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jueves, 4 de mayo de 2017

HEMINGWAY EN LA CALLE DE LA TERNERA.

Se podría decir que Ernest Miller Hemingway o Ernesto Hemingway, como gustaba de llamarse durante sus estancias por España, continúa en la calle de la Ternera de Madrid.


Fotografías: M.R.Giménez (2017)
Dos aspectos de la pequeña calle de la Ternera.


El local situado en el número 4 de esta calle, que hoy alberga un restaurante cubano y a lo largo del tiempo sirvió para instalar diferentes negocios (carbonería, cochera, taller mecánico, lechería o depósito de libros), contiene un busto de Hemingway firmado por el escultor Santiago de Santiago Hernández. 

Esta escultura fue promovida por la asociación de los amigos de El Rincón de Hemingway, grupo que conoció y tuvo una relación muy estrecha con el escritor. Los toreros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, el escritor José Luis Castillo-Puche y el propio escultor Santiago de Santiago formaban parte del colectivo.

La obra, que muestra en tamaño natural la cabeza en bronce del escritor, se instala sobre una base de piedra de granito en la que se lee Restaurante El Callejón a Hemingway, sobre una placa.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Escultura de Ernest Hemingway.

Fue a finales de abril del año 1982 el momento elegido para descubrir la escultura, con la asistencia del embajador de los Estados Unidos de América en España. El acto tuvo lugar en el restaurante El Callejón situado en el antiguo número 6 de la calle de la Ternera, histórica casa hoy desaparecida. 

Fuente: ABC (1982).
Descubrimiento de la escultura de Hernest Hemingway en El Callejón (c/ de la Ternera, 6)

La crónica de este inmueble, derribado a finales de los años noventa del siglo pasado, contaría, si existiera, que allí vivió y falleció el capitán Luis Daoíz Torres, héroe del levantamiento contra los franceses en el Cuartel de Monteleón de Madrid, el día 2 de mayo de 1808.

El único local del edificio fue ocupado por muchos negocios y entre ellos, en el año 1930, por la taberna Casa Guerrita Chico propiedad del que fuera novillero y después industrial Jesús Rodríguez Arribas.

Fuente: B.N.E. (1930)
Casa Guerrita Chico, situada en la calle de la Ternera, nº 6,

Más de una década después, en el año 1944, se inauguraría El Callejón como taberna especializada en comida casera, propiedad de Felipe García y Manuel Jiménez. Este antiguo número 6 de la calle de la Ternera era un lugar apartado, tranquilo y provisto de comedores independientes; fue visitado por Ernest Hemingway en tantas ocasiones que hasta tenía su propia mesa reservada de forma permanente.

Allí se reunió con muchos amigos españoles durante sus viajes a Madrid y conoció, por medio del torero Domingo Dominguín (Domingo González Lucas), a un joven militante del Partido Comunista que le fue presentado como Agustín Larrea, de profesión sociólogo y que no era otro que el futuro escritor y ministro de Cultura socialista Jorge Semprún Maura, por entonces en la clandestinidad y perseguido por el régimen fascista de Franco.

Semprún recordaría aquel encuentro con Hemingway del año 1954 en El Callejón al presentar su novela "Veinte años y un día" (2003), ambientada en la posguerra española y pergeñada durante aquella conversación con el Premio Nobel de Literatura.

Fuente: 2.munimadrid.es (1997).
Fachada de El Callejón, en la calle de la Ternera, nº 6, poco antes de ser demolida.

A mediados de los años ochenta del siglo pasado el negocio de El Callejón se amplió con el local situado en la casa contigua (que aún existe) del número 4 de la calle, por medio de un estrecho pasillo que comunicaba ambos negocios. Así el restaurante tendría como filial el Mesón La Ternera.

Fuente: ABC (1985)

El antiguo e histórico inmueble de la calle de la Ternera, número 6 fue derribado con toda su historia al finalizar la década de los años noventa. Sobre su solar se levantó de inmediato una nueva casa. 

El busto de Ernest Hemingway se instaló desde entonces en el local del número 4, antes mesón y hoy restaurante de comida cubana.

Fuente: mcu.es (1930-1936) - Fotografía de Antonio Passaporte.
Fachada del hotel Florida, situado en la plaza del Callao.

Ernest Hemingway se alojaba en el desaparecido Hotel Florida (pinchad) de la plaza del Callao de Madrid, durante la Guerra Civil Española. Este establecimiento se encontraba a muy corta distancia de la calle de la Ternera y de El Callejón.




Fuentes:

2.munimadrid.es
Es.wikipedia.org
Hemeroteca ABC
Hemeroteca B.N.E.
Mcu.es

lunes, 5 de octubre de 2015

JAUJA, BAR-RESTAURANTE AMERICANO.

Esta entrada del blog Antiguos cafés de Madrid y otras cosas de la Villa está dedicada a la memoria de Rosario González Truchado: “La chica más guapa de la plaza del Callao”.


La muy antigua calle de los Peligros, situada entre la de Alcalá y la Gran Vía de Madrid, siempre mantuvo su nombre original a pesar de los diversos añadidos que le han acompañado a lo largo del tiempo. Conocida hoy oficialmente como Virgen de los Peligros, ya en el plano de Pedro Texeira (1656) aparece como “de los Peligros” y años más tarde fue renombrada como “Angosta de Peligros” para diferenciarla de la “Ancha” (que desde 1849 vendría a conocerse como calle de Sevilla). 

Pasando el tiempo, dicha calle también perdió el apéndice de “angosta” para, desde el año 1865, llamarse únicamente “de Peligros” o nombre con el que ha quedado ya en la memoria de todos, aunque una última disposición municipal del año 1954 vino a anteponer a su nombre el de “Virgen de”, figurando así desde entonces.

Fuente: Todocoleccion.net (1928).
Calle de Peligros, como se la llamaba entonces.

La de Peligros era una calle muy estrecha que comenzaría su ensanche en el año 1804 y fue una de las elegidas para probar la instalación de un pavimento de madera, obra que daría comienzo en el mes de septiembre de 1843. Los grandes inconvenientes de este entarugado, propiciando resbalones y caídas de viandantes y caballerías al deformarse los troncos con la lluvia, forzaron a que se reemplazase por piedra tan sólo cinco años después de su instalación.

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Calle de la Virgen de los Peligros, en la actualidad.

En el número 9 de esta muy comercial y transitada calle de los Peligros vino a abrir el bar-restaurante Jauja, en el que a cualquier hora el cubierto estaba a disposición del cliente y con económicos precios.

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1936)
Puerta de acceso al bar-restaurante americano Jauja, su portero y una de sus camareras.

Jauja fue inaugurado en los primeros días del mes de abril de 1936 como bar-restaurante americano. El cinematógrafo, por entonces, había puesto de moda la norteamericanización de las actividades y comer mirando al reloj. Es por ello que este moderno negocio se planteó para satisfacer las necesidades de empleados, negociantes y artistas que precisaban comer de forma rápida, aunque bien condimentada. Su lema, escrito sobre un frente del local, decía: Buen servicio, elegancia, economía y rapidez. El menú consistía en dos platos a elegir, pan, jarrita de vino de Rioja y postre, al precio de 4 pesetas. Jauja también contaba con un servicio a domicilio que, en quince minutos, transportaba los pedidos en una camioneta propiedad del negocio.

Además de los comedores y de un bar quick-lunch (para comida rápida), el local también disponía de instalaciones para servir y comprar café de la marca “La paz azucarera”, repostería, fiambres y helados americanos.

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1936).
Despacho de café "La paz azucarera" instalado en el mismo local.

El diseño del flamante bar-restaurante Jauja fue realizado por los arquitectos Saturnino Ulargui, Sáez de Vicuña e Izaguirre, que utilizaron con profusión en el mostrador, las columnas y los zócalos del local un material decorativo e inalterable que sustituye al mármol, al cristal y a la madera: “Formica” (plástico inventado en el año 1912). Los colores blanco, rojo, negro y verde antique de este material se combinaron de forma elegante, aunque un poco atrevida.

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1936).
La moderna barra del Jauja forrada de Formica.

En las paredes y los techos predominaban los tonos suaves. El pintor Mariano del Barrio combinó el óleo y el esmalte en diversos tonos verdes, blancos, rojos y grises que, compaginados con escayolas, dotaban al local de una perfecta armonía.

Para dar una mayor perspectiva se instaló un techo de figura difícil en su ejecución, además de luz indirecta en todo el recinto.

La aireación del Jauja se realizaba de forma natural basándose en la diferencia de temperatura de sus dos fachadas (en las calles de Peligros y Jardines) con diferente orientación. Este curioso sistema se ejecutaba por medio de la apertura de ranuras en los muros, a diferentes niveles, en armonía con las temperaturas extremas del clima, lográndose una traslación lenta de uno a otro lado por capas horizontales. De esta forma el aire se renovaba por completo de manera continuada sin gasto mecánico, pérdida de calor ni corriente.

El Jauja también contaba con música ambiental, procedente de las emisiones de la radio, sin demasiadas resonancias para facilitar la conversación de su clientela. 

Fotografía: M.R.Giménez (2015)
Edificio donde estuvo situado el bar-restaurante Jauja, en la actualidad.

Como remate del escenario cinematográfico que se quería representar en su ambiente, el Jauja había contratado los servicios de un portero de raza negra para su entrada. 

Fotografía: M.R.Giménez (2015).
Puerta de acceso de lo que fue el bar-restaurante Jauja, con sus fachadas a las calles de Peligros y Jardines.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el bar-restaurante Jauja fue administrado, como tantos otros negocios, por un Comité de Explotación formado por sus propios trabajadores. En el mes de abril de 1937 dicho Comité recaudó la cantidad de 5.000 pesetas, que haría entrega a la Junta Delegada para la Defensa de Madrid. 

En la actualidad, y tras pasar por varios negocios, el número 9 de la calle de la Virgen de los Peligros se ha convertido en un supermercado de alimentación.







Fuentes:

Prensahistorica.mcu.es
Hemerotecadigital.bne.es
“Las calles de Madrid” Pedro de Répide.
Todocoleccion.net
Es.wikipedia.org

viernes, 10 de octubre de 2014

PASAPOGA, SALA DE FIESTAS.

Con exuberante decoración a base de pinturas murales, grandes columnas, cortinajes, mármoles, espejos y hasta 12 kilos de auténtico oro para recubrimiento de sus artesonados, abrió en la avenida de Pi y Margall, número 15 (hoy Gran Vía, 37) de Madrid el ostentoso Pasapoga, en los sótanos del cine Avenida.


Fotografía: M.R.Giménez (2007)


En un principio, la planta baja del cine Avenida (1928) había sido destinada a ser el salón de billar más grande de Madrid, siendo inaugurado en el mes de octubre de 1930 con el mismo nombre del cine. El recinto presumía de sus techos de siete metros de altura, medida inusual en cualquier negocio semejante, y refinadas mesas de absoluta precisión de marca Guarner. Este negocio no duraría más de un lustro, tal vez por la competencia de la cercana Sala de billares del cine Callao y sus treinta y dos mesas de juego.

El local quedó en desuso hasta que los socios Vicente Patuel, Julio Sánchez, Rafael Porres y Rafael García decidieron inaugurar una opulenta sala de fiestas en lo que fueron aquellos billares; su nombre, Pasapoga, sería el acrónimo formado por las dos primeras letras de los apellidos de sus cuatro propietarios.

Fuente: Fotografía de la izquierda, Newscom.com (1962). Foto de la derecha: M.R.Giménez (2007)
Dos aspectos del Cine Avenida y de la puerta del Pasapoga con casi medio siglo de diferencia.

Proyectado por el arquitecto Enrique Simonet Castro y decorado por Mariano García, el Pasapoga abrió sus puertas el día 20 de mayo de 1942, a las 10,30 horas de la noche, exigiendo rigurosa etiqueta. El local, con planta de herradura, estaba revestido de mármol blanco, negro y verde en el vestíbulo, la concha del bar, columnas, palcos, escalinatas y en las cuatro pistas de baile con las que contaba. 

Dos puertas de hierro con aplicaciones en metal daban acceso desde la calle al vestíbulo recubierto con mármol de colores. Otra puerta interior, también en hierro, marcaba el inicio de la alfombrada escalera que remataba sus pasamanos dorados con sendos candelabros monumentales.

Fuente: Fotografía de la izquierda, diariomadrid.net (1965). Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2014). Puerta de acceso a Pasapoga.

En el piso inferior se encontraba el mostrador del bar, tenía forma de medio óvalo con banquetas giratorias a su alrededor y contaba con la más moderna maquinaria para dispensar agua de seltz y café, funcionando indistintamente con gasolina o electricidad.

Fuente: memoriademadrid.es (1953)
Escalera de acceso y mostrador del bar en forma de medio óvalo rodeado por banquetas giratorias.

Mobiliario de estilo isabelino, enormes alfombras, arañas y aparatos eléctricos en bronce y cristal, pinturas murales y hasta un gran lienzo del pintor Ramón Stolz Viciano cuyo coste fue de 1.500.000 pesetas de la época, conformaban una fastuosa decoración en los dos pisos del Pasapoga que, junto a estucados y su recubrimiento en pan de oro, había tenido un presupuesto de 3.600.000 pesetas del año 1942.

Fuente: tesorosdelayer.com (1942).
Guardarropa decorado con muebles isabelinos y zona de la orquesta.

Para acceder a Pasapoga era necesario abonar una entrada que, en el año 1942, costaba entre 15 y 18 pesetas, respectivamente en horario de tarde y noche.

Es necesario señalar que tanto en Madrid como en el resto del país tras la Guerra Civil Española, el año en que fue inaugurado el lujoso Pasapoga (1942) fue denominado como “el año del hambre”. El exilio, las ejecuciones permanentes de los republicanos que habían perdido en el conflicto, las penas de cárcel, las muertes por inanición y enfermedad, la desnutrición, la falta de medicinas y de todo lo necesario para una vida digna chocaba frontalmente con el lujo exhibido en esta sala de fiestas, hasta el punto de ser prohibido por la dominante censura fascista del momento el siguiente párrafo del anuncio referido a la inauguración del local: "Como complemento de tanta fastuosidad y riqueza, los más elegantísimos trajes de noche y las más valiosas joyas, lucidas por bellísimas damas, que con su presencia dieron realce a esta memorable inauguración que perdurará en los anales del Madrid aristocrático como fiesta de gran tono” (Arriba- 21/5/1942).

Las cartillas de racionamiento de productos básicos, vigentes en la posguerra española entre los años 1939 y 1952, servían para distribuir entre la población los alimentos de primera necesidad, pero a todas luces insuficientes y de mala calidad. El hambre, la miseria y la enfermedad se cebó con los ciudadanos que debían, para más inri, ensalzar casi en cada esquina la figura del dictador Francisco Franco y máximo responsable de la catastrófica Guerra Civil Española y de la tremenda posguerra. 

Mientras el salario medio diario de un electricista era de 20’15 pesetas, el de un panadero 12,58 pesetas y el de una costurera 7’55 pesetas, un té con pastas acompañado de mermelada y mantequilla (productos inexistentes para la población) costaba 16 pesetas a la concurrencia aristocrática del Pasapoga. De esta manera los madrileños comenzaron a denominar a esta sala de fiestas el Pasa y paga, naturalmente de puertas afuera.

Fotografía: M.R.Giménez (2007)
Entrada principal del Cine Avenida (que en su última etapa tuvo varias salas) y puerta de acceso de Pasapoga. Ambos locales ya estaban cerrados en el momento de tomar la fotografía.  

En el mes de septiembre de cada año Pasapoga inauguraba su temporada. Las orquestas más famosas hacían bailar a sus encopetados clientes que bebían coñac con sifón o gin-fizz, y eran capaces de abonar las 10 pesetas que costaba el paquete de tabaco americano obtenido en el mercado negro (estraperlo). Artistas como Josephine Baker, Juliette Grèco, Ava Gadner o Jorge Negrete eran asiduos, durante sus visitas en Madrid, a esta sala de fiestas en la que se presentaría una jovencísima Sarita Montiel cantando “Yo te diré” como única melodía de su repertorio.

Con el tiempo la opulenta sala Pasapoga fue superada por nuevas modas que propiciaron su decadencia paulatina. Tras los momentos de esplendor durante aquella larga posguerra, se acabaron las presentaciones de moda que las casas de alta costura realizaban en sus pistas de baile, al no contar con pasarelas apropiadas; terminaron las fastuosas fiestas privadas de empresas que alquilaban aquel marco incomparable de lujo, único en Madrid, así como los dispendiosos bailes de disfraces que la alta burguesía y la aristocracia triunfadoras de la Guerra Civil solían celebrar. El Pasapoga pasó a ser una más entre la multitud de las salas de fiestas que iban abriéndose en Madrid, más modernas y con precios asequibles. 

Lo que comenzó con aires de glamour desmesurado, tras haber pasado por distintas fases de deterioro, sucumbió ante la oferta de una cadena de grandes almacenes del ramo textil que también se llevó por delante al Cine Avenida. 

Fotografías: M.R.Giménez (2014)
Lo que hoy queda de Pasapoga: Puerta de acceso y decoración interior de los almacenes.

De Pasapoga no queda más que su nombre en una pequeña vitrina situada tras lo que fue la puerta de acceso y una decoración bastante kitsch, que quizá pretenda rendir un chocarrero homenaje a lo que hasta el año 2003 hubo en este local de la Gran Vía. También quedó para la memoria histórica la anécdota que tuvo como protagonistas al director de cine Luis García Berlanga y, una vez más, a la censura franquista del año 1962 y que fue contada por el propio director: En el episodio que hice para la película Las cuatro verdades (llamado: La Muerte y el leñador) se me impuso un corte de guión. Estaba escrito: “Vista general de la Gran Vía”. Cuando subimos a lo alto del edificio Carrión, la productora lo eliminó como un plano engorroso de hacer, en realidad porque alguien de la censura había comentado: “Una vista general de la avenida… ¿quién nos garantiza que Luis no mete a dos obispos saliendo del Pasapoga?. Debía habérseme ocurrido a mí, es una espléndida idea.






Fuentes:

Prensahistorica.mcu.es
Hemeroteca de ABC
“Posguerra, publicidad y propaganda -1939-1959” Círculodebellasartes.com
Hemeroteca de la B.N.E.
Newscom.com
Memoriademadrid.es
Tesorosdelayer.com
Diariomadrid.net

Encarnación Chamorro (in memoriam)

viernes, 3 de mayo de 2013

CAFÉS, FONDAS Y PERSONAJES DE LA CALLE DEL CARMEN.


La calle del Carmen es hoy una de las más comerciales y transitadas del centro de Madrid. Tiendas, cafés y terrazas, además de otros muchos negocios, han estado en ella desde que a mediados del siglo XVI comenzara la edificación de las primeras casas que la conformarían. Aquí descubriremos algunos de los establecimientos más pintorescos y ya desaparecidos de esta vía. 


Fuente: Flickr.com Nicolás 1056
Fotografía: M.R.Giménez (2013)
La fotografía de la izquierda (1906) está tomada en la puerta de la iglesia del Carmen. La segunda vista es el mismo lugar, en la actualidad. A la derecha se aprecia la calle de la Salud.
Alrededor del año 1540, lo que con el tiempo se convertiría en la calle del Carmen era una zona situada extramuros de la población. Poco tiempo después sus diversos propietarios empezarían a edificar pequeñas casas entre las que se instaló una mancebía o prostíbulo, que al parecer tuvo bastante fama en Madrid. Como reclamo de sus servicios se dispuso en una de las ventanas de este negocio la figura de una mujer ricamente engalanada y cuyos brazos eran movidos o sustituidos por los de un mozo que allí trabajaba, llamando así la atención de los posibles clientes. Cierto día pasó por la puerta del lupanar un religioso que creyó ver en la efigie una personificación de la virgen y horrorizado puso el hecho en conocimiento de la autoridad, quien con rapidez rescató la estatua del lugar y dio en llamarla Nuestra Señora de Madrid. La imagen posteriormente sería conducida, con gran fiesta el día 10 de octubre de 1651, al altar de la iglesia del Hospital General (situado en la calle de Atocha), pero antes, todos los que en la mancebía trabajaban terminaron en la hoguera. 

Sobre el solar que dejó aquel negocio tan “impío”, y una vez configurada la calle, se levantó el convento del Carmen Calzado, del que hoy sólo queda la iglesia (1611) que podemos ver en el número 10 de esta vía, haciendo esquina con la calle de la Salud. 

La casa que hoy ocupa el número 12 está construida sobre el terreno de otra ya demolida no hace demasiados años. A finales del siglo XVIII tenía el número 25 y en ella vivió el torero Josef Delgado Guerra (1754-1801), más conocido como “Hillo” o “Pepe Hillo”. Los suyos fueron momentos en los que un espectáculo taurino constaba de dos tiempos; la sesión de mañana daba inicio a las 10 horas y la de por la tarde a las 16 horas, con tres matadores y doce toros en el mismo cartel. 
Fuente: Flickr.com Alejandro Blanco.
Placa sobre la fachada de la casa de la calle del Carmen, 12.
Hillo sufrió una grave cogida en la plaza de toros de Madrid, entonces situada junto a la Puerta de Alcalá, el día 11 de mayo de 1801. El toro “Barbudo” empitonó al diestro, lanzándolo por los aires y produciéndole graves heridas cuyo resultado sería su muerte. El pintor Francisco de Goya y Lucientes, aquel día presente en el coso taurino, reflejaría en varios cartones de la serie “La Tauromaquia” la cogida del torero. 

Fuente: Es.wikipedia.org
Grabado de Francisco de Goya, de la serie "La Tauromaquia" que representa la cogida del torero.
A finales del siglo XVIII la Posada de los Flamencos vino a instalarse en la casa número 4 de la calle del Carmen. Por entonces aún no se numeraban las edificaciones de manera correlativa y ordenada, como en la actualidad, pero sabemos que esta posada estuvo situada frente a la calle del Olivo (actual calle de Mesonero Romanos). 

Foto: M.R.Giménez (2011)
Lugar aproximado de ubicación de la Posada de los Flamencos. A la izquierda, la calle de Mesonero Romanos. La fotografía recoge en primer plano la calle de Rompelanzas, que es la más corta de Madrid.
Además de hospedaje y comidas esta fonda era conocida por sus espectáculos. Así, en el año 1786 mostraba la célebre máquina de nueva invención nombrada “El Globo Mundo” compuesta por un globo celeste de más de 6 varas de circunferencia, que está siempre con el sol y la luna en continuo giro. Una década más tarde se instaló una preciosa máquina de figuras corpóreas, de tamaño de una vara escasa que mueven brazos, cabeza, rodillas y pies y están vestidas con mucho gusto. Con estas estatuas se representaban funciones como “El conde Fernán González en la corte de Almanzor” o el sainete “El licenciado Cañamón”. 

Parece que el edificio donde se ubicaba la Posada de los Flamencos tenía varios pisos ya que en el año 1799 un competidor se instaló en la misma casa. La fonda de la Corona abrió aquí anunciando que en ella es donde se servirá con mucho aseo y al precio que pidan

Una calle tan céntrica y comercial como la del Carmen, por supuesto, también tuvo sus cafés. 

El café de La Estrella abrió sus puertas alrededor de la década de los años cincuenta del siglo XIX en la calle de Preciados (entonces número 43) y también tenía entrada por la calle del Carmen. Sabemos que en el año 1886 se daba como dirección el número 20 de la calle de Preciados y calle del Carmen, número 27. Su dueño era Eugenio Noras y el de La Estrella sería un café de cante flamenco a partir del último cuarto del siglo XIX. 

Foto: M.R.Giménez (2013)
Ubicación aproximada de lo que fue el café de La Estrella, en la calle del Carmen.

El café del Carmen ya aparece en la prensa del año 1862, que lo sitúa en el número 8 de la calle. Parece que cuatro años después cambia de dueño que se ha propuesto acreditar este establecimiento, algo descuidado por los anteriores propietarios y oferta licores extranjeros, un buen café y superiores vinos además de chocolates “esquisitos”. Se establece en el local un nuevo teatro (ya que casi todos los cafés de la época ofrecían espectáculos) en el que una compañía de actores dará representaciones todos los días, mediante un abono que cuesta 10 reales a la semana. También el consumidor puede suscribirse mensualmente a tomar café por 40 reales. 

En el año 1872 el dueño del café del Carmen era Ramón Lino, de cuya desaparición dan cuenta los periódicos por encontrarse en paradero desconocido debido a tener pendiente una causa criminal por juegos prohibidos. En el mes de marzo de ese mismo año el negocio, dadas las circunstancias, volvería a cambiar de dueño quien modificaría el local y reabriría anunciando los conciertos de un cuarteto musical que llama la atención por las escogidas piezas de ópera que interpreta, en conciertos a las 8 y 12 horas de la noche. 

Fuente: ibytes.es (1936)
Calle del Carmen, 6. Este edificio fue construido en el año 1887 por lo que el café del Carmen estuvo en el que allí hubo con anterioridad.

El café del Carmen pasaría a ser muy conocido como lugar de cante flamenco a mediados de la década de los años setenta del siglo XIX. Allí cantaba Silverio Franconetti Aguilar (1823-1889) alias “Silverio” aquello de “Una cordera, una cordera / de tanto acariciarla / se volvió fiera” y Dolores Parrales Moreno (1845-1915) conocida como “La Parrala”. 

Ya en los años veinte del siglo pasado abriría el bar Hollywood, frente a la entrada del desaparecido hotel Florida, haciendo esquina con la plaza del Callao. 

Fuente: Urbanity.es
Foto: M.R.Giménez (2012)
La fotografía de la izquierda es anterior a la Guerra Civil Española. En ella se aprecia la remodelación de la calle, a la izquierda la puerta del hotel Florida y a la derecha el bar Hollywood.
La imagen de la derecha es actual pudiéndose ver que ya no existe nada de la imagen anterior.

La moda americana trajo a esta esquina de la calle del Carmen este bar modesto que contaba con una terraza durante los meses de verano. La casa donde se instalaba el Hollywood fue demolida y sobre su solar se construyó, en los años cuarenta del siglo XX, el moderno edificio que albergaría los almacenes Galerías Preciados. Dos décadas después también desaparecería el hotel Florida y sobre sus cimientos se construiría el anodino edificio de grandes almacenes que hoy podemos ver. 











Fuentes:

Hemeroteca B.N.E.
Prensahistorica.mcu.es
“Los cafés cantantes de Madrid (1846-1936)” José Blas Vega.
Es.wikipedia.org
"Guía de Arquitectura y Urbanismo de Madrid" C.O.A.M.
“El cine, la Gran Vía y yo” Rosario González Truchado.

martes, 26 de febrero de 2013

CUATRO CAFÉS DE LA GRAN VÍA: FUYMA, IRUÑA, MANILA Y FUENTESILA.


A escasos metros entre sí y desde los años treinta hasta los cincuenta del siglo pasado, fueron inaugurados cuatro importantes cafés en la Gran Vía de Madrid: Fuyma, Iruña, Manila y Fuentesila. 


Fuente: Maps.google.es
Ubicación sobre mapa de los desaparecidos cafés Fuyma, Iruña, Manila y Fuentesila de la Gran Vía.


Ya había pasado la época de los vetustos y oscuros cafés del siglo diecinueve cuando la Gran Vía comenzaba la construcción de su tercer y último tramo. La modernidad de los primeros años treinta requería nuevos lugares de reunión con mucha luz natural, diseños interiores más sencillos y coloridos que olvidaban la madera o los divanes tapizados en terciopelo de los viejos cafés en pos del aluminio, el cristal y los revestimientos en piel de sus asientos. Así nacieron los flamantes cafés o cafeterías de la moderna avenida, que aún tenía los nombres de Conde de Peñalver, Pi y Margall y Eduardo Dato, dependiendo del tramo. 

El café Fuyma fue el primero en abrir de estos cuatro establecimientos. Estuvo situado en la llamada entonces, avenida de Pi y Margall, número 22 (hoy Gran Vía, 44), haciendo esquina con la calle de Hita (hoy de Miguel Moya). 

Fuente: mcu.es (década de los años 30). Foto recortada.
El café Fuyma, bajo su toldo, en la esquina de Gran Vía con la calle de Miguel Moya.

Inaugurado en el año 1931 por los dueños de la empresa “Fundición de Hierro Maleable” (de ahí su acrónimo nombre), era un café de planta rectangular al que se accedía por una pequeña puerta giratoria, situada en su fachada de la Gran Vía. El interior había cambiado los espejos de los viejos cafés por grandes ventanales con largos visillos de encaje, dejando así entrar la luz de la calle hasta casi el atardecer. Dos hileras de mesas en madera, con cristal de fondo verde aguamarina en la superficie, acogían a los clientes que podían hacer uso de las cuatro sillas correspondientes a cada una de ellas o juntarlas, si la tertulia era más numerosa. Sólo al fondo de la sala había espejos, grandes, forrando la pared que señalaba el final del café y bajo ellos, sobre una pequeña plataforma separada de la parte central, pero a la vista de todos, una fila de asientos corridos y tapizados en piel. En esta zona comenzaba una pequeña barandilla que recorría en ángulo recto todo el contorno del salón e incluía la barra del café, situada a la derecha del acceso, junto a la que había taburetes altos para tomar rápidas consumiciones. 

Fuente de la primera fotografía, desconocida. Foto: M.R.Giménez (2013).
El café Fuyma y el cine Palacio de la Prensa, con más de medio siglo de diferencia.

El Fuyma sería uno de los cafés escogidos por los reporteros de la Guerra Civil Española para escribir sus crónicas. De él decían que era el primer remanso de paz tras el cercano frente situado en la Ciudad Universitaria; a pesar de que la Gran Vía fue renombrada como la “Avenida del quince y medio”, por las miles de bombas que sobre ella caían de forma continuada. 

A partir del año 1939 la clientela del Fuyma se componía de notarios, militares y miembros de la colonia puertorriqueña asentada en Madrid, además del escritor Darío Fernández Flórez, quien ambientaría su novela “Lola, espejo oscuro” en este café. Junto a ellos, un barman llamado Francisco Sánchez Fernández comenzaba a preparar los trastos para convertirse en el torero “Frasquito” y presentarse en la Maestranza de Sevilla, en el año 1948. 

El café Fuyma desapareció en el año 1995 por baja rentabilidad, a decir de sus propietarios. Sería sustituido por una entidad bancaria y dejaría a dieciséis trabajadores sin empleo. 

El café Iruña bar fue inaugurado en el año 1932 y se encontraba situado en la esquina de la avenida Eduardo Dato, número 8 (actual Gran Vía, 52) con la calle de Silva, número 11. 

Fuente: Prensahistorica.mcu.es (1975)
Foto: M.R.Giménez (2013)
La esquina de la Gran Vía y la calle de Silva, donde estuvo el café Iruña.

Siete camareros (uno de ellos de Pamplona, de ahí el nombre del café) de distintos establecimientos de Madrid, decidieron un buen día abrir el suyo propio y formar la sociedad del Iruña, para lo que cada uno aportaría dos mil pesetas, de las de antes de la guerra. Por aquel tiempo la avenida de Eduardo Dato (desde la plaza del Callao hasta la de España) estaba aún sin terminar, llena de grandes solares destinados a los futuros edificios previstos. 

Fuente: B.N.E. (1938)

En el mes de abril de 1933 el colectivo de “Acción Literaria”, organización moderna al servicio de la literatura española que se propone exaltar los nombres de poetas, escritores, reporteros y oradores de las nuevas generaciones y divulgar su firma y su obra, tenía su lugar de encuentro en el café Iruña y solicitaba aportación económica para un valor joven que destaca en estos días, llamado Federico García Lorca y para su Club Teatral de Cultura (Anfistora). 

Todo iba bien hasta que en el año 1936 comenzó la Guerra Civil Española y cuatro de los siete socios del Iruña huyen de Madrid, otro es malherido en un bombardeo de la Gran Vía y el resto continúa con el negocio, de la mejor manera posible. La posguerra, tan dura para todos, lo fue también para este café que había abierto un “baile-taxi” (salón en el que las mujeres esperaban a ser sacadas a bailar cobrando un módico precio) en su planta baja y que sería clausurado de inmediato. Así, se ocupó el espacio con mesas de billar y de juego, que fueron intervenidas por la policía, a pesar de que eran numerosos los comisarios de la zona que al café asistían. Más tarde el sótano se convirtió en una sala de televisión, cuando comenzaban las emisiones en España, siendo muy frecuentada por toreros mejicanos como Carlos Ruíz Camino “Arruza”. 

En el mes de enero de 1975 el café Iruña bar echa el cierre definitivo, dejando a treinta y seis trabajadores, todos demasiado veteranos, con un mísero despido. Un restaurante de comida rápida, el primero de la cadena que se inauguró en Madrid, ocupa hoy el local de lo que fue el café Iruña. 

Foto: M.R.Giménez (2011).
Fachada del edificio del arquitecto Luis Díaz de Tolosa, construido en el año 1928, donde estuvo el café Iruña. Tal vez el mejor representante del Art Decó de la Gran Vía de Madrid.

Bajo el edificio Carrión de la Gran Vía, número 41 vino a instalarse la cafetería Manila en la década de los años cuarenta del siglo pasado. El local fue antes la sala de fiestas, café y bar Capitol.


Fuente: Memoriademadrid.es (1932)
Foto: M.R.Giménez (2013)
Esquina del edificio Carrión. A la izquierda el bar Capitol, que luego sería la cafetería Manila. A la derecha el local en la actualidad.

Manila tenía su puerta de acceso en la misma esquina redonda que antes daba entrada al antiguo bar modernista Capitol, entre la Gran Vía y la calle de Jacometrezo, prácticamente en la plaza del Callao. 

La curiosa forma del edificio Carrión obligaba a que la barra de la cafetería tuviese una parabólica forma, con la parte más estrecha enfrentada a la puerta, y a su alrededor altos asientos giratorios y fijos en el suelo. Su fachada estaba compuesta por grandes ventanales separados tan sólo por las finas estructuras de sujeción para los cristales. 

En el piso superior se encontraba una de las ventanas más bonitas de la Gran Vía, desde donde se dominaba gran parte de la plaza del Callao y toda la calle hasta la Red de San Luis. 

Fuente: Paseandocon.blogspot.com  (Principios de los años 90).
Aspecto parcial de la cafetería Manila, la magnífica ventana y sus terrazas.

La fama del Manila, debido a su céntrica ubicación, fue bastante singular. Se convertiría en lugar de encuentro para todo tipo de reuniones que deseaban pasar desapercibidas y también en escenario para numerosas películas, gracias a la privilegiada vista de sus ventanales. Pedro Almodóvar Caballero y José Luis “Garci” Muñoz, entre otros directores, rodaron en Manila. 

En el año 1996 Manila se cierra. Los dueños de la cadena de cafeterías a la que este local perteneció, no supieron gestionar el negocio a la muerte de su fundador y, tras demasiados conflictos y el heroico encierro de sus trabajadores reivindicando su puesto de trabajo, en el mes de septiembre de ese mismo año Manila desaparece dejando a cuarenta empleados con demasiados años de antigüedad, en la calle. 

Hoy el fantástico local está ocupado por una tienda de ropa y las magníficas vistas de su ventana están cegadas por un anuncio de su marca. 

El café Fuentesila fue el último de estos cuatro cafés de la Gran Vía en abrir y el primero en cerrar. Con el nombre de Fuentesila se instaló en el local que ocupara antes el café del hotel Gran Vía. 

Foto: M.R.Giménez (2012)
Aspecto actual de la fachada del café Fuentesila, de la Gran Vía.

Inaugurado a mediados de los años cincuenta del siglo XX, estuvo ubicado en la Gran Vía, número 25 hasta el principio de los años setenta. 

Los cercanos y muy famosos Almacenes Rodríguez surtieron de todo lo necesario al café Fuentesila en su apertura: Tapicerías para sus sillones, menaje, cristalería, etc. 

Fuente: ABC (1955)
Rincón del café Fuentesila.

Dotado de varios pisos, el Fuentesila era un café bastante amplio, tranquilo y algo oscuro por estar situado entre dos locales: la joyería Aleixandre (hoy es un restaurante de comida rápida) y la entrada del hotel Gran Vía. 

Fuente: Viejo-madrid.es (1960).
La desaparecida joyería Aleixandre, que hoy mantiene casi intacta su fachada.

Veinte años después de su inauguración el Fuentesila se convertiría en un restaurante self-service y el día 6 de abril de 1991 Madrid Rock, la tienda de discos más grande de España, abrió sus puertas en lo que fue el espacio del café. 

Fuente: El País (2005)
Fachada de lo que fue el café Fuentesila y entre los años 1991 y 2005 se convirtió en Madrid Rock.

En la actualidad el local que ocupó el Fuentesila y posteriormente Madrid Rock se ha convertido en una anodina tienda de ropa, aunque hay quien se mantiene a su puerta esperando tiempos mejores. 








Fuentes:
Memoriademadrid.es
Hemeroteca B.N.E.
Hemeroteca ABC.
Viejo-madrid.es
Elpais.com
Paseandocon.blogspot.com
Mcu.es          
Prensahistorica.mcu.es

viernes, 26 de octubre de 2012

LOS BILLARES Y EL CINE DE VERANO EN EL CALLAO.


Mucho se ha escrito sobre el más antiguo y conocido cinematógrafo de la Gran Vía de Madrid, el cine Callao, que además de seguir milagrosamente en pie tuvo también una espléndida sala de billar y un magnífico cine de verano. 


Foto: M.R.Giménez (2010)
Detalle de la ornamentación decó de la fachada del cine Callao.

El proyecto original del arquitecto Luis Gutiérrez Soto incluía en este edificio, además de la gran sala interior con capacidad para 1.333 localidades, un gran café con escenario para actuaciones en su sótano que posteriormente sería convertido en sala de billar, siendo ésta inaugurada el domingo 1 de abril de 1928. 

Fuente: Urbanity.es
Proyecto para el cine Callao, firmado por Luis Gutiérrez Soto, en el que se aprecia como la planta baja del edificio estaba destinada a ser gran café, en un principio.

La sala de billar del Callao era un establecimiento de la cadena Burbbiks de París. Su puerta de acceso se encontraba junto a la del cine y a penas puestos los pies en el primer peldaño de la escalera por la que se bajaba al gran salón, había un balcón desde el que visualizar el ambiente. 

Fuente: mcu.es - Archivo Loty. Autor: Antonio Passaporte.
Fragmento de la fotografía realizada entre 1927 y 1931. El edificio Carrión aún no aparece.
A la izquierda, junto a la puerta del cine, se ve la entrada y el rótulo de los billares de Callao.

Sala espaciosa, grande, de amplias paredes y pródiga luz. En una de las esquinas del salón había un bar americano donde un experto barman ofrecía sabrosísimos tónicos a los infatigables aficionados, que podían jugar sus partidas en las 32 mesas de billar disponibles. El local contaba también con mesas para profesionales y una sala con graderío para contemplar las competiciones. 

Fuente: B.N.E.
La sala de billar contaba también con ventanales que proporcionaban luz natural.

El salón de billar del Callao se mantuvo abierto hasta la década de los años setenta del siglo pasado y sirvió, en la Guerra Civil Española, como comedor colectivo durante el asedio a Madrid. Hoy es la sala 2 del cine y su puerta se ha convertido en salida de emergencia. 

"Los que pasan por la plaza del Callao y dan la vuelta a la Gran Vía podrán observar que la parte superior del edificio termina con unas columnas con traviesas pintadas en granate, como unos ventanales grandes sin techo, donde ahora han colocado plantas de hoja perenne. Esa es la fachada de la terraza donde se ubicó el cine de verano del Callao. En ella se colocaron 300 butacas de madera con sus brazos, sujetas al suelo por listones atornillados y todo pintado en color granate." 

Quien esto relata es Rosario González Truchado, hija del primer conserje y posteriormente representante del cine Callao (José González Ángel), que vivió con su familia en el mismo cine entre los años 1926 y 1965. 

"En la pared alta que daba a la casa de al lado, también propiedad de la empresa del cine Callao y que se utilizó para instalar las oficinas, se elevó una gran pantalla (visible hoy desde la calle) con su correspondiente escenario; debajo, el sitio para la orquestina separado por una verja de maderas entrelazadas y tiestos con campanillas que se enredaban en la misma." 

Foto: M.R.Giménez (2012)
La deteriorada pantalla del cine de verano del Callao, en la actualidad. La plataforma del escenario y el sitio para la orquestina han desaparecido.
"También se construyeron, a lo largo de la pared, frente al escenario, seis hornacinas como de 1,25m. de alto por 0,60m. de ancho y en su interior unos jarrones de escayola que fueron decorados con los colores clásicos de Talavera: azul, amarillo y verde, rellenándoles después de petunias con todos los colores."

Foto: M.R.Giménez (2012)
Se aprecian las hornacinas para los jarrones de cerámica de Talavera y lo que fueron las puertas de acceso a la terraza.

"En la parte izquierda, y según se salía de los ascensores, se montó un bar muy completo que, además del surtido de cerveza, bebidas y café, contaba con un puesto de horchata, agua de cebada y limón granizado, a cargo de unos valencianos.

A la terraza se accedía, por cuatro puertas de madera acristalada, desde el pasillo-vestíbulo y los ascensores; todo estaba muy bien iluminado por luces de colores, como en una verbena. 

En la parte de arriba, donde empieza el torreón (visible desde la calle), se instaló la platea o sobreterraza, con 6 filas de butacas que iban montadas de la siguiente manera: la primera fila en el suelo con listones y las otras cinco escalonadas sobre maderas, a distinto nivel para facilitar la visión de los de atrás. En medio de esta platea, la cabina de proyección. A mano izquierda diez palcos separados por rejillas de madera con sus cinco butacas." 

Foto: M.R.Giménez (2012).
Sobreterraza del edificio.

"A lo largo de toda esta sobreterraza había unas barandillas, también de madera, como de dos metros, haciendo dibujos, separadas con bloques de cemento pintados de blanco. Debajo de ellas sobresalían unos poyetes igualmente de dos metros, con su correspondiente rejilla para proteger los tiestos que se colocaron con plantas de geranios de hiedra de todos los colores y de verbenas. 

Esta idea del cine de verano tuvo mucho éxito y el público lo puso enseguida de moda, llenándose todas las noches. Resultaba muy vistosa la presencia de las señoras con los mantoncillos de seda bordados y flecos pequeños, para ponerse sobre la espalda y los brazos ya que la noche refrescaba. Todavía no se conocía la "rebeca". 

Todo tenía su inconveniente y, en este caso, tal era las tormentas de verano que solían presentarse por la noche y hacían suspender la proyección; en estos casos el espectáculo pasaba a darse en la sala cubierta. Duraban las sesiones desde mediados de junio hasta septiembre. 

En las noches de verano, cuando se daban las funciones de cine, asustaba ver a las chachas de las casas de la calle Preciados trepando por los tejados de los edificios próximos y acomodándose sobre las tejas para ver la película, ¡qué valor!, en cualquier momento un resbalón y al fondo del patio." 

La terraza del Callao se inauguró el día 6 de junio de 1927 con tres películas, entonces de cine mudo: “¿Dónde vamos a parar?”, “La criada del coronel” y “Dick, el guarda marino”. Se mantuvo abierta hasta la Guerra Civil Española y después dejó de utilizarse, tristemente. 





Fuentes:
“El cine, la Gran Vía y yo” de Rosario González Truchado.
“Cines de Madrid” de David Miguel Sánchez Fernández.
Hemeroteca ABC.
Hemeroteca B.N.E.
Urbanity.es
Mcu.es (archivo Loty).