Para los habitantes de aquel Madrid
del año 1919, atravesar la ciudad en un tren subterráneo iba a
dejar de ser ficción para convertirse en realidad, porque el día 17
de octubre sería inaugurado el Metropolitano Alfonso XIII, que unía
los Cuatro Caminos con la Puerta del Sol.
El viajero iniciaba su recorrido tras
abonar el precio de 15 céntimos (de peseta) del billete. Pasillos,
escaleras y el propio andén de la estación se hallaban recubiertos
por blancas plaquetas de azulejos, con el fin de mitigar el temor a
introducirse en el subsuelo madrileño. Coloridos mensajes
publicitarios de cerámica, en las paredes, informaban sobre los
grandes almacenes que se podían visitar o de los diversos artículos
a la venta.
Si el pasajero decidía apearse en la
estación de la Red de San Luis (Gran Vía), y penúltima de aquella
línea de Metro, debía salvar sus 25 metros de profundidad subiendo
los tramos de una larga escalera o utilizando un gran ascensor,
llegando así al monumental Templete, obra del arquitecto Antonio
Palacios, a través del que se salía a la calle.
Antiguos Cafés de Madrid ha recreado
en este vídeo el famoso Templete de la Gran Vía de Madrid, al
cumplirse los 100 años de la apertura del Metro.
Mostramos aquí, con detalle, cómo
eran el andén y el primer tren que circuló, la publicidad de
entonces, aquella escalera y el famoso ascensor que tanto dio que
hablar al Madrid de entonces. Descubrimos todos los detalles que el
arquitecto Palacios diseñó para este acceso del Metro: la preciosa
marquesina, los adornos que la rodeaban, sus verjas y ventanales, el
plano con las primeras estaciones, contando también toda la historia
de este monumento singular.
Al terminar, una sorpresa. El templete
del Metro, en la actualidad, que se encuentra en el Concello do
Porriño (Pontevedra).
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Para sorpresa de propios y
extraños, el centro de Madrid cuenta con una mina de carbón.
Marcelo Jorissen, belga e Ingeniero
de Minas, proyectó en los años sesenta del siglo pasado este espacio
experimental bajo el suelo de la Escuela
Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía, de la calle de Ríos
Rosas, para que los estudiantes se enfrentaran por vez primera con un pozo y
una galería a tamaño real, antes de introducirse en una verdadera mina.
En el vídeo que hoy
presentamos bajaremos a esta instalación, situada a veinticinco metros bajo el
suelo. Conoceremos las diferentes partes que la componen y veremos un
espléndido castillete del pozo que perteneció a una mina de verdad, situada en
Baños de la Encina (Jaén).
Vídeo:
Una mina en el centro de Madrid. Escuela Técnica de Ingenieros de Minas y
Energía.
El edificio de la Escuela de
Minas de Madrid fue proyectado por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco,
finalizando sus obras en el año 1893. Por entonces el barrio de Chamberí, donde se encuentra,formaba parte del extrarradio de la
ciudad.
Este centro alberga, aún
hoy, las dependencias con que contaba a finales del siglo XIX: su magnífica
biblioteca histórica, el museo de minerales y fósiles (uno de los tres más
importantes de España), el espléndido claustro de profesores y su antesala que
fue decorada, como gran parte del edificio, por el ceramista Daniel Zuloaga.
El soberbio edificio, que se
pensó para estar situado en el Parque de
El Retiro, conserva también un majestuoso salón de actos, decorado con
mármoles, estucos y vidrieras de la Casa Maumejean. Su admirable patio interior
porticado con techo de cristal, expone la colección de maquetas e instrumentos
topográficos de la Escuela.
La Escuela Técnica de
Ingenieros de Minas y Energía se encuentra en la calle de Ríos Rosas, número
21.
Cuando en los años ochenta del siglo XIX Julián Sanz estableció su tienda de ultramarinos en la glorieta de los Cuatro Caminos, número 2 (que hoy se corresponde con el nº 8) esquina con la calle de los Artistas, esta zona de Madrid aún no sospechaba la importante expansión que se disponía a alcanzar tan solo tres décadas después. La actual avenida de la Reina Victoria era por entonces un pequeño camino llamado ronda de Aceiteros, la calle de Raimundo Fernández Villaverde era la ronda del Ensanche y la calle de Bravo Murillo se denominaba calle de la Mala de Francia, hasta la glorieta, y carretera de Irún en su parte norte.
Se puede decir que en esa época Madrid terminaba en la glorieta de los Cuatro Caminos, zona de enormes descampados, con míseras viviendas construidas por sus propios dueños y surcada por acequias de riego, pero pronto sería el lugar elegido para instalar el final de la primera línea del Metropolitano de Madrid - Sol/Cuatro Caminos - con sus cocheras (1919) y para levantar el conjunto de edificios más alto construido hasta entonces, denominados Titánic (1920-1923) por la forma de sus chimeneas y propiedad de la Compañía Urbanizadora Metropolitana.
A mediados de la década de los años diez del siglo pasado Julián Sanz, aquel propietario de los ultramarinos del que hablamos al principio, vino a inaugurar el bar más afamado de la glorieta de los Cuatro Caminos titulado Bar Chumbica.
Fotografía: Amigos de Tetuán de las Victorias. El bar Chumbica de la glorieta de los Cuatro Caminos en la segunda década del siglo XX.
El Chumbica era el bar con mejor situación de la glorieta de los Cuatro Caminos y servía también como centro de conexión para las ventas y compras más relevantes de las gentes del barrio y alrededores. Coches, casas, muebles, traspasos de locales, alquiler de habitaciones, etc. Cualquiera que tuviese algo que mercar se dirigía a este establecimiento para conseguir contactos.
Fuente: B.N.E. (1930) Anuncio en prensa del Bar Chumbica.
Situado en una casa baja de la glorieta, que hacía esquina con el número 101 de la calle de Bravo Murillo, el bar Chumbica estaba dotado de una gran terraza-merendero y era famoso por sus bajos precios. Lo más barato de su menú era el vaso de recuelo con puntas (café cocido por segunda vez y restos de pan) al precio de 10 céntimos de peseta, en los años veinte del siglo pasado.
Fuente: B.N.E. (1915) Terraza del Bar Chumbica.
Un pavoroso incendio tuvo lugar en el inmueble del Chumbica el día 7 de enero de 1920, época en que el Ayuntamiento de Madrid tuvo a bien cambiar la denominación de la glorieta, que pasó a llamarse de Ruiz Giménez durante más de una década. El bar compartía el edificio, de una sola altura, con el restaurante “La Perla” y con una droguería. Mientras los dependientes de ésta última se hallaban realizando un preparado especial para suelos de madera, una chispa provocó la inflamación del producto y todo salió ardiendo. Los vecinos del barrio formaron una fila desde la droguería hasta la mitad de la calle de Bravo Murillo y fueron sacando los géneros de las tres tiendas. Uno de los testigos del siniestro fue Alfonso XIII, que detuvo su automóvil de dos asientos, descendió y se puso a curiosear.
Las pérdidas materiales fueron cuantiosas pero, por fortuna, no hubo daños personales.
A finales del año 1926 el teléfono automático llegó también a Cuatro Caminos. La Compañía Telefónica Nacional de España, fundada dos años antes, invitaba por entonces a sus abonados a aprender el manejo de los aparatos e instaló mesas en varios locales de Madrid, con el fin de realizar sus demostraciones. Uno de los elegidos fue el Bar Chumbica, donde entre las 9,30 a 13,30 y 15,30 a 10 horas todos los días, incluso festivos, empleados de la compañía enseñaban el funcionamiento de los nuevos artilugios.
Fuente: Amigos de Tetuán de las Victorias (años 20 del siglo XX). Vista aérea de la glorieta de los Cuatro Caminos. En la parte superior se aprecia parte de los edificios Titánic y junto al primero la terraza y el edificio del Bar Chumbica.
El bar Chumbica pasó a manos de Régulo Finol a principios de la década de los años treinta del siglo XX, quien modernizó el local. Además de su café expréss uno de los mejores de Madrid, el nuevo Chumbica ofrecía cerveza fresca y con excelente presión, desayunos inmejorables y la más escrupulosa higiene. Recibió quejas de los vecinos, en un artículo publicado en la prensa con el título “Contra los pulmones y la higiene”, por los olores y la humareda que producía su nueva máquina americana especial para confeccionar postres diferentes, que en realidad debía tratarse de una gran freidora.
Fuente: Andrés Molina González. Amigos de Tetuán de las Victorias (1934) Frente a la puerta del Bar Chumbica el quiosco de prensa y tras él la entrada del Metro de Cuatro Caminos.
Hasta el año 1957 el Chumbica se mantuvo abierto en la glorieta de los Cuatro Caminos, siempre con el eterno quiosco de prensa frente a su puerta. Hoy su edificio ya no existe; fue reemplazado por enormes inmuebles para oficinas en la década de los años sesenta del siglo pasado, cuando también se construyó el “scalextric” que atravesaba la glorieta y que, por fortuna, pasó a mejor vida en el año 2004.
Canal Youtube de M.R.Giménez
Fuente de Isabel II - La fuente viajera.
Música: "Dance of the selves" (Sunrise) de Fabio Confalone.
En el centro de la glorieta de los Cuatro Caminos hubo una fuente con historia, que no estuvo exenta de ajetreo. Conocida con el nombre de Fuente de Isabel II, fue proyectada por Juan Aranguren para celebrar la inauguración de las Aguas del Lozoya o la llegada de un caudal suficiente para abastecer de agua a los habitantes de Madrid, por entonces cada vez más numerosos.
La fuente sería inaugurada el día 24 de junio de 1858, en su emplazamiento provisional situado en la calle Ancha de San Bernardo. De esa ubicación pasaría a ser instalada en el centro de la Puerta del Sol en el año 1862, también para festejar el final de las obras de remodelación. Posteriormente fue a parar a la glorieta de los Cuatro Caminos, donde se mantuvo desde el año 1912 hasta principios de los años treinta del siglo XX.
La Fuente de Isabel II fue desmontada y sus elementos guardados u olvidados, a excepción del gran surtidor que podía lanzar el agua a diecisiete metros de altura y que ya formaba parte del estanque situado junto al Palacio de Cristal, en el parque del Retiro. Actualmente el pilón de esta fuente se encuentra situado en la Casa de Campo, junto a la entrada del Puente del Rey.
Fotografía: M.R.Giménez y Manuel Chamorro (2014)
La glorieta de los Cuatro Caminos es hoy un lugar por donde la gente va deprisa, entra o sale del Metro, cruza apremiada por los semáforos y se apresura para coger los múltiples autobuses que en ella tienen parada. Los bajos edificios de otros tiempos han sido prácticamente sustituidos por otros gigantescos e impersonales, cuyas fachadas envían de forma insistente mensajes que el transeúnte no suele percibir. Sólo de vez en cuando es posible sorprenderse con el anuncio de una proposición que nos sugiere optimismo, tal vez ingenuo, pero siempre bienvenido.