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lunes, 6 de mayo de 2019

RESTAURANTE LHARDY.

Con casi doscientos años de antigüedad permanece, en la carrera de San Jerónimo de Madrid, el famoso restaurante Lhardy.



Era el año 1839 cuando el francés Emilio Huguenin decidió instalar su negocio en una de las calles más importantes de la ciudad, paso obligado de los cortesanos carruajes que transitaban entre el Palacio Real y el Monasterio de los Jerónimos. El edificio elegido, terminado de construir en ese mismo año, fue obra del arquitecto José María Gallart.



Emilio Lhardy, nombre por el que sería conocido desde entonces, introdujo en Madrid el moderno concepto de restaurante que hoy conocemos. En su establecimiento los clientes sólo compartían mesa con quienes les acompañaban y no junto a un grupo de desconocidos comensales, como sucedía en el resto de los negocios del ramo. Implantó la carta, escrita en francés, con los platos a disposición del cliente y su precio correspondiente. Dotó a su negocio de comedores separados, con elegante decoración y distintos ambientes. En suma, Lhardy fue el primer restaurante moderno que tuvo Madrid.



En el vídeo que presentamos a continuación Ambrosio Aguado, uno de los socios propietarios del restaurante, relata la historia de Lhardy desde su apertura y muestra cada uno de sus deslumbrantes rincones, cuya bellísima decoración no ha variado desde que en el siglo XIX fuera diseñada por Rafael Guerrero, padre de la famosa actriz teatral María Guerrero.



Junto a su magnífica colección de espejos veremos los famosos samovares para bebidas frías y calientes, que fueron una asombrosa novedad para aquellos tiempos. También su célebre croquetero, cedido por el restaurante para la ambientación de películas de época. Además, nos serviremos un consomé como hicieron las mujeres durante muchas generaciones, al ser Lhardy uno de los pocos establecimientos de Madrid a los que podían asistir sin compañía.










La historia de Lhardy es mucha y más aún todos los personajes que han pasado por sus salones, a lo largo de sus ciento ochenta años de existencia. El mundo literario, el político, pintores, músicos, actores y actrices se han sentado a sus mesas, contribuyendo a que Madrid aparezca en las guías de viajes más influyentes del mundo entero desde el siglo XIX y hasta la fecha.



martes, 9 de abril de 2019

PALENTINO Y OTRAS TIENDAS DE LA CALLE DEL PEZ.


Mucho se habló de la desaparición del Palentino a su cierre y aún antes del año 2018. El último bar de barrio por las mañanas y de copas durante las noches. 

Fotografía: M.R.Giménez (2013). El desaparecido bar "Palentino" de la calle del Pez, en Madrid.

Ubicado en la calle del Pez, número 8, sabía congregar al vecindario de café con leche y churros, al de sol y sombra, al del bocata de media mañana y a quien entretenía el rato viendo la televisión junto a alguna bebida que perduraba demasiado. Así era este bar cuya clientela asidua se conocía de antiguo.

Por la noche la cosa daba un brinco y se convertía en algo muy diferente. Al reclamo de sus precios populares comenzó a llenarse de otro tipo de parroquia más joven, hasta el punto de necesitar una regulación para su acceso. 

Fotografía: M.R.Giménez (2014). El antiguo bar "Palentino" al anochecer.
 
Inaugurado a principios de los años cuarenta del pasado siglo, Palentino había modificado poco su diseño: fachada de negro mármol, frisos plásticos en las paredes, lámparas y techos de un retardado art dèco, grandes lunas de espejo por todas partes y un largo mostrador situado a la derecha de la entrada. Sus grandes ventanales mostraban el interior de este bar, quizá demostrando que en él no había trampa ni cartón.

Fotografía: M.R.Giménez (2017). Interior del antiguo bar "Palentino".
 
El edificio anterior al actual, situado en el mismo lugar de la calle del Pez y esquina con la plaza de Carlos Cambronero, también contuvo un bar. Hay noticias, en el año 1935, del traspaso de este local para tal uso. Negocio efímero fue este bar, debido a que después de la Guerra Civil Española hubo que derruir la construcción, tras los terribles bombardeos de esta zona de Madrid. 

Fuente fotografía izquierda: bdh.bne.es (Entre 1936 y 1939). Fotografía derecha: M.R.Giménez (2019). Mismo rincón de la calle del Pez de Madrid, con ocho décadas de diferencia.

La calle del Pez, importante por sus palacios (Bornos, Baena, Cheste y Bauer), estuvo plagada de comercios, muchos de ellos ya centenarios, que han ido desapareciendo en el tiempo.

Nada menos que ciento veintitrés años se ha mantenido abierta, en el número 30 de esta calle, la tienda de ropa infantil más antigua de Madrid. “La Moda”, con su niño comiendo chocolate tras los cristales del escaparate, se marchó para siempre en los primeros meses del año 2019. 

Fuente Fotografía izquierda: Ángel Viñuales de "La Moda" (aprox. década años 50). Fotografía derecha: M.R.Giménez (2010) del niño comiendo chocolate.
 
A tres años de cumplir su centenario cerró “Calzados Penalva”, en el número 5, que en el año 1916 ya vendía alpargatas y más tarde se especializó en zapatos infantiles. Este comercio, al igual que “Almacenes Asturias”, con ropa de caballero y “Los Telares”, de textil para la casa, se situaron en locales alquilados al Convento de San Plácido (1913), cuyos espacios han sido ahora asimilados por el edificio.

Fotografía: M.R.Giménez (2007). Tres tiendas establecidas en del Convento de San Plácido y hoy desaparecidas: "Penalva", "Almacenes Asturias" y "Los Telares".

La calle del Pez cambió su nombre por el de calle Moriones entre los años 1868 y 1874, época conocida como el Sexenio Revolucionario. Antes de esas fechas, en el año 1865, un pastelero llamado José Barquín vino a instalar su negocio en el número 7 de esta vía. Su bonita tienda, llena de artísticos expositores de madera tallada y cristal, sería reemplazada por la “Pastelería Hernández” que, como todas las tiendas antiguas, tenía una cobradora del importe de la compra instalada en una pequeña cabina situada a la salida del establecimiento. Una obra de modernidad dio al traste con toda la decoración decimonónica, cambiando las artísticas maderas por el brillante aluminio. Treinta años después la pastelería del número 7 de la calle del Pez pasó a llamarse “V. García”, continuando la tradición del horno propio. En el año 2015 desapareció para siempre el dulce olor a dulces de esta calle.

Fotografía: M.R.Giménez (2013). Calle del Pez, nº7, donde estuvieron las pastelerías de Barquín, Hernández y V. García.
  
La calle del Pez también tuvo cines. El primero fue llamado “Coliseo Ena Victoria” y se inauguró en el año 1907. Un gran incendio dio al traste con el viejo barracón de madera y con las películas de cine mudo que proyectaba.
Con el tiempo vino a inaugurarse el “Cine Pez”, en el mes de noviembre de 1948, local de los llamados de sesión contínua, que algo más de dos décadas después pasaría a ser el “Teatro Alfil”.

Fuente fotografía izquierda: memoriademadrid (1907). Fotografía derecha: M.R.Giménez (2019). "El Coliseo Ena Victoria" estuvo en el actual nº 5 de la calle del Pez. "El Cine Pez" hoy es el "Teatro Alfil" y se encuentra en el nº 10 de la vía.

Hoy la calle del Pez está llena de negocios de restauración. Bares, restaurantes y coctelerías ocupan aquellos locales que dejaron las antiguas tiendas de barrio. Pero a mediados del siglo XIX esta calle también tuvo sus cafés con espejos en las paredes, columnas de hierro forjado, veladores y divanes forrados de terciopelo, como el Café de San Antonio, situado en el número 1, con su famoso billar y sus conciertos de música o el Café del Pez, de cante y baile flamenco, en la esquina con la calle de Pozas.

La historia de estos dos antiguos cafés de la calle del Pez se puede leer pulsando sobre sus correspondientes nombres subrayados.



Fuentes:

Ángel Viñuales de “La Moda”
bdh.bne.es
hemerotecadigital.bne.es
memoriademadrid.es
somosmalasana.elperiodico.com

miércoles, 3 de abril de 2019

LA ANTIGUA PASTELERÍA DEL POZO Y SUS TORRIJAS.



La Pastelería del Pozo, situada en la calle del mismo nombre, tiene el título de ser la más antigua de Madrid.

Su decoración no ha variado desde el inicio del siglo XIX. Alacenas de madera y cristal, lámpara de gas, diminutas sillas de espera, el viejo mostrador cubierto de mármol, su muy antigua caja registradora de marca National, balanzas y su magnífica fachada con el rótulo pintado a mano, como antaño se hacía, se muestran en este vídeo de Antiguos Cafés de Madrid.






Conocida a mediados del siglo XIX como “Horno y fábrica de bollos de la Esperanza”, en aquel obrador ya entonces se preparaban sus famosos hojaldres, el pan candeal y se asaban por encargo toda clase de carnes y pescados. En el año 1933 ya era propiedad de Julián Leal Charle, cuyos herederos en tercera generación continúan hoy con el negocio.

Antonio Pérez, Encargado del establecimiento, cuenta aquí los pormenores de tan viejo y tradicional horno pastelero que fue fundado nada menos que en el año 1830, cuando Madrid aún tenía muralla a su alrededor.

La pastelería guarda también una fotografía dedicada, expuesta junto al escaparate, del Premio Nobel Jacinto Benavente, amigo de los dueños de la casa. Todo aparece aquí rodeado de los espléndidos postres que allí se preparan, como si el tiempo se hubiera detenido.

El Maestro pastelero Ángel Villamil nos enseña, en el mismo obrador de la pastelería, como se hacen paso a paso las torrijas -propias de Semana Santa, pero que aquí se venden todo el año-. Su especial receta madrileña, propia de la casa, no ha variado desde el principio de la historia de este comercio casi bicentenario. 
 Sigue a los Antiguos Cafés de Madrid en YouTube, para conocer la historia madrileña.

viernes, 8 de marzo de 2019

UN MURAL EN LA GRAN VÍA.

Homenaje a las mujeres que luchan por cambiar las cosas y crear una sociedad justa e igualitaria para todas las personas.


Fotografía: M.R.Giménez (2019)



Spok Brillor pinta este mural sobre la fachada del Palacio de la Música, en la Gran Vía de Madrid.


Fotografía: M.R.Giménez (2019)


Fotografía: M.R.Giménez (2019)


8 DE MARZO, DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER.




martes, 5 de marzo de 2019

LA ALEGRE COFRADÍA DEL ENTIERRO DE LA SARDINA.

Entre las abundantes fiestas populares y callejeras de Madrid quizá El Entierro de la Sardina es la de más larga tradición y se celebra, aunque caigan chuzos de punta, todos los Miércoles de Ceniza para rematar el Carnaval.

Habrá que remontarse al siglo XVIII para conocer los orígenes de tan ocurrente y divertida costumbre, que hasta el pintor Francisco de Goya dejó plasmada en uno de sus cuadros.

Veremos aquí toda la historia de este singular entierro, sabremos por qué se celebra y cómo es la indumentaria adecuada para seguir al fúnebre y alegre cortejo compuesto por las peñas del Boquerón y de la Sardina, surgidas en El Rastro madrileño. 

Visitaremos el museo en donde se conservan los estandartes originales de tan humorístico sepelio y todos los féretros en los que se ha llevado a la sardina en los diferentes años.

Todo ello nos lo cuenta en este vídeo, con mucha gracia castiza, el vicepresidente de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina, Enrique Orsi.


 




El Entierro de la Sardina sigue vivo hoy en Madrid gracias a esta Alegre Cofradía con sede en El Rastro. Su local se encuentra en el mismo lugar donde el anticuario Serafín Villén, quien recuperó esta fiesta hace más de medio siglo, tuvo su almoneda. 

Os animamos a participar en el Entierro de la Sardina de Madrid y a reíros de lo lindo, con esta Alegre Cofradía y con la del Boquerón. 

Sigue a  Antiguos Cafés de Madrid en YouTube, para conocer la historia de Madrid.



martes, 19 de febrero de 2019

LA FONTANA DE ORO Y CASIMIR MONIER.

Entre los siglos XVII y XVIII la carrera de San Jerónimo de Madrid se vio edificada por numerosas casas propias de la grandeza. En la conocida por el nombre de Casa del Príncipe de las Torres vino a instalarse, en los años mediados del siglo XVIII, el muy conocido y novelado establecimiento de La Fontana de Oro.


Fuente: bvpb.mcu.es Plano de Madrid de Pedro Texeira (1656), en el que aparece señalada la Casa del Príncipe de las Torres, donde estuvo La Fontana de Oro.

Es muy posible que este negocio de La Fontana de Oro, situado en la esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, comenzara siendo una botillería en la que se vendían vinos y confites. El establecimiento iría ampliándose por el auge de tan concurrida calle y llegaría a convertirse en fonda y café.

Es sabido que hasta el año 1760 era una posada de caballeros y pertenecía a José Cirilo, quien la traspasó al hostelero veneciano José Barbarán cuando ya era conocida con el nombre de La Fontana de Oro. Más adelante, en la década de los años veinte del siglo XIX, otro afamado hostelero llamado Juan Antonio Grippini (dueño de la Fonda de San Sebastián) se haría con el establecimiento.

La Fontana era pues uno de los muchos negocios instalados en el gran caserón del Príncipe de las Torres, pero también se convirtió en el más conocido de la calle, sirviendo para ubicar a otras tiendas cercanas (junto a, enfrente de, a espaldas de). Su fonda y comedor eran de lo mejor en aquel Madrid del siglo XVIII, allí acudían tanto los tratantes de ganado para cerrar sus negocios como los jóvenes escribientes que buscaban trabajo.

En su planta baja se había instalado una tienda que vendía toda clase de bebidas frías, té, café y repostería. Con el tiempo, y poco antes de comenzar el siglo XIX, se convertiría en el famoso Café de La Fontana de Oro.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, en la actualidad. Allí estuvo el Café de La Fontana de Oro.





Según la descripción que realiza Benito Pérez Galdós en su novela escrita en el año 1868, con el nombre tomado de este popular café, La Fontana tenía dos recintos: en el primero se tomaban las consumiciones y en el segundo se discutía acaloradamente sobre política.

El local, estrecho e irregular en sus proporciones, no era demasiado grande. Sus bajos techos estaban sujetos por gruesas vigas de madera y, al hacerse café, fue decorado de forma lamentable. Las voluminosas columnas fueron pintadas en blanco y jaspeadas en rosa y verde, a modo de imitación del jade. También se les incorporaron grotescos capiteles con volutas pintados en color amarillo.

A lo largo del salón principal se colocó una cenefa de papel pintado con dibujos repetidos del cráneo de un macho cabrío, de cuyos cuernos se descolgaban cintas de flores que se remataban por enredados manojos de frutas. Los techos fueron decorados con pinturas al fresco por algún desatinado artista.

Cerca de la entrada al café se dispusieron espejos protegidos por una fina tela en color verde, con el fin de evitar el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener todas las moscas de la calle. A los lados de cada espejo se instalaron unos quinqués de luz mortecina, que despedían demasiado humo y un olor pestilente.

El mobiliario de La Fontana de Oro consistía en mesas de madera pintadas en color oscuro y cuya superficie, queriendo semejar el mármol, se había coloreado en blanco. Pequeños bancos dotados de cojines desvencijados, servían de incómodo asiento a los parroquianos del café.

Un ancho mostrador, colocado sobre un escalón en el que se situaba el responsable del negocio para atender los pedidos de la clientela, se remataba con destartalados anaqueles que contenían las botellas de bebidas, los bollos, las libras de chocolate y algunas frutas.

La época gloriosa e histórica del Café de La Fontana de Oro se situó entre los años 1820 y 1823, período conocido como el Trienio Liberal y en el que Fernando VII fue obligado a jurar la Constitución de 1812. Liberales y ultraconservadores disputaban en las reuniones del café subidos a las mesas, hasta que se dispuso una tribuna para los oradores. Entre los más elocuentes destacó el liberal Antonio Alcalá Galiano, que ocuparía diversos cargos políticos con posterioridad.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es. Discusiones políticas en un café del siglo XIX.


También el café de La Fontana era muy conocido por sus bailes de máscaras, allá por la década de los años treinta del siglo XIX. Junto a él, en el mismo edificio, vino a instalarse en 1836 un almacén de ropas teatrales conocido como “El de Rivera” con trajes de majas, aldeanos, egipcios y muchos más, en el que se podían alquilar los disfraces para aquellos bailes.

Fuente: hemerotecadigital.bne.es (1836). Anuncio del almacén de Rivera, con disfraces para alquilar.

En el año 1841 Casimir Monier, librero y dueño de un famoso gabinete de lectura en la calle de la Montera, además de propietario de una casa de baños portátiles, se instalaría en el negocio de La Fontana de Oro, que terminó adquiriendo con posterioridad. Allí continuó con su afamada librería, conocida por el nombre de Casa de Monier, pero no fue el caso de la fonda a la que todo Madrid seguiría llamando como siempre. Por entonces el Café de La Fontana de Oro había desaparecido.

Fotografía: M.R.Giménez (2018). Placa que recuerda la Casa Monier, en la carrera de San Jerónimo.

Viajeros, turistas, mariscales o escritores como el creador de la novela “Los tres mosqueteros”, Alejandro Dumas, pasaron por la fonda de La Fontana de Oro cuando ya era propiedad del librero Monier

En el mes de marzo de 1856 la vieja casa de la carrera de San Jerónimo se vino abajo. Los negocios allí emplazados tuvieron que hacer almoneda apresuradamente de sus mercancías. Tan sólo un año después del derrumbe se edificó un nuevo edificio de viviendas, del arquitecto Jerónimo de la Gándara, que hoy podemos contemplar y que tiene su acceso principal por la calle de la Victoria, número 1.

Mientras, las deudas el librero Monier iban en aumento y sus negocios entrarían en concurso de acreedores. En el año 1858, lo que aún quedaba de sus libros y efectos personales, se vendían en almoneda. El empresario fallecería tres años después.







Fuentes:

bvpb.mcu.es
El antiguo Madrid: paseos históricos-anecdóticos por las calles y casas de esta villa” Ramón de Mesonero Romanos.
Establecimiento de la Fontana de Oro” Ángel González Palencia.
hemerotecadigital.bne.es
Historia y Anécdotas de las Fondas Madrileñas” Peter Besas.
La Fontana de Oro” Benito Pérez Galdós.

viernes, 8 de febrero de 2019

EL PARQUE DE EL CAPRICHO

Más de cincuenta años tardó en construirse este magnífico Parque de El Capricho de la Alameda de Osuna situado en Madrid. Su historia ha pasado por diversas fases, que van desde la grandeza al olvido, pero hoy ahí continúa.

¿Por qué el nombre de El Capricho? ¿Quienes fueron los arquitectos y artistas que intervinieron en su construcción? ¿Cuál es la historia de fray Arsenio, ermitaño que allí vivió y falleció? ¿Qué fantasías nos ofrece? A todas estas preguntas y a muchas más se da respuesta en este estupendo vídeo que hoy presenta Antiguos Cafés de Madrid.







Esta finca de recreo inició su construcción en el siglo XVIII. Los duques de Osuna compraron una propiedad llamada Jardín bajo de la Fuente de las Ranas y en ella comenzarían la edificación de tan precioso lugar. La duquesa Josefa Alonsa de la Soledad Pimentel, mecenas de artistas como el pintor Francisco de Goya, fue quien le puso el nombre de El Capricho.

Un jardín de diversos estilos: francés, inglés e italiano o más antiguo, contiene parterres y un singular laberinto, además de espléndidos árboles. Todo gira alrededor de su palacio neoclásico y otras construcciones como el casino de baile o el abejero, además de una multitud de caprichos o pequeñas edificaciones concebidas para admirar en el paseo.

Canales navegables con barcas, pequeñas isletas, estanques, fuentes... el agua no podía faltar en una finca que no sólo estaba pensada para el ocio, sino también para producir alimentos. Así, diversos árboles frutales, huertos y la elaboración de miel en el espléndido edificio del abejero proporcionaban una utilización de esta quinta que llegaba mucho más allá del simple descanso.

Familia de ilustrados, los duques de Osuna instalaron en El Capricho novedades tecnológicas, como el primer puente de hierro del país o la moderna maquinaria pensada para poner en marcha el agua de las rías navegables.