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martes, 24 de julio de 2018

LA MANIGUA Y UN CAFÉ ECONÓMICO DE LA CALLE DE EMBAJADORES.


Desde que la Cerca de Felipe IV fue derribada, allá por los años sesenta del siglo XIX, Madrid empezó a crecer. Por entonces la calle de Embajadores cortaba su itinerario en lo que hoy es la glorieta del mismo nombre, donde estaba ubicado El Portillo o pequeña puerta de acceso para atravesar aquella muralla. 


Poco a poco comenzaron a surgir nuevos edificios y negocios en este tramo proyectado como ensanche de Madrid, dándose nombres a las incipientes calles.

Fuente: idehistoricamadrid.org. Plano de Facundo Cañada (1900). Señalado con el nº 1 el merendero de La Manigua, con el nº 2 la Taberna de Malagorra y con el nº 3 la glorieta de Santa María de la Cabeza.




La urbanización efectiva del sector terminaba, a finales del siglo XIX, en la que hoy es glorieta de Santa María de la Cabeza (entonces ya diseñada, pero aún sin denominación). A partir de esta plaza daba comienzo La Manigua.


Los periódicos de la época hacen referencia a la zona, barriada o arrabal de La Manigua a partir del año 1899, mencionando a un ventorro, baile y taberna que con ese nombre vino a instalarse en la manzana que hoy se ubica entre las calles de Cáceres, Batalla del Salado y Embajadores (por entonces denominada paseo Blanco, en este tramo).


Fuente: idehistoricamadrid.org (1900). Junto a la hoy calle de Embajadores, entonces paseo Blanco, los negocios de La Manigua y Malagorra, junto a talleres de mármol y fundición.


La zona de La Manigua era en aquella época famosa por sus merenderos y por la gente del bronce que a ellos acudía en busca de camorra. A su alrededor, con las calles ya proyectadas pero sin urbanizar, había algunos negocios dedicados a la fabricación de yesos, tejas, fundición de metales y tallado de mármoles.


Junto al ventorro de La Manigua, que fue propiedad de Enrique Abad Caballero, estuvo además la Taberna de Malagorra, cuyo dueño lo era también de varias tiendas de vinos en Madrid.


Parece que el nombre de esta pequeña barriada se mantuvo hasta el final de los años veinte del siglo pasado, cuando desapareció el ventorro. Después, sólo los viejos del lugar recordarían dónde estuvo y lo que fue una de las zonas más pendencieras y con mejores meriendas del sur de Madrid, citada por el escritor Pío Baroja en sus novelas de la trilogía “La lucha por la vida”. 


Por encima de la zona de La  Manigua, subiendo por la calle de Embajadores hasta la glorieta, se ubicó el último café económico que cerró en Madrid.

Fuente: memoriademadrid.es (1971). Fachada del café económico de la calle de Embajadores.


A mediados del siglo XIX los cafés se popularizaron en Madrid. Las viejas botillerías dieron paso a estos nuevos negocios más limpios y mejor servidos, que se convertirían en lugares de tertulia y distracción.


No todos los cafés tenían los mismos servicios ni estaban decorados con lujo, por lo que en sus consumiciones el precio oscilaba. Surgirían así los cafés económicos que ofertaban productos más baratos hechos con géneros de menor calidad, como el café de recuelo o la malta, el chocolate con mezcla de otros ingredientes acompañados de las porras, los churros y las bolas o pequeños buñuelos.


Así fue como en el número 76 (antiguo 78) de la calle de Embajadores abrió, allá por el año 1907, el Café de Atilano Domingo, que se convertiría en el último de su clase que se mantuvo activo en Madrid.


En una casa baja y alargada, construida en los primeros años del siglo XX y que también contenía otros pequeños negocios del barrio, vino a instalar Atilano aquel café que permanecía abierto casi las veinticuatro horas del día.


Fuente: memoriademadrid.es (1971). Salón del café económico de la calle de Embajadores.


Iluminada durante el día por la luz de sus tres ventanas y de la puerta de acceso al local, una gran estancia alargada, con la barra situada a la derecha, tan sólo contaba con la decoración de un friso de azulejos, un reloj y algún cartel en sus paredes pintadas de blanco. Mesas de mármol y hierro, bancos corridos y taburetes de madera eran los únicos muebles de este café que cerca de su puerta mostraba los productos para la venta, recién sacados de la enorme caldera. Al fondo del recinto estaba el fogón, bajo una espaciosa chimenea.


Sus parroquianos eran trabajadores del barrio, transeúntes o aquellos que no tenían otro espacio para descansar y comer algo caliente, durante las frías noches madrileñas.

Fuente: memoriademadrid.org (1971). Churros, buñuelos y porras, junto a los juncos, del café económico de Embajadores.


La copa de cazalla, seguida del café con leche acompañado por una ración de  calientes churros o buñuelos, era el desayuno de aquellos que decidían consumirlo en el salón. Para el resto del vecindario un junco de río, con churros y bolas insertadas, era el envase que se proporcionaba para transportar los condumios a las casas.


Fuente: 2.munimadrid.es (1997). Fachada del café económico de Embajadores, poco antes de desaparecer.


Con el tiempo el Café Económico de Atilano Domingo iría prosperando y modernizando el local, hasta que la especulación de los años finales de la década de los noventa dio al traste con el negocio y con la casa de una sola altura que desde principios del siglo XX se había levantado en el número 76 de la calle de Embajadores.



Fuentes:

Idehistoricamadrid.org
Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
2.munimadrid.es

martes, 10 de julio de 2018

EL CINE DEL CALLAO.


La plaza del Callao surge en el callejero de Madrid durante los años sesenta del siglo XIX, tras derruir antiguas casas de las calles del Carmen y Preciados. 


El trazado de la nueva Gran Vía, cuya obra se inició en el año 1910, permitió la remodelación de esta plaza, dejándola a un lado de la nueva avenida y ampliando su espacio. Fue durante los años veinte del siglo pasado cuando comenzaron a construirse los elegantes edificios que hoy la conforman.
  

En el solar correspondiente al número 3 de esta plaza, haciendo esquina con la calle de Jacometrezo, vino a instalarse el Cine del Callao, hace más de noventa años.


El edificio, proyectado por el arquitecto Luis Gutiérrez Soto, tuvo un coste de cuatro millones de pesetas y fue construido en algo menos de doce meses. En sus fachadas e interior se utilizó una mezcla de estilos que propiciaron su carácter singular, caracterizado por una gran diversidad en sus detalles.


Inaugurado el día el día 11 de diciembre de 1926, con la película “Luis Candelas o el bandido de Madrid” dirigida por Armand Guerra, fue el primer cinematógrafo español en estrenar una película con sonido sincronizado: “The Jazz Singer”, en españolEl cantor de jazz”, del director Alan Crosland.


El Callao fue pionero también en la utilización de su azotea para convertirla en un cine de verano, único en la Gran Vía madrileña, que funcionó durante casi diez años. 





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En el vídeo en 3D que aquí presentamos está la historia completa de este cine, cuyo reclamo publicitario denominaría como “El rey de los cines – El cine de los reyes”.


Realizado con los planos originales del edificio y acompañado por las fotografías de sus diferentes épocas, en este vídeo veremos las decoraciones y ornamentación de sus fachadas, también todos aquellos detalles que fueron cambiando a lo largo de los años. Sabremos qué otros centros de entretenimiento había en su interior y cómo era el inmueble anexo e independiente, que también formó parte del conjunto, y en la actualidad mantiene sus puertas cerradas.


Se puede encontrar más información sobre el Cine del Callao pulsando en el blog de los Antiguos Cafés de Madrid y otras cosas de la Villa.




lunes, 25 de junio de 2018

CALLE DE BOTONERAS.


Esta pequeña y galdosiana calle de Botoneras sirve de transito entre la Plaza Mayor y la calle Imperial de Madrid. Los nueve números entre los que se reparte su longitud, han contenido numerosos comercios a lo largo del tiempo.

Fotografía: M.R.Giménez (2015). Maqueta León Gil de Palacio - 1830. La calle de Botoneras aparece señalada con un círculo.



La historia de su nombre comienza en el momento elegido (quizá en el siglo XVII) por las mujeres que se dedicaban a la confección y venta de botones, que allí decidieron instalar sus pequeños negocios. Sin embargo, entre mediados del siglo XVIII y hasta la mitad del XIX, la calle cambió su denominación en varias ocasiones, pasando a llamarse: Arco Imperial o Arco de Botoneras, 17 de Julio (en el año 1854), retomando Botoneras poco después.

Fuente: fotografía de la izquierda (1969) memoriademadrid.es. Fotografía de la derecha: M.R.Giménez (2017). La calle de Botoneras antes y ahora.


Tiendas dedicadas a la venta de sedas, calzados, droguería, comestibles, una famosa confitería y pastelería que se traspasó en varias ocasiones, un almacén de aguardientes, varias tabernas y una farmacia, que casi ha llegado hasta la actualidad, componían la oferta de establecimientos en esta calle de Botoneras desde el último cuarto del siglo XIX y parte del siglo pasado.


Tres de estos negocios merecen atención.


En el número 4 de la calle de Botoneras vino a instalarse, en torno al año 1880, Clementino Bermejo con su tienda de comestibles, negocio que en la década siguiente ya era taberna, almacén de aguardientes o tienda de vinos, cambiando consecutivamente de dueños. 


En el año 1922 José Gregorio inauguró en este local su Café Bar La Ideal, al que también se conocería como Casa de Pepe o el mejor sitio que pueden ustedes encontrar para tomar una riquísima taza de café por muy poco dinero. La Ideal ofertaba vinos de Valdepeñas, cervezas y vermut, traídos de verdadero origen sin intermediarios.

Fuente: fotografía de la izquierda (1920) hostelerosplazamayor.com. Fotografía de la derecha (2017) M.R.Giménez. Local del número 4 de Botoneras.


Actualmente el “Bar La Ideal” continúa en el mismo lugar, con sus famosos bocadillos de calamares.


El número 5 de Botoneras, tras alojar la droguería de José Castellví que allí se mantuvo hasta el año 1892, vio inaugurar una famosa confitería – pastelería y hacia 1896 fue la taberna de Matías Ruisánchez. Junto a esta casa, en el local situado en el número 3 de esta calle, Urbano Rojo instaló un café económico en 1897.


El café de Rojo iría ampliando el negocio ofertando vinos y cervezas hasta convertirlo en una conocida sidrería, una vez que anexionó el local contiguo del número 5 de la calle en el año 1915. Tres años después pasaría a llamarse “Restaurante Rosón”, con entrada por el número 3 de la calle de Botoneras.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1929). Anuncio de Casa Rojo.


Hacia el año 1927 el negocio volvió a cambiar de nombre para convertirse en “Casa Rojo”, lugar elegido para la organización de diversos banquetes como el celebrado el día 29 de abril de 1936 en honor al poeta Luis Cernuda, tras el éxito obtenido por la publicación de su obra “La realidad y el deseo”. Numerosos componentes de la Generación del 27 asistieron al homenaje y, entre ellos: Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Rosa Chacel, María Teresa León, Maruja Mallo, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Pablo Neruda, Pedro Salinas y muchos más, quedarían inmortalizados en la fotografía que hoy adorna la fachada del conocido restaurante que actualmente ocupa los números 3 y 5 de la calle de Botoneras.

Fuente: prensahistorica.mcu.es (1936). Banquete en honor a Luis Cernuda.


El último y quizá el negocio que más perduró en la calle de Botoneras fue el establecido en su número 7.


La prensa del año 1837 da noticia sobre una botica inmediata a la esquina entre las calles de Botoneras e Imperial. Precisando un poco más, sabemos que ya en el año 1858 el farmacéutico Jaime Coll se hallaba ahí establecido.


Esta antigua botica pasaría, en el año 1886, a ser propiedad del farmacéutico y médico Timoteo Vázquez Arias, quien en su laboratorio fabricó uno de los restauradores estomacales más anunciados en la prensa del momento.

Fuente: 2.munimadrid.es (1997). Dos aspectos de la antigua farmacia de la calle de Botoneras, nº 7.


Es muy probable que en el último cuarto del siglo XIX este establecimiento fuera remodelado con la decoración que tuvo hasta su cierre, ya en la centuria actual.

Fotografía: M.R.Giménez (2014). La farmacia de Botoneras, nº 7, cerrada definitivamente.


Hoy, conservando las pinturas del techo, las antiguas estanterías y su lámpara metálica con cuatro globos de cristal, ha sido convertida en un restaurante de comida rápida.




Fuentes:

Hemerotecadigital.bne.es
Memoriademadrid.es
Prensahistorica.mcu.es
2.munimadrid.es