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martes, 5 de marzo de 2019

LA ALEGRE COFRADÍA DEL ENTIERRO DE LA SARDINA.

Entre las abundantes fiestas populares y callejeras de Madrid quizá El Entierro de la Sardina es la de más larga tradición y se celebra, aunque caigan chuzos de punta, todos los Miércoles de Ceniza para rematar el Carnaval.

Habrá que remontarse al siglo XVIII para conocer los orígenes de tan ocurrente y divertida costumbre, que hasta el pintor Francisco de Goya dejó plasmada en uno de sus cuadros.

Veremos aquí toda la historia de este singular entierro, sabremos por qué se celebra y cómo es la indumentaria adecuada para seguir al fúnebre y alegre cortejo compuesto por las peñas del Boquerón y de la Sardina, surgidas en El Rastro madrileño. 

Visitaremos el museo en donde se conservan los estandartes originales de tan humorístico sepelio y todos los féretros en los que se ha llevado a la sardina en los diferentes años.

Todo ello nos lo cuenta en este vídeo, con mucha gracia castiza, el vicepresidente de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, Enrique Orsi.


 




El Entierro de la Sardina sigue vivo hoy en Madrid gracias a esta Alegre Cofradía con sede en El Rastro. Su local se encuentra en el mismo lugar donde el anticuario Serafín Villén, quien recuperó esta fiesta hace más de medio siglo, tuvo su almoneda. 

Os animamos a participar en el Entierro de la Sardina de Madrid y a reíros de lo lindo, con esta Alegre Cofradía y con la del Boquerón. 

Sigue a  Antiguos Cafés de Madrid en YouTube, para conocer la historia de Madrid.



miércoles, 2 de enero de 2019

UN AÑO DE CAFÉS. UN PASEO TRAS LAS CÁMARAS.

A lo largo de este año hemos enseñado muchas cosas en nuestro canal de YouTube “Antiguos Cafés de Madrid”.



Descubrimos historias, edificios, lugares o personajes de los que no todo el mundo habla, pero que fueron y son los que han hecho de la ciudad de Madrid lo que ahora es.



En este vídeo que aquí presentamos hay nuevas anécdotas, curiosidades e historias inéditas que nuestros amigos nos contaron y ahora ven la luz por primera vez. Sabremos, por fin, de dónde viene la expresión ¡Hasta luego, Lucas!. Conoceremos el ambiente de los antiguos cafés madrileños. Saborearemos las sopas Rumford o nos enteraremos del uso que se le daba a una peculiar argolla en la taberna más antigua de Madrid, entre otras muchas e interesantes cosas.



Cerramos aquí nuestra primera temporada y comenzamos la segunda en el canal, agradeciendo a todos los que han colaborado con nosotros su simpatía, su paciencia, y todas las buenas e interesantes historias que nos han contado.



Olga María Ramos, cupletista y cupletóloga. Juan José Moreno, bibliotecario de la Fundación Fernando de Castro. Fátima de la Fuente, presidenta de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Julio Oliveros, propietario de la Taberna Oliveros. Antonio Pasies, escritor y bloguero. Alberto Arcos, bailarín y coreógrafo. Hugo Pérez de la Pica, director de teatro. Vicente Valdés. Luis Chamorro, dibujante. Christian Peña, coordinador del Museo Histórico Minero.


¡¡Un millón de gracias!! 
Os animamos a seguir nuestro canal.

martes, 4 de diciembre de 2018

TABERNA OLIVEROS DE EL RASTRO.

Quienes sean habituales de El Rastro de Madrid habrán pasado muchas veces por la calle de San Millán, frente a la plaza de Cascorro y muy cerca del Mercado de la Cebada.


Un gran cartel, en donde un orgulloso y risueño cocinero está cortando un jamón, reclama a quien le mira anunciando que “Para comer bien y barato” está en la calle de San Millán, 4. Allí, precisamente, se encuentra la antigua Taberna Oliveros, que abrió al público en el año 1857.
 

Aquellos eran por entonces “los barrios bajos” de Madrid y sus vecinos se ganaban la vida en los puestos de El Rastro o del mercado. A ellos se irían añadiendo quienes venían de otras zonas con el fin de vender frutas, verduras, carnes, animales vivos y también los que se dedicaban al transporte de personas y mercancías.


Muchas tabernas, tiendas de vinos, casas de comidas y cafés hubo en estas calles de La Latina, por donde se movía un público variopinto compuesto además por toreros con fama o sin ella y gentes de la cultura que se divertían escuchando la pintoresca forma de hablar de los parroquianos, para después ponerla en boca de los personajes de muchas obras de teatro y novelas de ambiente costumbrista. De todos estos negocios hoy sólo queda la Taberna Oliveros.


En este vídeo mostramos cómo es la taberna de la calle de San Millán, una de las más antiguas de Madrid, que mantiene intacta su decoración más que centenaria. 

Julio Oliveros, su propietario actual, nos cuenta la historia de sus pinturas murales, de los rótulos que prohíben cantar y bailar desde hace más de un siglo, de sus azulejos de Talavera de la Reina (Toledo). Nos mostrará también cómo era la típica barra tabernera de estaño, el grifo de vermut y su espléndida fachada decorada por el pintor Fidel Blanco.



https://www.youtube.com/watch?v=Hq-eggtLoHA

Vídeo: La Taberna Oliveros de El Rastro 

Suscripciones al canal de Antiguos Cafés de Madrid en: 

 

martes, 20 de noviembre de 2018

CAFÉ DE LA ENCOMIENDA.


Quizá una de las calles más populares, costumbristas y parranderas de Madrid, durante las décadas finales del siglo XIX y las del inicio del XX, fue la antigua calle de la Encomienda, que todavía une El Rastro y la calle de Embajadores con el barrio de Lavapiés.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). La calle de la Encomienda


En esta de la Encomienda, en su número 16, estuvo desde el año 1908 el Teatro Nuevo con espectáculos de varietés, que en 1911 se convertiría en el Cine de la Encomienda y en los años cincuenta de pasado siglo pasó a ser el Cine Odeón, con nuevo y moderno edificio, que acaba de sucumbir bajo la piqueta.

Fotografía de la izquierda: viejo-madrid.es (1928). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2018). El Cine de la Encomienda y lo que hoy queda del Cine Odeón.


Un profesor de baile flamenco llamado Antonio Cansino Avecilla, tuvo en el número 10 de esta calle su estudio, allá por el año 1911. Con Cansino daría comienzo una saga de artistas, hijos y nietos, que emigrarían a los Estados Unidos de América en 1913. Su nieta, Margarita Carmen Cansino, que había comenzado su carrera con el nombre de Rita Cansino, sería conocida mundialmente como Rita Hayworth.

Fotografía de la izquierda: noticiariocentrodeandalucia.wordpress.com. Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2018). Antonio Cansino Avecilla con su nieta Rita Hayworth. Casa nº 10 de la calle de la Encomienda, donde este profesor de baile tenía su estudio.


Una calle tan animada como la de la Encomienda, a la que tampoco faltaba una Casa de Socorro en su número 21, no podía carecer de un café.


El local del número 19 de la calle de la Encomienda siempre estuvo ocupado por alguna tienda de vinos, cervecería o chocolatería, sin contar con un nombre específico de negocio. A partir del año 1882 allí se instaló el Café del Brasil, que alrededor de 1887 pasó a llamarse Café de Barcelona, siendo por entonces propiedad de Francisco Fonz.


El flamenco se había popularizado en los años finales del siglo XIX y en las siguientes décadas alcanzaría gran relevancia. 
 

El Café de Barcelona de la calle de la Encomienda se convertiría en un café de cante y baile, alrededor del año 1892 y poco tiempo después pasaría a ser conocido en todo Madrid como el Café de la Encomienda.


Fotografía: M.R.Giménez (2018). La fachada del Café de la Encomienda en la miniatura de Miguel Yunquera.


Su pequeño salón rectangular era servido por camareras y tenía en el fondo un pequeño tablao con descoloridas cortinas rojas a los lados. Junto a este escenario una varilla con media docena de pares de castañuelas, al alcance de los artistas, y en un nivel inferior un desvencijado piano. Era un café popular y modesto, con paredes forradas de recomendaciones para la clientela: “Se reserva el derecho de admisión”, “Se prohíbe subir al escenario” o “Hagan nueva consumición en cada actuación”.


Los guapos, eran los encargados de mantener el orden en el interior del Café de la Encomienda. Eran perdonavidas que trabajaban también en locales de juego. En las épocas en que estaba prohibido tirar de la oreja a Jorge (jugar apostando dinero), estos individuos se buscaban la vida impidiendo alborotos en los cafés.


Fuente: bibliotecavirtualmadrid.org (1904). Interior del Café de la Encomienda.

Muchos fueron los artistas flamencos que comenzaron sus carreras en este café, que perduraría hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936). Sus nombres y repertorio figuraban en las pizarras que, a modo de cartelera del espectáculo, solían ponerse a la entrada del local.


Enrique Lara (bailaor), Rafaela Valverde (cantaora) primero conocida como “Tanguerita” por su corta edad y luego como “Tanguera”, Antonio Pozo “Mochuelo”, que fue el primer cantaor en presentarse ante el público bien vestido y sin vara para hacerse son, o el guitarrista Ramón Montoya, que en el año 1919 parece que se hizo cargo de este café. 

Fuente: memoriademadrid.es (1910).


Un artista singular de este local de la calle de la Encomienda sería  Baltasar Mathé. Con el nombre artístico  de “Mate sin pies”, por tener amputadas las dos piernas a la altura de las rodillas, era un bailarín de gran habilidad. Actuó por todo el país, en Londres y en París, a lo largo de su carrera.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Fachada actual de lo que fue el Café de la Encomienda.


El Café de la calle de la Encomienda sería el último de aquel Madrid flamenco en cerrar sus puertas. Tan sólo quedaría en las citas de las novelas de Pío Baroja y en la memoria de todos los artistas que por él pasaron, arriba de su escenario o formando parte del numeroso público que a él asistía. 




Fuentes:

Bibliotecavirtualmadrid.org
Hemerotecadigital.bne.es
“Los cafés cantantes de Madrid (1846-1936” José Blas Vega.
Memoriademadrid.es
Noticiariocentroandalucia.wordpress.com
Viejo-Madrid.es

lunes, 22 de octubre de 2018

UN TAPÓN, UN CAFÉ Y UNA FUENTE EN LA PLAZA DE CASCORRO.


La muy conocida plaza de Cascorro, cabecera de El Rastro madrileño, no siempre tuvo la fisonomía actual. Una manzana formada por siete casas y rodeada por las desaparecidas calles del Cuervo, San Dámaso y por la travesía del Rastro, obstaculizaba el paso a este gran mercadillo a su entrada desde la calle de los Estudios, formando el denominado “Tapón del Rastro”, hasta principios de la década de los años diez del siglo pasado.


Fuente: ign.es. Plano de Madrid de Carlos Ibáñez e Ibáñez Íbero (1879). El círculo señala lo que fue el "Tapón del Rastro" y las calles que lo circundaban.


En una de las casas de la referida manzana, vino a instalarse el que quizá fuera uno de los establecimientos más conocidos de los barrios bajos de Madrid, cuya calificación siempre fue la de cafetín  o cafetucho, dado el cariz de la parroquia que a él acudía.

Situado en la esquina de la desaparecida calle de San Dámaso, el Café del Manco era un lugar sórdido y antihigiénico, de mesas desvencijadas, vasos desportillados y cucharillas de estaño. Golfos, pícaros y desheredados de la suerte solicitaban allí una consumición compuesta por uno de a cinco, tres bolas y medio ceneque (café de recuelo, buñuelos y medio pan) con el fin de pasar la noche cobijados del frío junto a las mesas del establecimiento.

Fuente: viejo-madrid.es (1912). El Café del Manco aparece en la esquina del "Tapón del Rastro".


Como en todos los cafés barriobajeros, el del Manco también se nutría de otro tipo de clientela. Por allí recalaban periodistas en busca de sórdidas noticias y dramaturgos, con ánimo de pegar la oreja, para observar a personajes y situaciones que después plasmarían en sus obras. Tal fue el caso de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo con su sainete “El chico del cafetín”, estrenado en el año 1911, y ambientado en este café.


Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1928). Los autores de "El chico del cafetín", Asenjo y Torres, caracterizados con la indumentaria de los parroquianos del Café del Manco.


El “tapón del Rastro”, sus siete casas y el Café del Manco cayeron bajo la piqueta para conformar la plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), que fue inaugurada oficialmente en el año 1914.

Nuevos edificios irían configurando esta plaza, a la que se dotaría también de una fuente con historia.

Fuente: memoriademadrid.es (1920) Fotografía de José Corral. El "Tapón del Rastro" ya no existía. Así era la plaza de Nicolás Salmerón, con su fuente.


La llamada Fuente del paseo de las Delicias fue una de las cuatro que vinieron a instalarse, durante la segunda mitad del siglo XVIII, en la salida de Madrid junto a la Puerta de Atocha. Dotadas todas ellas de gran pilón y surtidor, servían también para abrevar al ganado que salía o entraba por aquella parte de la ciudad.

En el año 1850 la Puerta de Atocha, que formaba parte de la cerca de Felipe IV, fue derribada y aquellas cuatro fuentes iniciales desaparecerían de esta ubicación poco a poco. De ellas sólo supervivieron dos: la situada al principio de la ronda de Atocha y, la que nos ocupa, ubicada cerca del paseo de las Delicias.

Fuente: memoriademadrid.es (1864). Fotografía de Alfonso Begué. Esta es la Fuente de las Delicias en su primitiva ubicación, junto a la Puerta de Atocha.

Parece que la Fuente de las Delicias pasó de abrevadero a fuente vecinal para aquellos nuevos barrios que se iban formando al sur de la Puerta de Atocha, con el ensanche de Madrid. Su diseño barroco, que hasta entonces había pasado desapercibido para quienes describían el ornato de la ciudad, sería tenido en cuenta para embellecer las plazas reformadas por el Ayuntamiento.

Fue así como la Fuente del paseo de las Delicias fue instalada en el centro de la nueva plaza de Nicolás Salmerón (hoy de Cascorro), en 1913, un año antes de que fuese inaugurada.

Fuente: memoriademadrid.es (1922). Fotografía de Luis Huidobro. La Fuente de las Delicias ya en la nueva plaza de Nicolás Salmerón.


Aún podemos contemplar esta Fuente de las Delicias en el Parque de Eva Duarte, de la calle de Gómez Ulla, donde fue instalada en los años cincuenta del pasado siglo.

Fotografías: Manuel Chamorro (2018). Dos aspectos de la Fuente de las Delicias, hoy situada en el Parque de Eva Duarte.








Fuentes:


ign.es
hemerotecadigital.bne.es 
memoriademadrid.es 
Agradecimiento muy especial a Antonio Pasies Monfort, por su aportación sobre el Cafetín del Manco y a Manuel Chamorro, por sus fotografías.

martes, 24 de julio de 2018

LA MANIGUA Y UN CAFÉ ECONÓMICO DE LA CALLE DE EMBAJADORES.


Desde que la Cerca de Felipe IV fue derribada, allá por los años sesenta del siglo XIX, Madrid empezó a crecer. Por entonces la calle de Embajadores cortaba su itinerario en lo que hoy es la glorieta del mismo nombre, donde estaba ubicado El Portillo o pequeña puerta de acceso para atravesar aquella muralla. 


Poco a poco comenzaron a surgir nuevos edificios y negocios en este tramo proyectado como ensanche de Madrid, dándose nombres a las incipientes calles.

Fuente: idehistoricamadrid.org. Plano de Facundo Cañada (1900). Señalado con el nº 1 el merendero de La Manigua, con el nº 2 la Taberna de Malagorra y con el nº 3 la glorieta de Santa María de la Cabeza.




La urbanización efectiva del sector terminaba, a finales del siglo XIX, en la que hoy es glorieta de Santa María de la Cabeza (entonces ya diseñada, pero aún sin denominación). A partir de esta plaza daba comienzo La Manigua.


Los periódicos de la época hacen referencia a la zona, barriada o arrabal de La Manigua a partir del año 1899, mencionando a un ventorro, baile y taberna que con ese nombre vino a instalarse en la manzana que hoy se ubica entre las calles de Cáceres, Batalla del Salado y Embajadores (por entonces denominada paseo Blanco, en este tramo).


Fuente: idehistoricamadrid.org (1900). Junto a la hoy calle de Embajadores, entonces paseo Blanco, los negocios de La Manigua y Malagorra, junto a talleres de mármol y fundición.


La zona de La Manigua era en aquella época famosa por sus merenderos y por la gente del bronce que a ellos acudía en busca de camorra. A su alrededor, con las calles ya proyectadas pero sin urbanizar, había algunos negocios dedicados a la fabricación de yesos, tejas, fundición de metales y tallado de mármoles.


Junto al ventorro de La Manigua, que fue propiedad de Enrique Abad Caballero, estuvo además la Taberna de Malagorra, cuyo dueño lo era también de varias tiendas de vinos en Madrid.


Parece que el nombre de esta pequeña barriada se mantuvo hasta el final de los años veinte del siglo pasado, cuando desapareció el ventorro. Después, sólo los viejos del lugar recordarían dónde estuvo y lo que fue una de las zonas más pendencieras y con mejores meriendas del sur de Madrid, citada por el escritor Pío Baroja en sus novelas de la trilogía “La lucha por la vida”. 


Por encima de la zona de La  Manigua, subiendo por la calle de Embajadores hasta la glorieta, se ubicó el último café económico que cerró en Madrid.

Fuente: memoriademadrid.es (1971). Fachada del café económico de la calle de Embajadores.


A mediados del siglo XIX los cafés se popularizaron en Madrid. Las viejas botillerías dieron paso a estos nuevos negocios más limpios y mejor servidos, que se convertirían en lugares de tertulia y distracción.


No todos los cafés tenían los mismos servicios ni estaban decorados con lujo, por lo que en sus consumiciones el precio oscilaba. Surgirían así los cafés económicos que ofertaban productos más baratos hechos con géneros de menor calidad, como el café de recuelo o la malta, el chocolate con mezcla de otros ingredientes acompañados de las porras, los churros y las bolas o pequeños buñuelos.


Así fue como en el número 76 (antiguo 78) de la calle de Embajadores abrió, allá por el año 1907, el Café de Atilano Domingo, que se convertiría en el último de su clase que se mantuvo activo en Madrid.


En una casa baja y alargada, construida en los primeros años del siglo XX y que también contenía otros pequeños negocios del barrio, vino a instalar Atilano aquel café que permanecía abierto casi las veinticuatro horas del día.


Fuente: memoriademadrid.es (1971). Salón del café económico de la calle de Embajadores.


Iluminada durante el día por la luz de sus tres ventanas y de la puerta de acceso al local, una gran estancia alargada, con la barra situada a la derecha, tan sólo contaba con la decoración de un friso de azulejos, un reloj y algún cartel en sus paredes pintadas de blanco. Mesas de mármol y hierro, bancos corridos y taburetes de madera eran los únicos muebles de este café que cerca de su puerta mostraba los productos para la venta, recién sacados de la enorme caldera. Al fondo del recinto estaba el fogón, bajo una espaciosa chimenea.


Sus parroquianos eran trabajadores del barrio, transeúntes o aquellos que no tenían otro espacio para descansar y comer algo caliente, durante las frías noches madrileñas.

Fuente: memoriademadrid.org (1971). Churros, buñuelos y porras, junto a los juncos, del café económico de Embajadores.


La copa de cazalla, seguida del café con leche acompañado por una ración de  calientes churros o buñuelos, era el desayuno de aquellos que decidían consumirlo en el salón. Para el resto del vecindario un junco de río, con churros y bolas insertadas, era el envase que se proporcionaba para transportar los condumios a las casas.


Fuente: 2.munimadrid.es (1997). Fachada del café económico de Embajadores, poco antes de desaparecer.


Con el tiempo el Café Económico de Atilano Domingo iría prosperando y modernizando el local, hasta que la especulación de los años finales de la década de los noventa dio al traste con el negocio y con la casa de una sola altura que desde principios del siglo XX se había levantado en el número 76 de la calle de Embajadores.



Fuentes:

Idehistoricamadrid.org
Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
2.munimadrid.es