la marca Brunswick.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1912)
Interior del Café Colonial.

Parece que el Café Colonial tenía dos fisonomías diferentes: durante el mediodía y por la noche, era un lugar alegre donde se comía bien. De madrugada, su público era ruidoso y jaranero.

Cómicos de relevancia en las primeras décadas del siglo XX, como Loreto Prado y su inseparable Enrique Chicote, la bailaora Pastora Imperio o la popular cupletista Consuelo Portela “La Chelito”, asistían con frecuencia a El Colonial cuando terminaban sus espectáculos.

Alrededor del año 1915 ya era famosa la tertulia literaria compuesta por los periodistas José Ortega Munilla (padre del filósofo José Ortega y Gasset), Mariano de Cavia, los escritores Leopoldo Alas “Clarín", Manuel Fernández y González y el filósofo Miguel de Unamuno.

Sobre las mesas de El Colonial Enrique López Alarcón y Ramón de Godoy escribieron el drama en verso “La Tizona” (1914) y Fernando Mora la novela costumbrista titulada “La Magdalena en el Colonial” (1920). El autor José Augusto Trinidad Martínez Ruiz “Azorín”, dio nombre a la Generación del 98 en este café.

Fuente: bdh.bne.es (1905)
Calle de Alcalá. Señalada por la flecha, la ubicación del Café Colonial. 

Era el año 1916 cuando una mujer extraña, rubia, algo gordezuela y con aspecto no muy cuidado, comenzó a hacerse popular en los cafés de la Puerta del Sol. 

Llegaba después de medianoche al Café Colonial acompañada de un hombre anguloso, de perfil judío, pequeña barba, espesa melena y aspecto tan desaliñado como el de su compañera. Tras los cristales de sus lentes fosforescía la luz de una mirada penetrante y sonreía con perseverancia.

La mujer portaba siempre una voluminosa carpeta colgada del hombro, que contenía dibujos al pastel y trataba de vender a los parroquianos de los cafés, pidiendo por ellos sólo la voluntad. Mientras, su compañero se quedaba esperando en un rincón al fondo del Café Colonial con el cuello alzado de su gabán, quizá demasiado grande. 

Al fin se descubrió que ambos eran emigrados rusos y un día desaparecieron tras el rastrillo de la cárcel. Ella se llamaba Natalia Ivanovna Sedova y él Lev (Leiba) Davidovich Bronstein, más conocido por el nombre de León Trotsky.

Fuente: Hemeroteca de la B.N.E. (1912).
Cocina del Café Colonial.

Se puede decir que el Ultraísmo –el último de los ismos- se inició en el Café Colonial de la mano del poeta, escritor, ensayista, hebraísta y traductor Rafael Cansinos Assens (1882-1964) quien tuvo allí su tertulia, donde agitó y animó las vanguardias.

Surgido en el año 1918, el Ultraísmo fue un movimiento que pretendía renovar la poesía huyendo del tópico: Hay que dejar todo atrás. Hay que seguir adelante. Su manifiesto, editado en el año 1919, fue escrito en el Café Colonial por la tertulia de Cansinos Assens, que se reunía todos los sábados a las 12h. de la noche y concluía al amanecer.

Los ultraístas rechazaban la rima en la poesía rehuyendo lo sentimental, lo trágico y el intimismo. Por el contrario proponían la utilización de la metáfora, los neologismos, tecnicismos y las palabras esdrújulas, en sus composiciones. El manifiesto “Ultra” no contenía programa ni normas estéticas, era un movimiento literario y no una escuela; jamás se escribió nada contra los poetas anteriores.

Xavier Bóveda, Cesar A. Comet, Fernando Iglesias, Guillermo de Torre, Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias, J. Rivas Panedas, J. de Aroca, fueron los firmantes de aquel manifiesto “Ultra”, de acuerdo con la orientación de Cansinos Assens. A comienzos de los años veinte del siglo pasado en el Café Colonial se uniría a este movimiento un joven Jorge Luis Borges, que llevaría el Ultraísmo hasta Hispanoamérica. Otros poetas destacados en este movimiento fueron: Lucía Sánchez Saornil, Tomás Luque Moyano, Gerardo Diego Cendoya, Vicente Huidobro Fernández, Juan Chabás Martí y un largo etcétera.

Fuente: Biblioteca Nacional de España (1919).
Ejemplar de la revista "Cervantes" en la que aparece el manifiesto "Ultra" por primera vez.

El Colonial prosiguió con las tertulias, los bohemios, sus cenas especiales a tres pesetas, desde las 12 horas de la noche (1925) y con su famoso camarero Juanito Cruz, padre de veintisiete vástagos, toda una institución portasoleña.

En el mes de abril de 1936 se anunciaban las grandes reformas llevadas a cabo en el Café Colonial. Su nuevo dueño, Ramón Rubio, había encargado la remodelación del local al arquitecto Adolfo López-Durán Lozano. 

La planta baja de El Colonial se convirtió en un espacioso bar americano para el servicio de aperitivos, cervezas y vinos. El entresuelo fue dividido en diez comedores independientes que llevaban los nombres de ilustres parroquianos que habían pasado por el café a lo largo de la historia, con su retrato y biografía. (J. Romero de Torres, Frascuelo, Pérez Galdós, Gabriel y Galán, Martí –José-, EÇa de Queirós, Bretón). 

Fuente: Biblioteca Nacional de España (1936).
Interior de El Colonial con las puertas de los comedores y el interior de uno de ellos.

Tres meses después de la apertura del renovado Café Colonial comenzó la Guerra Civil Española. En el mes de noviembre de 1936 varias bombas incendiarias cayeron sobre el edificio de El Colonial y las casas colindantes, reduciendo a escombros su interior y provocando un fuego que tardó tres días en ser extinguido. 


Fuente: Pares.mcu.es (1936) Fotografía de Luis Lladó.
A la izquierda, la fachada del Café Colonial. Todas las casas quedaron destruidas.

Los edificios correspondientes a los números 1, 3, 5 y 7 de la calle de Alcalá, fueron demolidos, modificándose la disposición de la vía. 

Fuente: Pares.mcu.es (1936). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2014).
Principio de la calle de Alcalá, mismo lugar. Señalada por la flecha, la fachada del Café Colonial, destrozado.

A partir del año 1944 comenzaría la construcción del existente Pasaje de la Caja de Ahorros y del actual edificio que hoy se corresponde con el número 1 de esa vía.






Fuentes:

Bdh.bne.es
Cervantesvirtual.com
Es.wikipedia.org
Fundacion.cansinos.org
Hemeroteca del ABC
Hemeroteca de la B.N.E.
Mcu.es
Pares.mcu.es
Prensahistorica.mcu.es
Urbanity.es

martes, 10 de enero de 2017

CERVECERÍA BAVIERA DE LA CALLE DE ALCALÁ.

Instalada a todo confort y con lujo severo, la modernísima Cervecería Baviera fue inaugurada el jueves 11 de junio de 1931, en el entonces número 37 (hoy nº 33) de la calle de Alcalá de Madrid.


Fuente: B.N.E. (1931)
Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2016).
Fachada de la Cervecería Baviera cuando fue inaugurada y en la actualidad.

Propiedad de Esteban Salas, quien contaba con numerosos establecimientos de restauración en Barcelona, esta cervecería ofrecía refinamientos asequibles a precios económicos. Tapas patentadas, “foie-gras” y magníficos canapés de caviar recibido diariamente de Rusia por vía aérea, acompañaban a la rica y fresca cerveza madrileña o a la de marca Walsehim, allí servidas. El establecimiento completaba sus consumiciones con una carta de pescados y carnes cocinados en una parrilla a la vista del público.

Fuente: B.N.E. (1931)
Anuncio de la inauguración.

Instalada en un local de pequeñas proporciones, según la prensa del momento, su decoración imitaba a las cervecerías alemanas: paredes con friso rematado por listones, techo de vigas a la vista, abundantes mesas y sillas de robusta madera repartidas por todo su espacio y profusión de lámparas con acogedora luz. 

Fuente: B.N.E. (1931)

Con el objetivo de ofrecer una copa de champán al Jefe del Gobierno y a sus compañeros, así como a las Cortes Constituyentes, en la persona de Julián Besteiro el día 14 de agosto de 1931 llegaron a la Cervecería Baviera dos camareros barceloneses, tras realizar a pie el recorrido entre ambas ciudades. Juan Pascual y Andrés Carrión, desearon así homenajear a la recién instaurada II República Española, que había sido proclamada cuatro meses antes. 

Una gran multitud de simpatizantes republicanos se dieron cita en esta cervecería y con gran entusiasmo acompañaron a los dos camareros, que a las seis de la tarde de ese mismo día se dirigieron al Congreso para llevar a cabo el agasajo.

Fuente: Urbanity.es (década de los años 30 del siglo XX).
Fachada de la Cervecería Baviera señalada con una flecha y situada junto al Café Aquarium (pinchar para ver su historia).

Con el tiempo la Cervecería Baviera se convertiría también en restaurante. El negocio, que en el año 1972 fue traspasado por su primitivo dueño, reabriría con el mismo nombre en el mes de abril de 1981, conmemorando sus bodas de oro. 

Seis años más tarde el antiguo local de la Cervecería Baviera se convirtió en el restaurante Don Pelayo.

Fuente: ABC (1987)
Inauguración del restaurante Don Pelayo (antes Cervecería Baviera).

El edificio de la calle de Alcalá, número 33 fue construido en el año 1900. En la actualidad se encuentra en fase de rehabilitación, desocupado, tapiado y parcialmente demolido.




Fuentes:

Hemeroteca del ABC
Hemeroteca de la B. N. E.
Urbanity.es

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL TEATRO DE APOLO Y SU CAFÉ.

Muy conocida es la abundante historia del terreno que hoy ocupa el número 45 de la calle de Alcalá de Madrid. 


Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Antiguo edificio del banco de Vizcaya, donde estuvo el Teatro de Apolo.
Junto a él la iglesia de San José (s. XVIII).

Allí estuvo parte del convento de San Hermenegildo del Carmen Calzado desde el siglo XVI, dentro del que se vino a instalar el Café de Solís (que luego cambiaría su nombre por el de Café de Cervantes) hasta mediados del siglo XIX, cuando fue demolido el edificio.

Sobre dicho terreno se edificaría el famoso Teatro de Apolo, que en un primer momento llevó el nombre de Teatro de Moratín, siendo inaugurado el día 23 de noviembre de 1873.

Fuente: B.N.E. (1872).
Fachada del Teatro de Apolo al término de las obras. A la derecha se aprecia el primitivo nombre "Teatro de Moratín".

Propiedad del banquero José María Fontagud Gargollo, el Apolo fue construido dentro, y a la vez, de un edificio cuyos pisos superiores serían destinados al arrendamiento de particulares y oficinas. 

Este lujoso teatro de estilo Rococó francés fue diseñado por los arquitectos Próspero (¿) Chanderlot y F. Festau, ejecutando la obra Alejandro Sureda Chappron. 

En su fachada de piedra labrada se abrían tres grandes arcadas, destinadas al paso de carruajes. En cada uno de sus extremos había dos puertas más pequeñas que daban paso al público que a pie asistía a las representaciones, sirviendo además como portales de acceso a las viviendas superiores. Todas ellas se cerraban con cancelas de hierro. 

Fuente: Vitoria-gasteiz.org (1896).
Entrada lateral del Teatro de Apolo.

Cuatro máscaras, representando la comedia y la tragedia, separaban cada una de las arcadas de acceso; encima de ellas, relieves con guirnaldas de flores y frutos remataban las bases sobre las que se habían instalado cuatro estatuas que simbolizaban las artes escénicas. 

Nada más pasar al interior del teatro se llegaba en un ancho vestíbulo semicircular cubierto, por el que entraban y salían los carruajes de los más privilegiados, adornado por dos columnas de hierro fundido y otras seis que imitaban el mármol. Completaban la ornamentación estatuas de bronce, grandes maceteros, candelabros y multitud de lámparas. Una balaustrada de hierro separaba del público asistente la zona de paso de los vehículos. 

Fuente: Historias-matritenses.blogspot.com.es (Ricardo Márquez)
Vestíbulo del Teatro de Apolo con el paso de los carruajes.

Tras este primer vestíbulo se pasaba a una galería acristalada en donde se instalaron las taquillas y las oficinas. A su derecha se encontraba el primitivo café del teatro, con camareros de patillas alfonsinas y cuyo alumbrado tenía mecheros de gas con llamas en forma de abanico. En este café, algunos años después, el dramaturgo Carlos Arniches Barreda establecería su tertulia.

Un tercer vestíbulo, adornado con estatuas de bronce y arañas de cristal, daba acceso al patio de butacas y a las escaleras de mármol que conducían a los palcos de los pisos superiores. 

Con capacidad para 2.137 espectadores, el Teatro de Apolo era un coliseo suntuoso, digno, artístico y bello. Sus cuatro pisos habían sido decorados por artistas de renombre, como los pintores: Francisco Sans Cabot (techo de la cubierta), José Vallejo Galeazo (techo del teatro), Francisco Pla Vila (telón de boca) y Manuel Domínguez Sánchez. Giorgio Busato y Augusto Ferri se ocuparon del interiorismo y de la escenografía.

Fuente:Mcu.es (finales del siglo XIX).
En la fotografía de Jean Laurent se expone la muestra del pintor Francisco Sans Cabot, para la realización de la obra que ejecutaría en el techo de la cubierta del teatro.

El Teatro de Apolo estuvo destinado a la representación de obras dramáticas, en un primer momento. Los altos precios de sus entradas no eran accesibles para todo el mundo y la falta de calefacción (llegó a ser conocido como el Teatro de los Pozos de la Nieve), unida a que la mala orientación de algunos de sus palcos impedía ver la función, le hicieron decaer a partir del año 1878.

Una gran reforma del local tuvo lugar a principios de la década de los años ochenta del siglo XIX. El Apolo no sólo hizo más confortable la sala, sino que cambiaría completamente su repertorio para llegar a ser conocido a principios del siglo XX como La catedral del género chico, gracias a las representaciones de zarzuela. 

Andando el tiempo, en el Teatro de Apolo se inauguró un nuevo café. Inicialmente anunciado como elegante salón de té, la noche del 28 de abril de 1923 abrió sus puertas el Café Savoia.

Fuente: B.N.E. (1923)
Interior del Café Savoia cuando fue inaugurado.

Tomás Salcedo, propietario del nuevo café, quiso recrear un ambiente aristocrático en su establecimiento. Altos techos, friso de madera en paredes y columnas, además de un cómodo mobiliario con butacas tapizadas en pana y calefacción, conformaban una decoración severa y elegante.

El Savoia tenía dos plantas. A pie de calle, un amplio salón dotado de un pequeño bar lo comunicaba directamente con el teatro. En el piso superior o principal había dos preciosos salones, con preferencia para las señoras y acceso independiente por el portal de la casa.

El ambiente del Savoia variaba sustancialmente a lo largo del día. Desde su apertura hasta poco más de las seis de la tarde, el local se llenaba con gente de teatro. Actores, actrices, agentes y empresarios allí ultimaban los detalles sobre la formación de sus nuevas compañías. En este café se organizaron numerosos banquetes para homenajear a los compositores de las zarzuelas con mayor éxito en el Teatro de Apolo. 

A media tarde comenzaba la música de los conciertos, en su pequeño escenario dotado de tramoya, a los que solían asistir las niñas bien para tomar el té. En los salones superiores, comenzaban las tertulias.

Fuente: B.N.E. (1928)

El Café Savoia fue, a partir del año 1925, el domicilio social del Athletic Club (luego, Atlético de Madrid) y su entresuelo el lugar donde se instaló la secretaría de esta asociación. Allí se vendían las entradas para los partidos de fútbol y tenían lugar las reuniones de las juntas generales del club. 

Fuente: B.N.E. (1929).
Camareros despedidos por el cierre del Café Savoia, posando en el interior del establecimiento.

A pesar del gran éxito alcanzado por el Teatro de Apolo, en especial durante la última sesión de sus representaciones diarias llamada “La Cuarta del Apolo”, el edificio fue vendido y derribado para construir el banco de Vizcaya (actualmente ocupado por dependencias del Ayuntamiento de Madrid).

En el año 1921 la familia del banquero Gargollo, primer propietario del inmueble, lo había vendido por cinco millones y medio de pesetas a una sociedad. Poco tiempo después el edificio salió a subasta, siendo adquirido nuevamente por esos primeros propietarios y al mismo precio en que lo vendieron. 

A principios del año 1929 el banco de Vizcaya realizó una oferta de compra a la familia Gargollo, que accedió a la venta de la finca con la condición de que no sería destruido el popular coliseo. Como resultado final, el banco adquirió el edificio por cinco millones de pesetas, demoliéndolo por completo. Madrid perdió con ello uno de sus teatros más populares.

El Café Savoia fue el último superviviente de los negocios ubicados en este inmueble de la calle de Alcalá. Su propietario de entonces, Marcelino Gato de Gonzalo, tras cobrar su indemnización, anunció el cierre para el domingo día 3 de noviembre de 1929 publicando que toda la recaudación del día iría a parar a los treinta trabajadores del café, como única compensación por quedarse sin empleo. 






Fuentes:

Es.wikipedia.org
"Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero" Ángel Fernández de los Ríos.
Hemeroteca de la B.N.E.
Historias-matritenses.blogspot.com (Ricardo Márquez).
Mcu.es
Vitoria-gasteiz.org

jueves, 6 de octubre de 2016

CAFÉ DE LAS CUATRO ESTACIONES DEL PRADO.

La Fuente de las Cuatro Estaciones de Madrid, también llamada de Apolo, fue inaugurada en el año 1802 en el Prado de San Jerónimo (que hoy se corresponde con la primera mitad del paseo del Prado), formando parte de la ornamentación proyectada por el arquitecto Ventura Rodríguez para conformar el Salón del Prado: un paseo arbolado, ajardinado y jalonado de hermosas fuentes. 


Cuando todavía la calle de la Greda (hoy de Los Madrazo) no tenía salida hacia el Prado de San Jerónimo, ya que esos terrenos formaban parte del hospital e iglesia de San Fermín que allí se ubicaba, vino a inaugurarse el Café de las Cuatro Estaciones, frente a la fuente de la que posiblemente tomara su nombre. 

Fotografía: Charles Clifford (aprox. 1859). Bdh-rd.bne.es
Fuente de las Cuatro Estaciones o de Apolo en el Salón del Prado.

Fonda y café, el de las Cuatro Estaciones no sería el primero ni el último de los establecimientos madrileños del ramo en llevar este título y abrió al público el día 12 de abril de 1835. 

Plano de Madrid de Francisco Coello y Pascual Madoz (1848). Cartografiadigital.icc.cat
1) Salón del Prado 2) Fuente de las Cuatro Estaciones 3) Iglesia de San Fermín 4) Emplazamiento aproximado del Café de las Cuatro Estaciones.
Este café servía comidas diarias, al precio de veinte reales el cubierto, en un comedor con capacidad para 50 ó 60 personas y distribuía sus servicios de habitaciones y restauración entre varias de las plantas del edificio. El recinto del café tenía un bonito y bien alumbrado salón de columnas y dos salas laterales al raso. En el piso principal se dispusieron dos estancias, con separación para señoras y caballeros, cuidando de su aseo y demás un pobre de San Bernardino (asilo de indigentes) cuyo salario consistía en las propinas o limosnas que los concurrentes se sirvan dar. 

Especializado en helados a la santillé, ponche a la romana y barquillos rellenos adornados con huevos hilados, entre otras delicias, el café de las Cuatro Estaciones preparaba también menús de encargo. 

La situación privilegiada de este café, entre la frondosidad del arbolado y el ajardinamiento del Prado, hacían de él un lugar apropiado para multitudinarios banquetes patrióticos y homenajes como el que se brindó al actor Julián Romea Yaguas y a su esposa, la también actriz Matilde Díez, en el mes de febrero de 1839. Al convite asistieron el dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros y el poeta José de Espronceda Delgado, entre otros muchos invitados, siendo Matilde la única persona del bello sexo que podía alternar en una reunión tan peculiar.

Bailes y celebraciones, como la de la Noche de San Juan en la que el Café de las Cuatro Estaciones se siempre mantenía abierto, hacían de él un próspero negocio. 

Fuente: B.N.E. (1839)

En el año 1841 el café cambió de dueño y subió los precios, pero exhibiendo originales diversiones como el Nuevo grande espectáculo del Difanorama, estrenado el día 14 de julio de 1842. Estas funciones consistían en mostrar los llamados cuadros disolventes o ingeniosas vistas que, mediante la utilización de dos linternas, se iban disolviendo unas en otras creando efectos de transformación y movimiento. Así, se veía a una vaca bebiendo a la orilla de un río, moviendo la cabeza hasta llegar al agua; a un enfermo tomando su medicina o la erupción del Vesubio arrojando fuego y humo, entre otros veintiún cuadros con diversas panorámicas. (Hay que recordar que el cinematógrafo no se inventaría hasta cinco décadas después).

Fuente: scans.library.utoronto.ca
Fragmento del libro "Crónicas del tiempo de Isabel II" de Carlos Cambronero, publicado en 1913.

Algo antes de mediados del siglo XIX, las demostraciones de esgrima comenzaron a tomar importancia en los salones y el Café de las Cuatro Estaciones no se quedó atrás. Los más afamados profesores de esta disciplina se enfrentaron en este café a la espadachina belga Señora Boscocon reunión de las personas más distinguidas, durante el mes de diciembre de 1845.

Parece que el Cuatro Estaciones fue un café de tintes refinados a lo largo de los años cuarenta y cincuenta del siglo XIX. Sus espectáculos innovadores y los numerosos conciertos que ofrecía en su jardín, unido al restaurante del piso principal en el que se habían instalado comedores individuales para grupos, parecían atraer a lo más notable de Madrid. 

Todo cambió en el año 1861, ya que las deudas de sus propietarios hicieron subastar las 114 mesas de pino, las 300 sillas de haya y todos los enseres del Café de las Cuatro Estaciones.

En los primeros años de la década de los ochenta, del siglo XIX, los jardines y edificios de la manzana comprendida entre las calles de Alcalá, Marqués de Cubas (antes del Turco) y Los Madrazo (antes de la Greda) fueron derribados para construir en sus terrenos el Banco de España.




Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Cartotecadigital.icc.cat
Es.wikipedia.org
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.
Prensahistorica.mcu.es   

domingo, 25 de septiembre de 2016

ANTONIO SÁNCHEZ “EL TATO” Y SU PIERNA.

En la antigua plaza de toros de Madrid (1754-1801), aquella que estuvo situada extramuros y junto a la Puerta de Alcalá, el torero Antonio Sánchez “El Tato” fue corneado por el morlaco “Peregrino” la tarde del 7 de junio de 1869. Esa grave cogida ocasionó que el diestro perdiese su pierna derecha, tras serle amputada a consecuencia de la gangrena, una semana después del percance. 


Fuente: bdh-rd.bne.es (1855)
Antigua plaza de toros de Madrid situada junto a la Puerta de Alcalá.

“El Tato” pasaría a la historia tanto por su sobrenombre como por las peripecias de su pierna. 

En todos los cosos taurinos, cuando el diestro no era hábil con el estoque a la hora de matar, el público exclamaba ¡A ese no le mata ni “El Tato”! o ¡Anda y que te mate “El Tato”! (imprecación también usada para despedir a quien molesta). Más modernamente comenzó a utilizarse la expresión ¡No ha venido ni “El Tato”! alusiva a la falta de concurrencia, debido a que Antonio Sánchez figuró en gran parte de los espectáculos taurinos celebrados entre 1852 y 1869, además de no perderse muchos de los actos sociales de su tiempo.

Fuente: bne.es (publicada en el año 1897, tras su fallecimiento).
Fotografía del torero Antonio Sánchez, 

De rumboso, postinero y valiente tachaba la prensa de mediados del siglo XIX a Antonio Sánchez García “El Tato”, destacando sus estocadas a volapié (suerte de matar en la que el torero avanza hacia el toro echando la muleta a la derecha a la vez que clava el estoque). Afamado y muy querido por la afición de Madrid, la tremenda cornada que sufrió aquel 7 de junio de 1869 supuso una auténtica conmoción para sus seguidores que, cada día, esperaban impacientes el parte médico a la puerta de su casa, en la calle de Espoz y Mina.

Dos operaciones sin anestesia fueron necesarias para salvar la vida de “El Tato”. La primera, a cuatro dedos por debajo de la rodilla, amputó su pierna derecha que de inmediato fue llevada por los aficionados a la Farmacia de San José -también droguería, perfumería y laboratorio químico- de la calle de Fuencarral, número 11, esquina con la del Desengaño, número 2. (Esta casa, desaparecida cuando se construyó la Gran Vía, se situaba en la parte posterior de lo que hoy es el edificio de la Telefónica).

Fuente: bne.es (1869).
Noticia publicada en la prensa, al día siguiente de la amputación.

Con el propósito de ser embalsamada, la pierna de “El Tato” fue introducida en un frasco de cristal lleno de formol a la espera de los preparativos necesarios. Pero un grave incendio, debido a la explosión de un mechero de gas, se llevó por delante la farmacia, gran parte del edificio donde aquella se ubicaba y afectó a las casas colindantes de la calle de Fuencarral, el día 13 de julio, un mes después de la amputación. Innumerables seguidores de “El Tato” corrieron hacia el siniestro para salvar su reliquia, que sucumbió en el incendio como la gran mayoría de los objetos contenidos en el establecimiento.

Tras algo más de un año de convalecencia, Antonio Sánchez se movía con un ingenioso artilugio que le posibilitaba andar con agilidad y sin muletas. La prótesis originó contradictorias noticias en la prensa del momento.

Juan Antonio Palomo Sánchez, residente en Puertollano (Ciudad Real) y pastor de profesión, había construido una elaborada pierna artificial para “El Tato”. Su invento, supervisado por varios médicos, parece que obtuvo la concesión del Ministerio de Fomento para su fabricación y el posterior implante a otros discapacitados. 

Paralelamente a la noticia de la nueva pierna de “El Tato”, los periódicos informaban sobre la estancia en Londres del torero con el objeto de que le construyan un aparato-pierna para torear. Por este motivo desde el pueblo de Puertollano se dirigió una carta al periódico “El Imparcial” ante el temor de que charlatanes extranjeros plagiaran el invento de Juan Antonio Palomo, desprestigiando así la industria española.

Fuente: bne.es (1871).
Carta remitida al periódico "El Imparcial".

Antonio Sánchez “El Tato” falleció en el año 1895. Su prótesis pasó a ser posesión de Juan Bol Baryolo, coleccionista de todo cuanto al toreo hacía referencia y residente en Valencia. La recopilación de piezas, que Bol databa de forma minuciosa y guardaba en su casa, iba desde las cabezas de toros hasta las prendas ensangrentadas de los desafortunados matadores que resultaron corneados en diferentes corridas; trajes de luces, moñas, banderillas, capotes, estoques y un sinfín de utensilios constituían un museo taurino que, a decir de quienes lo visitaban, producía un hedor repugnante en la vivienda.

Fuente: larazonincorporea.blogspot.com (1900)
La pierna ortopédica de "El Tato" exhibida en la Exposición Universal de París.

Con motivo de la Exposición Universal de París, celebrada en el año 1900, pareció buena la idea de enviar allá muchos de los objetos reunidos en la colección del taurófilo Juan Bol. España vería así representada su fiesta nacional y enseñaría al mundo el arte de la tauromaquia. 

Entre los estoques enmarcados de los matadores “Guerrita” (Rafael Guerra Bejarano) y “Montes” (Antonio Montes Vico), se instaló la pierna ortopédica de Antonio Sánchez García “El Tato”, cuyo paradero se desconoce.



Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Es.wikipedia.org
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.
Larazonincorporea.blogspot.com.es
Prensahistorica.mcu.es