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jueves, 2 de noviembre de 2017

EL PALACIO DE MONISTROL O DE SÁSTAGO.

La hoy conocida como plaza de la Luna, y oficialmente llamada de Santa María Soledad Torres Acosta, albergó uno de los edificios con más historia del centro de Madrid: El Palacio de Monistrol, también conocido como de Sástago


La voraz fiebre especulativa de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado había dejado en el más absoluto abandono, durante demasiado tiempo, tanto al viejo caserón como a los inmuebles de su entorno. El estado ruinoso del conjunto llegó a suponer un peligro para los peatones, por el continuo desplome de cornisas y partes de la fachada de los edificios. 

Fue así como en el año 1969 comenzó el derribo de trece fincas comprendidas entre las calles de Concepción Arenal, Tudescos, y su desaparecido callejón, Luna y Silva, llevándose también al antiguo Palacio de Monistrol, con sus tres siglos de intensa historia. 

El terreno fue excavado para albergar las cuatro plantas de uno de los aparcamientos más importantes de Madrid, con capacidad para 600 coches sobre el que se planeaba construir una gran plaza con un bello jardín “tipo italiano” y un edificio comercial de cuatro o cinco pisos. Finalmente fueron construidos dos edificios de seis alturas y una escalonada plazoleta con algunos pequeños árboles, además del estacionamiento.

Fotografía: M.R.Giménez (2017)
La plaza de la Luna (Santa María Soledad Torres Acosta), donde se situaba el Palacio de Monistrol.

Los antecedentes de la vieja casona, que luego sería el Palacio de Monistrol, se remontaban a principios del siglo XVII. El plano de Pedro Texeira (1656) muestra, en la esquina de la calle de la Luna con la de Tudescos, lo que fue el imponente edificio del oidor (juez) Francisco de Tejada y Mendoza. La casa tenía una característica torre rematada por un chapitel austriaco. En el patio principal había una fuente artística entre arriates. 

Fuente: bvpb.mcu.es (1656).
Plano de Pedro Texeira. El antiguo edificio de Francisco de Tejada y Mendoza, situado en la calle de la Luna, aparece señalado por la flecha.

Tras sucesivas herencias, el edificio llegaría a ser propiedad de los condes de Sástago en el año 1731 y con posterioridad, tras el matrimonio entre la condesa Sástago y el marqués de Monistrol en el año 1857, sería conocido como Palacio de Monistrol.

Fueron varias las modificaciones que se ejecutaron en el viejo caserón de la calle de la Luna, a lo largo del tiempo. 

En el año 1782 el Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España, por abreviar) arrendó parte de la casa para instalar en ella sus dependencias. La obra de remodelación fue encargada al arquitecto Pedro Arnal, quien no parece modificara en el inmueble su severo aspecto, carente de toda ornamentación y trato neoclásico, dando incluso a sus comisas “la misma forma que tienen las antiguas”.

Fuente: archivesportaleurope.net (1885).
Fachada correspondiente a la calle de la Luna del Palacio de Monistrol, según proyecto del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco.

Los propietarios del Palacio de Monistrol o de Sástago sólo utilizaron como vivienda la parte noble del edificio, arrendando la planta a nivel de calle a diferentes negocios. 

El día 8 de octubre de 1826, en la esquina comprendida entre las calles de la Luna y de Silva, fue inaugurado el Teatro Pintoresco, que representaba espectáculos donde bailaban figuras mecánicas acompañadas por una brillante sinfonía. Siete años después la sala pasó a llamarse Teatro de Buena-Vista, en cuyas funciones intervenían compañías públicas, particulares o de actores y actrices aficionados. Tras su cierre, en el año 1876, el local se destinó a negocios relacionados con guarda y venta de muebles.

En la esquina opuesta del palacio, correspondiente con la calle de Tudescos, estuvo, ya en el año 1848, el famoso Café de la Luna: café amplísimo, dividido en grandes estancias de altos techos sostenidos por robustas columnas, así descrito tras la reforma efectuada en el año 1864. Frecuentado por artistas, escritores, periodistas y poetas, que allí tenían sus tertulias, era también un café musical con orquestas. Su dueño y creador, Joaquín Hevia, fue asesinado en el año 1890 protagonizando “El crimen de la calle de la Justa” (hoy calle de los Libreros), que tanto daría que hablar a la prensa del momento.

El Café de la Luna cerró en el mes de junio de 1908 y en su local se instalaron los Almacenes Eleuterio, en un principio especializados en pasamanería, tapicería y tejidos, que fueron inaugurados el día 11 de enero de 1909. El negocio llegó a ser muy popular, en especial durante la década de los años veinte y treinta del siglo pasado, abriendo varias tiendas en Madrid. El establecimiento de la calle de la Luna fue publicitariamente denominado como Almacenes CECA, para distinguirlo de la sucursal abierta en la calle de Fuencarral, que fue renombrada como MECA.

Fuente: prensahistorica.mcu.es
La fotografía de la izquierda, interior de los Almacenes Eleuterio, corresponde al año de su inauguración (1909).
A la derecha la fachada del Palacio de Monistrol en su esquina con la calle de Tudescos, en 1969. Se aprecia el rótulo en el que los almacenes aparecen renombrados como CECA.

Mientras todos estos negocios, y algunos otros de menor trascendencia, iban arraigando en el Palacio de Monistrol, sus dueños acometieron importantes remodelaciones en la antigua casona. Así, en el año 1885 se encargó una gran reforma del edificio al prestigioso arquitecto Ricardo Velázquez Bosco. 

Era un edificio espléndido, con todas las características del arquitecto, cerámica, logias (galerías cubiertas), columnas, soberbio portal con magnífica escalera, estancias decoradas con delicadas molduras clásicas, etc. En su decoración exterior intervino Daniel Zuloaga Boneta, quien aportó una ornamentación cerámica muy parecida a la del Palacio de Velázquez (también obra del arquitecto Velázquez Bosco), situado en El Retiro de Madrid. 

Fuente: urbanity.es (1969) - archivesportaleurope.net (1885).
En el torreón del Palacio de Monistrol, de la calle de la Luna esquina a la de Tudescos, se edificó el mismo balcón con arquería que figuraba en el proyecto de Ricardo Velázquez Bosco.
El Palacio de Monistrol contenía una valiosa colección de objetos que el marqués José María Escrivá de Romaní, coleccionista y académico de Bellas Artes, había ido recopilando a lo largo del tiempo. Tablas de Jean van Eyck, óleos de Juan de Juanes, retratos de Federico Madrazo y Francisco Masriera, admirables tapices flamencos y gobelinos, porcelanas del Buen Retiro y de Sèvres, antiguas cerámicas de Talavera, ornaban las estancias de la gran mansión de la calle de la Luna.

Fuente: memoriademadrid.es (1928) y B.N.E. (1914).
Dos aspectos de la amplia escalera del palacio. En la segunda fotografía se aprecia la silla de manos estilo Luis XV.

Traspasando el enorme zaguán de entrada, una amplia escalera daba acceso a la vivienda. En ella resaltaba el escudo de los Sástago, también las columnas que sostenían la bóveda y una dorada barandilla. En sus blancas formas se habían instalado dos piezas destacadas: el arcón tallado del siglo XV que fue joyero de Isabel la Católica y la silla de manos, estilo Luis XV, con que eran transportadas las visitas reales. 

Fuente: B.N.E. (1909 y 1914).
A la izquierda, el salón de baile. A la derecha, el salón de antigüedades.

Un gran número de salones, cada uno dedicado a un uso particular (de baile, antigüedades, de billar, de lectura) o designados por el color de la seda que recubría sus paredes (amarillo, verde, azul) se embellecían con muebles de ébano, algunos de ellos con incrustaciones de marfil, vargueños, estatuas de mármol, enormes espejos, antiguas armaduras y lámparas de cristal veneciano.

La fantástica colección de tapices del palacio cubría gran parte de las paredes, en aquellos salones con techos artesonados o cubiertos de pinturas al fresco. De ellos, los más valiosos, fueron destinados a la capilla que recibía luz cenital por medio de una pequeña cúpula.

Fuente: B.N.E. (1914).
A la izquierda, el comedor. A la derecha, la capilla.

La última propietaria que habitó en el Palacio de Monistrol de la calle de la Luna fue la condesa de Alcubierre. En el año 1907 encargaría una última remodelación, de algunas partes del edificio, al arquitecto Joaquín Saldaña López: modernizando varias habitaciones para uso personal y el garaje ubicado en la calle de Silva. Tras su fallecimiento, en el año 1927, los herederos del palacio disgregaron las joyas de arte que guardaba, destinando a diversos usos la mayoría de tan señoriales dependencias.

En el viejo caserón de la calle de la Luna, número 11 se fueron instalando tiendas, oficinas del Canal del Lozoya, talleres y pequeñas fábricas, además de los negocios ya citados. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) parte del edificio sería ocupado por sectores del sindicato C.N.T. Las habitaciones con más luz fueron divididas y transformadas en estudios para escultores y pintores como Juan Genovés Candel, quien allí trabajó desde el año 1954, convirtiendo su estudio en un lugar de encuentro de artistas y escritores. Academias de baile, como la de Emilia Ardanuy, y un taller en el que se pintaban las grandes carteleras con que los cines de Madrid, y en especial de la Gran Vía, anunciaban las películas en sus fachadas. 

A mediados de la década de los años sesenta del siglo pasado el Ayuntamiento de Madrid adquirió el Palacio de Monistrol, abonando a los propietarios la cantidad de diez millones de pesetas. Poco después comenzaría a tramitarse su expediente de demolición, no sin antes vender la magnífica escalera, el enorme portal adornado por gruesas columnas de granito y los mosaicos de Zuloaga que decoraban las tres fachadas del edificio, que fueron adquiridos por una señora extrajera, a buen precio, ofreciendo al capataz del derribo cien pesetas por cada azulejo intacto. 

En el mes de agosto de 1969 se dio la orden para la derribo del palacio, mientras los inquilinos se hacían fuertes en el interior del viejo caserón para evitar el desahucio.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1969).

Cuando ya llevaban tiempo deshaciéndolo, echaron abajo una pared y se encontraron con una gran sala entelada en azul y flores de lis en blanco, y un gran salón del trono. Por conversaciones entre los vecinos, se habló entonces de un título nobiliario, propietario del palacio, que había sido virrey de las Indias.


Para ampliar información sobre el Café de la Luna y el Teatrillo de Buenavista, pulsad aquí





Fuentes:

Archivesportaleurope.net
“Arquitectura y arquitectos madrileños del siglo XIX”. Pedro Navascués Palacio.
Bvpb.mcu.es
“El Banco de España en Madrid. Génesis de un edificio”. Pedro Navascués Palacio.
“El cine, la Gran Vía y yo”. Rosario González Truchado.
Es.wikipedia.org
“Guía del plano de Texeira (1656). Manual para localizar sus casas, conventos, iglesias, huertas, jardines, puentes, puertas, fuentes y todo lo que en él aparece”. María Isabel Gea.
Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es
Urbanity.es


Este artículo está dedicado a la memoria de Luisa Sánchez.

miércoles, 4 de octubre de 2017

CAFÉ DE SÓLITO DE LA CALLE DEL PRÍNCIPE.

“¿Acabé de comer? A Sólito. Allí dos horas, dos cafés, y dos amigos.” Mariano José de Larra (1834).


Parece que el afamado repostero Antonio Sólito, especialista en quesitos helados y otras ambrosías, comenzó a ganar fama en el Madrid de 1816 trabajando en el café y botillería del Príncipe, situado en la calle del mismo nombre. Un año más tarde Sólito se trasladó al café del Buen Suceso, en la calle de Alcalá e inmediato a la desaparecida iglesia de la antigua Puerta del Sol. En el año 1820 inauguraría un primer local llamado café del Buen Gusto, también en la calle de Alcalá, y cuatro años más tarde (1824) instalaría otro café con ese mismo título, volviendo a la calle del Príncipe esquina con la de su travesía (absorbida ésta por la plaza de Santa Ana), frente al coliseo (hoy Teatro Español).


Fuente: Fotograría de Jean Laurent (1867-1872) mcu.es.
Fachada del Teatro Español, por entonces denominado Teatro del Príncipe. El Café de Sólito estuvo situado en el terreno correspondiente a la parte inferior de la fotografía.

El título de Café de Sólito aparece ya en el año 1828, siendo probable que fueran sus mismos parroquianos quienes renombraran al café del Buen Gusto con el apellido de su dueño y que éste decidiera, en un momento dado, cambiar de marca del establecimiento. 

Fuente: ign.es (1848). Plano de Francisco Coello y Pascual Madoz.
En el recuadro aparece la manzana de casas donde se ubicaba el Café de Sólito (señalado por la flecha), frente al teatro.

A principios de la década de los años treinta del siglo XIX, los cafés situados en los alrededores de la plaza de Santa Ana estaban de moda entre los escritores románticos, o los que pretendían llegar a serlo. Muchos de ellos frecuentaban El Parnasillo (café del Príncipe), pero al aumentar en su interior el elemento militar y político trasladaron sus tertulias a un lugar con menos alboroto. Fue así como el poeta José Zorrilla, los dramaturgos Antonio Gil Zárate y Antonio García Gutiérrez, el escritor y periodista Mariano José de Larra “Fígaro” y otros muchos comenzaron a frecuentar el Café de Sólito, omitiendo maliciosamente el esdrújulo al pronunciar el nombre del café.

Por lo regular la vida de un literato da principio en el Café de Sólito, se decía en alguna revista literaria de la época. En efecto, parece que éste era el lugar imprescindible para darse a conocer y hacerse amigo de los que llevaban el compás de la república literaria en Madrid; todo ello refrescado con licores, sorbetes, agraz frío (zumo de uva verde) y, por supuesto, de café. 

Fuente: Todocoleccion.net.(principios del siglo XX). M.R.Giménez (2017)
Ayer y hoy de la fachada del Teatro Español situado en la plaza de Santa Ana.

En otra de las tertulias instauradas en el Café de Sólito se fundó en el año 1836, a iniciativa de trece socios de tono señorial y aristocrático, lo que primero se denominaría Casino, después Casino del Príncipe y con el tiempo llegaría a ser el actual Casino de Madrid. Esta asociación, de la que en origen formaron parte militares, aristócratas y diplomáticos como Mariano Téllez de Girón, Fernando Fernández de la Peña, Carlos Latorre y diez socios más, iría incrementando su número y cambiando la ubicación de sus reuniones hasta llegar a construir su propio edificio en el año 1910, en la calle de Alcalá, número 15.

En el año 1841 la puerta del Café de Sólito fue escenario de lo que parecía un lance particular entre dos individuos, pero que dio mucho qué hablar en la prensa del momento. El día 23 de julio, a las nueve y media de la noche, el por entonces diputado y posterior Presidente del Consejo de Ministros Juan Prim Prats, descargó dos fuertes garrotazos contra el periodista e historiador Modesto Lafuente Zamalloa, que huyó despavorido mientras su bastón y su sombrero quedaron sobre el campo de batalla como trofeo del vencedor.

El altercado tuvo su origen en la publicación política y satírica “Fray Gerundio”, con la que Modesto Lafuente había comenzado su carrera literaria. En el número correspondiente al día 20 de julio de 1841, el autor hacía referencia al diputado Prim alterando su apellido: “Señor, se reconoce que el tal Prim o Pringue está a mal con todo lo que huela a sacris…” El aludido, sintiéndose insultado, remitió una carta al semanario exigiendo una rectificación. La respuesta inmediata resultó aún más sarcástica y como resultado se produjo la agresión.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1841).
Portada de "Fray Gerúndio". Publicación que contiene el artículo de la polémica.

Pocos años después, sobre 1845, el Café de Sólito desapareció debido al muy reclamado ensanche de la plaza de Santa Ana. La estrecha manzana de casas (por entonces señalada con el número 215) que ocupaba el espacio entre la plaza y la calle del Príncipe, frente al teatro y donde se ubicaba el café, fue demolida. Esta pequeña parcela sirvió para agrandar y ajardinar la plaza, cuyas obras de remodelación comenzarían alrededor del año 1868. 

Fuente: oldmapsonline.org (1879). Plano de Madrid de Carlos Ibañez Ibero.
La plaza de Santa Ana aparece con el nombre de plaza del Príncipe Alfonso. Las obras de su remodelación habían tenido lugar, desapareciendo la manzana de casas en la que se ubicaba el Café de Sólito (que estuvo en el sitio que marca la flecha)

Plaza, calle y teatro cambiaron varias veces sus nombres en función de los acontecimientos políticos e históricos. De esta manera la hoy plaza de Santa Ana fue así llamada hasta 1860, año en que fue renombrada como Príncipe Alfonso. Entre los años 1868 y 1887 pasó oficialmente a llamarse de Topete, para repetir después como Príncipe Alfonso y acabar, en el año 1931, llamándose de nuevo y hasta el momento plaza de Santa Ana.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1931).
Durante la II República Española, la plaza de Santa Ana recobra su nombre actual.

También la antigua calle del Príncipe cambió su nombre por el de calle de Izquierdo, tras la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. Diecinueve años después volvería a recuperar su antigua denominación, que aún conserva.

Fotografía: M.R.Giménez (2011).
La plaza de Santa Ana desde las puertas del Teatro Español.

El viejo coliseo, que en el siglo XVI comenzó llamándose Corral del Príncipe, pasó, tras varios incendios y numerosas reformas, a denominarse Teatro del Príncipe. Desde el año 1849 mantiene el nombre de Teatro Español.





Fuentes:

Cervantesvirtual.com
“Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero” Ángel Fernández de los Ríos.
Es.wikipedia.org
Hemerotecadigital.bne.es
Ing.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
“Manual de Madrid. Descripción de la Corte y de la Villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Mcu.es
Olmapsonline.org
Todocoleccion.net

lunes, 17 de abril de 2017

CAPELLANES, MUCHO MÁS QUE UN CAFÉ.

La calle de Capellanes (actual c/ del Maestro Victoria y antes de Mariana Pineda) albergó, desde el año 1559, uno de los edificios con la historia más versátil de Madrid: La Casa de la Misericordia. 


Maqueta de León Gil de Palacio (1830).
Entre la Puerta del Sol y la plaza de las Descalzas, señalada por una flecha, aparece la Casa de la Misericordia.

La Casa de la Misericordia, que comenzó siendo hospital y más tarde vivienda para capellanes, pasó a alojar diversos negocios tras la desamortización de 1836: juzgados, imprentas, salones de alquiler, bailes, cafés y varios teatros. El precio de esta casa fue tasado para su venta en 2.538.396 reales en 1837.

A partir del año 1850, y tras acometer no pocas reformas en su interior, la antigua Casa de la Misericordia se convertiría en los salones de baile más famosos de la historia del Madrid del siglo XIX. 

Su espléndido patio central fue cubierto, adornado con grandes espejos y formidables lámparas. El local se alquilaba, sobre todo para las fiestas de máscaras en carnaval, a todo tipo de asociaciones. Allá bailaban las damas ilustres junto a sus cocineros, las modistas y los grandes de España, las doncellas con los señoritos camuflados tras los diversos disfraces. Así este salón sería conocido con el nombre de Baile de Capellanes, enclavado en la por entonces triste, desierta y oscura calle de Capellanes, número 10, con vuelta a la calle de la Tahona de las Descalzas.

Fuente: Es.wikipedia.org
"Baile de Capellanes" pintado entre 1860-1865 por Ricardo Balaca Oreja-Canseco.

En el mes de marzo de 1860 el baile fue convertido en el primer teatro-café de Madrid. En la parte izquierda de la entrada a su salón principal se construyó un pequeño escenario, se instaló un ambigú o cantina y pasó a llamarse Teatro-café de Capellanes. 

El reconvertido salón de espectáculos también se ubicó en el antiguo patio del edificio, que ya antes había sido techado. Sus cuatro grandes columnas, que ejercían de soporte, entorpecían la vista de las representaciones desde algunos veladores que se habían dispuesto en las galerías que rodeaban la sala. Pero nada de esto importaba porque, tras la función, todo el mundo deseaba participar en el baile final.

Había comenzado la moda de los teatros líricos, así llamados porque amenizaban con música entre cada uno de los espectáculos del programa. Dos reales daban derecho a ver las funciones del día y a una consumición de café o helados por valor equivalente. Las mujeres tenían la entrada gratuita.

Fuente: bdh-rd.bne.es (1873)

El de Capellanes fue uno de los primeros locales de Madrid en popularizar el baile del can-can y las críticas encolerizadas no se hicieron esperar. Mientras la autoridad competente exigió a las bailarinas el uso de pololos, la voz del púlpito de la iglesia de Montserrat expelía encolerizada: “Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais saltando”. 

En el mes de enero de 1868 el Teatro-café de Capellanes acometió reformas tanto en sus localidades como en el palco escénico y pasó de denominarse Teatro de Alarcón. Su programación era muy similar a la de su antecesor combinando obras teatrales con música y baile, en un primer momento. Alrededor del año 1870 las funciones de teatro parece que habían ganado la partida.

El negocio de la calle de Capellanes volvió a cambiar de dueño, inaugurando el Teatro-café del Liceo en el mes de diciembre de 1874. Este nuevo teatro estaba decorado por el magnífico escenógrafo Eduardo Montesinos.

Por fin, el día 20 de mayo de 1875, aquel coliseo de la calle de Capellanes se convirtió en un lugar elegante, cómodo, limpio y aseado, a decir de la crítica del momento, al inaugurarse allí Teatro de la Risa.

Fuente: B.N.E. (1882)
Teatro de la Risa.

Completamente restaurado, el de la Risa era un teatro de aspecto distinguido y confortables localidades. La embocadura del escenario era sencilla y de buen gusto tras de la que caía un gran telón, obra del pintor Francisco Plá Vila, de colorido vigoroso y buena entonación.

El programa del Teatro de la Risa contenía la representación de varias comedias, entre las que una orquesta interpretaba sinfonías y algún solista novel ejecutaba piezas al violín. El espectáculo se completaba con una exhibición de danza a cargo del cuerpo de baile de la compañía.

La historia del famoso número 10 de la calle de Capellanes volvió a reescribirse con un nuevo cambio de dueño y la correspondiente remodelación del local. El día 30 de abril de 1884 se inauguró el Salón Romero, propiedad del empresario y editor musical Antonio Romero Andía.

Fuente: Mcu.es (1884-1896). Fotografías de Jean Laurent.
Dos aspectos del Salón Romero y su magnífica decoración.

Con capacidad para seiscientos espectadores, el lujoso Salón Romero fue destinado a conciertos. Una parte del recinto fue reservada para el depósito de las nueve mil obras musicales del fondo editorial de su propietario, que además exponía ciento treinta pianos y harmonios en los laterales de la sala.

Fuente: Fotografía de la izquierda Pinterest.com (1884). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017)
Vistas tomadas desde el mismo lugar de la plaza de las Descalzas. A la izquierda aparece señalado el Salón Romero el mismo año de su inauguración y a la derecha el edificio que hoy ocupa su lugar.

Romero no escatimó en la opulenta decoración de su Salón, dotado de excelente resonancia y un magnífico alumbrado. Las obras fueron dirigidas por el arquitecto José Marín-Baldo Caquia y su hijo, José Marín-Baldo Burgueros, realizó las pinturas del proscenio y el gran medallón del techo que representaba la alegoría de la Música de baile. El pintor Manuel Picólo López intervino en los ocho retratos de compositores que en sendos medallones adornaban el techo del Salón, así como en los que representaban a la Música religiosa y a la militar. El escenógrafo y pintor Pedro Valls ejecutó otro medallón conteniendo la imagen de la Música imitativa, revistiendo también los muros del local con veinte tapices pintados que mostraban escenas de zarzuelas y óperas. En la fastuosa decoración del Salón Romero intervinieron además el escultor Miguel Ángel Trilles, con cuatro bustos instalados en la cúpula central, y José Aterido, realizando los calados en zinc de las lucernas.

Fuente: Hemerotecadigital.bne.es (1885).

Los viejos muros del siglo XVI de la calle de Capellanes, número 10, aún albergarían otro elegante y último teatro. Propiedad de la Sociedad Olimpia, el día 4 de febrero de 1897 quedó inaugurado el Teatro Cómico.


Fuente: B.N.E. (1933)
Fachada del Teatro Cómico.

Con capacidad para ochocientos espectadores el Teatro Cómico modernizó algo de la vieja estructura del antiguo Salón Romero, pero mantuvo gran parte de su preciosa decoración. El escenario de la antigua sala de conciertos elevó su altura y abrió un espacio, delante del proscenio, donde se situaría la orquesta. 

Aunque fue dotado de un nuevo y potente alumbrado eléctrico el nuevo teatro tenía la desventaja de impedir la visión de las funciones en muchas de sus localidades, debido a las grandes columnas que sustentaban el techo cerrado del primitivo patio donde estaba ubicado. Fue así como, pocos meses después de ser inaugurado, volvió a realizar importantes obras en su interior.

Arrendado por la compañía propietaria al actor Enrique Sánchez de León, el proyecto del nuevo Teatro Cómico sería encargado al arquitecto Julio Martínez-Zapata Rodríguez, quien desmantelaría la antigua cúpula y sus gruesas columnas para realizar un moderno recubrimiento con soportes más estrechos, subiendo la altura del techo para dotar de más amplitud al local. La nueva estructura daría espacio para levantar dos pisos cómodos y elegantes, distribuyendo las localidades en varias zonas bien repartidas, separadas por anchos pasillos, a las que se sumaron veintiséis nuevos palcos a derecha e izquierda de la embocadura del escenario y en el entresuelo, además un palco regio. 

La inclinación del suelo, hasta entonces plano, de la zona correspondiente al patio de butacas fue modificada dando ciertas garantías visuales contra la altura excesiva de los sombreros de las señoras. Allí se instalaron confortables asientos en madera de nogal, colocados en rampa.

Una nueva obra, en el año 1922, modernizaría aún más el Teatro Cómico haciendo desaparecer las pinturas y el ornato del antiguo Salón Romero, por completo. Sus paredes se pintaron en colores marfil y oro, tapizando los pasillos y el techo con telas de claras tonalidades.


Fuente: diariomadrid.net (1968)
Fachada del Teatro Cómico poco antes de ser derruido.

En octubre de 1969 la piqueta entró sin compasión tanto en el Teatro Cómico como en los edificios circundantes, para convertir el terrero correspondiente al número 10 de la calle del Maestro Victoria (antigua de los Capellanes y de Mariana Pineda) en una explanada que serviría de atrio para la entrada del nuevo edificio de unos grandes almacenes.






Fuentes:

Bdh-rd.bne.es
Diariomadrid.net
“En las Descalzas Reales de Madrid. Estudios históricos, iconográficos y artísticos” Elías Tormo.
Es.wikipedia.org
“Guía de Madrid” Ángel Fernández de los Ríos.
“Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España”
“Las calle de Madrid” Pedro de Répide.
Mcu.es
Pinterest.com
Prensahistorica.mcu.es

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL TEATRO DE APOLO Y SU CAFÉ.

Muy conocida es la abundante historia del terreno que hoy ocupa el número 45 de la calle de Alcalá de Madrid. 


Fotografía: M.R.Giménez (2014)
Antiguo edificio del banco de Vizcaya, donde estuvo el Teatro de Apolo.
Junto a él la iglesia de San José (s. XVIII).

Allí estuvo parte del convento de San Hermenegildo del Carmen Calzado desde el siglo XVI, dentro del que se vino a instalar el Café de Solís (que luego cambiaría su nombre por el de Café de Cervantes) hasta mediados del siglo XIX, cuando fue demolido el edificio.

Sobre dicho terreno se edificaría el famoso Teatro de Apolo, que en un primer momento llevó el nombre de Teatro de Moratín, siendo inaugurado el día 23 de noviembre de 1873.

Fuente: B.N.E. (1872).
Fachada del Teatro de Apolo al término de las obras. A la derecha se aprecia el primitivo nombre "Teatro de Moratín".

Propiedad del banquero José María Fontagud Gargollo, el Apolo fue construido dentro, y a la vez, de un edificio cuyos pisos superiores serían destinados al arrendamiento de particulares y oficinas. 

Este lujoso teatro de estilo Rococó francés fue diseñado por los arquitectos Próspero (¿) Chanderlot y F. Festau, ejecutando la obra Alejandro Sureda Chappron. 

En su fachada de piedra labrada se abrían tres grandes arcadas, destinadas al paso de carruajes. En cada uno de sus extremos había dos puertas más pequeñas que daban paso al público que a pie asistía a las representaciones, sirviendo además como portales de acceso a las viviendas superiores. Todas ellas se cerraban con cancelas de hierro. 

Fuente: Vitoria-gasteiz.org (1896).
Entrada lateral del Teatro de Apolo.

Cuatro máscaras, representando la comedia y la tragedia, separaban cada una de las arcadas de acceso; encima de ellas, relieves con guirnaldas de flores y frutos remataban las bases sobre las que se habían instalado cuatro estatuas que simbolizaban las artes escénicas. 

Nada más pasar al interior del teatro se llegaba en un ancho vestíbulo semicircular cubierto, por el que entraban y salían los carruajes de los más privilegiados, adornado por dos columnas de hierro fundido y otras seis que imitaban el mármol. Completaban la ornamentación estatuas de bronce, grandes maceteros, candelabros y multitud de lámparas. Una balaustrada de hierro separaba del público asistente la zona de paso de los vehículos. 

Fuente: Historias-matritenses.blogspot.com.es (Ricardo Márquez)
Vestíbulo del Teatro de Apolo con el paso de los carruajes.

Tras este primer vestíbulo se pasaba a una galería acristalada en donde se instalaron las taquillas y las oficinas. A su derecha se encontraba el primitivo café del teatro, con camareros de patillas alfonsinas y cuyo alumbrado tenía mecheros de gas con llamas en forma de abanico. En este café, algunos años después, el dramaturgo Carlos Arniches Barreda establecería su tertulia.

Un tercer vestíbulo, adornado con estatuas de bronce y arañas de cristal, daba acceso al patio de butacas y a las escaleras de mármol que conducían a los palcos de los pisos superiores. 

Con capacidad para 2.137 espectadores, el Teatro de Apolo era un coliseo suntuoso, digno, artístico y bello. Sus cuatro pisos habían sido decorados por artistas de renombre, como los pintores: Francisco Sans Cabot (techo de la cubierta), José Vallejo Galeazo (techo del teatro), Francisco Pla Vila (telón de boca) y Manuel Domínguez Sánchez. Giorgio Busato y Augusto Ferri se ocuparon del interiorismo y de la escenografía.

Fuente:Mcu.es (finales del siglo XIX).
En la fotografía de Jean Laurent se expone la muestra del pintor Francisco Sans Cabot, para la realización de la obra que ejecutaría en el techo de la cubierta del teatro.

El Teatro de Apolo estuvo destinado a la representación de obras dramáticas, en un primer momento. Los altos precios de sus entradas no eran accesibles para todo el mundo y la falta de calefacción (llegó a ser conocido como el Teatro de los Pozos de la Nieve), unida a que la mala orientación de algunos de sus palcos impedía ver la función, le hicieron decaer a partir del año 1878.

Una gran reforma del local tuvo lugar a principios de la década de los años ochenta del siglo XIX. El Apolo no sólo hizo más confortable la sala, sino que cambiaría completamente su repertorio para llegar a ser conocido a principios del siglo XX como La catedral del género chico, gracias a las representaciones de zarzuela. 

Andando el tiempo, en el Teatro de Apolo se inauguró un nuevo café. Inicialmente anunciado como elegante salón de té, la noche del 28 de abril de 1923 abrió sus puertas el Café Savoia.

Fuente: B.N.E. (1923)
Interior del Café Savoia cuando fue inaugurado.

Tomás Salcedo, propietario del nuevo café, quiso recrear un ambiente aristocrático en su establecimiento. Altos techos, friso de madera en paredes y columnas, además de un cómodo mobiliario con butacas tapizadas en pana y calefacción, conformaban una decoración severa y elegante.

El Savoia tenía dos plantas. A pie de calle, un amplio salón dotado de un pequeño bar lo comunicaba directamente con el teatro. En el piso superior o principal había dos preciosos salones, con preferencia para las señoras y acceso independiente por el portal de la casa.

El ambiente del Savoia variaba sustancialmente a lo largo del día. Desde su apertura hasta poco más de las seis de la tarde, el local se llenaba con gente de teatro. Actores, actrices, agentes y empresarios allí ultimaban los detalles sobre la formación de sus nuevas compañías. En este café se organizaron numerosos banquetes para homenajear a los compositores de las zarzuelas con mayor éxito en el Teatro de Apolo. 

A media tarde comenzaba la música de los conciertos, en su pequeño escenario dotado de tramoya, a los que solían asistir las niñas bien para tomar el té. En los salones superiores, comenzaban las tertulias.

Fuente: B.N.E. (1928)

El Café Savoia fue, a partir del año 1925, el domicilio social del Athletic Club (luego, Atlético de Madrid) y su entresuelo el lugar donde se instaló la secretaría de esta asociación. Allí se vendían las entradas para los partidos de fútbol y tenían lugar las reuniones de las juntas generales del club. 

Fuente: B.N.E. (1929).
Camareros despedidos por el cierre del Café Savoia, posando en el interior del establecimiento.

A pesar del gran éxito alcanzado por el Teatro de Apolo, en especial durante la última sesión de sus representaciones diarias llamada “La Cuarta del Apolo”, el edificio fue vendido y derribado para construir el banco de Vizcaya (actualmente ocupado por dependencias del Ayuntamiento de Madrid).

En el año 1921 la familia del banquero Gargollo, primer propietario del inmueble, lo había vendido por cinco millones y medio de pesetas a una sociedad. Poco tiempo después el edificio salió a subasta, siendo adquirido nuevamente por esos primeros propietarios y al mismo precio en que lo vendieron. 

A principios del año 1929 el banco de Vizcaya realizó una oferta de compra a la familia Gargollo, que accedió a la venta de la finca con la condición de que no sería destruido el popular coliseo. Como resultado final, el banco adquirió el edificio por cinco millones de pesetas, demoliéndolo por completo. Madrid perdió con ello uno de sus teatros más populares.

El Café Savoia fue el último superviviente de los negocios ubicados en este inmueble de la calle de Alcalá. Su propietario de entonces, Marcelino Gato de Gonzalo, tras cobrar su indemnización, anunció el cierre para el domingo día 3 de noviembre de 1929 publicando que toda la recaudación del día iría a parar a los treinta trabajadores del café, como única compensación por quedarse sin empleo. 






Fuentes:

Es.wikipedia.org
"Guía de Madrid, manual del madrileño y del forastero" Ángel Fernández de los Ríos.
Hemeroteca de la B.N.E.
Historias-matritenses.blogspot.com (Ricardo Márquez).
Mcu.es
Vitoria-gasteiz.org

martes, 8 de diciembre de 2015

MAGIC-PARK, PASEO DE ROSALES.

Allá por la última década del siglo XIX el paseo de Rosales (hoy del Pintor Rosales) casi no rebasaba los límites de la cuesta de Areneros -que desde el día 8 de marzo de 1889 se denomina calle del Marqués de Urquijo- en el hoy barrio de Argüelles de Madrid. Fue por aquel entonces cuando vino a instalarse el Lavadero de Argüelles, en el número 26 de Rosales (aproximadamente el nº 38 actual) y cuya trasera se correspondía con la calle de Ferraz.


Fuente: Idehistoricamadrid.cchs.csic.es (1900).
Plano de Facundo Cañada López en el que aparece, señalado en azul, el Lavadero de Argüelles.

Dos décadas más tarde, los terrenos de aquel lavadero de barrio iban a convertirse en el parque de recreos más grandioso y elegantísimo de Madrid. Magic-Park sería inaugurado el sábado 14 de junio de 1913, a las nueve de la noche, en los terrenos a lo largo del paseo de Rosales, por la parte que mira a la Estación del Norte.

Fuente: B.N.E. (1913)

Nota.- Al ser esta una zona que a principios del siglo XX comenzaba su urbanización, los números de la calle de Ferraz y del paseo de Rosales que aquí aparecen son los que se anunciaban en la prensa del momento. La manzana a la que se hace referencia es la situada entre el paseo del Pintor Rosales y las calles del Buen Suceso, Ferraz y Marqués de Urquijo. 

Con acceso por la calle de Ferraz, nº 35 y también por el paseo de Rosales, este parque de recreos tenía su fachada lateral por la calle del Buen Suceso. Al tratarse de un lugar alejado del centro, la empresa Tranvías del Este de Madrid puso a disposición de los clientes un servicio especial de transporte con salida desde el centro de la ciudad. Hasta el Magic-Park llegaban los tranvías números 6, 11, 22, 27 y también el cangrejo de Argüelles (tranvía de marca Schuckert, eléctrico y pintado de rojo).

La entrada al Magic-Park, de cultas y morales distracciones, costaba 15 céntimos de peseta, daba derecho a disfrutar de una atracción y del teatro-cine al aire libre allí instalado (del que voló la tela de su pantalla por el viento, el día de la inauguración del parque).

Fuente: ABC (1914).
Escena de la obra "El alma de Garay" representada en el teatro-cine del Magic-Park. 

Todo Madrid supo de la apertura del Magic-Park por la gran cantidad de carteles y anuncios que, tanto en la prensa como por las calles, fueron difundidos y distribuidos de manera profusa varios meses antes de la esperada inauguración. 

Entre las múltiples atracciones con las que contaba este parque parece que las de mayor éxito eran: La plataforma de la risa o pieza de forma circular y giratoria en la que el público, situado en su centro, trataba de mantener el equilibrio. La debacle, un pim, pam, pum de botijos, cacharros de loza y barro al que se tiraban pelotas con obtención de premios para quienes tuviesen mejor puntería. El laberinto chino, un colosal enredo de pasillos que debían recorrerse hasta encontrar la salida. La caza del pato, la montaña rusa, una pista de patinaje, conciertos diarios con funciones de 6 a 8 y de 9 a 12 interpretados por una banda de veinte profesores. Restaurante, cervecería y pastelería, completaban los servicios de este espacio para el ocio.

Fuente: ABC (1915).
Inauguración de la temporada correspondiente al año 1915.

Las atracciones del Magic-Park sólo funcionaban durante la época estival. Mantuvo sus diversiones y espectáculos, con gran éxito, hasta finalizar la temporada correspondiente al año 1918. Luego quedó en la memoria de todos como uno de los mejores lugares de esparcimiento de Madrid.

Un año después sería inaugurado, en aquel mismo emplazamiento del paseo de Rosales, un nuevo centro de diversión titulado Saturno Park.

Fuente: B.N.E. (1919).
Aspecto del restaurante para cenas del Saturno Park.

Abierto al público el día 25 de julio de 1919, por el empresario Antonio Bargués, el nuevo parque de atracciones Saturno Park pretendía ser algo más refinado que el anterior. Tenía su entrada principal por el paseo de Rosales, número 26 (que hoy correspondería aproximadamente con el nº 38) y también por la calle de Ferraz, números 29, 31 y 33 (sobre el nº 33 de esta calle, en la actualidad).

Fuente: B.N.E. (1919).
Anuncio del Saturno Park, una semana después de su inauguración. 

Todo el diseño de la decoración del Saturno se debía al pintor y escenógrafo Salvador Alarma Tasta, quien había hecho instalar una gran puerta dorada en el paseo de Rosales y sobre ella una preciosa combinación de bombillas eléctricas. Altos y airosos mástiles, en los que ondeaban banderas con fondo azul y blanco, que por escudo llevan el planeta, rodeado de un anillo, completaban la ornamentación del principal acceso al parque.

A pocos metros de la entrada estaba el quiosco de la música. Su plataforma estaba rodeada por grupos de luz y tenía un gran farol de madera en el centro. Desde allí la banda de Saboya interpretaba sus melodías. 

Para salvar el desnivel del terreno se había construido una amplia escalera sobre la que se había instalado el comedor del restaurante.

En el lugar que ocupó el patio de butacas del teatro-cine en el antiguo Magic-Park se había levantado una réplica del barco Titanic, en cuyo interior se podía sentir la impresión del movimiento marítimo.

Fuente: B.N.E. (1919).
Atracción del Titanic, con movimiento marítimo.

Rodeando al Titanic, un pequeño ferrocarril arrastrado por una diminuta máquina de vapor realizaba su trayecto por el parque.

Fuente: ABC (1919).
Atracción del tren en miniatura.

El Saturno Park tuvo una vida corta. La competencia de nuevos negocios similares y cercanos como el Ideal Rosales, en el número 24 del paseo, lo hicieron desaparecer. En su lugar se instaló, desde el sábado 11 de junio de 1924, un nuevo negocio llamado Cine Park, propiedad de la empresa Segarra.

Más dedicado a las proyecciones cinematográficas, el Cine Park también tenía restaurante para cenas, servido por la Casa Molinero. La banda del Regimiento de Ingenieros y la orquesta Fémina amenizaban los espectáculos de las películas, que hasta el año 1929 no tendrían voz propia.

Varios negocios más aprovecharían el arbolado solar que dejó el añorado Magic-Park en el paseo de Rosales. Pero el terrero desigual de su manzana, el más fresco de todo Madrid, iba siendo poco a poco edificado, sin dejar espacio para ningún otro parque de recreo.





Fuentes:

Hemeroteca de la B.N.E.
Hemeroteca del ABC
Prensahistorica.mcu.es
ABC.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Spanishrailway.com
Idehistoricamadrid.cchs.csic.es
Es.wikipedia.org

lunes, 27 de octubre de 2014

UN COLEGIO, UN TEATRO Y UN CINE EN LA CORREDERA BAJA DE SAN PABLO.

En el barrio de Malasaña, distrito Centro de Madrid, se sitúa la Corredera Baja de San Pablo a la que continúa la Corredera Alta, que alguna vez y por poco tiempo vino a llamarse calle de San Ildefonso. Ambas Correderas fueron una sola vía hasta principios del siglo XVIII –Corredera de San Pablo- y nunca antepusieron a su nombre el de “calle” para no caer en la redundancia. (Corredera significa calle larga o prolongada).


Fotografía: M.R.Giménez (2014)

El número 39 (que fue nº 41 hasta el año 1936) de la Corredera Baja es hoy un supermercado de alimentación, pero no siempre fue así. Si nos remontamos hasta mediados del siglo XIX podremos descubrir que en el terreno que hoy ocupa este edificio estuvieron instalados un colegio, un teatro y un cine de sesión continua con programa doble que vendría a convertirse en sala X durante la década de los años ochenta del siglo pasado.

El político y tercer Presidente de la I República Española, entre otros cargos de relevancia, además de profesor y pedagogo Nicolás Salmerón Alonso (1838-1908) fundó el Colegio Internacional en la antigua casa nº 41 de la Corredera Baja de San Pablo, en el año 1866. 

Fuente: B.N.E. (1866).
Anuncio del Colegio Internacional convocando plazas gratuitas para alumnos, mediante oposición.

El Internacional era un colegio que no hacía odioso al maestro ni cargante el estudio. No se usaban palmetas, ni otras disciplinas, ni se injuriaba a los niños llamándoles brutos cuando no se sabían la lección. Admitía alumnos internos, medio-pupilos y externos, todos ellos con al menos seis años de edad.

Nicolás Salmerón siempre defendió la libertad de cátedra, negándose a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa, política o moral; por esta razón fue expulsado de su puesto como catedrático en la Universidad Central de Madrid. Fundó el Colegio Internacional, de enseñanza laica, siguiendo la filosofía krausista que llevaría diez años después a constituir un magnífico proyecto pedagógico: La Institución Libre de Enseñanza (ILE).

El Colegio Internacional se mantuvo en la Corredera Baja durante los años 1866 y 1869, para después trasladarse al viejo caserón de la calle de San Bernardo, número 19 (hoy sustituido por un insulso edificio de oficinas con el nº 17). Después de otro traslado, a la calle de Regueros, el Internacional, ya sin su director Nicolás Salmerón, pasó a formar parte de la ILE.

Fuente fotografía de la izquierda: Pares.mcu.es (Durante la Guerra Civil).
Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2014)
El Teatro de Cervantes, antes Salón Nacional, destruido por los bombardeos, desde la esquina de la Corredera con la calle de la Ballesta.
Hoy, el mismo lugar con el edificio de Luis Gutiérrez Soto y el supermercado.

La vetusta casa del Colegio Internacional, en la Corredera Baja de San Pablo, fue sustituida por un nuevo edificio proyectado para albergar un teatro. Fue así como el sábado 10 de octubre de 1908 se inauguró el Salón Nacional con todos los adelantos modernos y con todos los requisitos reglamentarios. 

Propiedad de la empresa Pla y Compañía, el nuevo teatro era amplio, espacioso, cómodo y elegante siendo diseñado por el arquitecto Pablo Aranda Sánchez con decoraciones, embocadura y telón pintados por el escenógrafo Luis Muriel. Para su inauguración se escogieron tres obras en verso y durante sus intermedios fueron exhibidas proyecciones cinematográficas.

En el mes de noviembre de 1911 el Salón Nacional fue arrendado por el entonces famoso actor y director Ricardo Simó-Raso, que se instalaría en él formando compañía propia. Simó modificó completamente el local, que pasaría a denominarse Teatro de Cervantes.

Fuente: Urbanity.cc (Abril de 1936).
Fachada del Teatro de Cervantes.

A decir de la prensa fue tal la obra acometida en el recién inaugurado Teatro de Cervantes que casi había sido construido sobre los cimientos del antiguo Salón Nacional, del que apenas han quedado en pie las paredes. Proyectado por el arquitecto Francisco Reynals Toledo, estaba dotado de calefacción y de un magnífico alumbrado con cincuenta y cinco aparatos, tenía veinte filas de butacas en la sala y dos pisos con treinta y dos palcos ricamente decorados con cortinajes de terciopelo verde. Las localidades eran cómodas y, destacaba un hecho importante: Desde ellas se ve no sólo la escena, sino también las demás localidades del teatro.

Una tercera reforma tuvo lugar en el Teatro de Cervantes durante el año 1916. El arquitecto Joaquín Rojí López-Calvo aumentaría la capacidad del local añadiendo dos plantas superiores, lo que llevaría a perder el ambiente acogedor inicial de la sala al resultar ésta demasiado alta y excesivamente larga. 

El Cervantes ya se anunciaba en la prensa indistintamente como cine o teatro durante los últimos años de la década de los veinte del siglo pasado. En la Guerra Civil Española el edificio fue bombardeado y destruido por completo y en su lugar se levantaría un nuevo inmueble de viviendas, con un cine en su parte baja: El Cine Cervantes. 

Fotografía: M.R.Giménez (2007)
El Cine Cervantes se convirtió en Sala X en el año 1984.

El nuevo edificio de la Corredera Baja de San Pablo, ya número 39, fue un proyecto del arquitecto Luis Gutiérrez Soto e incluyó cinco pisos para viviendas y un local para cine. El nuevo Cine Cervantes fue inaugurado el día 28 de marzo de 1942, programando las películas “La fortuna escondida” (1935) y “Posada en Jamaica” (1939). 

Concebido como sala de sesión continua, con doble programación de películas que habían sido estrenadas con anterioridad en locales de superior categoría, el Cervantes se convirtió en el cine de barrio más moderno y lujoso de los que entonces se ubicaban por detrás de la Gran Vía. 

Fuente: ABC (1942).

Cientos de programas dobles pasaron por el Cine Cervantes desde las cinco de la tarde hasta las doce y media de la noche, cada día. Películas de vaqueros, romanos, terror, policíacas y aquellas de asesinatos que curiosamente nunca tenían lugar en este país a pesar de tratarse de producciones españolas. Allí se podía ver al 007 James Bond, años después de su estreno, sin preocupación por enseñar el carné de identidad en la taquilla. Por su pantalla pasaron las licantrópicas transformaciones de Paul Naschy (Jacinto Molina Álvarez), los clásicos en celuloide como “Fuenteovejuna” y tantas otras anunciadas con el reclamo de grandioso programa en color, cuando por entonces casi todo era en blanco y negro.

El Cervantes se mantuvo como cine de barrio hasta el año 1984 y tras una nueva reforma pasaría a formar parte de las salas con programas de los llamados X, para adultos, en sesión continua desde las 10,30h. de la mañana.







Fuentes:

Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
“Nicolás Salmerón, fundador y director del Colegio El Internacional, modelo y ensayo para la Institución Libre de Enseñanza. 1866-1874” Juan Manuel Díaz Sánchez.
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Es.Wikipedia.es
Pares.mcu.es
Catálogo de la exposición “Luis Gutiérrez Soto” 1997.

Agradecimiento muy especial para David Miguel Sánchez Fernández, del blog http://cinesdemadrid.blogspot.com.es/ por la documentación aportada para este artículo.